F0767 · a y su canto se volvió aún más hermoso en las reuniones con Agalé. Roma se habí

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Esta es la historia del Rey Serpiente según el éxtasis de nuestros ancestros: Hace muchos años, en Palestina, se desató una guerra entre hombres fieles a Dios y serpientes. El Rey Serpiente había sometido a todas las criaturas, incluso a los seres humanos, pero tenía la intención de dominar también a los Hákimitas. Estos seres carecían de ojos, boca y orejas en ese tiempo, y no comían ni bebían. Eran gusanos que se arrastraban por los desiertos de Palestina, carentes de fe y desconectados de Dios. Debido a su inutilidad para el Rey Serpiente, los despreciaba. Sin embargo, ocurrió algo sorprendente. Un Ángel del Señor descendió delcielo y tocó la cara de cada Hákimita. En el lugar donde deberían estar sus orejas, aparecieron orejas y pudieron escuchar la voz de Dios en el desierto, La Ruah. En el lugar donde deberían estar sus ojos, surgieron ojos y pudieron ver a Dios en las rocas del desierto. Y en el lugar donde debería estar su boca, se formó una boca para que pudieran alabar y glorificar a Dios. Los Hákimitas comenzaron a imitar los sonidos de los árboles, el río y el mar. —Vino un ángel de Dios —dijo Aléteia— y tocó este lugar de la cara de un hombre y el hombre tuvo una boca y aprendió a cantar. Y con su canto se abrieron las orejas de todos los hombres y se abrieron las bocas de todos los hombres y las mujeres del mundo y todos pudieron escuchar la voz del altísimo. Los gritos de los hombres que los buscan allá abajo, en el valle, se van haciendo escasas. —Y cuando la serpiente estaba a punto de destruir a los hombres, por inspiración del ángel todos comenzaron a

a y su canto se volvió aún más hermoso en las reuniones con Agalé. Roma se habí

a vuelto para él la urbe de sus esperanzas. En ella, se decía, todo puede pasar. Aquí vaga, amándolos a todos, la mujer de los peregrinos.

Aquella noche tuvo otra revelación. En sueños era un cantante, pero además era Adam, el hombre de su tribu que había vivido en la cueva del Leteo. Se miró desnudo frente a un ángel. De la cabeza y las axilas, de los ojos y la nariz le manaba sangre. Pero el ángel lo abrazaba y le murmuraba en la oreja:

—Yo moriré, Farid, Anna morirá y Agalé. Ha muerto el profeta, tú también morirás. Sólo el Altísimo no morirá.

            Está lloviendo y hay una masacre en el campamento, el siseo de monos-serpientes inunda el valle. Los chacales beben sangre y cuando Adán trata de bajar para rescatar a Jamila, un ruido comienza a revolotear en su cabeza: son palabras. Adán levantó los ojos y dijo: Luna.

 los ojos y dice: Luna.

 “luna”. Y árbol. Y Encantador de serpientes, pecado. Desnudez. 

            La serpiente simio, sin embargo, levanta eso que parece cara y sabe que algo ha sucedido, que los nombres comienzan a poblar la tierra. ¿Hay nombres ya? Dice con la boca que se abrió también en su boca como una herida. Los hijos del único Dios han comenzado a separar las aguas del cielo, a los hombres de los animales. Hay tierra y brujería. Muerte que llama a la muerte. Dios que se llama Dios. Desnudez que se mira a sí misma. El hombre está escindido entre dios y la muerte porque sólo se ama a sí mismo. Es un tirano que juega en sus máscaras a darse de besos. Es esterilidad y muerte. La serpiente se desviste y deja tirada en el desierto la túnica y repta camino del risco, hacia Adam, para matarlo. Todos lo han visto. Esto es la máscara, esto que dejó la serpiente. La serpiente que es desnudez y vanidad. 

            Adam, en el risco, mira el árbol y come de él. Sabe. Es saber y saborear y una conciencia de la muerte y un saberse hombre, mujer él mismo. Y esta vergüenza de ser malo y estúpido. Es libre, sí. Ha nacido esclavo de toda esta libertad. 

            El creador está creando contigo el mundo, dijo el ángel y se echó a volar. 

En el principio era la palabra. Adam dijo Luna y la Luna apareció en el horizonte. 

La serpiente se retuerce. Se levanta. Busca.

            No te deja tranquilo. No te deja dormir. Te aparece y tú tan lleno de palabras, de siseos y gritos que tienes que callar poniendo nombres: rocío, poniendo nombres, nostalgia, poniendo nombres, araña que baja sobre tu espalda: ¡siseo! La serpiente es el apetito en estado puro. Un apetito que cancela cualquier otro apetito y no hay donde apagar este fuego, esta sensualidad que se agota en sí misma.

            Adam se toca y se fascina y se mira y la serpiente está tan cerca de él. Irascible y sensual.

            No es que Adam no supiese lo verdadero y lo falso. No es que se hubiese equivocado. Sabe el poder del ojo negro de la serpiente y aunque su ojo violeta es imagen y semejanza, libertad de dar sentido a todo lo que sucede (incluso la posibilidad de ser vendido a un europeo), es la vergüenza, es creer que dando un nombre, diciendo una palabra, él este niño del desierto, este niño de cinco, diez, veinte, doscientos cincuenta, quinientos años, puede saber lo que es bueno y malo.

            No ha inventado todavía una canción. El inframun

do sigue siendo inframundo. La respuesta de lo que signiica música sigue cautiva en un fonógrafo tal vez o en una caja de música en la que baila una muñeca de plástico. Las moiras, sin embargo, otro tipo de ángeles sin alas (viejas encorvadas en torno a una rueca), viejas que aparecen también en los sueños del niño y le causan terror hilando y deshilando, reviven la culpa. 

            Nuevo aullido. Adam está a punto de despertar en el regazo de su madre. Sueña. Duermevela, recomienza el ruido. Parece una marcha el revoloteo, el avance  del ejército del simio serpiente.

