Mareado, triste, enajenado, bajó por la escalinata. La ciudad se había vaciado de gente. Estaba terminando la guerra. El rey había huido. Desilusionado, constató que seguía en el mundo. Habían comenzado a llegar los buitres, los españoles robaban lo que podían en todas las casas. Seguía aquí.
—El sol debe haberse apagado —se dijo.
Le dolía la herida en el pecho y se culpó de semejante desgracia. México estaba muriendo frente a sus ojos. Era un asesino del sol. La cicatriz era un río de dolores agudos que se extendía más allá de sus cauces. Lentamente caminó por entre la gente, con tal dignidad que nadie pensó que pudiese ser peligroso. Encontró a un niño muerto. Creyó volver a ver a Ilhuítl, hubiese querido olvidar su nombre, pero en su cabeza no dejaban de sonar estas palabras:
—Eres un dios Atonatiuh.
Fue hasta los muelles y se llenó la cabeza de barro en señal de luto por todo lo que acababa de ver, pero sobre todo lloró por Ilhuítl y por su madre quien, pensó, debe haber muerto de dolor y vergüenza. Lloró por él mismo. Por esta ciudad a la que había llegado a amar tanto y sobre todo, lloró porque nunca volvería a ver a Farid ni a Colloli, la dueña de amores que no quiso y que aquí, en el fin del mundo extrañaba.
—Todo este mundo —murmuró— se ha acabado con la misma imprudencia de amor y odio con el que estuve a punto de matar a Ilhuítl hace ya tanto en aquel calpulli.
Se desplomó sobre el lodo. La sangre y las lágrimas le cubrieron las cicatrices. Había llegado a la hora del fin del día.
—Tal vez el sol, esta vez, no volverá a salir.
En penumbra vagó por la ciudad moribunda. El lago era verde y corrían en él como venas negras hechas de sangre.
Un hombre se desplomó junto a él. Caminó hacia el sur y vio en libertad a los animales del zoológico del rey Moctezuma. Se sintió abrazado por el estupor de las hierbas de quien muere en sacrificio y entonces, escuchó un grito. La gente se lanzaba furiosa contra el palacio del rey. Como si el palacio en el que alguna vez residió el gran Moctezuma tuviese la culpa.