F0393 · Y ahora, todos pretenden de pronto que Farid se transforme en

Y ahora, todos pretenden de pronto que Farid se transforme en

un niño como todos los otros. Que olviden que está castrado,

que es árabe y que no recuerda quién es ni de donde vino.

Quieren que olvide que una tarde en una plaza de Damasco vio

al encantador de serpientes.

     Quieren que sea como los muchachos españoles o indígenas

que aprenden gramática, latín y música en la schola cantorum

de catedral, que diga el pater noster con el fervor de un

romero y que se postre frente al madero del profeta no ya

como un esclavo –aunque sigue siéndolo-, sino como un

fervoroso arrepentido que ha dejado crecer dentro de sí el

grano de mostaza.

     Y él que se ha visto abierto de par en par por los

cristianos y él que se sorprendió a si mismo convertido en

juguete y cortesano de una princesa triste y perversa; y él

que se había hecho cargo de un soldado portugués que cruzó el

mundo para dar tierras a su rey; y él que guarda en la

garganta el grito agudo de los cuchillos, la locura, la

guerra, el amor del niño que encuentra la noche desnudo, él

tiene que volverse ahora igual a todos y divertirse con los

pequeños malentendidos que a los otros los divierten, jugar

con monedas en las escalinatas de los templos con Alonso, el

niño español, ese rubio y flaquito, el niño más bueno que

Farid ha visto y que un día le ayudó a ser todo lo que de él

pretenden y le dijo:

—— Oye Moro, ven conmigo.

 Y aquella mañana Tenochtitlan parecia una ciudad normal en

la que, purgados los odios, paseaban los vendedores vendiendo

pájaros y el mercado todo rezumaba olor a conscupisencia.

     Ese día, Farid y Alonso miraron pasar a un hombre. Lo

seguía un cortejo. A Farid, el hombre sobre el caballo le

pareció tan majestuoso que pensó que hubiese podido ser

Solimán. Es más que eso, es don Fernando, dijo Alonso. Al

paso del marqués había quien se inclinaba y quien escupía y

en voz baja rezaba una maldición.

     Alonso compro para los dos un puñado de niños con chile.

Tenochtitlan era Tenochtitlan y nada más, una ciudad y nada

más, los niños eran niños que detienen el muro y nada mas y

el atardecer era una naranja que se desgaja y nada mas.

     Con todo y que, en lo alto de uno de los nuevos

edificios españoles, observaban  a Farid dos hombres que se

habían sentido particularmente conmovidos con el pequeño

Aleluya de Farid. Eran dos indígenas: Marcos Cipactli y Juan

Diego Cuauhtlatoatzin, incógnito tlatoani del nuevo imperio

mexica.

VII

Cómo Farid fue esclavo de un viejo soldado portugués

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