            Adam sube al árbol sobre el risco. Desde ahí mira el vaye, pero más que eso es que ahí, en el árbol, no tiene sobre de sí ninguna otra altura que le impida mirar las estrellas, túnica negra de estrellas que cintilan. Adam tiene miedo y se abraza a una rama. Su piel morena parece la de una pantera contra las ramas blancas del árbol que tiene frutos anaranjados como duraznos. Adam toma uno y murmura: “fruta”, “hambre”, “árbol”, “vivir”.

            Y “ganas” y jugo y sensualidad que cae pegajosa sobre la boca como si fuera el primer con ocer del primer hombre y la primera mujer.

            Recargado contra el árbol en el risco, miles de aves revolotean por encima de su cabeza. Adam muerde el durazno. Qué delicia, baja el jugo y se le embarra en la boca y no es rojo, es blanco. Sabe a sal.

            Nada. Está solo en un estanque. Ahora danza fuera del estanque y su reflejo danza frente a él lanzando destellos. Dice yo: Bebe. Del agua, entre lirios sale Jamila. Adam abre la blusa de su madre y le besa el seno como para amamantar y Adam muerde un durazno. Sabor a sal. 

            Adam recostado junto a Jamila luego de haber bebido el jugo del durazno, dice tu y un trueno resplandece y todo el horizonte, la creación está comenzando: yo, tú. Adam cae a tierra golpeado por el rayo, por algo superior a sí mismo por El Creador que te ha pedido que fueras su cocreador: criminal y artista. Pero Adam tiene cinco años. Escala el árbol escala el árbol y Adam de cinco años se aproxima y le dice no: No tocarás a tu madre y como para conjurar el deseo lanza lejos, muy lejos el durazno de suave pelusilla. Lo limpia así del veneno de la serpiente y dice: “nosotros”.

            Frente a él, Adam mira la tienda en la que Jamila, esta muchachita árabe de quince años abraza a su niño porque no quiere que vendan a su hijo a los europeos y lo deja dormir. 

            Muerte. Morir. Morirás. Tú también moriras, susurra una mosca en el oído de Adam. No. Dios ha jurado el todo y ha dividido el cielo de la tierra. No. El cielo y el infierno. Una cruz. No, tú no morirás. 

            Adam recorre el campamento. Sueña que los simio serpientes han devorado a los niños y han mordido a las mujeres, todos están muertos. Sólo Jamila, su madre, todavía acaricia a su niño: estás dormido. Estás soñando y le murmura en la cicatriz de su oreja. 

            Adam se mueve inquieto. Metido

 en sus pesadillas. Es una lluvia de oro este nosotros. 

Adam frent a un fuego avejentado. Alrededor de la fogata, todos los otros niños del campamento. Entonces, Sí. Por fin. Música. Desde las entrañas del infierno sube una voz que cobra forma en un muchacho blanco que todavía Adam no ha conocido. Muchos añ

os después lo conocerá. Se llama Isaac. En el sueño, Isaac y Adam se miran. No es necesario el intermedio de la serpiente para saber que los dos están en devocion, diligencia y enamoramiento.

            Ustedes, grita Adam. Los simios serpiente avanzan. Los tienen rodeados. Isaac canta. Los simios serpientes parecen hipnotizados. La música ha detenido la muerte. Ha detenido el murmullo de los simios que se aproximan.

            En la ocuridad brillan cientos de ojos amarillos alrededor de los cuales giran moscas y libélulas. No es necesario el intermedio de la serpiente para saber que hay amor en la devoción. Los simios serpientes los tienen rodeados. Isaac canta: ustedes. Los simios serpiente están hipnotizados. Música.  Se apodera del tiempo y detiene la muerte. Isaac y Adam se han mirado por primera vez. En sueños, se miraron por primera vez.

            Los simios serpientes se detienen y alrededor de los ojos amarillos vuelan moscas. Sólo brillan limpios los ojos de Isaac. Los simios escuchan aunque no tienen oídos. 

            Una espada se entierra en la cara del simio serpiente y Adam es Eva y Eva es Adam, un único hombre amor que se sustenta en sí mismo. Amor que ha de encontrarse aquí o dentro de dosmil años. 

            Isaac y Adam están sentados frente a frente con las piernas cruzadas. Aunque afuera se escucha la guerra que divide al hombre del animal, los muchachos se tocan las manos y se dicen “tú”. En el ojo de uno, de este uno, encuentra el otro a sí mismo. Pareciera que fueran a besarse, pero se interpone lo absolutamente otro que no es tú. Es un pronombre que no puede ser dicho y que la falta de cualidades poéticas reducen a la palabra Dios. 

Adam despierta sobresaltado. Tranquilo. Ha cesado el sueño. Tranquilo. Afuera no hay nada. Ruido de viento. Chacales. Mamá, pregunta Adam. ¿Es cierto lo que dicen los niños? ¿Qué? ¿Que vamos a morir? Es cierto. ¿Y yo? También. Dentro de muchos años. 

            Tú, mamá, también vas a morir? La última cicatriz. Adam vuelve a cerrar los ojos porque prefiere la pesadilla del sueño.

            Pide a Ala, murmura Jamila que el dolor de tu tumba se vuelva amor.

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?

La mujer entraba y constataba que Farid estaba ardiendo y lo envolvía en sábanas húmedas para bajar la fiebre, pero a Rashid lo había cubierto con sábanas secas porque había comenzado a estar muy frío y la piel que habían elogiado los vendedores de esclavos se fue poniendo del color de la cera. Farid soñó o creyó que soñaba. Que gritaba y blasfemaba. Que vomitaba y que su madre venía a consolarlo y concluía la historia del Rey Serpiente. Que en el dolor de la muerte que la había encontrado en la calle de Damasco donde la primera tarde había sido tan feliz también se comunicaba con él. Le comunicaba con todos los hombres del mundo y era un niño, un capón. Un castrado que viviría por siempre.

En el Hammam Alberto escucha la historia de Farid y se enreda en las volutas de humo, en la historia de Jamila su madre. Ella sabía que el Señor de la Guerra estaba vendiendo a sus hijos. Y aunque le había prometido que no lo ve

ndería, no sabría cumplir su palabra. Farid en sus brazos quería volver a escuchar la historia de su pueblo, la historia del Rey Serpiente. Con la historia del héroe que llevaba su nombre, Farid se tranquilizaba. No tenía miedo de los vendedores de esclavos, tenía miedo del aullido de los chacales en la colina.

