Jorge venía callado porque recordaba que por este camino subió hacia el monasterio diez años atrás. Aún seguían aquí los campaniles y los palacios, la mujer que vende fruta y el muchacho que se arranca una espina del pie. Lo único que parecía haber cambiado era él, Jorge. El cantante. Porque el monasterio le había regalado la música. Y él, por fin lejos de aquella gente, se sintió feliz.
Para bajar la colina fueron por el camino que lleva hasta el Circo Máximo. Era necesario evitar la pendiente del camino corto que hubiese podido romper las ruedas de la carreta.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó al esclavo.
—Farid —respondió el muchacho.
Marcharon otro tramo en silencio hasta que el joven moro señaló una escultura que parecía custodiar el río. Dijo:
—allá está Jano.
El dios de las transformaciones. No era casual que custodiara el pasado y el futuro en en la frontera entre la Roma de Rómulo y la Roma de Remo, la de los ciudadanos justos y la de los libertinos. Y era hacia, hacia la Roma de los pecadores, que estaban marchando, a lo largo del Lungotévere.
El barrio de locos y herejes no le pareció a Jorge tant terrible como lo había imaginado. La gente se quitaba el sombrero al verlo pasar porque aún venía vestido de monje y Farid tenía el aspecto de un príncipe. Además, todo aquel barrio estaba lleno de la vida que faltaba en el Aventino. Era una vida simple, sin preocupaciones ni tiempo. Mujeres que llenan jarras de agua en la Fuente del dragón y niños que se corretean desnudos para lanzarse a un río maloliente.
Siguieron por un camino de pinos hasta lo que hoy es el Puente de Garibaldi. Ahí a la izquierda, Jorge vio por primera vez la Casa de Dante. El castillo le pareció más pequeño de lo que había imaginado. Farid silbó y la puerta de madera crujió al abrirse. Ya adentro, el muchacho árabe entregó a Viento del Diablo a un palafrenero. Ayudó a Jorge a bajar de la carreta, tratándolo, pensó el monje, como si fuese una muchacha.
—Tal vez quieres ir a la capilla —dijo Farid.
Jorge contestó que sí. Entró a la casa y se introdujo en los pasillos oscuros hasta una capilla en la que, más por obligación que por piedad, se inclinó. Hubiese debido rezar, pero estuvo pensando, más bien, en largo del trayecto que había recorrido desde el Aventino hasta aquí. Y más, desde Chipre, su isla natal, hasta esta misteriosa casa habitada, según le habían dicho, por un alquimista. Atrajo su atención un letrero que rezaba sobre el altar: non tolilitur, mutatur: no ha muerto, ha cambiado. Le pareció una señal. En este castillo tendría lugar su transformación. A lo lejos se escuchaba el laúd.