F0766 · El agua se metió en sus pulmones con una fuerza implacable…

El agua se metió en sus pulmones con una fuerza implacable. El frío lo envolvió, y en el instante en que creyó que todo terminaría, las imágenes comenzaron a fluir. Primero, los chacales en la colina de su pueblo en Chipre, sus ojos brillando como brasas en la penumbra. Luego, la voz de su madre resonó, tan clara y cercana que casi pudo tocarla. Su aroma, mezcla de especias y tierra, lo envolvió con una calidez que le hizo creer, por un momento, que la muerte lo llevaría de vuelta a ella.

El miedo, antes brutal y opresivo, se transformó. Lo que era pavor se tornó en amor, un amor tan vasto que amenazaba con consumirlo. Abrió los ojos bajo el agua, y lo imposible sucedió: podía respirar. Su pecho ya no ardía, y el peso que lo oprimía se desvaneció. Por primera vez, sus huesos dejaron de estar secos. La vida volvió a ellos como un río que llenaba un lecho vacío, y en ese momento, comenzó a vivir de nuevo.

Se miró a sí mismo y lo vio todo: era un cadáver en el canal, bajo la lluvia. Las gotas caían con un ritmo hipnótico, mezclándose con el agua que lo rodeaba, mientras su cuerpo flotaba inmóvil. Pero alrededor de él, el mundo se desplegaba en una sinfonía de muertos. Dioses y siervos, romanos, babilonios, mexicanos; todos estaban allí, sus rostros fijos en una quietud imposible, pero sus ojos llenos de historias que no podían ser contadas.

Vio barcos hundidos, con sus velas desgarradas todavía ondeando bajo el agua. Tesoro tras tesoro se acumulaba en el fondo del mar, un brillante cementerio de ambición y ruina. El Mar de los Sargazos se extendía ante él, un paisaje ondulante de algas interminables, como una alfombra viviente que lo invitaba a perderse en su inmensidad.

Farid comprendió que nadaba en el Leteo. Pero a diferencia de lo que contaban las leyendas, este río no traía olvido. Traía memoria. Una memoria tan vasta que ya nunca podría escapar de ella. Todo lo que había visto, todo lo que vería, lo atravesaba ahora con una claridad sobrecogedora. El agua no lo ahogaba; lo transformaba. Y en su transformación, supo que ya no podía volver a ser lo que había sido.

En el Leteo, las cosas no se olvidaban. Se grababan en la piel, en los huesos, en el alma.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes