F0272 · —¿Es verdad que te resistes al sacrificio?

      Alvarado sintió un placer que le recorría la espalda cuando vio al primer muchacho sin vida desplomarse por el costado de la pirámide ensangrentada. Junto al emperador, Atonatiuh recordó aquella mañana en que, muy niño preguntó a su madre: «¿todos vamos a morir?». Ahí la tenía, de frente, la muerte violenta, la muerte cruel, la de olor a sangre, la sinsentido, la oscura, la que acecha, la muerte que no sabe de dioses.  «En unos minutos estaré en las moradas del sol —se dijo—. Habré despertado. Esta pesadilla será… ¿qué será?». Ometecuhtli. ¿Qué eres? 

En las vísperas de la fiesta de mayo, por instrucciones de Ácatl, entraron a su habitación Tlali, la madre de Atonatiuh y Cipactli, su prometida.

      —¿Es verdad que te resistes al sacrificio?

      —No es verdad madre —contestó Atonatiuh—. Estoy dispuesto.

      —Todo aquello por lo que murieron Izcóatl y tu padre están ahora en tus manos. Es necesario el sacrificio de un príncipe para que el Anáhuac sea lo que fue.

      —¿Y qué fue? —preguntó Atonatiuh— una ciudad que huele a sangre. Eso es lo que fue. Voy a sacrificarme por amor al pasado, pero no por que lo crea. Y tú, madre tampoco lo crees. Tú me dijiste una vez que rezara para que el miedo a la muerte se transformara en amor. He rezado, madre, lo he hecho y por eso me voy a sacrificar con amor.

      Fue la más imponente preparación de las fiestas de mayo que vivió la ciudad. Se quemaron fuegos y a la tarde siguiente, Atonatiuh penetró en la zona sagrada de la ciudad seguido de cincuenta muchachos. Hubo música y bailes. Atonatiuh subió hasta lo alto de la pirámide y se sentó en el trono imperial.

      Cuitláhuac ordenó a un muchacho que fuese a decir a Marina: “se consumará el sacrificio, Moctezuma no lo quiere”.

      El niño corre por las calles de México. Nelli se arrojó a los pies de Malinche:

      —Impide, por favor el sacrificio del joven dios.

      Marina irrumpió en la habitación de Pedro Alvarado y le dijo: 

      —Tu dios te va a castigar por lo que allá en la cima de la pirámide está sucediendo.

      Marina lo llevó al balcón. Con cierto placer contempló cómo los cuerpos sin vida caían desde lo alto de la pirámide. Uno tras otros, eran extraídos los corazones.

      Atonatiuh, en el trono miraba y pensaba:

      —Lo único verdadero es que todo morirá.

      Alvarado dispuesto ya desde la noche anterior contravino la orden de Cortés, que había ordenado expresamente que se impidiese la violencia,  juntó a sus hombres. Sabían qué hacer.

      Cuitláhuac estaba diciendo a Cuauhtémoc:

      —He ahí lo que quieres, los españoles ya se están alistando y van a atacar en la fiesta de mayo.

      —¿De qué estás hablando? —preguntó escandalizado Cuauhtémoc. En la fiesta están todos los nobles de México Tenochtitlan.

      —No hay nada que hacer. Es necesario.

      Cuauhtémoc lo miró dudando, pero como ambos eran soldados supo lo que tenía que decir:

      —Yo primo, soy el mayor en edad y jerarquía. Si yo fuese el emperador…

      Cuauhtémoc contestó:

      —Si fueses el emperador, me pondría a tus pies. Se inclinó para besar su túnica y luego puso la frente en el suelo.

Hubo música y bailes. Atonatiuh subió hasta lo alto de la pirámide y se sentó en el trono imperial para ver a todos los otros muchachos que serían sacrificados. En lo alto, Ácatl apuró la ceremonia. Estaba convencido de que en el instante en que tuviese entre sus manos el corazón batiente del hermoso dios nacido de la guerra de Tepeyohtli, renacería la historia de Tenochtitlan.

 No sabía como, pero estaba convencido de que se detendría la masacra y pensó tal vez que vería el rostro del sol. De pronto descubrió que había sido un necio. Él que quería ver al sol, lo tenía aquí delante, frente a este muchacho que estaba a punto de morir y ni siquiera temblaba.

El 16 de mayo de 1520 tuvo lugar la Fiesta de Tóxcatl y la Matanza del templo mayor. Los mexicas, en ausencia de Cortés, quien había ido al encuentro de Pánfilo de Narváez, con Pedro de Alvarado que se había quedado al mando, ordenó que comenzaran los disparos. Este hecho precedió a la derrota de los españoles conocida como Noche Triste. Se ha dicho que Pedro de Alvarado pensaba que las festividades eran una actividad de guerra. Anticipándoese al ataque sorpresa contra su guarición, Alvarado precipita una brutal venganza contra los españoles por parte de todos los militares de la capital azteca que se ponen peor cuando Alvarado lleva a Moctezuma al balcón del palacio de Axayácatl para tratar de calmar a la multitud que, furiosa comenzó a apiedrarlo. Se dice que fue ahí que murió Moctezuma, pero en realidad parece que murió algunos días después. En un ridículo acto de heroicismo se cuenta a los niños en México que quien lanzó la piedra que mató a Moctezuma fue Cuauthémoc. Se hace así, del joven y último tlatoani mexicano, una suerte de David que había vencido a Goliat, pero, otra vez, con esta mentira se esparce la noción racista de que los aztecas eran una suerte de pueblo judío capturado que tenía que liberarse de sí mismos, del demonio de sus propias supersticiones. Y Moisés no sería Cortés, sino los frailes que evangelizaron lo que hoy es México. Se trata de una versión que tiene la ventaja de ser muchísimo más caritativa hacia los indígenas. Es probable que, a la caída de la ciudad, ya cuando los españoles tenían el control y el poder religioso luchaba con el poder político por el control de los nuevos ciudadanos del imperio español, los religiosos españoles lanzaran a los niños historias de la historia de la salvación intercalándola con su propia historia. Así, Cuauhtémoc sería este David que, sin onda, con el solo poder de su brazo, acabó con la vida de un rey traidor. 

Tóxcatl significa cosa seca, falta de agua. En el calendario mexica es el quinto mes. Son veinte días dedicados a Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. Le ofrecen maíz tostado engarzado a manera de collar. Son puestas en hombros de las deidades y la portan gente que ejecuta danazas. Las representaciones de los dioses son hechas con amaranto mezclado con miel de abeja. Se hacía una gran fiesta en los patios del Templo Mayor para celebrar el final de este mes. Una gran figura de Huitzilopochtil en amaranto y miel era cargada en hombros y llevada en procesión. La acompañaban con danzas y cantos. Se repartía el amaranto con miel en palanquetas a todo el pueblo. El día 22 de mayo de 1520 en el calendario juliano, el último día de Tóxcatl correspondiente al 9 Tecpatl del año 2 tecpatl comienza la matanza de Tóxcatl. Con la meurte de Moctezuma se da la anarquía, el caos, la serpiente ha caído de la mano del Encantador de sepientes. Ya no hay nadie que pueda controlar nada.  

—Cortés ha dicho que no abandonemos los puestos —dijo Alvarado.

      —Están matando niños —respondió Marina— y créeme, con esa sangre renacerá la ciudad.

Alvarado salió al patio en el palacio de Axayácatl. Gritó una orden y tuvo de pronto frente a sí al ejército de guardia: españoles y tlaxcaltecas. Marina encontró la forma de entrevistarse con Cuauhtémoc. Le pidió que evitara la fiesta de mayo.

      —Sería una provocación —le dijo.

      Cuauhtémoc despreciaba a aquella mujer, pero contuvo su despecho e incluso decidió tomarla en serio cuando ella preguntó:

      —¿Consentirías que fuese Chimalpopoca el rey de México Tenochtitlan?

      Cuauhtémoc dijo que sí.

      —La única manera —dijo Marina— en que puedo evitar la masacre que ya se prepara a caer sobre esta ciudad es que fuese Chimalpopoca el nuevo Dios de México Tenochtitlan. Pero Cortés sería el regente y mi hijo Martín un príncipe imperial.

      Cuauhtémoc le pidió que se fuera y se quedó pensativo viendo como volaban bajas las golondrinas antes de empezar la tormenta.

Ayauhtli ordenó que encendieran las antorchas en lo alto del templo mayor. Subió lentamente y, en lo alto de la pirámide, pidió al más avezado de sus aprendices que le abriera el pecho con el cuchillo de obsidiana que había heredado de su padre

      El cuerpo de Ayahutli se desplomó sin vida, dando tumbos, dejando aquí y allá pedazos de seso y músculo, nervios embarrados en la aridez de la piedra. Fue la primera vez que Ayauhtli en verdad ofició un sacrificios y al pie de la pirámide su sangre se unió a la de miles de muertos, niños, niñas, mujeres y viejas que habían venido hasta el corazón de la ciudad para defenderla en sus últimos estertores.

Visto que Ilhuícatl, el sacerdote de Moctezuma, estaba seguro de que Cortés sería derrotado y como Alvarado no podía saber cuál sería el resultado de la batalla, la paz en Tenochtitlan se volvió tensa cuando partió Cortés a enfrentar a Pánfilo de Narváez.

      Alvarado nada dijo cuando comenzaron los preparativos para las celebraciones de mayo. Se había contentado sólo con evitar que el emperador saliera a las calles, pero en todo lo otro, la vida en la ciudad sagrada siguió igual.

 Alvarado no había querido nunca a la princesa que regalaron a Cortés en las costas de Tabasco. Aún así la escuchó cuando vino a sus habitaciones y dijo los tlaxcaltecas que hoy te apoyan van a creer que el ciclo se reinicia con la sangre de ese muchacho. No habrá una nueva oportunidad para demostrar que el sol va a nacer con o sin sacrificios. Hasta dentro de cincuenta y dos años, tal vez. Pero dentro de cincuenta y dos años, los herederos de Velásquez van a reinar esta tierra.

      Alvarado, pensando estas cosas, se asomó al balcón imperial: Había comenzado la procesión.

Atonatiuh se miró vestido con aquel traje de emperador frente al espejo. Brillaban las plumas y en efecto ofrecía la imagen de Tenochtitlan. Se abrieron las puertas y entró la parihuela con Ácatl al frente. Todos se inclinaron frente al dios que sería sacrificado, Atonatiuh subió a la silla que levantaron los hijos de los hombres más nobles de Tenochtitlan y a una orden de Ácatl, la procesión salió del Palacio.

Atonatiuh iba cubierto por un palio el humo del copal al pie de la pirámide costras de sangre. Batía el corazón. Trató de entender lo que había aprendido en la cueva de las águilas cuando comenzó su entrenamiento guerero. Esta pirámide era el puente entre lo fugitivo y la eternidad. Atravesó el muro de incienso Subió el primer escalón de la pirámide. Futuro y pasado le arrancaron la paz que consistía en la frescura de la piedra. Cada uno de sus pasos Desde la que iba viendo la grandeza de la ciudad desde lo alto de la pirálos más hermosos pétalos pero el futuro lo estaba aplastando

      En una litera dorada, cubierto por un palio del color del cielo Atonatiuh penetraba la zona sagrada de la ciudad. Cruzó un muro de humo de copal y se aproximó caminando al primer peldaño de la pirámide. El corazón le batía. Era el tabernáculo donde yacía incierto el fuego que reiniciaría el ciclo del nuevo sol. En él había vuelto el temor primigenio, el temor a la muerte y pasado y futuro se agolpaban en su cabeza arrancándole la paz del presente.

      Iniciaron los cantos. Atonatiuh subió descalzo y niños y niñas parados en cada uno de los peldaños lanzaban a sus pies pétalos de flores.

      Llegado al primer descanso sentía ya que el futuro lo estaba aplastando, pero siguió adelante erguido, con la dignidad de un dios verdadero y conforme ascendía, la blancura de la ciudad se fue volviendo salvaje, era una brillantez que estaba a punto de deslumbrarlo y el llanto de las viejas, el grito de los niños, la admiración de los hombres hicieron que el miedo escapara y él en su ascenso se sintió contento con ese destino.

      En lo alto de la pirámide, tan cerca del sol, pensó que era digno morir así en un presente por siempre que reiniciaría por siempre el ciclo infinito que iniciaba en el batir de su corazón.

      Le quitaron la capa, un esclavo humedeció su pecho para que estuviese limpio. Lo condujeron a un trono de piedra y cuero y lo coronaron con plumas preciosas rojas y verdes. Comenzó la ceremonia.

      En la plaza del templo, sin embargo, irrumpieron salvajes los españoles. Y comenzó la carnicería. murieron a cañonazos, con las hachas clavadas en cráneos y pechos, sin sentido ni gloria los niños educados en el calmécac, los veteranos de guerra, los calpixques. Murieron los intérpretes de los códices y arriba en el bosque, Moctezuma alimentaba a los peces y jugaba con sus hijos. En el palacio Cuitláhuac sentía en sus venas purificarse su sangre. Estaba listo para la guerra. Huitzilopochtli y Tezcatlipoca se habían desatado. Comenzó la carnicería. Alvarado dio la orden y desde el palacio de Axayácatl, vomitaron los cañones su fuego de olor a azufre. Los soldados al mando de Cuauhtémoc clavaron sus hachas en cráneos y pechos. No había sentido ni gloria en lo que estaba sucediendo. Los niños educados en el calmécac, los veteranos de guerra, los calpixques murieron. Las huestes de Alvarado habían cercado la zona, Atonatiuh se había dado cuenta de que Ácatl estaba en éxtasis y que el éxtasis le impedía pensar. Ordenó con la potencia de una voz imperial: 

      —Sácame el corazón.

      Ácatl volvió a levantar el cuchillo de obsidiana. Abajo, la multitud se agolpaba en un rugido, en el éxtasis de la sangre. Se golpeaban, se mordían las lenguas hasta sangrarse. Era ya tal la embriaguez de la fiesta, que no entendieron que había comenzado la masacre y el sol no renacería nunca más.

 Ácatl levantó el cuchillo de obsidiana. Estaba convencido de que en el instante en que tuviese entre sus manos el corazón batiente del hermoso dios de mayo, renacería la historia de Tenochtitlan no sabia cómo, pero estaba convencido de que se detendría la masacre y pensó que vería el rostro del sol. Entonces un rayo de luz roja, tal vez el sol, tal vez la tea, tal vez un cañonazo, iluminó la cara de Atonatiuh y Ácatl temblando se dio cuenta de que aquí, en este muchacho estaba dios, el verdadero dios, el único dios. Atonatiuh se levantó y caminó voluntariamente, sin temblar hacia la piedra de sacrificios.

 En lo alto de la pirámide, Ácatl apuró la ceremonia. Estaba convencido de que en el instante en que tuviese entre sus manos el corazón batiente del hermoso dios nacido de la guerra de Tepeyohtli, renacería la historia de Tenochtitlan. No sabía como, pero estaba convencido de que se detendría la masacra y pensó tal vez que vería el rostro del sol aunque tal vez, se dijo, el rostro del sol estaba ahí, en ese muchacho que voluntariamente se había dejado amarrar a la piedra de sacrificio.

Pedro de Alvarado —quien esperaba con gozo cualquier provocación— escuchó con gusto que Ácatl estaba preparando la fiesta de mayo. Lo permitió Cuitláhuac por las mismas razones.

      —Organizar la fiesta de mayo en estas condiciones —dijo Cuauhtémoc— es poner en riesgo a todos los nobles de la ciudad.

      —¿Qué podemos hacer? —contestó— Cuitláhuac. Algo habrá de sacrificarse, no sólo un dios.