Esta es la historia del Rey Serpiente según el éxtasis que me apagó el cuerpo y me dio la revelación: hubo en Palestina, hace muchos años, una guerra entre hombres fieles a Dios y serpientes. El Rey Serpiente había dominado a todas las bestias, incluso a los humanos, pero a los hakimitas los quería dominar porque no tenían en ese tiempo ni ojos ni boca ni orejas. No comían, ni bebían. Eran gusanos que se arrastraban por los desiertos de Palestina. Sin Dios ni fe. No le servían al rey. He aquí, sin embargo, que un Ángel del Señor vino del cielo. Tocó la cara de todo hakimita. Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar las orejas y tuvieron orejas y escucharon la voz de Dios en el desierto, La Ruah. Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar los ojos y tuvieron ojos y vieron a Dios en la roca del desierto. Los tocó en el lugar en el que tendría que estar la boca y tuvieron boca para exaltar a Dios. Los hakimitas comenzaron a imitar el ruido de los árboles, del río y del mar.

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?

Jamila, la madre de Farid sabía que en la tienda del Señor de la Guerra estaba el comprador de

esclavos y que, aunque le había prometido que no lo vendería, no sabría cumplir su palabra. Farid en sus brazos quería volver a escuchar la historia de su pueblo, la historia del Rey Serpiente. Con la historia del héroe que llevaba su nombre, Farid se tranquilizaba. No tenía miedo de los vendedores de esclavos, tenía miedo del aullido de los chacales en la colina.

Jamila meció al niño que buscaba su pecho, le habló de una guerra que tuvo lugar en el desierto, muchos años atrás. Fue una guerra, según dijo, que libraron las serpientes contra los hombre fieles a Dios.

—En aquel tiempo —le decía su madre— las serpientes no se arrastraban como ahora. Eran altas como los hombres, tenían brazo y pierna. Hablaban entre ellas con un siseo. Robaban a los hijos de los hombres para devorarlos. Y los hombres eran ciegos y sordos, no sentían y n sabían nada. Las serpientes entraban en el campamento de los hijos fieles de Dios y engullían a los recién nacidos.

Jamila escuchó a lo lejos una risa. El Señor de la Guerra había comenzado a beber, pronto llegarían a un acuerdo. Vendería a Farid. Pero ella lo había previsto. Por eso había robado dinero. Se arrancó al niño del pecho y lo puso en el suelo lo miró a los ojos y hubiese querido decir algo, pero prefirió seguir contando la  historia del Rey Serpiente mientras comenzaba a vestirlo como para un viaje muy largo. Farid escuchaba la narración hipnotizado. No decía nada porque quería volver a escuchar que en aquel tiempo ni los hombres ni las mujeres tenían boca, ni orejas n ojos de modo que no conocían n la luz ni el sonido. Vivían desnudos y esclavizados por el Rey Serpiente que siseaba por el desierto dejando rast

ros de piel. Así lo había querido Hakim, el Dios que estuvo siempre en el principio y estaría siempre hasta el final. Hakim el existente, el subsistente, el que un día apareció por el desierto como si fuera un ángel y le ofreció a los hombres un don.

Jamila puso a su niño sobre el taburete y lo calzó. Su voz se había vuelto vehemente. Lo salvaría. Aunque en ello le fuera la vida.

—El ángel entró al campamento de los hombres y los fue tocando uno a uno. Ponía su índice en el lugar en el que tenía que estar la boca y se abría en ellos una herida. La boca y pudieron hablar. Luego el ángel puso su dedo en el lugar en que tendrían que estar las orejas y se abrió una cicatriz sobre la que pronto se dobló la piel y se formaron las orejas. Y ellos escucharon  por fin el aullido de los chacales y el ruido del desierto. 

Jamila cargó a su niño. Salieron de la tienda. Era de noche. Se cubrieron las caras para que la arena no los golpeara. Siguieron el camino que llevaba más allá de la colina y siguió diciendo:

—El ángel puso su dedo sobre el lugar en que tendría que estar la nariz y los hombres pudieron olfatearlo todo. Y así, con los sentidos que nos dio el Señor se dieron cuenta de su desnudez y su vergüenza. Porque sintieron vergüenza a pesar de lo perfecto de aquellos cuerpos que les había regalado Dios.

* El rey serpiente era grande en aquel tiempo y tenían garras, las serpientes, no eran como ahora. No entraban como ladrones en los campamentos. Estaban unidas y hablaban. Eran altivas y usaban armas y corazas. Su boca era grande. Con una sola mordida tragaban a los recién nacidos. Tú, Farid, sobreviviste de niño aX la mordedura de una serpiente, por eso eres inmortal y serás como un dios.

Un golpe de viento afuera de la caverna y otra vez, el ruido de los chacales. Jamila se sobresalta. Sabe que Paulo y sus hombres estarán buscándolos por todas partes.

            —No existía la música. Todo era silencio y los ojos de los hombres estaban cerrados porque no habían podido escuchar nunca de la existencia de Dios. Es por eso que todos éramos esclavos de la serpiente. Todos estábamos desnudos de esta piel que se nos iba cayendo en el desierto. Todos estábamos desnudos, pero no lo sabíamos.

            Abajo, en el valle, donde las tiendas del campamento se extienden como antorchas de colores, los hombres y las mujeres se han dado a la búsqueda. Jamila reza al único dios de sus ancestros que nadie sepa el camino que conduce hasta esta cueva que conduce al otro lado de la montaña, allá donde está el hombre que enseña a cantar.

            —Vino un ángel de Dios —dijo Jamila— y tocó este lugar de la cara de un hombre y el hombre tuvo una boca y aprendió a cantar. Y con su canto se abrieron las orejas de todos los hombres y se abrieron las bocas de todos los hombres y las mujeres del mundo y todos pudieron escuchar la voz del altísimo.

Los gritos de los hombres que los buscan allá abajo, en el valle, se van haciendo escasas.

