Farid entró en la habitación de Lucía. La vio riendo junto a nobles españoles. Estaba en un hermoso jardín de flores oscuras y piedras rojas. Rodeado de gente que la amaba. Farid sintió que se le escapaba la belleza por la que había vivido todas estas aventuras y por la que había aprendido a cantar. Él que tenía tantos días de no pensar en otra cosa que no fuera ella. Él que había caído en la posibilidad de pensar que tal vez ella lo extrañaba también, la veía aquí feliz. Sin él. Cuando reía, un hermoso agujero se posaba en sus mejillas. Farid volvió a la iglesia. Practicó el salmo y se durmió. Soñó con un toro negro. Se levantó de madrugada. Encendió una vela, arrancó la sábana del lecho y con ella se colgó de una viga. Entonces lo vio.
Apareció un ángel que entró y cortó la sábana con un corte tan fino que al día siguiente el padre Miguel preguntó quién había hecho dos sábanas tan pequeñas.
Farid estaba convencido ya de que nadie nunca lo amaría este es el precio de tu voz, este es el precio por haber confundido la belleza perenne de Jesucristo con el sonido mortal de tu boca cuando cantas el salmo. No sintió ganas de llorar. Era una convicción decisiva.
—Nunca nadie te amara —murmuró.
Lejos de sentirse triste, se sintió liberado murmuró. Ella envejecerá, ella morirá y yo. Yo no dejaré de ser el soldado que canta.
Todo se había vuelto hermoso. Le pareció que veía por primera vez el arroyo, a los muchachos que jugaban a lo lejos. Entre ellos, lo vio claramente, estaba el ángel que había salvado a Farid. Le sonrió.
Atonatiuh escuchó que sobre la ciudad que él debió haber hecho renacer había caído una nueva maldición. La viruela.