F0174 · La lluvia no cesaba

F0174 · El Reino Cimarrón / La lluvia no cesaba

La lluvia no cesaba. Llovía como si el cielo, en su furia, intentara borrar las huellas de aquellos hombres sobre la arena húmeda. Hernán Cortés observaba el campamento con el ceño fruncido, consciente de que cada gota que caía sobre la pólvora inutilizaba las pocas posibilidades que tenían de defenderse en caso de un ataque. La humedad era una enemiga silenciosa, infiltrándose en las grietas de los barcos, en las armas y en los ánimos de los hombres.

A poca distancia, el padre Díaz cumplía con su doble tarea de confesor y médico. Había atendido a los heridos con enemas y sangrías, métodos que arrancaban quejidos más amargos que los mismos dolores. Los hombres lo veían con una mezcla de respeto y temor, como si aquel fraile sostuviera en sus manos tanto la salvación del cuerpo como la del alma.

Entre la selva, el hedor de un animal muerto impregnaba el aire, mezclándose con el aroma metálico de la sangre y la humedad salada del mar. Francisco de Montejo, apenas un muchacho de veintiún años, había recibido la orden de explorar los alrededores. Era su primera misión importante, y el nerviosismo se le notaba en cada gesto. Alessio y Farid lo habían visto partir, intercambiando una mirada curiosa desde su rincón en el campamento. Ambos eran observadores silenciosos, figuras que parecían estar ahí solo para presenciar y registrar, como si sus presencias pertenecieran más al futuro que al presente.

Montejo había regresado horas después, pálido como una hoja, con los ojos cargados de imágenes que no sabía cómo procesar. Había encontrado sacrificios humanos, cuerpos abiertos con una precisión casi quirúrgica, sus pechos expuestos y ofrecidos al cielo. Las moscas aún volaban sobre los restos, indiferentes a la lluvia. Aquella visión lo había enfrentado con una verdad que preferiría haber ignorado: su propia vulnerabilidad, su propia mortalidad.

—¿Qué viste? —le preguntó Cortés, sin apartar la vista del horizonte.

Montejo apenas pudo responder. Balbuceó algo sobre los cuerpos, los rituales, los rostros congelados en un gesto que no era dolor, sino entrega. Alessio y Farid escuchaban desde la sombra, sus expresiones imperturbables, como si aquella descripción no fuera más que una línea en un libro que ya habían leído antes.

La selva, mientras tanto, permanecía en silencio, rota solo por el crujir de las ramas bajo el peso de los hombres que llegaron poco después para inspeccionar el lugar. Cortés, con paso firme, encabezó el grupo. Los Alvarado llevaban sus espadas listas, y los perros, inquietos, tiraban de las correas que sostenían los esclavos.

El lugar era más espantoso de lo que Montejo había descrito. Los cuerpos, alineados con una simetría perturbadora, eran un recordatorio del poder de los dioses antiguos que aún reclamaban su lugar en aquella tierra. Alessio miró a Farid, quien, con una calma inquietante, observaba cada detalle como si buscara comprender la lógica detrás del horror.

—Esto no es diferente a lo que hacemos —murmuró Farid, lo suficientemente bajo para que solo Alessio lo escuchara.

Dos días después, cuando finalmente escampó, la escena había cambiado. Los hombres, intentando sacudirse el peso de lo que habían visto, comenzaron a reparar los barcos y a distraerse con carreras de caballos en la playa. Los Alvarado reían mientras azuzaban a sus monturas, y los esclavos paseaban los perros, sus pasos lentos y resignados.

Un hombre, oculto entre los árboles, observaba cada movimiento con fascinación. Sus manos, manchadas de tinta, trazaban dibujos rápidos y precisos en un pergamino, capturando a los jinetes con una mezcla de asombro y admiración. Sabía que aquellos dibujos llegarían a Moctezuma, quien vería en ellos no solo a los hombres que venían de tierras lejanas, sino también a los dioses que caminaban entre los mortales.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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