F0392 · Atonatiuh sintió un golpe en el estómago. Rompió todo el protocolo y dijo:

Atonatiuh sintió un golpe en el estómago. Rompió todo el protocolo y dijo: 

—Y el ciervo dio un golpe con la pata derecha en la hierba. 

Moctezuma sonrió. Había entendido. Los dos lo habían visto. El ciervo condujo al emperador por todo el Cerro del Chapulín hasta que se encontró con un riachuelo rojo en el que bailaba el encantador de serpientes. 

Atonatiuh se sintió en paz. Era real la existencia de aquello que vio un día antes de ir a la guerra de flores. El dios mismo de México se lo estaba confirmando. 

—¿Te sacrificarás por mí? —preguntó entonces Moctezuma. Atonatiuh cayó de hinojos y dijo.

—Mil veces, si pudiera. 

—Correrá tu sangre a través de ese riachuelo hasta unirse con el lago y alimentar la ciudad. 

—Lo haré por México. 

Moctezuma se inclinó junto a él y le dijo: 

—Lo he visto, dios de mayo. Lo he visto con estos ojos que saben que no somos dioses. Porque lo he visto, pequeño Atonatiuh. Él es Dios, el verdadero Dios . 

—¿Qué te ha dicho, padre? Moctezuma miró con nostalgia más allá del monte.

—No lo dejé hablar. Estuve llorando con él toda la noche. 

Había llorado por todos los muertos, porque no hay destino más absurdo que el sacrificio de un inocente, porque no sabía qué hacer para defender a su hijo y a su ciudad. 

—Y sé, pequeño Atonatiuh, después de haber visto aquel muchacho, que tu muerte en la piedra de sacrificios, no justifica nada, no remedia nada. No sirve absolutamente para nada. 

Atonatiuh comenzó a llorar también. No le importó que sus lágrimas salasen la tierra. También él lo sabía. No era necesario tratar de engañar a un hombre que había visto esas cosas. Él no era un dios y sin embargo, le daba tal amor que voluntariamente hubiese dado su vida por él, ese era, tal vez, el sentido del sacrificio, era voluntario y hecho de amor y sólo había un ser con toda la libertad y todo el amor. Eso era lo que había dicho el padre Bernardo de Olid. No era necesario que nadie se lo dijera. No eran necesarios ni agüeros ni malos presagios. Aquel hombre estaba uniendo su corazón con el corazón del bosque, con el venado de cola blanca y ese misterioso muchacho que baila con una serpiente, ese que quita todos los miedos, ese que habla el idioma de todas 

las hierbas del bosque, ese que pide mantener unido lo que no debe ser arrancado y lanzado en las cuatro direcciones del universo como un falso sacerdote que no da vida. 

—Cuando llegue la hora y vuelvas a ver al creador —dijo Moctezuma—, te pido que le hables de mi hijo. Protege al pequeño Farid que hoy viste jugar cuando llegaste a palacio. 

El emperador se levantó. De entre las sombras emergían sacerdotes que le tomaban el brazo y le murmuraban rezos. Y así, se alejó. 

35 Moctezuma piensa en un plan para matar a Cuauhtláhuac. Aquetzalli visita a Marina. 

En los jardines del más fastuoso palacio de Tenochtitlan se preparó una reunión con el emperador. Aquetzalli, quien había sido invitado a servir por la belleza de su figura, sintió un golpe en el estómago cuando supo que el joven Atonatiuh también estaría presente. Esperó la llegada del emperador con la frente en el suelo. Sentados con las piernas cruzadas estaban Cuauhtlaco, el gran sacerdote y, por supuesto, los conspiradores: Cuauhtláhuac y Cuauhtémoc. 

Llegó el emperador y a una orden del jefe de servidores trajeron charales secos y agua de miel y chía. Hubo músicos también que hicieron tañer cuencos y una guitarra que habían aprendido a usar tan bien como los huéspedes de Moctezuma. Era una tarde deliciosa y solemne y cuando comenzó la discusión en torno a lo que debería hacerse con los extranjeros, Cuauhtláhuac elogió las bondades del sacrificio. 

—Los extranjeros no pueden evitar nuestra entrega a los dioses. 

—Tal vez en ese sentido —dijo Cuauhtlaco— son dioses. Y tal vez en ese sentido no agradecen el sacrificio. 

—¿No agradecen el sacrificio? —preguntó Cuauhtemoc—. ¿Cuándo hemos visto en el Anáhuac una masacre como la que hicieron cuando venían hacia México? 

—También nosotros hemos asesinado inocentes —dijo Moctezuma con un aire de tristeza—. Y no está bien matar inocentes. 

—No eran inocentes, padre, eran enemigos de Tenochtitlan. Enemigos como esos que hoy alojas en tu palacio. 

—Ellos piensan —dijo Cuauhtlaco— que es dios quien se sacrifica y no es extraño, padre Moctezuma. Dinos tú que piensas ya que aquí, en esta mesa, tú eres la encarnación de dios. 

