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Presagios
Cuando el puerto de Sevilla, aquel Jueves Santo de 1504, apareció detrás de un muro de lluvia fina, Alberto se sintió lleno de paz y por alguna razón que entendería unos meses más tarde comenzó a sentir por el esclavo árabe algo que parecía amor. No era ni lo que había sentido por las mujeres que conoció en los baños de Lino frente a los jardines de Nerón ni lo que sentía por Florián. Era algo intermedio; un amor de hermano que sin embargo no carecía de sensualidad. Esa mañana durante todo el vaivén del barco, el muchacho árabe había se dormido cobijado en una manta áspera y gris, como si quisiera protegerse de los malos sueños. Tenía el entrecejo arrugado y, en efecto, parecía que estaba teniendo pesadillas. Pero cuando Alberto lo agitó un poco para que se levantara a mirar el puerto, Farid se levantó serio, se estiró y se llenó los pulmones del aire de Hispania, la legendaria tierra de las Hespérides según creía en aquel entonces, el lugar de los conejos, del Vellocino de oro y cuartel de Aníbal cuando se lanzó a la enloquecida de destruir a Roma lanzando sobre de ella sus elefantes. El desembarco duró muy poco, ya en Sevilla los esperaban porteros y el marqués Luis Méndez había ordenado que fuesen por ellos carrozas y porteros que los condujeron hasta una hostería cómoda y bien ubicada en el que ambos se acomodaron y decidieron que dormirían un poco antes de irse a cenar. Se acomodaron cada cual en su camastro y se quedaron dormidos hasta la mañana siguiente.
Los despertó el hambre. Bajaron a desayunar. La matrona los acomodó en una mesa desde la que se miraba el puerto y a pesar de que era tan temprano, la matrona sin preguntar puso delante de ellos una botella de vino. Acostumbrados al placer de no tener que hacer otra cosa en el día que hablar de música bebieron de buena gana hasta que se escuchó un ruido que parecía venir del techo. En la barra se movían los jarrones y comenzaron a caer las botellas. Afuera, en el puerto, el mar se había puesto gris y había en toda la superficie olas encrespadas, como si estuviera lloviendo, pero no. Era un terremoto.
—La tierra se mueve —dijo pálido el monje.
Y justo en ese momento la gente comenzó a gritar.
Todo se movía y Alberto y Farid salieron como pudieron de la taberna entre gente que se empujaba hasta que se sintieron tranquilos en una explanada mientras que a lo lejos se calmaban los llamados a Dios, los rezos y las peticiones de perdón.
—Esto es una señal —dijo la matrona y volvió a entrar a la taberna para comenzar a limpiarla. Poco a poco la gente tranquila comenzó a volver ya más tranquila. Alberto y Farid no decían nada, pero cuando volvió la mujer el esclavo árabe preguntó.
—Has dicho que esto es una señal, pero ¿una señal de qué?
—Qué se yo —contestó la mujer que había traído más vino para que todos sus huéspedes se embriagaran. Y así lo hicieron, a las diez de la mañana todos comenzaron a cantar y la dueña de la taberna volvió y le dijo a Farid:
—No sé de qué pueda ser señal que se mueva la Tierra, pero Isabel, nuestra monarca está ya muy enferma.
Era esto. La gente temía por el fin de aquella época, la única que muchos de ellos habían conocido, la de la unión de Castilla y Aragón, las Guerras Italianas, la inquisición y la expulsión de los judíos. La reina a quienes los cristianos consideraban una santa y musulmanes y judíos la encarnación de todo mal envejecía y la tierra había comenzado a temblar.
El terremoto de Carmona ha sido visto, en efecto, como uno de los movimientos naturales que marca una época. No porque haya entre este movimiento y la muerte de Isabel, que tendría lugar varios meses después una relación de causa y efecto sino porque en la mente de aquella generación estaban relacionados. Y la muerte de Isabel, en efecto traería desgracias, subiría al trono una reina enloquecida de dolor por la muerte de su esposo, su hijo era un niño que había sido enseñado que al sur de Flandes no había otra cosa que barbarie. ¿Lo había? Los historiadores anglosajones suelen identificar a Isabel con la Inquisición, como si en los países del norte de Europa no hubiesen sucedido cosas así. La reina había conseguido la unidad de un reino al que subió encontrándolo dividido, a punto de destruirse, consiguió unificarlo y expulsar a los musulmanes gracias al fervor que unió a toda la península en torno de Santiago quien, después de aquel terremoto volvió a aparecerse en los caminos de todos aquellos reinos anunciando que algo enorme estaba por suceder.
Y ERA EVIDENTE, CÓMO PODRÍA DUDARSE QUE ALGO TAN IMPORTANTE COMO EL ENCUENTRO DE ESTOS DOS MUNDOS TENIA QUE SER ANUNCIADO CON SEÑALES DE LA TIERRA.