F0273 · Antón que había dormido esa noche en el palacio de Axayácatl le dijo:

En Moctezuma habían recomenzado los dolores que lo postrarían ante el reino de Tlaxcala. Ningún médico había podido atinar qué tenía rubios del otro lado del mar creyendo que eran todos los males el único mal se llamaba deslealtad. Traición. El de Moctezuma era el dolor de la lucidez el jaque en que tenían a su reino en suma todos los conspiradores era aliarse con Cortés ven mejor ahora que viven sin dios ni estandarte, en un mundo que brilla como el barco de Antón a la mitad de la nada. Dos primos Cuahtláhuac y Cuauhtémoc pidió ver al joven Atonatiuh quien estaba los cortes rituales un viejo mayordomo. 

Antón que había dormido esa noche en el palacio de Axayácatl le dijo:

—Ten cuidado con ese zorro.

Se había despertado varias veces las razones se consolaba “no podía empeorar, sea como sea voy a morir.” Verde conforme el cortejo. La multitud se aproximaba a la ribera querían saber quién iba el joven dios que emergía del lago con cada remo como extensión de fuerza divina los puestos de guardia eran de un dios teotihuacano bajó del esquife el ceremoniero cuando estuviera frente al padre del 

Lucía Cornero fue ese día y le dijo a su confesor se negó a perdonarla si no le decía todo a su esposo, a pero Lucía no lo hizo sintió que era un triunfo de su carácter. La atraía como nunca la mesa bien servida y los juegos de cartas se dedicó a rodearse de gente qué hermoso es este clima tenía tres años viviendo en esta encomienda 

Su padre llamó a Farid, el oidor quiere verte. Estaba de mal humor. Pidió que fueran con él a Veracruz donde vería al oidor

Farid dijo que sí, vagamente lo recordaba. 

Pablo fue con Pablo a Veracruz. Creyó que había cambiado su posición. Cuando caiga Tenochtitlan.

 Cuando Lucía supo que estaría fuera de la encomienda unas semanas, se consternó tanto que estuvo llorando toda la tarde. Pablo le mostró que había en el vientre del muñeco una delgada línea roja.

—Ábrela —le dijo.

Era una prueba de amor. 

Farid olvidó que su amor era fruto del despecho del deseo de ser otro. 

En Veracruz, Farid cantó para un oidor se imagiaba Moriré donde se pone el sol seré llevado al cepo y después moriré en un torreón como ese en el que había convalecido de la castración. Si me atrapan por mis amores, me llevaré conmigo todo el honor de la familia Cornaro. “Ah”, pensaba Lucía “cómo hubiese querido conocer a ese joven cantante en Venecia.”

45 Llegué a México el 19 de noviembre de 1527. En cuanto me dieron la habitación en la que viví aquellos cuatro años y vi que tenía a mi disposición un espejo me desnudé para verme. A pesar de que no había cambiado, casi no me reconocí. El pelo me había crecido y tenía el aspecto de un pequeño salvaje. El viejo turco tenía razón. Ahí estaba la cicatriz. No dolía. Era discreta y roja. En cuanto a la verdadera cicatriz, la de saber que vamos a morir, no había comenzado a sangrar. Me presentaron al amo, el padre Estévez. Era un hombre gentil que había venido poco después que Juan Díaz, el capellán y confesor de Cortés, lo que equivale a decir que llegó mucho antes que los grandes evangelizadores de la conquista. Estévez había venido con su única familia, una sobrina que afirmaba descender de el último emperador de Bizancio. Se había casado con un militar italiano que ganó fama en tiempos de los Borgia y que había probado su inteligencia, que no su valor, cuando Carlos VIII de Francia invadió la Península Italiana. En Gante, Estévez también conoció a don Pedro, primo del emperador y maestro de la primera escuela de artes y oficios en esta ciudad. Tenochtitlan entonces y ahora poblada por lo mejor y lo peor de Europa. Junto al genio de Pedro de Gante, junto al hijo de Moctezuma, de quien te hablaré más adelante, luchaban por hacerse con algo de poder los antiguos sacerdotes, los caciques, los piratas y los bastardos de aquellos reinos de Europa que aquí sonaban tan decadentes. El emperador tenía poco tiempo para ocuparse de nosotros. Su tiempo lo ocupaba luchando contra las herejías luteranas y aunque la gallardía del castellano, su fe y su deseo de pureza lo habían enamorado, como a mí. En aquel tiempo, sin embargo no estaba convencido de todo esto. Enamorarme de lo que hoy es España llevó su tiempo y por eso te escribo en este idioma. A quienes aún la odian por todo lo que sucedió en aquellos años sólo les digo que es entre los locos y no entre los santos que la pureza se da. En cuanto al emperador, no le daban respiro sus tres enemigos mortales, Francisco I de Francia, Lutero y el gran Solimán.

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