Hubo un silencio y como además estaba oscureciendo, vinieron esclavos e hincaron antorchas cuyas flamas bramaban al viento que arreció un poco cuando vino la tarde. Olía bien. No había casi mosquitos. Tehualli. Conquista. Esta era la palabra ominosa. La palabra que parecía estar oscureciendo la tarde. Antes había sido un sonido hermoso que hoy hería las orejas de los conquistadores de Tenochtitlan. 

Y para romper el silencio, Tepeyohtli tomó la palabra: 

—Los espías en el este han traído noticias. Cortés es un fugitivo. Lo buscan al otro lado del mar. 

—Fugitivo o no —dijo Moctezuma—, sus armas son invencibles. —No lo son —gritó Cuauhtláhuac.

—Te pido —ordenó Tepeyohtli— que no grites delante del emperador. 

A una señal del emperador trajeron a la mesa un mosquetón que fue pasando de mano en mano para que todos lo escrutaran. 

—¿Qué propones Cuauhtláhuac? —preguntó Moctezuma. 

—Cualquier cosa excepto aliarnos con Cortés. 

—¿Quieres entonces una alianza con los enemigos de Cortés al otro lado del mar? 

—Si fuese posible sí.

—Estaremos cambiando un yugo por otro. —Tratemos de recuperar los lazos con Tlaxcala. Moctezuma sonrió exasperado. 

—Hermano Cuauhtláhuac. Fuiste tú quien en el consejo se negó a la posibilidad de una alianza con Tlaxcala. Has sido tú el más cruel de los enemigos de esos que ahora quieren hacer caer sobre nosotros una derrota que les de el gusto de la venganza. 

—En todo caso —murmuró Cuauhtenco—, lo más importante es asegurar la institución imperial. Es tiempo de asegurar una línea sucesoria. Tú mismo, Cuauhtláhuac y tú Cuauhtémoc, también estuviste de acuerdo cuando se votó la resolución para evitar las divisiones que antes azotaron Tenochtitlan a la muerte del rey. 

—Lo hice —dijo Cuauhtláhuac—, pero no pensé que el tiempo llegaría tan pronto y que el heredero del rey… 

—¿Qué fuese tan pequeño? —preguntó Moctezuma— ¿Acaso te parece demasiado pequeño mi heredero? Acaso quieres reinar tú o colocar en tu lugar a un 

títere. ¿Acaso quieres atraer sobre la ciudad blanca no solo la conquista, también la guerra civil? 

Exasperado, Cuauhtláhuac negó con la cabeza, bebió un trago e hizo un gesto de no desear hablar ya más. 

—Todos debemos estar de acuerdo en una cosa —dijo Cuauhtleco—. El sucesor del emperador será su hijo, Chimalpopoca. Y no importa su edad. Niño o no será él quien suceda al emperador. Quienes hemos vivido el cambio de trono sabemos lo complejas que fueron siempre las sucesiones desde tiempos del gran Tenoch. 

Todos sabían en Tenochtitlan lo complicado de las transiciones y lo difícil que había sido proponer la sucesión sanguínea con Moctezuma para evitar la injerencia de Texcoco y Tlacopan en los difíciles momentos en que Tenochtitlan se encontró en falta de un rey. 

—Sólo un rey de sangre tenochca gobernará esta ciudad —dijo Cuauhtlaco—. Y es por eso que vamos a jurar lealtad al príncipe Chimalpopoca. 

Cuauhtémoc y Cuauhtláhuac se miraron con desconfianza. Trataron de evadir la conversación hacia otros temas que igualmente consternaban al emperador. 

—Los tlaxcaltecas están utilizando a Cortés para acabar con nosotros, gran Moctezuma. 

El emperador pareció sopesar las palabras y luego dijo: 

—Tal vez sea al revés y sea Cortés más ambicioso que todos nuestros aliados y nuestros enemigos juntos. Me parece que es Cortés quien los está utilizando a ellos. 

—Y sin embargo, padre, a nadie escapa la amistad que te has permitido con él. 

—Somos amigos, es cierto. No sólo de Cortés, también de su sacerdote con quien a menudo converso de astros y del sino de su Dios. ¿Desde cuándo un rey tiene que dar cuenta de quiénes son sus amigos? 

—Desde que está prisionero —dijo Cuauhtémoc. 

Moctezuma rió. 

—Estoy prisionero para cuidarme de serpientes como tú y como mi hermano Cuauhtláhuac. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta que te niegas a jurar lealtad a mi hijo? 

—No me llames Cuauhtláhuac —dijo el príncipe— como la puta que viene con Cortés. 

—Yo puedo llamarte como yo quiera. 

Cuauhtlaco se levantó. 

—El emperador tiene la vida de Tenochtitlan en sus manos y puede ordenarme que te corte la cabeza aquí mismo. 

Cuauhtláhuac miró con fiereza al general. 

—Así que ahora el general que ha nacido en los arrabales. Este hombre que levantó mi padre hasta la posición en que ahora se encuentra, se cree con la autoridad para hablarme de esa manera. A mí, a un hijo de Axayácatl, a un miembro de la casa imperial. 

