2060
Farid caminaba por las calles estrechas de un puerto salpicado por la brisa del océano. El sol caía en tonos dorados sobre las fachadas descascaradas de las casas, y el bullicio del mercado cercano se mezclaba con el murmullo del mar. Fue ahí donde vio a Susana por primera vez, bajo la luz cambiante del crepúsculo. Susana estaba apoyada contra una pared, con un cigarro a medio fumar y una mirada perdida que parecía contener un universo entero.
Por un momento, Farid pensó que se estaba prostituyendo. Algo en la forma en que sus ojos se cruzaron, en cómo Susana inclinó la cabeza con una sonrisa apenas perceptible, le hizo pensar en esa posibilidad. Pero había algo más, algo que lo desconcertó: un aire de misterio, una intensidad que no encajaba con lo que imaginaba.
—Susana —dijo sin pensar, como si ya conociera su nombre. Ella lo miró con sorpresa primero, luego con una sonrisa que iluminó su rostro.
—¿Nos conocemos? —preguntó con un tono divertido.
Antes de que pudiera responder, Susana lo tomó de la mano con una confianza inesperada. Lo llevó por las callejuelas, hasta el lugar donde el río se encontraba con el mar. Allí, el agua se movía en remolinos, una danza eterna entre lo dulce y lo salado. La luz se desvanecía rápidamente, y los botes anclados se mecían al ritmo de las olas. Farid sintió que el tiempo se ralentizaba.
—Quisiera pasar la noche contigo —confesó, sorprendido por la honestidad de sus propias palabras. Pero no era algo que pudiera evitar. Había algo en Susana, algo loco y libre, que lo atraía irremediablemente. Era exactamente por eso que quería hacerle el amor, porque Susana no era como nadie más que hubiera conocido.
Más tarde, en una habitación pequeña y casi vacía, Susana lo alimentó con té caliente y naranjas dulces que, según ella, venían de Acapulco. Mientras pelaba una de las frutas, el jugo goteaba entre sus dedos, y el aroma cítrico llenó el espacio. Farid la observó en silencio, intentando encontrar las palabras para decirle lo que sentía, para confesar que no tenía amor que darle, que estaba roto de maneras que no podía explicar.
Cuando abrió la boca para hablar, Susana lo interrumpió abrazándolo. Su cuerpo era cálido y delgado, y su fragancia mezclaba el mar y la fruta. Ella no necesitó decir nada. Dejó que el sonido del océano que llegaba desde la ventana respondiera por ella, como si las olas llevaran un mensaje antiguo y eterno: él ya había sido su amante toda la vida. Farid cerró los ojos y se dejó llevar por esa sensación, por ese instante suspendido en el tiempo.
En algún momento, mientras el viento soplaba suavemente a través de la habitación, Farid se dio cuenta de algo: quería largarse con Susana. No sabía a dónde, pero sí que deseaba ir lejos, seguirla a ciegas como un peregrino en busca de La Meca. Confiaba en ella de una forma que no podía explicar, como si su mente y su cuerpo estuvieran sincronizados con los de Susana. Cuando ella lo tocó, no fue solo con las manos, sino con la intensidad de sus pensamientos, con algo que iba más allá de lo físico.
Esa noche, el sonido del mar los envolvió, y Farid supo que algo había cambiado dentro de él para siempre.