Una noche me sentí muy triste. Estaba yo zurciendo una media rota y me dije: “nunca un caballero o un libre ha tenido que zurcir su calceta.” Era mentira, claro, todos los caballeros cagan y zurcen calcetas. Sin embargo, en aquel momento me sentí el único lleno de esta tristeza salvaje: la soledad de un mundo tan amplio. Pensaba en ello cuando de pronto se me apareció una sombra que me gritó:
—¿Por qué te fuiste? —era el hijo de Moctezuma.
—¿Y tú qué haces aquí? Dónde está el Dios de Tenochtitlan.
Atonatiuh soltó la carcajada.
—Ni éste es rey ni yo soy un dios —dijo Atonatiuh. Salió de entre las sombras y era claro que estaban mintiendo porque delante de mí tenía yo a un rey a un dios.
Sonreí. De entre las sombras salió también una hermosa mulatita.
—¿Y quién es ésta? —pregunté.
—Una muchacha que ha querido venir con Isaac —dijo ella y yo ya no pregunté nada y me contenté con cenar algo de lo que habían traído. Gallinas robadas y comida de perro.
Estaba muy cerca la costa. En el camino hacia el lugar donde se pone el sol comencé a tener sueños que me daban placer y vergüenza. Todas las mañanas despertaba y loe veía ahí, en el cielo, el rayo violeta. No había tenido sin embargo la vulgaridad de comentarlo con nadie porque sabía que podían tomarme por loco. Si no comentaban nada, estaba seguro, era una visión. Como la del Encantador de Serpientes, como la del hombre que me entregó a La Virgen de los Peregrinos.
Comenzó como una suerte de nostalgia. Sintió otra vez la nostalgia por el Mediterráneo. Incluso le producía nostalgia la ciudad de Nicosia. Entre aquellos hombres y mujeres cimarrones no había encontrado ni la paz ni la felicidad. Había sido una ilusión pensar que ser libres era suficiente para ser felices. Deseaba volver a ver a su hermano Alexander. Deseaba volver a cantar con ellos las laudes y sentirse parte de todos aquellos hombres que habían entregado su vida a Dios. No le interesaba otra cosa y sin embargo, sabía que mientras las cosas no terminaran por calmarse en San Cristóbal no podrían volver. Deseaba que Farid volviese con él, pero era un musulmán y en España no podría recomenzar su vida. Se sintió dividido y decidió volver a su propia casa en la que vivía solo. Caminó por el bosque y se dio cuenta de que un fuego lo venía siguiendo. Comenzó a crepitar en el camino y en las copas de los árboles. Parecía que fuese él mismo, Miguel quien lo quemara todo. Cruzo un río, pero el fuego lo siguió saltando por la copa de los árboles. Gritó pidiendo ayuda. Farid escuchó. Susana también, despertó sobresaltada. Había creído escuchar el grito de Miguel. Siguió escuchando. Silencio. Aunque no volvió a escuchar sus gritos decidió salir a buscarlo. Aún sentía el sopor de la borrachera de anoche. Escuchó el aullido de un búho y un resplandor iluminó la selva. Era el fuego. Lo estaba siguiendo. Sintió miedo porque supo que se había perdido y en efecto, desesperado comenzó a buscar por donde escapar, por dónde volver hacia la cabaña de Susana. Estaba mareado y en las ramas de los árboles creía sentir los dedos de un amante lujurioso que deseaba perderlo. Comenzó a correr, creía escuchar la voz del Altísimo y él gritaba, déjame en paz. Estaba igual de extraviado que aquella ocasión en Damasco y le dolían los pies y comenzó a sangrar de la cara porque las ramas de los árboles lo seguían arañando. Entonces sintió que se abría el piso debajo de sus pies. Comenzó a caer. Escuchaba su cuerpo dando tumbos. Escuchó el tronar de sus huesos y cayó junto a un río y siguió desmayado hasta que escuchó a lo lejos un grito. Era Susana. También lo estaba llamando.
Por una parte, en esta batalla, estaba el desprecio hacia quienes me habían castrado; por otra, quería tener la fe y el fervor de algunos evangelizadores. Pero no, también habían sido cristianos los que me llevaron a la choza de aquella mujer. Fueron cristianos los que charlaban sin inmutarse mientras yo gritaba y trataba de desatarme.
Esta debe haber sido la misma soledad de los romanos, de los griegos, de todos los conquistadores. La soledad de estar arrojados ahí, de traer siempre nuevos dioses que a fuerza son asesinos de los dioses que vivieron aquí.