F0514 · —El mundo es mucho más grande de lo que pensamos.

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Cuando Isaac y Farid llegaron a la casa que Luis Méndez tenía preparada para ellos, y cuando el Señor del Carpio se sentó con ellos frente al enorme comedor en cuyas paredes colgaban las imágenes de sus antepasados sólo pudieron llegar a una conclusión pueril: que la tierra temblaba porque temblaba. Ni el señor del Carpio ni Isaac quien había venido también a recibir a su esclavo y a su sirviente estaban convencidos de que algo pudiese significar un temblor de tierra. Isaac notó con gusto que el esclavo y el antiguo monje se llevaban bien; que crecía entre ellos un amor que consideraba noble. Lo levantó y tanto Farid como Alberto pensaron que brindaría con ellos cuando Isaac dijo: 

—El mundo es mucho más grande de lo que pensamos.

A ninguno le importaba, a decir verdad, el tamaño del mundo. Así como estaba, lleno de los mares que habían visto, de la gente en el puerto y de los misterios que seguramente se ocultaban en el mar Mediterráneo parecía suficientemente grande como para desear algo más. No tenían idea de lo que les esperaba al otro lado del mundo, pero por lo pronto más que investigar el mundo tendrían que acostumbrarse a la hermosa mansión de tipo románico que a las afueras de Toledo había sido la mansión de los Señores de las Salinas desde que el título había sido instituido tres siglos atrás. 

Y fue así como llegaron el monje y el esclavo a la Tierra de los Conejos, a Hispania, el fin del mundo, de la predicación de Pablo, la tierra en que predicó y murió Santiago el Mayor, pero a la mañana siguiente, cuando Farid despertó descubrió con desconcierto que Alberto lo estaba mirando con una sonrisa macabra. Como si quisiera darle un beso o asesinarlo. El muchacho árabe se sobresaltó, pero Alberto no dijo nada. Se levantó y abrió las cortinas.

—¿Qué me mirabas —preguntó Farid. 

Alberto no respondió nada. Comenzó a tararear una canción pagana que había aprendido en el convento. Entonces Farid con sonrisa triste respondió a su propia pregunta. 

—Sé por qué me miras —dijo—. Con todas las patrañas que has escuchado entre monjes y alquimistas estás convencido de que soy inmortal. 

Alberto sonrió, pero el esclavo no pudo ver su sonrisa. Afuera se miraba la tierra de Toledo, verde y pedregosa, llena de misterios de alquimia, geografía y Grial.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes