Nada parecía moverse aquella tarde en el Cole Opio después de la lección de música. Estaba atardeciendo y las intrigas de la corte de Flandes estaban lejos. Juana, heredera de Castilla, famosa por sus aptitudes para la danza, la poesía y los idiomas, no tenía interés ni en su hijo Carlos ni en las cosas de Dios. Fue justamente por eso que se produjeron los primeros desencuentros con su madre quien, como era de esperar, la había obligado durante toda la infancia a confesarse, cuando menos, una vez a la semana. Ahora que Juana había crecido, no se confesaba nunca. Y lo que es más, se reía como una idiota cuando alguien le hablaba de la Misa y sugería costumbres piadosas. Fue así que comenzó a decirse que la reina santa había parido a una loca.
No es que la abuela Inés fuese especialmente caritativa o amara a su prójimo más de lo que el sacerdote consideraba necesario. No era una santa, en fin, pero se sugestionaba fácilmente y, aunque ahora no pensaba volver a Europa, sí extrañaba una paz que aquí no tenía por el único hecho de haber visto morir a tantos. Su marido era el último descendiente de una familia griega y tal vez por eso Fray Bartolomé había decidido llevarlos a Farid y a su joven esclavo. La casa era, además, muy confortable y estaba adornada con todos los lujos que podían tener los esclavos. En uno de los viajes, el marido, Vicente Cornaro, había comprado para su mujer un hermoso monito verde que durante un tiempo fue su delicia. En poco tiempo, la princesa había dejado de verlo porque se aburría, no le complacía nada y tampoco se le antojaba complacer a su marido en asuntos de amor. Como suele suceder, la indiferencia llevó al señor Cornaro al amor. Todo el tiempo deseaba estar cerca de ella y ella cada día inventaba un nuevo pretexto para dormir temprano y no escuchar historias de marinos ni de mercaderes. Se encerraba para dormir, decía, pero en realidad se acostaba y cerraba los ojos, y lo único que sentía en sí misma era aquel oscuro para qué.
El príncipe, por su parte, pasaba las tardes pensando en complacerla y había dejado de pensar en su propia situación en la precaria colonia que estaba a punto de transformarse por completo con el gobierno de Pedrarías.
A Farid y a su amo les mostraron sus habitaciones y les dieron sirvientes indígenas. Farid lo primero que hizo fue tomar un largo baño y después se fue a dormir, volviendo a soñar con los monstruos marinos en el lecho del océano, y se sintió complacido y fastidiado cuando lo llamaron a cenar.
La casa de la abuela Inés y el señor Cornaro estaba en la colina de la Española. Todas las mañanas, la abuela Inés se levantaba y se miraba en el espejo. Buscaba un par de aretes con los que se miraba frente al espejo de azogue y luego los cambiaba. Le gustaban los aretes de perlas. Su marido y otros comerciantes habían comenzado a venderlas en Europa. Las traían del Darien, de la Costa de Oro donde, había escuchado, Núñez de Balboa se había rebelado. Se puso los aretes y se sintió hermosa. Recordó que cuando aceptó ser la prometida de Vicente Cornaro pensó que el día de su boda sería el más feliz de su vida. Aquel hombre, después de todo, estaba emparentado por la línea materna con la casa de Trastámara y su linaje se remontaba al tiempo de los reyes visigodos. No había podido tener hijos. Tres veces se había embarazado y tres veces había perdido a su niño. Tal vez fue en ese tiempo, se dijo mirándose al espejo, que descubrió una realidad muy simple. La bondad de la tristeza lo llamaba ella. Era una bondad que consistía en no amar nada con verdadera profundidad. Después de todo, a pesar de que en este pueblo de colonos malolientes, es posible que alguien pensase que ella, la princesa griega, lo tenía todo. Nada más lejos de la realidad. La incomodidad de su lecho de rozas era tan cruel como el de un natural que, arrancado de sus tierras allá afuera de su casa, no tuviese qué comer. Lo pensaba así porque estaba convencida de que su sufrimiento no difería tanto de quienes verdaderamente luchaban por sobrevivir, pero no sabía muy bien por qué.
Cuando descubrió que el amor humano, lejos de complacerla, le producía dolor y asco, se había complacido pensando en que tal vez un hijo le daría felicidad. En este lugar alejado de Europa, de su familia, rodeado de bárbaros, un niño le daría sentido a su existencia. Había dejado de rezar después de su tercer aborto. Durante el cuarto pensó que Dios la estaba castigando por su falta de fe, pero en poco tiempo se acostumbró a pensar que Dios la había dejado sola, que Dios no se ocupaba de ella y, si es que existes, decía, por fin te ocupas de tus cosas y a mí me dejas en paz. Con esta idea, de que Dios se ocupaba de sus propios asuntos, ella vivía también en los suyos propios.