La esposa de Tepeyohtli lo acarició y le dijo
—Vienen por nosotros, se acercan ya.
Atonatiuh supo que iba a morir. Agradeció a los dioses pensar que había vivido lo suficiente como para conocer a un hombre como Moctezuma. Los hombres de Cortés preparaban para salir, perocuando trataron de hacerlo, era ya demasiado tarde. Estaban rodeados. Y el oro pesaba tanto que era difícil moverse. Lo habían arrancado todo, de las paredes, de los cuadros, de los dioses. Habían arrancado los adornos del palacio de Axayácatl. Un soldado español pasó junto a Atonatiuh y le dijo:
—Ven conmigo, es allá que te necesitan, tu rey ha muerto.
—Tu rey es el joven Chimalpopoca —dijo Farid.
Farid y Atonatiuh se levantaron y fueron hasta el palacio de Axayácatl. En la ciudad de Tenochtitlan, los hombres fieles a Cuauhtémoc estaban desmontando los puentes para que los españoles no pudieran salir. Un hombre fiel al emperador le dijo a Cortés:
—Los traidores de Cuauhtláhuac están tratando de cerrarnos cualquier posibilidad de escape. Lo que a Isabel importaba era el niño. Ni Farid ni Atonatiuh estaban interesados en el oro. Sólo los españoles, pero los aztecas querían protegerlo y los tlaxcaltecas querían matarlo.
Cortés ordenó a sus hombres que desmontasen las vigas del palacio para usarlas como puentes. Afuera había comenzado la lluvia y cuando arreció, se volvió granizo. Los mexicanos fieles a Moctezuma fueron detrás de Cortés. Era una corte prisionera entre españoles y tlaxcaltecas. Tenían sólo un símbolo de unión. Un niño que Atonatiuh llevaba en sus brazos.
El 30 de junio de 1520 Cortés salió del palacio de Axayácatl con ochenta tamemes tlaxcaltecas que transportaban el oro y las joyas del último rey. Adelante, marchaban Alonso de Sandoval, Antonio de Quiñones, Francisco de Acevedo, Francisco Lugo, Diego de Ordaz, Andrés de Tapia, doscientos peones, veinte jinetes y cuatrocientos príncipes tlaxcaltecas. Bajo el granizo, Hernán Cortés era más que un Atila, más que un Alejandro o un Julio César. El rey, sin embargo, era pequeño y temeroso miraba el palacio en el que se habían quedado las tardes junto a su padre. Los juegos, los poemas al sol. Isabel se derrumbó, Farid tomó al pequeño Chimalpopoca comenzó a cantarle una canción que había aprendido hacía mucho, en otro mundo, antes de que vinieran por él los mercaderes de esclavos. Y cuano también él ya se había cansado, lo tomó Atonatiiuh y siguió la canción que era fácil de aprender siguió caminando con él bajo el granizo por las calles sin puentes de la ciudad y cuando cruzaron los ríos que se habían convertido en lodo, mientras los españoles hundían, sucedió un milagro. Ese niño, en los brazos del joven prisionero, lo ayudó a flotar. Ni siquiera la lluvia tocaba a Atonatiuh. Atonatiuh caminó sobre el agua. Pedro Alvarado, Farid Vázquez de León, la caballería, los soldados de Pánfilo de Narváez, lucharon para que la retaguardia llegase hasta las puertas cerradas de Tenochtitlan. Los más avaros se hundieron con su oro; los guardias fieles a Cuauhtláhuac dieron la voz de alarma. Comenzaron a llegar las canoas con los mexicas. Atacaron a la corte fugitiva sin saber ya quien era soldado y quien era niño quien era mujer y quien era noble. Murieron ochocientos españoles. Murió Farid Velázquez de León, Francisco de Morola y Francisco de Salcedo. Una flecha hirió La mano diestra de Cortés, otra hirió el costado de Atonatiuh quien sin embargo, no se detuvo. Cortés comenzó a hundirse en el lodo y en un paso en falso se fue hasta el fondo de la laguna, pero como aquella vez que desmanteló las naves, se desnudó debajo del agua tomó el cuchillo y cortó de un tajo la bolsa que lo cargaba. Se sintió ligero, desnudo de oro. Así salió y vio a Atonatiuh que caminaba ligero con el hijo de Moctezuma en sus brazos. Por encima del lodo y el oro y de toda la vanidad. Por encima de toda violencia. Lo seguía un único esclavo. Un esclavo árabe que cantaba muy hermoso y se llamaba Farid.
En las tristes fiestas que siguieron a la repentina coronación de Cuitláhuac en lo alto de la pirámide, un niño y una niña fueron atados. Les arrancaron la piel. Los sacerdotes los vistieron en señal de una juventud eterna. Comieron sus hígados y cuando todavía estaban vivos, embriagados de dolor y miedo, los quemaron en una hoguera que pensó Cuauhtláhuac, habían llevado sus almas nobles a la morada del Dios inmortal. Había sido tal la gritería y el dolor de los sacrificados que el ejército fiel al nuevo tlatoani se enardeció
—la tarde es tuya —dijo Cuauhtémoc—
Cauhtláhuac sonrió de lado. Estaba feliz. Convencido ya de que era cosa de tiempo: sacaría a los extranjeros del Anáhuac y a los tlaxcaltecas, sin duda, les haría pagar