—Y cuando la serpiente estaba a punto de destruir a los hombres, por inspiración del ángel todos comenzaron a cantar. Y con su canto las serpientes se adormecieron, se hicieron

pequeñas porque se dieron cuenta de su propia debilidad.

Jamila comenzó a cantar y el sonido de su voz parecía acompasar el sonido del viento, el grito de los simios y las luciérnagas todo era parte del aroma del desierto en el que poco a poco, la gritería de los mercaderes de esclavos se fue disolviendo y Farid se quedó dormido y soñó su futuro. Tiene quince años y viste una túnica española. Canta en la corte de un país que desconoce. Detrás de él hay un ángel que encanta serpientes y le dice: 

—Aquí comienza tu camino.

—Aquí no soy Farid, ¿cómo me llamo?

—Eso —dijo el ángel— es lo que tienes que averiguar.

Farid despertó angustiado. Su madre dormía. Abajo vio que el campamento estaba en llamas. Calla el sonido del viento. Es un ruido agudo que deslumbra tanto que también los ojos se oscurecen. Se mete por todas las cicatrices, por la cicatriz de los ojos, la cicatriz de las orejas, la cicatriz de la boca y de cada poro de la piel hecha para ser cicatrizada. 

            Farid está angustiado. Tiene frente a él un ángel y luego, cientos, millones de ángeles revolotean alrededor de su cabeza.

Farid grita.

—¿Qué debo hacer para que se callen?

El ángel le levanta la barbilla y le dice: para callar este ruido, necesitas cantar.

Farid está sobre el risco y mira la luna. Está solo. Junto a él hay un árbol que vibra con el viento. Comienza a cantar. Suena poco a poco el crujido de la rama que sabe a rama y el roce del trigo que sabe a trigo. Encantador de serpientes, pecado. Desnudez. Muerte que llama a la muerte. Dios que se llama Dios. Desnudez que se mira a sí misma. El creador, con tu voz, quiere crear un nuevo mundo, dijo el ángel. Y se echó a volar. Farid soñó a Atonatiuh en una playa donde se pone el sol para siempre. Estaban, Farid y Atonatiuh, sentados el uno frente al otro y a sus pies había una guerra. Era la guerra que divide al hombre del animal. En el ojo de uno, de este uno, encuentra el otro a sí mismo. Pareciera que fueran a besarse, pero se interpone lo absolutamente otro que no es tú. Es un pronombre que no puede ser dicho y que la falta de cualidades poéticas reducen a la palabra Dios.

* Sin que lo supiera El Rey Serpiente, El Ángel del Señor, enseñó a mi tribu una melodía en la que estaba contenido el nombre de Dios. El Rey Serpiente quiso conquistarnos porque estaba envidioso de nuestra libertad, pero gracias a El Ángel del Señor, pudimos huir. Sin embargo, algunos hakimitas se aliaron con El Rey Serpiente y vendieron a sus hijos y a

 sus hijas para que rindieran tributo a él y fuesen esclavos de ostros señores. Estos hakimitas y los ejércitos de El Rey Serpiente, aullando como chacales rodearon a mi tribu en uno de los valles de Palestina, cerca del Mar Muerto. Nos tenían rodeados entre el desierto y el farallón. Estábamos tan tristes de tener que despedirnos de todo lo que habíamos sentido, visto y escuchado en este mundo que nos pusimos a cantar la canción que nos enseñó el Ángel del Señor. Los ejércitos de El Rey Serpiente se detuvieron. La voz de la tribu resonaba en los farallones en los que nos habían acorralado. No había escapatoria, ni para ellos ni para noso

tros. Ellos tenían espadas, nosotros teníamos la voz. Asombrados con la hermosura de la canción que escucharon salir de nuestras gargantas, El Rey y su ejército de serpientes se detuvo en estupor. Escucharon sin atreverse a romper las notas con sus aullidos. Sólo nuestros hermanos traidores y esclavos, las animaban diciendo que fueran sobre nosotros, que no podía hacerle daño a nadie una canción. Sin embargo había un héroe que se llamaba Farid, como yo. Este héroe nos pidió: sigan cantando y él se aproximó al Rey Serpiente que escuchaba con algo parecido al amor el sonido que emergía de la boca de Farid y sus hakimitas. Extrajo la daga del cinturón del Rey Serpiente y de un tajo le cortó la garganta. Sólo nuestros hermanos se movieron, corrieron hacia el desierto mientras la tribu de Farid  degollaba serpientes. No habían dejado de cantar, les arrancamos la nariz, las orejas, las piernas, la boca. Volvimos a las serpientes lo que ahora son. Y se arrastran hasta el día de hoy.

Hace muchos, muchos años, hubo en Palestina una guerra entre hombres fieles a Dios y serpientes. El Rey Serpiente había dominado a todas las bestias, incluso a los humanos, pero a los drusos no los quería dominar porque no tenían en ese tiempo ni ojos ni boca ni orejas. No comían, ni bebían. Eran como gusanos que se arrastraban por los desiertos de Palestina. Olfateando. No le servían al rey. He aquí, sin embargo, que un Ángel del Señor vino del cielo. Tocó la cara de todos los drusos. 

Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar las orejas y tuvieron orejas y escucharon la voz de Dios en el ruido de los árboles. Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar los ojos y tuvieron ojos y vieron a Dios en la roca en el desierto. Los tocó en el lugar en el que tendría que estar la boca

 y tuvieron boca y la abrieron y pudieron imitar el ruido de los árboles, del desierto, las olas. El ángel les enseñó una melodía y los drusos alabamos a Dios en la roca, en la tormenta de arena, en el mar. El Dios Serpiente quiso conquistarnos porque somos gente libre. Gracias al ángel, podíamos huir y sentir miedo. Huimos, cruzamos el mar, venimos a Chipre. Aquí, algunos se aliaron con el Rey Serpiente y vendieron a sus hijos para que le rindieran tributo y fueran esclavos. Otros, fieles a su condición de libertad, huyeron a la montaña y se encerraron en una cueva. Vinieron los ejércitos del Rey Serpiente y entraron con dagas. Los soldados del Rey iluminaban a los fieles a Dios, los arrinconaban con antorchas y espadas contra las paredes de aquella cueva. Entonces, los drusos libres interpretaron correctamente la melodía que les había enseñado el ángel que abrió sus sentidos. 

