F1030 · 2024, agosto, 14. La Habana, Cuba. 14:51 hrs.

2024, agosto, 14. La Habana, Cuba. 14:51 hrs.

En la casa vacía, un ángel contemplaba La Habana desde un balcón de pretiles herrumbrosos. Abajo, en la sala, una luz azul y afilada traspasaba sábanas blancas que cubrían las ventanas, trazando constelaciones de polvo que danzaban lentamente. Todo parecía quieto hasta que, de golpe, se abrió la puerta.

Alejandro entró primero. Era mulato, joven, con la camisa blanca abierta, pantalón negro y sandalias gastadas; sus pies eran perfectos, ajenos al polvo de la ciudad. Estornudó y miles de motas giraron en torno a él, ángeles diminutos confundidos en la luz. Se limpió con la mano, dejando una mancha translúcida en la tela, blanca y viscosa como semen. Detrás, Mariana avanzó firme, rubia, rostro anguloso y decidido, abrazándolo por la cintura, deslizando la lengua por su cuello salado. Ambos descorrieron las sábanas, inundando el salón con una claridad brutal. La habitación era ahora un teatro abandonado, polvo como alfombra sobre las tablas, cuerpos hambrientos enredándose sin prisa. Mariana dejó caer la blusa; Alejandro exploró con labios ávidos cada centímetro de piel, de pecas salpicadas, hasta hundirse en el ombligo fragante a jabón. César los miraba desde las escaleras, la cicatriz en su costado se abría de nuevo, latiendo lentamente, herida que gozaba mientras contemplaba a la pareja hundirse en la urgencia del deseo.

Arriba, el ángel se estiró nostálgico. Respiraba la sal del mar, recordando el lienzo de Correggio, Dánae y su lluvia dorada: polvo de luz cayendo lentamente sobre los amantes. Bostezó; era duro ser el ángel de César, que jamás podía apartar los ojos.

—¿Lo hacemos en la piscina? —susurró Alejandro.

César sonrió, excitado ante la idea. Subió las escaleras para verlos mejor. Mariana asintió, los cuerpos desnudos salieron al patio, la luz del sol los besaba mientras caían al agua cristalina. César, desde el balcón, observaba con paciente perversión. En otra casa, un niño lloraba. El agua se abría, azul, fresca, aliviando los poros sedientos de placer. Mariana y Alejandro se sumergieron, ajenos al horror oculto en las profundidades.

César esperó. Los amantes emergieron, gritaron, manotearon el agua turbia. Habían visto el cadáver al fondo, ojos abiertos, manos atadas, oscilando como hoja seca al ritmo lento del agua. Alejandro empujó a Mariana, ella se aferró a él; sus gritos se perdieron en el estruendo del miedo. Alejandro escapó, alcanzó el borde y vomitó contra la palmera. César, tranquilo, cerró la puerta del balcón. Buen momento para despedirse, pensó. Caminó lentamente hacia la ciudad. Había pasado tres horas cuando recordó:

En La Habana, hay una casa vacía. Un muchacho mexicano de veintiún años entra en la sala, lleva tantos meses en Cuba que la piel se ha vuelto dorada, camisa abierta, sandalias gastadas. El polvo gira a su alrededor, ángeles diminutos. Se llama Alejandro y se limpia en el pantalón una mancha blanca como semen. Liliana entra detrás, rubia, fuerte, decidida; él muerde sus labios cuando ella lame su cuello. Liliana abre una ventana y el viento marino acaricia su pelo; él la abraza gentilmente. Se besan, tocan; ella batalla con el cinturón grueso, incómodo. El sofá cubierto de polvo los acoge, dejando huellas. Los labios, como mangos maduros, se abren jugosos al contacto. Zeta, desde las escaleras, observa todo. Su herida también se abre, pulsante. Arriba, otro ángel mira la piscina, nostálgico por no tener cuerpo, sintiendo la ausencia de piel y la presencia salada del mar. El polvo dorado, luz de Dánae, cae suave sobre los amantes. Zeta contempla cómo Alejandro recorre lentamente el cuerpo de Liliana, besándola. Sonríe al oír la invitación:

—¿Vamos a la piscina?

Zeta se pierde en pensamientos. Qué extraño extrañar tanto, piensa. Extrañar el cuerpo terso, Berlín, aquel niño que fui. Liliana acepta sonriente. Zeta enciende un cigarro, el amargo gusto de cocaína en la boca. Todo acabó, piensa; el comunismo, Berlín, La Habana se derrumban lentamente. Abajo, los adolescentes corren a la piscina. Cuba agoniza bajo cicatrices innumerables.

En la piscina, los amantes juegan debajo del agua. Es entonces cuando lo descubren: el hermoso cadáver del ángel, ojos abiertos, meciéndose lentamente entre hojas muertas, burbujas rojas ascendiendo de su boca, gritando silencioso que Dios no existe, y que esa ausencia no importa.

Alejandro y Mariana emergen, espantados, gritando inútilmente. César ya se ha marchado tranquilo, camino de la ciudad, dejando atrás un ángel muerto flotando en agua sucia.

Isaac camina por la playa. Marcos y Marcial lo miran desde lejos. Tony lo llama:

—¡Isaac!

Isaac se acerca sonriendo, espuma de mar cubriendo su piel. Borracho, escucha a Tony hablar sobre un rave, sobre ser otro hombre. Más tarde, un pintor ofrece dinero por verlo desnudo. Él acepta, despacio, como quien se rinde a un destino inevitable.

Liliana acaricia el cuerpo de Casey después del amor.

—¿Por qué se suicidó?

—Porque te vio feliz —responde Casey—. Y él había sufrido tanto…

Isaac reza en Santa Cecilia, canta en silencio, se pregunta qué pedirle a un Dios herido. Fuera, París se ilumina mientras César concluye la historia del Big Bang.

En Roma, Casey le muestra a Farid una tumba falsa. Farid pregunta qué hacer tras quinientos años esperando. Casey quiere vino, cigarro, el cuerpo desnudo de Liliana; Farid solo quiere rezar.

Música suave. Alejandro busca a Liliana por calles oscuras. Ola tras ola rompe contra el Malecón, bañando cuerpos que corren riendo. Alejandro recuerda: tenía quince años, torso desnudo frente al espejo, Federico a su lado. Ese muchacho de antes ya no existe. Ahora baja del coche, se acerca a Tony, pregunta por Liliana. Pero Liliana no está. Nunca está. Alejandro escribe su número en vano.

Alejandro entra con Liliana al apartamento. Despacio, el carbón del pintor traza líneas, atrapa en el papel la sensualidad del pecho manchado. Afuera, la ciudad calla; adentro, el carbón, más eficaz que una cámara, retrata la piel que ninguna luz puede capturar.

En otro lado, llueve sobre un campo donde Alexis, un pastor humilde, mira las gotas caer por primera vez sobre hojas de paulownia. Todos están contentos. Alexis, silencioso, se deja mojar por la lluvia, por la vida que renace, desconociendo patentes, genética o lucro, sintiendo solo la ciencia antigua y profunda de la lluvia que limpia todo dolor.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes