F0759 · El elegante apartamento de Bernardo, ubicado en una de las torres…

El elegante apartamento de Bernardo, ubicado en una de las torres más exclusivas del Paseo de la Reforma, estaba envuelto en penumbra. Desde el ventanal que abarcaba toda una pared, las luces de la ciudad titilaban como estrellas terrenales, un reflejo vibrante de la modernidad. Sin embargo, dentro de aquel espacio, el tiempo parecía detenerse. El sonido del duduk, melancólico y profundo, llenaba la habitación. La melodía, ejecutada con precisión por Farid, resonaba como un lamento que atravesaba los siglos, cargado de historias y emociones inconfesables.

Hakim estaba sentado junto a la ventana, su figura apenas iluminada por las luces del exterior. Tenía la mirada fija en el bullicio de la ciudad, pero sus pensamientos estaban en otro lugar. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, inmóviles, mientras la música lo envolvía como un eco de algo perdido. La melodía era nostálgica, pero no resignada, y cada nota parecía construir un puente invisible entre el presente y un pasado que se resistía a ser olvidado.

—Es increíble cómo el sonido puede contener un mundo entero —murmuró Hakim, sin apartar la vista del horizonte.

Farid no respondió, pero su música pareció volverse más intensa, como si respondiera en su lugar. Bernardo, reclinado en un sillón cercano, observaba la escena en silencio, su copa de vino apenas tocada. Había algo magnético en la interacción entre los dos hombres, una corriente subterránea de entendimiento que él no lograba descifrar del todo. El duduk seguía cantando, y la habitación entera parecía respirar al ritmo de la melodía.

A medida que la música crecía, el tiempo se disolvió. La narrativa se deslizaba hacia un recuerdo, arrastrando al lector junto con ella, lejos del brillo de la Ciudad de México y hacia el siglo XI, en un rincón del mundo donde Hakim y Farid se conocieron por primera vez.

El aire era seco, cargado de arena y calor. Hakim estaba de pie en el mercado de un oasis, su figura destacando por la túnica blanca que llevaba, el polvo cubriendo sus sandalias. A su alrededor, el bullicio de los comerciantes llenaba el espacio con gritos en lenguas diversas. En el centro del caos, un muchacho de ojos oscuros y mirada desafiante estaba arrodillado, encadenado a un poste. Era Farid.

Hakim se detuvo. Algo en la postura del joven, en la forma en que su espalda permanecía erguida a pesar de la humillación, llamó su atención. No era solo orgullo; era una especie de desafío silencioso al mundo que lo había reducido a esa condición. Hakim no pudo apartar la mirada. Caminó hacia él, ignorando las voces de los mercaderes que ofrecían otros bienes más fáciles de poseer.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Hakim, su voz firme pero sin dureza.

—Farid —respondió el muchacho, sin titubear, como si su nombre fuera lo único que le quedaba.

Hakim asintió lentamente. No preguntó más. En cambio, sacó unas monedas y se las entregó al mercader sin regatear. La transacción fue rápida, pero el peso de ese momento quedó suspendido en el aire, como si ambos supieran que algo más grande se estaba definiendo.

De regreso en el presente, el sonido del duduk se desvaneció lentamente. Hakim cerró los ojos por un instante, como si el recuerdo todavía lo tuviera atrapado. Cuando los abrió, su mirada encontró la de Farid, quien permanecía junto al instrumento, sus dedos aún descansando sobre las llaves.

—Siempre vuelvo allí, Farid —dijo Hakim, su voz apenas un susurro—. A ese día. A ese momento.

Farid inclinó ligeramente la cabeza, una sombra de una sonrisa en su rostro.

—Yo también —respondió.

En el rincón, Bernardo observaba en silencio. Por primera vez, comprendió que el vínculo entre Hakim y Farid era más profundo de lo que había imaginado, un lazo tejido por el tiempo y por secretos que él nunca podría conocer por completo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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