—¡Jura entonces! —gritó Moctezuma— Jura que serás fiel a Chimalpopoca suceda lo que suceda. 

—¿Aún si te conviertes? 

—Aún si me convierto. 

Hubo un silencio. Nadie hubiese pensado en la posibilidad de que Moctezuma se convirtiese como ya habían hecho el cacique de Zempoala y el noble Xicoténcatl. Y sin embargo, el emperador había meditado las cosas. Había rezado y había hecho sacrificios. Había comprendido cosas. Cosas del cielo y de la tierra. De las primeras era más difícil hablar. En cuanto a las segundas, estaba convencido ya de que la única manera de salvar su ciudad, su lugar en la historia y a su descendencia era cediendo al rito del padre Olmedo: bautizándose. 

—Jura que serás fiel a mi descendencia, suceda lo que suceda, Cuauhtláhuac… 

—No traicionaré a mis dioses. 

—Has visto el poder de sus armas. 

—Si te conviertes padre —dijo Cuauhtémoc— sucederá como sucedió con los tlaxcaltecas. Todo el pueblo tendrá que convertirse. 

—Tarde o temprano así será. Lo queramos o no. Lo hemos visto nosotros en el Anáhuac. Son siempre los dioses de los vencedores los que adoramos en los altares. 

—Si es necesario que muera hasta el último hombre y niño para que siga viviendo Tezcatlipoca no seré yo quien le niegue la sangre. 

—Que así sea. 

—Que caiga sobre mi cabeza toda la sangre de México, pero no caerá en ella el agua del bautismo de esos bastardos. 

Yoxtli sonrió. 

—Que caiga. Que caiga la sangre sobre ti, Cuitláhuac. No hagas que caiga sobre nosotros. 

Cuauhtláhuac se puso pálido. El general le había llamado Cuitláhuac, el nombre burlón que le había dado la princesa Marina. El nombre con el que lo estaba llamando cobarde, enredoso y afeminado. 

—No vuelvas a llamarme Cuitláhuac —dijo. 

Yoxtli lo miró sonriente y supo, con toda certeza que Ometecutli tomaría su palabra. Que caería sobre esa cabeza toda la sangre que estaba queriendo derramar. Yoxtli conocía los códices. Conocía la historia. Había leído los ideogramas mismos del gran Tlacaelel. Y sabía que hay un solo dios. Que lo tenía delante suyo y que si decidía bautizarse, su deber de hijo fiel sería seguirle besando la mano. 

—Se que podemos vencerlos. Podemos aprender el secreto de la fabricación de sus armas, tengo hombres que han aprendido a cabalgar sus caballos y… Por los dioses, padre, podemos vencerlos… 

—Este —dijo Cuauhtleco señalando a Moctezuma—, éste es tu dios. Tu único dios y si no juras lealtad aquí mismo caerá sobre ti la fuerza de Tenochtitlan porque eso, eso es traicionar a tu padre, a tus dioses, a tu patria y tu tradición y todo esto vive para que viva México. 

—Vengan por mí —dijo—. Los estaré esperando. 

La música cayó. Los nobles bajaron los ojos. Sólo Cuahtleco miraba de frente a los príncipes que ahí mismo se estaban sublevando. 

—No me siento bien, padre, te pido que me disculpes. 

Cuauhtláhuac salió y, luego de un instante de titubeos, Cuauhtémoc salió con él. 

—Ahí van ellos a tratar de conseguir semejantes en su conspiración. 

—Los soldados siguen amándote Moctezuma. Matémoslos antes de que estos dos convenzan a tus ejércitos y te den la espalda. 

Durante muchos años se ha discutido si Moctezuma fue un príncipe débil. No fue débil por no haber acabado con Cortés. 

—Dame una orden, padre Moctezuma. Acabaré con Cuauhtláhuac, con Cuauhtémoc y con toda su descendencia. 

—Son mis parientes. 

Aún dolía en Moctezuma la tarde en que dio la orden de matar al mayor de sus hijos por una conspiración en la que habían dicho que lo encontraron borracho. No quería volver a sentir un vacío semejante. 

—Esperemos a que las cosas se calmen. Hablaré con él. Con ellos. Hablaré con ellos. Los ejércitos son fieles a mi hermano y a Cuauhtémoc lo apoya la casta sacerdotal. 

—Yo soy la casta sacerdotal, querido Moctezuma —dijo Cuauhtlaco— y te juro por todo lo divino que daré mi vida defendiendo tu vida y la de tus herederos. 

Moctezuma puso la mano en el hombro de Cuauhtlaco. Estaba cansado. Débil. Y sí, fue débil Moctezuma, el padre Moctezuma, mi bien amado rey. Pero no fue débil por no aliarse con Cortés. Fue débil por amar a su hermano y a su sobrino. Fue débil por no haber dado en aquel momento la orden de acabar con quienes conspiraban en su propio 

palacio. Fue débil por no destruir en ese momento con quienes hundirían a la ciudad blanca en la desgracia y la sangre.

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