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ROMA / EL FINAL DEL PASEO
Basilo no se fue del todo.
Se desvaneció.
Como hacen los hombres que nunca terminan de irse.
Hakem lo supo.
No lo buscó.
Siguió caminando.
La Via dei Coronari
Las tiendas abrían.
El pan salía caliente.
La ciudad volvía a ser ciudad.
Y eso—
eso era lo más inquietante.
Nada de lo que había ocurrido
había dejado marca visible.
Hakem
Se detuvo frente a la hornacina.
La Virgen.
Pequeña.
Desgastada.
—Ahora eres otra —murmuró.
No como insulto.
Como reconocimiento.
La Virgen de la Tribulación.
La Virgen de los Peregrinos.
La misma.
Y no.
El movimiento
Hakem se inclinó.
No rezó.
No tocó la imagen.
Solo la miró.
Más tiempo del que debía.
La incomodidad
No venía de ella.
Venía de él.
Porque por primera vez
no podía traducirla
a sistema.
El río (otra vez)
El Tíber seguía.
Siempre seguía.
Hakem volvió al puente.
Pero no se detuvo.
Ya no.
Basilo (regresa)
—Te vas a acostumbrar —dijo desde atrás.
Hakem no giró.
—¿A qué?
—A no entenderlo todo.
Silencio.
Hakem respondió:
—No es eso lo que me preocupa.
—¿Entonces?
Pausa.
—Que siga funcionando
aunque no lo entienda.
Basilo rió.
—Eso ya lo sabías.
—Sí.
—¿Y ahora?
Hakem giró.
Por primera vez en toda la noche,
miró a Basilo directamente.
—Ahora lo siento.
Silencio.
La trattoria
Volvieron.
Se sentaron.
El vino ya no sabía igual.
Ni la comida.
Ni el aire.
Basilo
—¿Quién quiere vivir para siempre? —dijo otra vez.
Hakem no respondió de inmediato.
Miró sus manos.
No temblaban.
Pero no eran las mismas.
—La inmortalidad no es el problema —dijo al fin—.
Pausa.
—Es no poder salir de lo que eres.
Silencio.
Basilo dejó el tenedor.
—Entonces estás perdido.
Hakem negó.
—No.
Pausa.
—Ahora empiezo a verlo.
La frase
No la dijo completa.
Pero quedó.
Suspendida.
Como todo lo demás.
El efecto
En otro lugar—
Isaac dejó de escribir.
No porque terminara.
Porque algo ya no se le escapaba igual.
Farid dejó de cantar.
No porque callara.
Porque ya no necesitaba sostenerlo todo.
Walsh no tocó el cuadro.
Por primera vez.
Roma
Seguía.
Como siempre.
Pero ahora—
Hakem caminaba dentro de ella
sin estar completamente seguro
de que era él
quien la sostenía.
Última línea
Y en ese mínimo cambio—
casi invisible—
la historia no se rompió.
Pero dejó de ser inevitable.