F1204 · ROMA / EL FINAL DEL PASEO

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ROMA / EL FINAL DEL PASEO

Basilo no se fue del todo.

Se desvaneció.

Como hacen los hombres que nunca terminan de irse.

Hakem lo supo.

No lo buscó.

Siguió caminando.

La Via dei Coronari

Las tiendas abrían.

El pan salía caliente.

La ciudad volvía a ser ciudad.

Y eso—

eso era lo más inquietante.

Nada de lo que había ocurrido

había dejado marca visible.

Hakem

Se detuvo frente a la hornacina.

La Virgen.

Pequeña.

Desgastada.

—Ahora eres otra —murmuró.

No como insulto.

Como reconocimiento.

La Virgen de la Tribulación.

La Virgen de los Peregrinos.

La misma.

Y no.

El movimiento

Hakem se inclinó.

No rezó.

No tocó la imagen.

Solo la miró.

Más tiempo del que debía.

La incomodidad

No venía de ella.

Venía de él.

Porque por primera vez

no podía traducirla

a sistema.

El río (otra vez)

El Tíber seguía.

Siempre seguía.

Hakem volvió al puente.

Pero no se detuvo.

Ya no.

Basilo (regresa)

—Te vas a acostumbrar —dijo desde atrás.

Hakem no giró.

—¿A qué?

—A no entenderlo todo.

Silencio.

Hakem respondió:

—No es eso lo que me preocupa.

—¿Entonces?

Pausa.

—Que siga funcionando

aunque no lo entienda.

Basilo rió.

—Eso ya lo sabías.

—Sí.

—¿Y ahora?

Hakem giró.

Por primera vez en toda la noche,

miró a Basilo directamente.

—Ahora lo siento.

Silencio.

La trattoria

Volvieron.

Se sentaron.

El vino ya no sabía igual.

Ni la comida.

Ni el aire.

Basilo

—¿Quién quiere vivir para siempre? —dijo otra vez.

Hakem no respondió de inmediato.

Miró sus manos.

No temblaban.

Pero no eran las mismas.

—La inmortalidad no es el problema —dijo al fin—.

Pausa.

—Es no poder salir de lo que eres.

Silencio.

Basilo dejó el tenedor.

—Entonces estás perdido.

Hakem negó.

—No.

Pausa.

—Ahora empiezo a verlo.

La frase

No la dijo completa.

Pero quedó.

Suspendida.

Como todo lo demás.

El efecto

En otro lugar—

Isaac dejó de escribir.

No porque terminara.

Porque algo ya no se le escapaba igual.

Farid dejó de cantar.

No porque callara.

Porque ya no necesitaba sostenerlo todo.

Walsh no tocó el cuadro.

Por primera vez.

Roma

Seguía.

Como siempre.

Pero ahora—

Hakem caminaba dentro de ella

sin estar completamente seguro

de que era él

quien la sostenía.

Última línea

Y en ese mínimo cambio—

casi invisible—

la historia no se rompió.

Pero dejó de ser inevitable.

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