18
Roma
La plaza no estaba vacía.
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Estaba suspendida.
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La niebla no se iba.
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Se abría.
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Alejo no se movía.
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Miraba San Pedro
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como si no lo hubiera visto nunca.
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Las campanas no llamaban.
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Marcaban.
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El tiempo.
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El Filioque volvió.
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No como idea.
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Como molestia.
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Una palabra
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que no cerraba.
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“Del Padre y del Hijo.”
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Nada se resolvía ahí.
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Pero algo se rompía.
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Alejo lo entendió.
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No se estaban separando por eso.
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Se estaban separando
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porque nadie podía sostener
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lo que no se puede decir.
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El Papa no estaba ahí.
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Pero estaba en todo.
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En el lenguaje.
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En la manera de hablar.
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En la manera de suavizar
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lo que antes dolía.
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Alejo no lo dijo.
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Pero lo sintió:
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cuando todo se explica
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algo se pierde.
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La iglesia seguía abierta.
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Entró.
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No rezó.
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Se sentó.
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El mármol estaba frío.
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Siempre está frío.
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No pensó en cambiar de Iglesia.
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Eso era demasiado fácil.
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Pensó en esto:
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cómo seguir
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sin mentir.
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Salió.
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La fuente seguía.
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El agua no discutía.
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Fluía.
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Alejo caminó otra vez.
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No más ligero.
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Más claro.
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Porque entendió:
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no iba a resolverlo
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pero tampoco iba a traicionarlo.
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Y eso
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era suficiente.
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2012
Patmos
Farid despertó jadeando.
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No era el cuerpo.
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Era la memoria.
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Siempre la memoria.
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El cuarto no estaba fijo.
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Flotaba.
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Como si el mar estuviera dentro.
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Teófilo volvió.
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No como recuerdo.
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Como gesto.
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La mano.
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El arrastre.
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El refectorio.
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Siempre igual.
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Juan reía.
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No como santo.
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Como alguien que ya no tenía nada que sostener.
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Por eso lo amó.
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El libro lo quemó sin abrirlo.
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Siempre hace eso.
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Las palabras no sirven.
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Nunca han servido.
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La isla no era presente.
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Era capa.
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Diez años.
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Siempre diez años.
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Pan.
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Aceite.
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Sal.
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Nada más.
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Eso bastaba.
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La mujer gorda.
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La sonrisa.
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Ridícula.
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Sagrada.
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Narumi apareció.
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—¿Cuál es tu destino?
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Farid respondió.
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—Llevar a Hakim ante Dios.
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Mintió.
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Lo sabía.
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El ángel volvió.
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Siempre vuelve.
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—Búscalo.
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Esa fue la herida.
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No la promesa.
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La orden.
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Farid dejó de creer ahí.
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Pero no dejó de obedecer.
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Hakim habló desde la otra habitación.
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—No olvides…
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Pausa.
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—te castraron.
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Farid no respondió.
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No hacía falta.
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El padre tampoco.
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Ya lo sabían.
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La historia no estaba limpia.
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Nunca lo está.
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—
Atonatiuh apareció.
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No como símbolo.
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Como advertencia.
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El cuerpo.
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La mirada.
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Eso no se traduce.
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El mar estaba ahí.
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Siempre está.
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Farid lo miró.
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No buscaba respuesta.
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Eso ya lo había aprendido.
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Y por un instante
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—
muy breve
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su alma se volvió simple.
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No pura.
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Simple.
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Como antes de entender.
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Como antes de recordar.
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Y ahí
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—
justo ahí
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—
todo se detuvo.
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—
Antes de volver
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—
a empezar.