F0268 · Nauhtli abandonó la habitación desconcertada. No había dejado de pensar en…

Nauhtli abandonó la habitación desconcertada. No había dejado de pensar en el tiempo que se acercaba y sin embargo no pensaba en el encuentro que la aguardaba allá afuera. Sola, como si fuese tan sólo una esclava, doña Marina, la consejera del castellano le pidió que viniera con ella. Se fueron como dos muchachas al jardín, se sentaron a la sombra de los ahuehuetes y doña Marina le preguntó por Atonatiuh. Como Nauhtli, celosa de Marina no deseaba contar nada de lo que sucedería, fue Marina quien comenzó a hablar.

La puerta de la música del nuevo Dios se había abierto de un golpe y había dejado lugar a muchas otras. Gracias a Nauhtli consiguió que le permitiesen hablar con ese muchacho castrado. Era algo común que se hacía en su pueblo junto al mar de modo que no le extrañó. Lo que le extrañaba era la pureza de su voz. Vino con él y cantaba y Atonatiuh hacía sonar la flauta y Farid tocaba el oud. Los extranjeros insistían en que viniese con él un hombre, un monje de pelos rubios que le hablaba del nuevo Dios y aunque Atonatiuh al principio no estaba interesado más que por la música creyó comenzar a entender muchas cosas que había pensado con respecto a los misterios del sacrificio. Finalmente cuando estaba por llegar la primavera, convencido de que era ya un príncipe, de que podía presentarse con Tenépatl con la dignidad de un hijo del sol salió a los pasillos del palacio de Axayácatl y se dirigió al área en que ella habitaba con el capitán de los extranjeros. Le extrañó que ella no se mostrase sorprendida. Se sentaron los dos como si fuesen viejos amigos, como si se hubiesen dejado de ver apenas unos días atrás. Era tan extraño el encuentro que resultaba innecesario decir todo lo que había sucedido. Simplemente se quedaron callados y sonrieron el uno a la otra. Cortés los miró. No sabía si sentir celos. Nunca había celado a una mujer. Eran hermosos así, juntos. Eran jóvenes y una noche sugirió a Marina que le hiciera el amor, pero ella lejos de complacerse se molestó y le habló muy seria durante toda una semana. Cortés no volvió a sugerir nada. Le extrañó el carácter de Marina y decidió que la llamaría por su verdadero nombre, Tenépatl. Además tenía muchos asuntos en los que pensar. Había vivido durante tres meses en paz pero era evidente que tarde o temprano comenzarían los litigios. Los mexicanos estaban completamente consternados no tanto porque ellos estuviesen alojados aquí sino porque los tlaxcaltecas parecían haberse adueñado de la ciudad. El 18 de noviembre de 1520 llegó a la capital de Moctezuma un caballero que pidió hablar con Cortés. Le avisó que un contingente de soldados mexicanos asentados en el puerto de Nautla habían atacado a Pedro Hircio en Veracruz. Lejos de molestarse, Cortés se sintió complacido. Las cosas habían sido así. El capitán había pedido ayuda a Cualpopoca, vasallo de Moctezuma para que Francisco de Garay no penetrase hacia la Nueva España. Sin embargo Cualpopoca lejos de ayudarlo había tratado de establecer contacto con el gobernador de Jamaica. Todo ello ofrecía a Cortés suficiente material como para acusar a Cortés de conspirar en su contra y no sólo eso, de acusar al mismo Cualpopoca de estar conspirando contra el emperador. Conspiración. Esta era la palabra que se escuchaba en el antiguo imperio. Pero eran los dioses quienes en realidad estaban conspirando.

Fray Bartolomé de Olmedo santificó la cima de la pirámide y comenzó la misa y Atonatiuh miró desde el balcón aquella mañana del 24 de diciembre de 1519 cómo Cristo se transformaba en un pan y el vino se transformaba en sangre. No lo impresionó eso sino reconocer el sonido que todas las mañanas de esos seis meses lo había despertado. Se había abierto la última puerta en este palacio. La puerta de la música del nuevo Dios.

En Moctezuma habían comenzado los dolores que postrarían a México ante el reino de Tlaxcala. Era un dolor persistente que le subía de los pies a la cabeza. Ningún médico había podido decirle qué tenía, pero los hombres supersticiosos pensaron que era la continuación de los presagios que habían traído a los hombres rubios del otro lado del mar y, creyendo que eran ellos, los españoles, las causas de todos los males, no podían ver que el único mal se llamaba traición. En aquel tiempo aún yo pensaba que el emperador sufría de una suerte de embrujo; más tarde supe que el de Moctezuma era el dolor de la lucidez y es por ello que estaba convencido de que la única forma de salir del jaque en que tenían a su reino sacerdotes, militares, tlaxcaltecas y, en suma, conspiradores, era aliarse con Hernán Cortés. Los simples no han querido entenderlo. Viven mejor ahora que no hay rey ni estandarte ni promesas de eternidad. Ahora que miro fuera de la ventana cómo atardece, pienso que es triste vivir en un mundo entregado a la nada. El padre Díaz y Cortés se lo propusieron desde el principio. Para conseguir el apoyo de los españoles tendría que convertirse. La sola posibilidad levantó contra mi señor Moctezuma el odio de la casta militar y entre ellos, había dos primos particularmente interesados en su trono. Llenos de presagios y malas intenciones conspiraban contra Moctezuma estos hombres: Cuhitláhuac y Cuauhtémoc. Moctezuma pidió ver al joven dios, Atonatiuh quien, convencido de la divinidad del gran tlatoani, se sintió lleno de fervor desde que amaneció y se hizo, en las manos y las piernas los cortes rituales para ofrecer al sol un poco de su sangre.

Lo vistió un viejo mayordomo. Antón lo miraba con ternura y le dijo:

—Ten cuidado con ese zorro.

— ¿Moctezuma? —preguntó Atonatiuh.

—Cortés.

Los antiguos mexicanos al principio encontraron repugnante la idea de substituir a los grandes guerreros con pan ácimo y ese vino de aroma dulce que habían traído del otro lado del mar. Poco a poco comenzaron a entender que si Dios mismo se sacrifica no puede haber un sacrificio mayor y, claro, que el poder del creador de los abismos de la tierra es tanto que si se le antoja ¿por qué no va habitar en un pan?

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes