F0992 · Hicieron el amor.

Hicieron el amor. 

Farid se entrega a la pasión con Narumi, sin experimentar ninguna pérdida de sangre. ¿Será que la falta de lujuria evita que eso suceda?

El cuerpo perfecto se desnudó sin ninguna inhibición y sangró. El tiempo pareció detenerse mientras una corriente de deseos angélicos fluía por sus cuerpos, formando sus pies, sus caras, sus pechos, sus sexos, sus ojos y sus venas. El dolor era intenso. A partir de la nada, Farid renació, vagando sediento de tierra. Buscó la casa de su madre, recorrió la calle, llegó al patio y se inclinó para besarle los pies. Después, volvió a vagar, volvió a la casa una y otra vez, en cada velada escuchando y mirando cómo nada cambiaba. Dolería saber que seguían a merced de los ángeles.

En la narrativa de Farid, se destacaba que no podía ser visto acariciando a su madre en Tiberíades cuando él era un centurión que creía en el Mesías de los gentiles. Tampoco podía ser visto muriendo, ni siquiera cuando Gabriel, cada vez que moría, transmutaba su cuerpo glorioso en El Encantador de Serpientes y la tierra lo absorbía. Esta vez, sin embargo, Farid caía hasta la muerte.

Cerró los ojos y cayó tanto a los pies de su madre que ya no sabía si estaba cayendo o elevándose. En el proceso de hundirse o surgir, exhaló y se encontró con un paisaje en el que había un ferrocarril, una montaña y, en lo alto, una ciudad donde alguien lo esperaba. Le preguntó al muchacho que se acercaba: “¿No queda nada?” No lo sabía. Luego preguntó por su voz, pero tampoco sabía si quedaba. El muchacho lo miró con curiosidad mientras Farid seguía subiendo sin que nada se moviera ni cambiara. Farid pensó en la voz de su madre y en cómo la amaba. No sabía, se dijo a sí mismo mientras el muchacho lo observaba. Siguió subiendo hasta que todo quedó inmóvil y nada cambió. La voz de su madre, no sabía si quedaba.

De repente, Farid recordó haber sido un pescador perdido en una tormenta, pero al mirar al muchacho, el silencio lo interrumpió. Experimentó vértigo, oscuridad y silencio. La frase quedó cortada en su piel y todo fue silencio. Flotaba en el vacío, observando cómo nada se movía. No podía pensar. Era el cuchillo y el suelo, la sangre que todos los soles de esa misma tarde secaban.

Farid era la sangre que seca todos los soles de esa misma tarde. Él se encontraba en el pantano, contemplando el imponente edificio de trescientos pisos. Se miraba a sí mismo, observándose bien muerto. A pesar de eso, no tenía conciencia, no poseía esa autoconciencia que los cuerdos suelen tener. No se pensaba a sí mismo y, aunque se movía, no se sentía. Qué extraña sensación, se sentía muerto. Sin embargo, algo inexplicable sucedía una y otra vez: Farid lo miraba y guardaba silencio. Lo observaba mirándose a sí mismo muerto y de repente, un grito resonó en el aire: ¡Inhala! Era un suspiro. Narumi estaba junto a él.

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