Era hermosa y muy triste. Los ejércitos del Rey Serpiente nos tenían rodeados, pero cuando nos escucharon cantar, aún el Rey Serpiente cayó en el estupor del amor por la creación.

            El jefe de los drusos libres tomó la daga del Rey Serpiente, se la arrebató y de un tajo degolló a los ejércitos del Rey Serpiente. Después los drusos, todos: hombres, mujeres y niños cortaron a las serpientes, les arrancaron la nariz, las orejas, las piernas,

la boca. Aún así se arrastraron.

            Mi ultima noche con Jamila entendí de qué trataba la historia del Rey Serpiente que había escuchado desde que comenzó mi memoria. Abás, mi padre, había traicionado la libertad que nos dio Alá y nos había vuelto esclavos de los genoveses. Mi padre era un mal musulmán y yo también porque no tenía otro deseo que la esclavitud.

            Cuando pude dormirme finalmente, volví a ver al ángel que nos había dado orejas y ojos y boca para ser libres y alabar a Dios. Le pregunté:

            —¿Cuál es mi verdadero nombre?

            Él respondió:

            —Es eso precisamente, lo que tienes que averiguar.

Aquí comienza mi historia. Y no hay nada antes. Nada detrás.

—¿Mamá?

Farid soñó lo primero que vieron aquellos hermanos suyos que no tenían rostro y cuyas heridas se abrieron y soñó que escuchaba él mismo la voz de Hakem en el simún del desierto en las palmeras que se agitan y soñó con las luciérnagas que se reflejaban en la herida de sus ojos y un enorme sol que al principio les aterraba. Y trató de gritar y en su sueño, de hecho,

 gritó porque cuando se abrió la herida de la boca pudo escuchar por primera vez su propia voz mezclada en una música de Hakem en que una voz muy aguda cantaba sobre una ciudad muy blanca y escuchaba también los gritos de armas que chocan y el aullido de los chacales, el grito de los simios y el lamento del Rey Serpiente maldiciendo a Dios.

En esta música compleja muy lejos de Farid que se soñaba subido sobre un risco, escuchó la voz de Jamila que lo apretaba contra su pecho, subiendo la colina para huir de los vendedores de esclavos. Sabía que la perseguirían por el camino seguro, era necesario adentrarse por lugares peligrosos que no seguiría el Señor de la Guerra cuyos gritos comenzaron a volverse cada vez más lejanos hasta que se perdieron a lo lejos o de esos ángeles que derrumban muros en el Antiguo Testamento.

Y el Rey Serpiente maldecía a Dios por haber dado a los hakemitas una voz, porque sabía lo que sucedería y sin embargo estaba atado al futuro. Así era la historia que Jamila le había contado,  vino un ángel de Dios que le enseñó a los hombres a cantar y cada uno de ellos aprendió una hermosa melodía que, cuando la cantaban juntos sonaba todavía mejor. Era una melodía que ahora Jamila quien se había detenido a descansar en un oasis murmuraba en las orejas de su niño, era la melodía del misterio del más sagrado de los nombres de Dios.

Los hombres habían aprendido la canción y cuando los ejércitos del Rey Serpiente quisieron acabar con los hijos de Hakem y comenzaron a rodearlos fueron arrinconados contra la roca sobre la que cantaba Farid, uno a uno sus hermanos también comenzaron a cantar. 

Los hakemistas pensaron que no volverían a escuchar nunca lo que el  ángel les había revelado con aquellas heridas y comenzaron a cantar la canción que el ángel les enseñó. A la primera voz se le unió una segunda y a esta segunda, una por una la voz de todo el pueblo de Hakem. Las serpientes que se acercaban blandiendo escudos y cimitarras, se detuvieron absortas. Como en el estupor de la creación se detuvieron con

 las bocas abiertas, escuchando. Eran incapaces de romper el sonido de aquella música con un movimiento. Entonces uno de los héroes hakemitas se dio cuenta de que las serpientes no se moverían si decidían contraatacar. Se aproximaron a ellos y con sus propias armas les cortaron la garganta.  A partir de aquel día, los hijos de Hakem no habían dejado de cantar.

En aquel tiempo no

 había música. Los ojos de los hombres estaban cerrados. Eran esclavos de la serpiente. La piel se les iba cayendo en el desierto y no sabían de su desnudez. Había cesado el ruido del viento. Se le metía por la cicatriz de los ojos, las orejas, cada poro de piel. Vio frente a él, primero un ángel y luego cientos, millones de ángeles. Un ángel le dijo. Para callar todo este ruido tienes que cantar.

—Aquí no me llamo Rodrigo ¿Cómo me llamo?

Toda visión necesita ser explicada. Esa última noche junto a mi madre entendí la historia del Rey Serpiente que yo me sabía ya de memoria. Mi padre, el jeque, había traicionado a las tribus de Palestina. Nos había vuelto esclavos de venecianos y genoveses. Era un mal musulmán. Se lo dijo a Jamila y ella sonrió complacida. Me dormí en su regazo. Ella me acariciaba el cabello, pero el ángel que abrió mis ojos y mis orejas con un Effratá me llevó en sueños hasta un risco desde el que se veía, por un lado el monasterio de Hagia Sophia y por el otro la costa que fue mi mundo. Estuvimos en silencio mirando a la luna moverse y yo le pregunté que por qué me habían llamado Farid. Él ángel no dijo nada y yo supe. Lo entendí. Pregunté entonces ¿cuál es mi verdadero nombre? 

El ángel sonrió y volteó a verme. Me dijo que era justamente eso lo que a partir del día siguiente yo tendría que averiguar. El último día de camino. Fue Jemi quien cantó.

Habiéndolo entendido todo no tengo pretexto para disculpar los pensamientos que tuve aquel tiempo. 

La vio allá arriba, era una imagen que nadie había pintado. Era muy hermosa. Junto a él estaba, de un lado el ángel y del otro la vieja que había visto desde que era un niño. La vieja dijo:

            —Es La Virgen de la Tribulación.

