F0346 · —No creo en ti, Jesucristo, nunca he creído en ti.

Hoy es día de Pentecostés; hoy el Espíritu Santo apareció hecho fuego sobre los discípulos regala dones y carismas; los ha enviado al universo a predicar y testificar para que quien crea y sea bautizado sea salvo. Hoy vuelvo al lugar en donde digo, eres grande Dios y yo soy testimonio de tus milagros. Permíteme contar la forma en que recuperé la memoria y cómo, antes, la perdí. Quinientos años han pasado. Yo en aquel entonces tengo quince años y no sé que la sed, como el árbol, llama al agua (y al veneno también). Tengo quince años y soy un pequeño dios. Subí uno por uno los escalones de la pirámide. En cada movimiento de mis piernas imaginaba que yo estaba contigo cuando creaste el universo, el árbol, el color de las cosas y diste ojos a los monstruos marinos. Tenochtitlan, la ciudad de las garzas y su aire marino me daba esta certeza: “eres un dios, y un dios es inmortal. Eres dios y si la muerte y el sacrificio son expiaciones del alma, la muerte y el sacrificio de un dios, son expiaciones cuyos dones se vierten sobre toda la humanidad.” Me amarré a la piedra de sacrificios. Levanté el pedernal y dije:

—No creo en ti, Jesucristo, nunca he creído en ti.

La ciudad grita allá abajo. El lago se confunde entre el olor a sangre y el color del sol. Echo una última mirada a la muerte de Tenochtitlan. Los soldados, las mujeres y sus niños yacen desmembrados con las entrañas al sol. 

—Nunca he creído en ti, Jesucristo —repito—, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.

Con todas mis fuerzas hinqué el cuchillo sobre mi pecho, pero mi columna se arqueó y creí ver cómo se me escapaba del pecho un hermoso niño de ojos negros y piel muy blanca. Bailaba con una serpiente y dijo:

—Hay en una plaza en Damasco un templo. Y hay en el templo una inscripción: Yo moriré, tu morirás, morirá el profeta. Sólo el Altísimo no morirá.

Era el encantador de serpientes y cuando lo vi, se calló el ruido de la batalla; cesó el sacrificio allá abajo y el grito de quienes matan y mueren. Callaron mis gritos y el llanto. No morí, caí desmayado y sucedió el siguiente prodigio: todo lo que me había llevado hasta la cima de la pirámide se disolvió. Libre de memoria me desnudé y entré en un río y bebí de sus aguas. En la lengua de aquel México, neixpoliztli quiere decir olvido y disfraz. Me disfracé pues de olvido con esas aguas que quitan la sed de la memoria y sacian para siempre con la verdad.

Cuando abro los ojos, estoy en una habitación amplia de paredes blancas. Huele a incienso y hay un mexicano junto a mi cama.

—Buen día, pequeño dios.

No sé quien es. Se levanta y viene a mi. Me acaricia el pelo con la ternura de un padre.

—No se saca el corazón por el pecho —dice—; se saca por el estómago. Nunca he sabido de un guerrero que hubiese tenido la fuerza para sacarse a sí mismo el corazón.

Hace un gesto. Parece meditar algo muy profundo y dice: 

—Hubiera sido un sacrificio hermoso. Extraerse uno mismo el corazón.

Se levanta el mexicano. Yo quiero decir algo pero no puedo recordar ni siquiera el lenguaje. Antes de salir, el mexicano lanza polvos sobre un anafre. Los polvos lanzan chispas y luego, dos columnas, dos serpientes se levantan hacia el cielo, rojas y azules. El techo se llena del humo. Se forma un remolino y vuelvo a verte. Desciende del domo de colores que se ha formado sobre mi lecho  el Encantador de serpientes. Es, otra vez, un niño; la serpiente se enreda en su cuerpo desnudo. Están bailando. Lo miro sentado en una plaza en la que no existe el tiempo; yo estoy sentado sobre mi sangre. El encantador me dice:

—Tú estarás aquí hasta que yo vuelva.

Y vuelvo a despertar con el sobresalto de los dolores que han vuelto.

Hay ahora junto a mí, un hombre rubio. Estoy en la misma habitación que desconozco; un árbol se mete por la ventana. El hombre rubio está sentado junto a mí y tiene las piernas cubiertas con una manta. 

—Traje el libro que hemos estado leyendo, pequeño Cristóbal —me dice. 

Junto a él hay un hermoso niño que juega en el suelo con una pelota de caucho.

—¿Y tú quién eres? —le pregunto.

—Yo me llamo Antón —contesta—. Y éste es el pequeño Farid.

—¿Por qué me has llamado Cristóbal? —pregunto.

Él contesta que soy yo; que así fui bautizado. He despertado en un lugar en el que lo único real es la música de la misa y el corazón palpitante que permaneció en su lugar. Sé que aquí comienza mi historia porque no hay nada antes, nada detrás.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes