F0402 · Fernando estaba borracho y dijo:

Del otro lado está Veracruz. Fernando piensa su infancia junto a ese mar de aguas grises.  Pensó en la lluvia cuando era niño y veía fuera de las ventanas a las palomas cubriéndose bajo una cornisa. 

—¿Para qué quisieras ser niño? —preguntó Norberto cuyo único deseo, cuando era niño, era ser mayor e independiente (cosa que nunca logró).

Fernando estaba borracho y dijo:  

—Por que soy un pervertido, como todos en esta sociedad en la que nadie quiere crecer, volverse adulto. 

XXX

Cuando Jorge Estévez supo que el esclavo que le había asignado la catedral para ayudarlo con sus achaques había sido asignado a cantar en el coro buscó prevenirse de la posibilidad de que el moro hablara y sus acusaciones pudieran llegar a oídos de fray Juan. 

A acciones como ésta, Jorge les llamaba “pecados de belleza” y lo atribuía a un gusto refinado que de ninguna manera lo hacía sentirse culpable. Yo soy superior a ese esclavo, se decía. Él debería sentirse halagado de que atrapa mi atención. 

Sus “pecadillos” consistían básicamente en molestar a Farid, observándolo, buscando un pretexto para rozarlo, acosándolo en suma, buscando atraer su atención para hacerse en el esclavo de algo que su cobardía le impedía buscar en otra parte. 

Así que decidió adelantarse a los sucesos que ya preveía y adelantarse al mulato. Escribió una carta al cabildo diciendo que el moro le robaba, que era desordenado y que en suma, resultaba muy dificultoso vivir con él. 

Como si tuvieran un acuerdo tácito, Roberto Ruiz entendió que Jorge estaba queriendo liberarse del esclavo para evitar problemas. 

En reunión plenaria del cabildo, Roberto votó en favor de la resolución de que el esclavo mulato formara parte de la fábrica de catedral. Y estuvieron de acuerdo, visto que todos habían escuchado su magnífica voz y como Jorge ya no quería al esclavo, así se acordó y se tronó la campana. 

Después, en reunión privada con su excelencia fray Juan, Roberto le pidió hacerse cargo él personalmente de la música. Lo hizo un poco por ayudar a la fábrica y un poco también por el orgullo de tener a su cargo una materia prima como la que había visto en la garganta del esclavo. Su excelencia reverendísima dijo que sí. No había llegado de Sevilla el primer maestro de capilla de Catedral que sería Juan Hernández. El nombre de Roberto Ruiz aparece como auxiliar en ausencia de un maestro de capilla cargo que todavía no se instituía formalmente en ésta, la capital en ultramar del imperio de su Cesárea majestad, Carlos V. 

XXXI

Y ahora, todos pretenden de pronto que Farid se transforme en un niño como todos los otros. Que olviden que está castrado, que es árabe y que no recuerda quién es ni de donde vino. Quieren que olvide que una tarde en una plaza de Damasco vio al encantador de serpientes. 

Quieren que sea como los muchachos españoles o indígenas que aprenden gramática, latín y música en la schola cantorum de catedral, que diga el pater noster con el fervor de un romero y que se postre frente al madero del profeta no ya como un esclavo –aunque sigue siéndolo-, sino como un fervoroso arrepentido que ha dejado crecer dentro de sí el grano de mostaza. 

Y él que se ha visto abierto de par en par por los cristianos y él que se sorprendió a si mismo convertido en juguete y cortesano de una princesa triste y perversa; y él que se había hecho cargo de un soldado portugués que cruzó el mundo para dar tierras a su rey; y él que guarda en la garganta el grito agudo de los cuchillos, la locura, la guerra, el amor del niño que encuentra la noche desnudo, él tiene que volverse ahora igual a todos y divertirse con los pequeños malentendidos que a los otros los divierten, jugar con monedas en las escalinatas de los templos con Alonso, el niño español, ese rubio y flaquito, el niño más bueno que Farid ha visto y que un día le ayudó a ser todo lo que de él pretenden y le dijo: 

—— Oye Moro, ven conmigo.

 Y aquella mañana Tenochtitlan parecia una ciudad normal en la que, purgados los odios, paseaban los vendedores vendiendo pájaros y el mercado todo rezumaba olor a conscupisencia. 

Ese día, Farid y Alonso miraron pasar a un hombre. Lo seguía un cortejo. A Farid, el hombre sobre el caballo le pareció tan majestuoso que pensó que hubiese podido ser Solimán. Es más que eso, es don Fernando, dijo Alonso. Al paso del marqués había quien se inclinaba y quien escupía y en voz baja rezaba una maldición. 

Alonso compro para los dos un puñado de niños con chile. Tenochtitlan era Tenochtitlan y nada más, una ciudad y nada más, los niños eran niños que detienen el muro y nada mas y el atardecer era una naranja que se desgaja y nada mas. 

Con todo y que, en lo alto de uno de los nuevos edificios españoles, observaban  a Farid dos hombres que se habían sentido particularmente conmovidos con el pequeño Aleluya de Farid. Eran dos indígenas: Marcos Cipactli y Juan Diego Cuauhtlatoatzin, incógnito tlatoani del nuevo imperio mexica.

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