            Aquí comienza la historia de Farid. No hay nada antes, nada detrás.

cantar. Y con su canto las serpientes se adormecieron, se hicieron pequeñas porque se dieron cuenta de su propia debilidad. Aléteia comenzó a cantar y el sonido de su voz parecía acompasar el sonido del viento, el grito de los simios y las luciérnagas todo era parte del aroma del desierto en el que poco a poco, la gritería de los mercaderes de esclavos se fue disolviendo y Hákim se quedó dormido y soñó su futuro. Tiene quince años y viste una túnica española. Canta en la corte de un país que desconoce. Detrás de él hay un ángel que encanta serpientes y le dice: —Aquí comienza tu camino. —Aquí no soy Hákim, ¿cómo me llamo? —Eso —dijo el ángel— es lo que tienes que averiguar. Hákim despertó angustiado. Su madre dormía. Abajo vio que el campamento estaba en llamas. Calla el sonido del viento. Es un ruido agudo que deslumbra tanto que también los ojos se oscurecen. Se mete por todas las cicatrices, por la cicatriz de los ojos,

la cicatriz de las orejas, la cicatriz de la boca y de cada poro de la piel hecha para ser cicatrizada. Hákim está angustiado. Tiene frente a él un ángel y luego, cientos, millones de ángeles revolotean alrededor de su cabeza. Hákim grita. —¿Qué debo hacer para que se callen? El ángel le levanta la barbilla y le dice: para callar este ruido, necesitas cantar. Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar las orejas y tuvieron orejas y escucharon la voz de Dios en el ruido de los árboles. Los tocó en el lugar en el que tendrían que estar los ojos y tuvieron ojos y vieron a Dios en la roca en el desierto. Los tocó en el lugar en el que tendría que estar la boca y tuvieron boca y la abrieron y pudieron imitar el ruido de los árboles, del desierto, las olas. El ángel les enseñó una melodía y los drusos alabamos a Dios en la roca, en la tormenta de arena, en el mar. El Dios Serpiente quiso conquistarnos porque somos gente libre. Gracias al ángel, podíamos huir y sentir miedo. Huimos, cruzamos el mar, venimos a Chipre. Aquí, algunos se aliaron con el Rey Serpiente y vendieron a sus hijos para que le rindieran tributo y fueran esclavos. Otros, fieles a su condición de libertad, huyeron a la montaña y se encerraron en una cueva. Vinieron los ejércitos del Rey Serpiente y entraron con dagas. Los soldados del Rey iluminaban a los fieles a Dios, los arrinconaban con antorchas y espadas contra las paredes de aquella cueva. Entonces, los drusos libres interpretaron correctamente la melo

día que les había enseñado el ángel que abrió sus sentidos. Era hermosa y muy triste. Los ejércitos del Rey Serpiente nos tenían rodeados, pero cuando nos escucharon cantar, aún el Rey Serpiente cayó en el estupor del amor por la creación. El jefe de los drusos libres tomó la daga del Rey Serpiente, se la arrebató y de un tajo degolló a los ejércitos del Rey Serpiente. Después los drusos, todos: hombres, mujeres y niños cortaron a las serpientes, les arrancaron la nariz, las orejas, las piernas, la boca. Aún así se arrastraron. Mi ultima noche con Aléteia entendí de qué trataba la historia del Rey Serpiente que había escuchado desde que comenzó mi memoria. Abás, mi padre, había traicionado la libertad que nos dio Alá y nos había vuelto esclavos de los genoveses. Mi padre era un mal musulmán y yo también porque no tenía otro deseo que la esclavitud. Cuando pude dormirme finalmente, volví a ver al ángel que nos había dado orejas y ojos y boca para ser libres y alabar a Dios. Le pregunté: —¿Cuál es mi verdadero nombre? Él respondió: —Es eso precisamente, lo que tienes que averiguar. Aquí comienza mi historia. Y no hay nada antes. Nada detrás. —¿Mamá? El príncipe al-Hákim soñó con una visión compartida por sus hermanos sin rostro y heridas abiertas. En su sueño, escuchaba la voz de Hakem en el simún del desierto, mientras las palmeras se agitaban y las luciérnagas se reflejaban en la herida de sus ojos. Un enorme sol los aterraba. Intentó gritar y, de hecho, lo hizo cuando la herida de su boca se abrió, permitiéndole escuchar su propia voz mezclada en la música de Hakem. Voces agudas cantaban sobre una ciudad blanca, entrelazadas con los gritos de armas, el aullido de chacales, los rugidos de simios y la maldición del Rey Serpiente hacia Dios. A lo lejos, Hákim imaginaba a Jamila sosteniéndolo mientras subían una colina para escapar de los vendedores de esclavos. Sabía que los perseguirían por el camino seguro, así que se aventuraron hacia lugares peligrosos donde el Señor de la Guerra no los seguirí

a. Los gritos del guerrero se desvanecieron y se perdieron en la distancia, como los aullidos de los ángeles que derribaron muros en el Antiguo Testamento. El Rey Serpiente maldecía a Dios por dotar a los hakemitas con voces, pues sabía lo que sucedería y estaba atado a un futuro incierto. Aléteia, la madre de Hákim, le había contado la historia de cómo un ángel les enseñó a cantar a los hombres. Cada uno

