* Salimos otra vez hacia el patio. Caminábamos por el peristilo y le dije a fray Pedro que pintaba bien aquel indio. Amablemente me reprendió y me dijo que ese no era el nombre de su pueblo. Me hizo repetir que se llamaban mexicanos. Respondí cariñoso que los europeos tienen la enojosa costumbre de cambiar el nombre a todo y a todos. A mí, por ejemplo, me quitaron mi nombre y ahora me llaman Isaac. Habíamos llegado al refectorio. Sonó la campana mayor y todos los muchachos comenzaron a llegar. Se bendijeron los alimentos, él tronó la campana y me presentó a todos ellos. Y no me presentó con el nombre que me habían impuesto. Dijo, hoy va a comer con nosotros mi amigo Farid.