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El 25 de mayo de 1519, para celebrar el día de Pentecostés,  Fernando Cortés bajó del bergantín San Lorenzo en el que vino de Cuba. Caminó descalzo sobre la playa, se quitó las botas para sentir que en sus pies cosquilleaba la arena. Caminó como niño, jugueteando con las olas y, como un niño, sintió el hartazgo cuando llamó el capellán. El capitán volvió a calzarse, fue hasta el padre y se arrodilló. Detrás de Juan Díaz hondeaba un estandarte clavado sobre la roca, era negro y bordado en hilos de oro decía: sigamos la cruz.

Juan Díaz levanto las manos. Quinientos hombres cayeron de hinojos; el estrépito de sus rodillas era similar al tambor de los indígenas que los había venido siguiendo, necio, cuando bordeaban la costa, antes de llegar aquí, donde Juan Díaz bendijo el punto en torno al cual comenzaría el trazo de la ciudad, porque aquel día santo, Fernando Cortés fundó la Villa Rica de Veracruz.

En pocos meses el campamento se hizo habitable. Ya para julio, cuando el calor agobiaba, Cortés ordenó acomodar entonces en el caserío los bienes que había traído de Cuba. Los marinos llenaron las bodegas del campamento; se echó a andar el molino, crujió el puente levadizo, vivió Veracruz. Con desdén, Cortés ordenó que quemaran los baúles en los que había traído sus pertenencias, porque él deseaba un reino y estaba dispuesto a dejarlo todo justamente para hacerse con todo.

En la casa de adobe y lodo que construyeron los hombres bajo la dirección del geómetra, Cortés descansó unos días. Hacía el amor con Marina, la princesa indígena que tomó una mujer y se sentía satisfecho, pero una mañana se levantó consternado: durante un sueño le vino la inspiración. Diego Velásquez, se dijo, no va a descansar hasta tener mi cabeza en el cepo. Era un fugitivo. ¿Cuándo? Pensó riendo con amargura, se ha leído en una novela que un caballero andante tenga la necesidad de pedir permiso de conquistar?

Al gobernador de Cuba, claro, no iba a pedirle permiso. Era al rey de España a quien escribiría una carta larga, explicando las razones por las que dejó Fernandina. Sonrió. Tenía idea de cómo proponer las cosas, sus espías en La Española lo tenían ya al tanto de una pequeña cosa que mucho estaba necesitando su majestad.

Sobre la playa, Alvarado y los otros se divertían organizando carreras de caballos. Había entre todos ellos, un joven vigía que perdía el tiempo mirando ganar a Molinero. Tenía quince años, como Farid y ésta, también es su historia. 

Felipe era mulato, hijo de una noble de medio pelo que cayó en desgracia por cometer la idiotez de enamorarse, decían, del más hermoso de sus esclavos. Tal vez para compensar semejante oprobio, Felipe había decidido refugiarse en la arrogancia. Le gustaba presumir con los otros muchachos y decía a menudo: 

—Yo soy mejor que Antón de Alaminos.

Todos sabían que Alaminos era el más grande navegante de España.

—Puede que lo haya sido —decía Felipe, cuando alguno pretendía recordárselo—. Pero yo tengo mejores ojos. Soy joven y ustedes no lo saben, pero a mí me habla el mar. Leo en su espuma, como leen los hombres en los ojos de las muchachas… 

El joven vigía despertó de sus sueños, se levantó asombrado y cuando volteó casi se va de espaldas. Lo había agitado tomándolo por el hombro el capitán: Fernando Cortés.

—¿Qué pierdes el tiempo mirando correr caballos?

Felipe se quitó el sombrero, se sacudió la arena y se inclinó un poco, en señal de respeto. Sabía hacerlo con gracia. Lo había aprendido en la pequeña corte que Velásquez instaló en Cuba. Respondió al capitán que vigilaba el mar, que no fuese a creer, excelencia, que sólo estaba al tanto de los caballos, que vigilaba bien, que no viniesen canoas con indios como los que en Tabasco atacaron…

—No son indígenas los que me preocupan —dijo Cortés—.  Más me preocupa el cabrón de la Fernandina. No pierdas el tiempo aquí, que tengo para ti una misión.

Caminó junto al muchacho por la playa, lo llevó hacia el lugar en que el río se une al mar.

—¿Sabes tú lo que es El Alacrán? —le preguntó como si fuese un amigo.

Felipe asintió:

—Son arrecifes, capitán. Los arrecifes más peligrosos al oeste de Cuba.

—Eres mi hombre —bromeó Cortés y lo despeinó jugando—. Eres mi hombre aunque tienes cara de niño.

El capitán, entonces, explicó la misión: Carlos, rey de España, tenía derecho a la corona del Sacro Imperio Romano Germánico por herencia de su abuelo Maximiliano. Había ocho electores que tendrían que escoger entre él y su primo, Francisco de Francia. Carlos, sin embargo, tenía vacías las arcas del reino español. Habían sido, primero, las guerras en Flandes y ahora, el dinero se le había ido en sobornos para los electores.

—¿Y qué entro yo en esto capitán? —preguntó Felipe.

—Francisco de Francia ha comprado a tres electores, Carlos de España ha comprado ya a dos.

—¿Y..?

—¡Dos electores! –—dijo Cortés— Faltan dos electores inteligentes que han esperado hasta el último instante para emitir un voto que ha de volver a un rey, emperador. Tipos listos, sin duda: se van a enriquecer para toda la vida. Tendrán oro ellos y los hijos de sus hijos, porque ¿sabes? No cuesta poco el trono del Sacro Imperio Alemán.

Felipe lo miró consternado, había comenzado a entender porque lo había visto. Vio algunos de los regalos que llegaron a la costa, enviados por Moctezuma, pero estas historias le importaban poco a decir verdad. Lo que a él le gustaban eran las mujeres, los caballos… y el mar.

—¿Sabes tú de dónde va a sacar el oro su majestad?

Felipe volvió a levantar los hombros.

—Se lo vamos a dar nosotros .

El capitán sonrió y dijo: 

—Ven.

Subieron a una de las naves varadas sobre la playa. Un marino tendió el puente y el capitán y el muchacho subieron a cubierta. Cortés pidió que trajeran una tea encendida y luego, con una llave que colgaba en su cuello abrió una trampa en el castillo de popa. Condujo al joven navegante hacia abajo, a las entrañas del barco. Y aunque Felipe había visto a los emisarios, no podía esperar aquello: La tea de Cortés hizo brillar el oro que durante casi un año el emperador de México había estado enviando con la esperanza de mantener lejos al conquistador: Había ídolos de faz monstruosa y ojos de jade, piedras preciosas, cuadros de plumería enmarcados en oro. Aretes de oro, anillos de oro; cuchillos, hachas y narigueras. Más oro del que Felipe hubiese podido soñar.

—Esto que ves aquí —dijo Cortés—, hará emperador a su majestad. Y tu vas a llevar este oro a Flandes y se lo vas a entregar. Suficiente tiene con esto Carlos de Habsburgo, para comprar a dos electores. Y más…

—Capitán —comentó Felipe. Y por primera vez se sintió avergonzado— ¿cómo puedo, yo que soy hijo de un esclavo, hacerme ver por su majestad?

—No vengas con patrañas —dijo Cortés— que mulato o no, yo voy a hacer de ti un príncipe si me haces este favor.

Felipe bajó primero los ojos, pero luego, sintió que subía hasta su boca un coraje que lo hizo decir:

—¡Haré lo que usted pide mi capitán!

Cortés sonrió. Le ordenó, como si fuese la cosa más simple del mundo, que fuese al otro lado del mundo a buscar a Carlos de Habsburgo. Que le entregara aquel oro y una carta. Su primera carta de relación. En ella, pedía permiso de conquistar.

—Tienes sólo un pequeño problema —comentó Cortés.

—¿Cuál problema, capitán!

—El barco no está avituallado. Tú y tus hombres van a tener que pasar por Cuba y abastecerse. Velásquez va a querer cortarles el cuello a todos…

Convertido así en capitán, Felipe tomó esa noche el mando del Aurora. Lo que no le había dicho Cortés, que en todo pensaba, es que una noche antes, Antón de Alaminos aquel que Felipe envidiaba tanto, había partido también.

Ya veremos quién es mejor, se dijo Cortés si el viejo Antón o el hijo que nunca reconoció. Sea como sea, pensó el capitán, al menos un barco y al menos una carta podrá evadir a Velásquez, a los piratas, a los franceses. Al menos uno de ellos ha de encontrar a Su Majestad.

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