 aprendió una hermosa melodía, y al unirlas, la música sonaba aún más grandiosa. Aléteia susurraba al oído de su hijo, la melodía del misterio del más sagrado de los nombres de Dios, mientras descansaban en un oasis. Cuando los ejércitos del Rey Serpiente rodearon a los hijos de Hakem, estos se encontraron arrinconados contra una roca. Pero uno a uno, comenzaron a cantar la canción que habían aprendido. Los fatimíes pensaron que jamás volverían a escuchar la música que el ángel les reveló con aquellas heridas. Sin embargo, la canción se unió voz tras voz, hasta que todo el pueblo de Hakem cantó en armonía. Las serpientes se detuvieron absortas y atónitas, incapaces de romper el hechizo de aquella música. Un héroe hakemita se dio cuenta de que no se moverían, por lo que decidieron contraatacar y cortaron las gargantas de las serpientes con sus propias armas. En otro sueño, Aléteia relató a su hijo la historia del antiguo Hákim, quien descubrió la música en un mundo sin ella. Los ojos de los hombres estaban cerrados, eran esclavos de la serpiente. La piel se desprendía en el desierto y desconocían su propia desnudez. Pero un ángel apareció y le dijo a Hákim que para silenciar el ruido debía cantar. Hákim soñaba con descubrir los escondites de monos en las montañas, mientras escuchaba el ladrido de perros y el insistente susurro del viento que decía “no”. Lejos de él, Fahrd llegó para anunciarle que era el nuevo califa del imperio fatimí, siendo la primera vez que el hombre más poderoso se postraba a sus pies. Aléteia permitió que su hijo aprendiera la recitación. Con el transcurso del tiempo, Hákim aprendió a cantar de verdad junto a Matías en un monasterio situado cerca de Jerusalén. Fue su madre quien lo llevó allí después de contarle la fascinante historia del Rey Serpiente. La luz de una lámpara de sebo proyectaba tonos naranjas y violetas, iluminando los rostros de ambos. Mohamed, otro niño perteneciente a la tribu, se deleitaba con su apariencia bronceada y su cabello rizado, observándose en la superficie pulida de un objeto de cobre. Durante esos momentos de contemplación, escuchó sobre Dimascq, Damasco, y se dejó llevar por las palabras que brillaban en la oscuridad, como luciérnagas en la noche. Mientras tanto, Aléteia les enseñaba canciones a sus hijos acerca del Armagedón, el día de la batalla final. Sin embargo, la preocupación se apoderó de los padres de Hákim, quienes comenzaron a tem

er por su seguridad. Cerrando los ojos, Hákim sentía cómo el peligro acechaba en la distancia. El ruido del desierto resonaba en sus oídos mientras soñaba con el rostro amenazante del Rey Serpiente. En la tienda, el Señor de la Guerra acordó un precio, pero al abrirla, descubrió que estaba

 vacía. En medio de un sueño somnoliento, Hákim escuchó el grito de su padre, el cual resonaba en el aire de manera amenazante, evocando la voz del Rey Serpiente de sus pesadillas. Aléteia tomó al niño en brazos y huyó en la dirección opuesta. Su objetivo era llegar a Damasco, donde esperaba encontrar el espíritu de Hakem. Durante el camino, Aléteia compartió con Hákim la historia de una antigua guerra entre las serpientes y los hombres fieles a Dios. Unos meses después, su padre ordenó a su vicario que le dijera quién estaba cantando. Es su hijo, el príncipe Hákim le dijo el vicario. El califa ordenó que fuera él quien dirigiera los rezos. —Mi destino es cantar los rezos que invocan al Rey Serpiente. ¿Podré hacerlo en el lugar al que me llevas? —preguntó Farid con curiosidad. El hombre cristiano negó con la cabeza, admitiendo que no sería posible. Sin embargo, lo abrazó con cariño y le acarició, emanando un delicado aroma a almizcle. De regreso a su habitación en el palacio, Farid, lleno de dudas, se dirigió a Aléteia. A los ocho años, fue separado de los demás niños para convertirse en cantante en el pueblo del Señor de la Guerra. Allí, bajo la tutela del sacerdote de la Casa de Oración, Farid no solo perfeccionó su voz, sino que también aprendió nuevas palabras y conceptos, como “reverencia”, “alabanza”, “pecado” y “cicatriz”. Convertido en el qari de  la tribu, el niño cantante, Farid se paseaba con orgullo entre los demás niños. Vestido con la ropa blanca de un sacerdote y calzando las sandalias de aquellos que nacen con dignidad, su presencia destacaba. Cantaba junto a los niños y rezaba tres veces al día, orientando su mirada hacia el lugar donde el sabio predecía el nacimiento de la Luna e incluso, a veces, intentaba adivinar su color. Sin embargo, a pesar de las enseñanzas recibidas, Farid albergaba un miedo latente. Los aullidos de los chacales lo llenaban de temor, y su madre, comprensiva, lo llevaba a las afueras del campamento durante la noche, donde su padre le acariciaba el rostro para calmarlo. El pequeño había aprendido que eran considerados parias, destinados a vivir lejos de la ciudad, odiados

por diferentes grupos, incluyendo judíos, romanos, samaritanos y ahora también cristianos. Vivían en las cercanías de la ciudad, al pie de la montaña donde, según se decía, Adán, el primer adorador de la Luna, había nacido. Esa ubicación les brindaba una falsa sensación de seguridad debido a la enemistad que los hombres de un solo Dios generaban con todas las comunidades. Sin embargo, Farid no cuestionaba las palabras de su madre, su padre ni del sacerdote que le enseñaba a cantar a la Luna. Las creencias arraigadas en él desde hacía más de dos mil años aún seguían presentes en su mente. Aún mantenía la esperanza de que su madre hubiera renacido, así como también su gato y la muchacha que solía llevarlo a bañarse en el remanso del río. Recordaba con añoranza el sabor de los pasteles con polvos blancos, anhelando volver a saborearlos mientras descansaba a los pies de Jemil, como si fuera su mascota o su monito de feria. Así, encerrado en un departamento en la Ciudad de México,

