Farid, incapaz de conciliar el sueño debido a los molestos piquetes de los mosquitos, se entretenía con las palabras en su mente. El canto de un gallo despertó en él recuerdos de palabras en griego que se conectaban con otras palabras. Azul, mar, leche y vino. Las palabras generaban nuevas palabras, picoteándole con ideas. Crujían como hojas secas, eran palabras luciérnaga que se resistían a ser dominadas y le impedían dormir. Sin embargo, había alcanzado la edad en la que tenía suficiente paciencia como para no molestarse en pasar la noche en vela, pensando y desgranando palabras y pensamientos, recordando su infancia antes de aprender a leer y comprender que la Tierra era redonda. Antes de aprender a decir “cielo” en tantos idiomas. Ese día, las nubes tenían un color verde y violeta. Continuaba pidiendo a Dios que su miedo a la muerte se transformara en amor.
Hakem escuchó a Farid cantar en Santa Cecilia. La tumba en la que se encontraban era falsa. Allí yacía enterrado el instrumento que Roberto había creado para tocar su propio Réquiem.
Farid se levantó y atravesó la isla de las transformaciones. Frente al dios Jano, suspiró. La mezquita y la iglesia eran hermosas, el río y el puente roto también. El verde del agua era fascinante. Era hermoso estar vivo y poder ver nuevamente. El Ser le había dicho que no moriría hasta que él regresara, porque era su amado, su ilusión.