Fecha: Víspera de Pentecostés, Año 1500 Capítulo VI – El Mar donde Muere el Sol Sección 5: El Camino de Regreso
La víspera de Pentecostés, el monasterio de Santa Sabina en Roma se preparaba para cantar en honor al Espíritu Santo. En el cortile resonaba la campana de Prima, llamando a los hermanos. Pero Alberto, con sus diecinueve años, aún no aparecía. Caminaba lentamente, absorto, como si el peso de diez años entre los muros del monasterio no hubiese sido suficiente para encauzar su espíritu inquieto. El abad Leonel, al verlo entrar sin rosario, reprimió su enfado, mientras Florián, el maestro de capilla, aguardaba su señal para reprender al monje que siempre llegaba tarde.
Sin embargo, cuando Alberto se acomodó en su cátedra y la señal del maestro lo llamó, emergió de su garganta un sonido tan profundo y claro que estremeció a todos. El Veni Sancte Spiritus llenó la capilla, resonando con una pureza que parecía invocar al cielo mismo. En su voz habitaban tanto la añoranza del niño griego que añoraba su hogar en Chipre como la tristeza del hombre que aún buscaba su lugar en el mundo.
El Encuentro con Farid
El sol descendía sobre Roma, pintando la ciudad con tonos dorados. Farid y Alberto se refugiaron en una esquina olvidada de la ciudad, sus sombras alargadas sobre el empedrado. Alberto lloraba sin saber por qué, sollozando como un niño que recién descubre el peso de la vida y de la muerte.
—Acabo de matar a un hombre —murmuró.
Farid lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo protector.
—Lo maté yo —dijo Farid con calma, como si las palabras pudieran aliviar la culpa que atormentaba a su amigo.
Se quedaron allí, dos almas perdidas en una ciudad que parecía indiferente a sus angustias. Alberto sentía que todo lo que había vivido carecía de sentido. Había perdido el ritmo y el propósito que le daba la campana del monasterio. Ahora, solo tenía el peso de sus actos y la voz de Farid que, como una canción lejana, lo sostenía en el abismo.
El Viaje hacia la Oscuridad
Cuando Farid regresó, despertó a Alberto, quien dormía como un mendigo bajo una capa sucia. Le pidió que se levantara; debían abandonar la ciudad. Farid había arreglado todo: un muchacho les entregó dos caballos viejos, suficientes para emprender una huida.
—¿Qué pasará con Isaac? —preguntó Alberto, aún incrédulo.
—Él también lo sabe. Está de acuerdo.
Montaron en silencio, atravesando los barrios de gitanos y moriscos, alejándose de la ciudad. Alberto se sentía como un autómata, movido por una voluntad ajena. Cada rostro que veían en el camino le parecía el de un enemigo, y el miedo lo llenaba más que la culpa.
En un cobertizo a las afueras, Farid le pidió que lo esperara. Alberto, solo en la oscuridad, se dejó envolver por los pensamientos que siempre lo acechaban: la muerte, el amor, la inmortalidad. Por primera vez, creyó que algo en su vida había tenido un propósito, aunque no supiera cuál.
Se quedó dormido, y en sus sueños no había monstruos ni tragedias, solo un canto lejano que se mezclaba con el murmullo del mar. Cuando despertó, una luz cegadora lo recibió. Un hombre de la hermandad de la Casa de Dante estaba frente a él, con una antorcha en una mano y un florete al cinto.
—No te preocupes —dijo el hombre.
—¿Dónde está Farid? —preguntó Alberto, alarmado.
—Farid no ha venido.
El hombre lo guió hacia una carreta y lo cubrió con una lona. Mientras el camino de regreso comenzaba, Alberto se dio cuenta de que su vida de libertad había terminado. Había fracasado, y ahora volvía, no al monasterio ni a la seguridad de los horarios, sino a algo más incierto, más oscuro.
El viaje transcurrió en silencio, salvo por el crujir de las ruedas sobre el camino. Alberto cerró los ojos, sintiendo el peso del mundo en sus hombros, y se preparó para enfrentar lo que el destino le tuviera reservado.