Farid mantenía vivos los recuerdos y las creencias de su pasado lejano. A pesar de las diferencias culturales y el paso del tiempo, su esencia seguía intacta, alimentando su deseo de volver a experimentar las emociones y los sabores de su antiguo hogar. —Necesito ver al príncipe Al Hákim —ordenó el califa. Llamaron al niño a las habitaciones del Señor de la Guerra. Iría solo, no vendría Sitt. —Me han dicho —comentó su padre cuando lo llamó para decirle que estaba muriendo— que entre los puros al otro lado del desierto hay una doncella. Le llaman La Virgen de la Tribulación. Ella te enseñará a crecer. Sabrás qué decir cuando llegue el final. Vivirás entre los puros y conocerás a los seguidores de un hombre que es Dios. Te guiará el espíritu de la tribu. Beberás de la fuente de la Madre de Dios porque allá, al otro lado del desierto, todos beben de esa agua fresca. Se descuelga del techo una araña y detrás de la araña una tela y detrás de la tela una voz. Muchos años después, en una catedral en la Nueva España, la voz de Hákim se desprende del techo. También allá todo se calla cielo, nube y sol. Hákim ha nacido para ser qari y fue cantante en la primera catedral de México Tenochtitlán. —Mama, ¿qué es ese ruido? —Ya lo sabes. Chacales, Hákim. —¿Vamos a morir? La Cristiana, mi madre, me aproximó a su seno y yo lo acaricié, pero no bebí de su leche amarga. —Hoy no, Hákim, hoy no morirás —me olisqueó la cabeza. Hákim jugueteaba tr

iste con el agua del río cuando La Cristiana vino a anunciarle que tendrían que separarse. Sus pies desnudos hacían rodar las piedras rojas y verdes en las que se escondían los ajolotes. Se dijo entonces aún cuando fuera inmortal, Sitt no me amará. Su gemela se quedaría en el palacio, pero él por un asunto que se le escapaba, tenía que escapar a la ciudad de los paganos. Y a él, a pesar de que sólo tenía doce años, se le había metido esta idea: Hákim, nunca nadie te amará. A cambio de haber recibido el don de las visiones, ella, Sitt, no te amará. Se sintió muy triste, pero no pudo llorar.

Con La Cristiana había ido a la ciudad. Allá está la mujer cristiana que siempre le habla de Jesús, el Mesías que llegó y un principe rubio. Un patricio romano a quien sus esclavos conducían en un baldaquín. En aquellas ocasiones los detenían los soldados para hacerles preguntas. Hákim quería tener, como aquel patricio romano, un trajecito de seda. 

—Sigue los mandamientos —decía el su padre— y verás que un día vas a volver a encontrar a todos los que has querido. 

Pero en aquel entonces no había un mejor lugar. Bastaba el suelo, había tanto. La sábana de piel de carnero y la lámpara que huele a sebo. El olor de La Cristiana que es agrio y rico como el limón de Tenochtitlan. 

—Tú no te mueras, ¿por favor? 

La Cristiana por la noche acariciaba tu pelo.

Juró por primera vez

Enterraron a La Cristiana envuelta en una alfombra roja. La enterraron sin música ni plañideras. La enterraron rápido, como con vergüenza. Y Hákim no dejó de llorar, pero no hubo quien viniera a consolarlo. Se cansó. Y las tías se fueron. Se fueron los primos, se fueron todos a sus casas y Mohamed se qued

ó echado sobre el túmulo de su madre y siguió llorando y pensando en que tal vez él habría atraído la mala suerte por preguntar: ¿tú también vas a morir? Sí.

Ese día, frente al cadáver de su madre, supo que la muerte era real. Ni siquiera vino a despedirla el Señor de la Guerra. Imaginar, sin embargo que no sucedería nada, que no volvería a verla, le produjo mareo. Como cuando uno sueña y está a punto de despertar. Lo había tocado. Lo había oliscado. La muerte era real.

La Luna nos ha traicionado, pensó Hákim. había dicho el hassidim. Todo hacía sentido. Tenían que ir más lejos, hasta la nada que es el trono de ese Dios. Tienes que ir con los puros en el desierto de Damasco. Ellos tienen el secreto de la inmortalidad. 

Los Hákimitas respe

tábamos a aquellos monjes de hábito crudo y barbas sin peinar que adoraban al profeta Jesús. Casi no volvimos a hablar y cuando llegó la tarde del tercer día y yo supe que estábamos por llegar al lugar de mi destierro, después de haber hecho las abluciones me recosté sobre sus piernas, como si fuese un niño. Le pregunté que si había notado algo extraño en mí. Algo fuera de lo normal. Me dijo que no. Ha cambiado mi voz. Ella me acarició la car. Lo supe. Seguía teniendo la voz gangosa. Seguía siendo tartamudo. Extrañado me recosté para mirar al cielo. Era verde. El mar de la Bahía del Apóstol. Los soldados habían comenzado a desembarcar. Van a matarla, me dijo el ángel. Pero no la molestes con eso. Ella te quiere tanto como la quieres tú. Que vivas es su mejor regalo. Me abracé a la cintura de La Cristiana y como cuando era niño le pedí que me contara la historia del Rey Serpiente.

—Sigue los mandamientos —le había dicho la mujer en Damasco—. Es seguro que volveremos a vernos. Cuando crezcas sigue siendo hombre de un solo Dios.

—Por qué mi padre que es heredero del turbante con un rubí quiere que me lleves al monasterio de los cristianos. El cristiano se detuvo. Vienen por nosotros. Si no nos matan los ya los romanos. Si no nos matan ellos vamos a morir de hambre.

Como a las cuatro un hombre se le acercó.  

—¿Porqué has estado llorando? —Me preguntó.

—Mataron a mi madre. 

—No es verdad.

Me extrañó mirar sus ojos porque algo en mí lo supo. Eras tú.

entaste junto a mí y yo te pregunté:

—¿Dónde está La Cristiana?

—Está con tu padre, pero va a volver.

—No es cierto —dijiste—. Yo no miento.

—¿Eres también hombre de Hákim?

Sonreíste iluminaste la playa con esos ojos como lo has hecho siempre, desde que eras el centurión más joven de Tiberiades.

—Yo no miento porque conocí a la verdad.

Tengo que seguir en el trabajo —dijo Califa y se levantó para irse. Hákim se despidió con el aire taciturno que había vuelto a él. 

En cuanto se quedó solo, volvió a meterse en sus meditaciones. ¿Qué es un alquimista? Esta pregunta le llenó la cabeza. Y era tan grande porque había escuchado tantas cosas que, decidió que no se iría a dormir. Sumido en sus pensamientos, Califa no se dio cuenta de que Lionel lo estaba mirando con curiosidad y tristeza. Por fin, pensaba, este muchacho volverá a ser el niño solitario incapaz de llevarse con nadie. mejor, pensó Lionel.

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