      Con la obstinación del sacerdote que prefiere el rito a la cordura, Ácatl consiguió a los príncipes que subirían con Atonatiuh hasta la cima de la pirámide.

      —Si el muchacho quiere morir —dijo Moctezuma, cuando Ayahutli le preguntó su parecer—, que suba a la pirámide y que le saquen el corazón. Uno más. Pero ¿de qué han servido los sacrificios?

Atonatiuh vio la masacre y comenzó a convencerse de que era su culpa. Había caído sobre de él todo el peso del universo. Él tenía que sacrificarse, comenzó a subir la pirámide, lo hacía de modo tan calmado que los soldados españoles pasaron junto a él y lanzaron al sacerdote por la escalinata. Allá abajo, la multitud recibió los despojos de Ácatl gritando y mordiendo. 

Inconscientes de que los españoles habían comenzado a atacar a la multitud reunida bajo la pirámide, se lanzaron sobre el cuerpo desmembrado de Ácatl y le mordieron las piernas, la cara, los genitales. Se bañaron en su sangre y blandieron al aire sus huesos.

Atonatiuh, bajó lentamente, con el tlaxcalteca y la multitud azorada le abrió paso. Mirándolo con la reverencia de quien ha vuelto de entre los muertos.

Atonatiuh volvió a acostarse, miró al cielo. y se abrió el pecho.

En la cima de la pirámide, el muchacho tlaxcalteca cortó con su hacha los lazos que mantenían a Atonatiuh atado a la piedra de sacrificio. 

Con la mano libre, el joven Dios le dio un puñetazo y el tlaxcalteca le hubiera rebanado el cuello, pero Atonatiuh era fiero y logró esquivarlo. Con un nuevo golpe que golpeó las cuerdas, Atonatiuh se sintió liberado y creyéndose un Dios, con la fuerza de un Dios, tomó al tlaxcalteca, lo levantó por encima de su cabeza y lo arrojó para que la multitud abajo lo devorara.

 Atonatiuh despertó de madrugada. Lo despertó la muerte que desgarra y recordó haber soñado esas caras. En su sueño, esos hombres y mujeres eran los dioses del inframundo alimentándose del cuerpo inocente de muchachos como éste que había subido con la intención de salvarlo. Pensó en el hombre que había matado. Se arrepintió tanto que no por sus cualidades heroicas sino por odio a si mismo se recostó en la piedra de sacrificio, tomó el cuchillo de obsidiana que había blandido Ácatl y él mismo se lo encajó en el pecho.

Atonatiuh, bajó lentamente, con el tlaxcalteca y la multitud azorada le abrió paso. Mirándolo con la reverencia de quien ha vuelto de entre los muertos

Atonatiuh se había desvanecido en lo alto de la pirámide. La herida en el pecho no había sido lo suficientemente profunda. El dolor lo había desmayado antes de que la obsidiana tocara su corazón.

Se levantó mareado y triste. Desconcertado, enajenado, fuera de sí. Y le sorprendió, antes que cualquier otra cosa ver que la ciudad seguía en pie aunque parecía haberse vaciado de gente y el viento golpeaba con aullidos de miedo. Le pareció entonces que había despertado en el Mictlán y le sorprendió que no viniesen a recibirlo los dioses, ni su padre, ni su hermano, el pequeño Izcóatl.

La madrugada de la masacre del templo mayor, mientras los hombres se preparaban para la batalla, las madres se despedían de sus hijos. Gritaban llorando y les decían acariciando sus caras como si fuese la primera vez que las vieran: “¿Qué será de ti”.

      Atonatiuh vagó por una ciudad que ya sólo parecían estar habitando las prostitutas. Fue hacia el norte, hacia el puerto de Tenochtitlan y le crecían las ganas de unirse con los cadáveres que fue viendo, los despojos en la rivera. Le dolía el pecho. En su deseo de sacarse el mismo el corazón había conseguido apenas una pequeña cicatriz. El golpe no había sido ni siquiera lo suficientemente fuerte para romper el tórax.

      Cuando, exhausto, no pudo seguir caminando, se recostó sobre un árbol que miraba al este y con los ojos fijos en el lago se dijo: “que vengan, pues, los nuevos dioses por mí”.

      Lo despertó el sol radiante del sol de mayo. Era un sol extraño que iluminaba la ciudad con esta certeza: “hemos sido asesinos todo este tiempo, asesinos y nada más”.

Atonatiuh parecía muerto, pero la herida en el pecho no había sido lo suficientemente profunda. Viendo la zona sagrada destruida, se convenció de que el sol, para siempre se había apagado por culpa suya. Miró a la gente furiosa lanzarse contra el palacio. Sin saber que Moctezuma estaba prisionero en El Chapulín, fueron contra el palacio de Axayácatl y gritaban: ¡No somos más tus vasallos!

      «!Ah! Si el padre Moctezuma pudiera escucharlos, qué tristeza sentiría», pensó Atonatiuh. Pero el rey estaba prisionero en el palacio del Chapulín.

         Alrededor suyo se levantaban ardiendo las paravelas. Serpenteaban hacia el cielo. Se había acabado el ruido. Era de madrugada y en el Palacio de Axayácatl estaban encendidas las luces. Junto a él escuchó a un hombre llorando. Era Ácatl. Cuando Atonatiuh se incorporó sintió el dolor en el pecho. Tenía una costilla rota. Apenas había alcanzado a romperse una costilla con el golpe que se dio en el corazón. Ácatl lo miró como un enajenado.

      —Mira —le dijo—. Despierta para ver lo que has ocasionado.

      Desde lo alto de la pirámide vio el Templo Mayor en llamas. Los cañones de los castellanos habían alcanzado algunas de las esculturas y todo estaba lleno de cadáveres sobre los que volaban aves de carroña.

      —Pronto vendrán los chacales —dijo el gran sacerdote. 

      Escuchó que lo llamaban y Ácatl, malhumorado, se levantó. A pesar de haber llorado, aún se veía alto en dignidad. 

      —Ahí está. Viene por ti la mujer que te ama. Y te la puedes quedar. Ha terminado el sexto sol. No hemos sido dignos de darle vida. Has sido un pequeño dios cobarde que merece vivir aquí.

      El sacerdote comenzó a descender la escalinata de la pirámide. Se encontró en la base con Nauhtli quien se inclinó frente a él con la misma reverencia con la que lo había hecho siempre. Ácatl se aproximó a ella, la levantó por la barbilla y le dio un beso muy tierno. Cuando abrió los ojos descubrió que ella lo estaba mirando muy sorprendida. Le tenía miedo. Era innecesario. Había terminado su lugar en este mundo. Tampoco él merecía la eternidad. Esto era su futuro, la ciudad destruida, la ciudad demolida por aquellos tlaxcaltecas. 

      Nauhtli subió hasta lo alto de la pirámide. Atonatiuh se había incorporado sobre las costras de su sangre. Era mucho el dolor, pero se dejó abrazar por ella que se inclinó ante él y se echó a sus pies llorando y llorando le acarició sus pies desnudos, sus pies de príncipe. Los besó y le dijo hermosas palabras que antes lo hubiesen impulsado al amor, pero él había perdido demasiada sangre y ella tuvo que ayudarlo a desatarse y bajar de la piedra de sacrificios. Era mentira. Nadie conocía el día de su muerte. Ni siquiera el dios de mayo. 

      Bajaron la escalinata y cuando Nauhtli lo conducía hacia el Palacio, Atonatiuh se negó. Le pidió que fueran al muelle imperial. El muelle en el que él, Atonatiuh, había descendido el día que conoció la ciudad de los dioses. Se sentó para descansar y para ver cómo se reflejaba el cielo en el lago, como habían hecho la ocasión en que se amaron por primera vez. Luego dijo que tenía hambre y se dirigió al mercado donde comenzó a buscar comida entre la basura. Había enloquecido. No hacía otra cosa que murmurar que era su culpa la destrucción de la ciudad y sin embargo al día siguiente, cuando comenzaron los dolores de parto de Nauhtli, él la ayudó. El hijo del dios de mayo nació en los escombros de Tenochtitlan. 

En su camino, mareado, exaltado, sintiendo que se movía en un estado intermedio entre el tiempo de Dios y el tiempo del hombre, Atonatiuh caminó por la ciudad. Le sorprendió que sus sentidos comenzaran a abrirse, a escuchar, a ver y sobre todo a oler. Los muchachos, las vírgenes, los hombres derrotados, deformes. Había un gemido de tristeza, de Había muchachos y vírgenes, hombres deformes y príncipes de la cuna más noble. Creyó mirar a los sacrificados de la ciudad de los dioses, aquellos niños y niñas sobre las que se construyeron los templos del sol y la luna en la gran Teotihuacán.

Atonatiuh despertó en las ruinas del palacio de Axayácatl.

      —Conozco cada uno de tus miembros —decía Nauhtli—, por eso pude reconocerte en el mercado.

      Atonatiuh se revolvía como tratando de despertar de un sueño.

      —No soy un dios —decía.

      —Si lo eres —murmuraba la pequeña Nauhtli y le besaba los pies.

      Desilusionado constató que seguía en el mundo. Y fueron los cadáveres que devoraban los buitres los que lo convencieron de que seguía aquí.

      «El sol —pensó— debe haberse apagado». Se culpó de semejante desgracia. Era un asesino del sol.

Aquí se revela que Malinalli es la amante de Atonatiuh. 

Aquí la vuelta es la posibilidad del sacrificio de Atonatiuh La aventura Marina está por funcionar muy bien. Los están persiguiendo a don Felipe Carlos será coronado en octubre de 1520

      ¿Qué es la verdad? La muerte, el descenso del sol. El infortunio. Que todos los afanes que sobrevivimos día con día se acumulan en nuestros huesos. Cuauhtláhuac volvió a su habitación. No había querido celebrar con sus nobles y generales su coronación. Se sentía muy cansado, tanto que alterando todos los protocolos que unas horas antes había jurado obedecer, lo único que estaba deseando era volver a su habitación y dormir. Cerrar los ojos y no saber del miedo que lo estaba atormentando. El miedo de que no existiese tal cosa como una verdad. De que estuviese equivocado y que todas las guerras que había batallado se elevaran al cielo convertidas en humo, en nada. Ordenó que lo dejaran solo y que apagaran las antorchas. Ahí, en la oscuridad volvió a recordar la cara de aquel esclavo que le traía de comer cuando era prisionero de Hernán Cortés.

1520 19 de mayo. Tras sobornar a algunos procuradores, Carlos I consigue que le voten el servicio las Cortes de La Coruña. Se oponen hasta el final los procuradores de Córdoba, Jaén, Madrid, Murcia y Toro. Se hallan ausentes los de Toledo y Salamanca.

 Carlos rezaba solo en la capilla de su palacio en Valladolid. Entró por la puerta un viento que parecía querer apagar los candelabros, pero uno de los sirvientes cerró discretamente la ventana para no interrumpir las meditaciones El emperador esperaba en la nave central de la catedral de Valladolid. Entró un hombre y el viento comenzó a dar vela tanto que parecía que iba a apagar todos aquellos candelabros. Volvió al rey español la inquietante sensación que tenía de niño, el miedo a la oscuridad que sólo alejaba su tía Margarita. Era de noche y a pesar de que estaba convencido de que estaba a salvo había en él la idea de que podía ser atacado. Hacía varias horas que estaba rezando por la salvación de su alma porque lo deseaba. Deseaba la muerte de aquel hombre. Había deseado la muerte de su tío. Había deseado la muerte de Francisco I. ¿Para qué quieres ser emperador? Se preguntaba. Se daba cuenta de que en lo que refiere a la gloria terrena la tenía toda desde que había nacido en Flandes. Desde que su abuela lo llamó el Matías sobre quien Dios había lanzado la muerte de la sucesión de los pueblos españoles. Pero además estaba la realidad de todas aquellas muertes. Había muerto su tío Miguel de la Paz siendo un niño, su madre había enloquecido. Había silo la desgracia la que lo había llevado al trono español y ahora era el dinero el que le estaba entregando ese trono. El trono del César, del custodio de la cristiandad. Dio gracias a Dios a pesar de que se sentía culpable. Al mismo tiempo entraban los muros de la ciudad un grupo de jinetes. Señores habían dicho, el rey nos espera. Habían explicado a los guardias que venían de Alemania. Para que la guardia del rey lo supiera hicieron sonar los cuernos. Carlos se levantó. Entraron diez caballeros armados a la catedral. Los tres más poderosos se adelantaron y pusieron la rodilla en el suelo. Salve, César dijeron. Nada más. El último elector había aceptado el soborno, Carlos había sido nombrado emperador del trono de Carlomagno, era el contrapeso del papa en asuntos humanos. Era el hombre más poderoso del mundo. Era Carlos V emperador del Sacro Imperio Romano-Alemán.  

Al día siguiente comenzaron los preparativos. Llevarían tanto tiempo que el emperador estaría ausente de España durante dos años. Nombró a su cuidador Adriano de Utrecht senescal. En poco tiempo sería coronado. El día de su cumpleaños. En la corte de Moctezuma, el otro emperador del mundo, estaban celebrando el fin del año Ce-Ácatl, el año de Quetzalcóatl. Pronto comenzaría el año dos Pedernal, y lo hacía por iniciativa de Ácatl pero a decir verdad ya no gobernaba nada y en Tenochtitlan por primera vez desde la fundación de Tenoch había anarquía. tenía que celebrarse en la capilla Palatina de Aquisgrán, la antigua 

Esa noche, antes de escapar de lo que evidentemente era una trampa, los españoles hicieron una misa y escogieron quien iría con ellos. 

—¡Reverentiam! —dijo el ceremoniero.

      La procesión se inclinó frente a la cruz de madera. Atonatiuh pensaba en la debilidad de su señor Moctezuma y en un Dios que en el acto infinito de su poder se hace débil y así débil mantiene al universo unido gracias al poder de sus débiles brazos.

      —Procetsio.

Emergió de entre el humo la cruz. El más pequeño de los niños e hizo sonar una campana. Atonatiuh se sintió consternado con el novedoso sonido del bronce.

El ceremoniero suspiró cuando escuchó arriba, en el coro, cómo la voz de Atonatiuh se enredaba en la voz de Farid. Emergieron las voces del humo y se hizo primero silencio en la mente de los reyes y los príncipes. Luego todo se les llenó de música. El tiempo se hizo Dios. Era la voz de bautismo del joven Chimalpopoca, de los viajes que estaba por iniciar, de un alma que no sabe si es por voluntad o justicia.   Era la voz del desierto del norte, de la peregrinación, de un pueblo de garzas blancas. La garganta de Atonatiuh no era más poseedora de esos sonidos que las nubes del color de los atardeceres.

Uno a uno fueron bautizados los niños tlaxcaltecas, uno a uno los guerreros, las mujeres y Atonatiuh que había venido al Anáhuac para ser sacrificado se convirtió en el cantante del bautizo del rey.

1520 mayo 20 zarpa Carlos I desde La Coruña rumbo a la tierra alemana.

“El 11 de enero de 1519, murió su abuelo (Maximiliano, emperador de Alemania); como la sucesión era electiva, fue elegido Carlos V el 28 de junio de 1519; Carlos V logró la elección imperial (28 de junio de 1519) merced a la corrupción y los sobornos: usó cantidades enormes de dinero, prestadas por el banquero Jacobo Fugger, para pagar a los príncipes alemanes que debían designar al nuevo emperador. El 20 de mayo de 1520, dejando de regente al Cardenal Adriano, marchó para Alemania, donde fue coronado como emperador de Alemania el 22 de octubre de 1520 en Aquisgrán.” https://historiaespana.es/biografia/carlos-i-espana-carlos-v-imperio-germanico

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