F0849 · Imaginó subiendo a su balcón:

Alimentaban un monito que había traído su padre cuando la abuela Inés miró por primera vez el olor del huerto. Olía a naranja y piñón. La abuela Inés se sintió consternada. Pensó que todo habría terminado. “No importa”, se dijo. Quiero que muera por mí. Miraba los barcos en el mar. Envidiaba en los pájaros la fuerza del aislamiento. Siguió planificando. Cada plan desencadenaba alguna tormenta. Y cuando trató de separarse por lealtad a Antón, más se sintió. Si no puedo decirle que la amo, sólo porque soy capón como los que son como Antón.

Imaginó subiendo a su balcón:

—Qué haces aquí. Van a matarte —diría la princesa.

—Necesito decirte que te amo —decía Farid. Y lo dijo con voz clara, de muchacho simple—. Y te lo digo así, señora, como si fuésemos iguales, porque el amor que siento por ti es tan grande que iguala tu dignidad.

Él mismo se respondió como si su voz proviniese de abajo, del agua verde y se escuchó decir:

—Ahora quiero que me ame. Y que se entregue a mí sin importar que yo sea un eunuco.

Miraba los barcos cruzando al otro lado, a la isla. Había también barcos pesqueros y naves en las que iban y venían los nobles más poderosos de Venecia. Se sentía cautivado por el vaivén de las góndolas y, aunque envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento, se sintió dueño de sí. Libre por fin, siguió planeando, y cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y eso es lo que, sin saber, lo tenía encadenado.

Un día, la abuela Inés Comneno estuvo a punto de confesar a su marido lo que había comenzado a sentir por el eunuco. La sensibilizaron las conversaciones que tuvo con el confesor, un cura de nariz prominente que se escandalizó tanto cuando escuchó todo lo que la princesa estaba contando que se negó a absolverla si no iba y decía todo a su marido, Vicente Cornaro.

No lo hizo, y no se sintió mal. Era, sin duda, un triunfo de su carácter. La abuela Inés, más bien, dejó de confesarse y se entregó al placer de la belleza. Lo atraía como nunca la mesa bien servida; le atraía la forma de los árboles y un día se descubrió sorprendida diciendo para sí:

—Qué hermosa es mi vida. Qué hermosa es esta ciudad y esta villa.

Tenía cinco años viviendo ahí con su marido, pero nunca la había visto. Tenía dieciséis años viviendo en Venecia y nunca se había dado cuenta de lo hermosa que era la ciudad en la que le había tocado nacer. Toda esa belleza, sin embargo, deseaba compartirla con él, con ese muchacho. Y como Juan había dicho, era su cualidad de eunuco lo que más la atraía. No sólo se preguntaba ¿cómo será hacer el amor con un castrato? Perdía la respiración imaginando su desnudez, la posibilidad de descubrir para él su hombría y descubrir en ella la fuerza de su belleza y su seducción.

Él, Rashid y el monito verde eran las mascotas de la princesa en la cima de Famaugusta. Nunca fue tan feliz. Todo el día era estar con ella. Tenderse a sus pies, amigo del lujo, la voluptuosidad, la pereza. Farid no podía saberlo, pero en otra parte del universo, muy lejos, se levantaba la sesión de un cabildo catedralicio que iba a cambiar su vida. No podía saberlo, padre, usted estaba buscando a un músico. Y yo, sin saberlo, lo era.

**ESTO LO RECUERDA FARID PARA QUE PUEDA SER UN TEMA RECURRENTE**

Cuando se cansaba, uno de sus sirvientes abría una silla de madera y ella, sin mirar, se sentaba. Otro esclavo, un negro musculoso, llevaba con él un monito verde al que alimentaba con pistaches. Nos miró y algo dijo. Nos abrazamos y ella sonrió. Y fuimos vendidos, tú y yo Farid, en el puerto de Famaugusta.

**LO QUE SIGUE LO PIENSA JORGE CUANDO VA A DESTRUIR A FARID Y A JORGE**

Ella nunca lo había pensado. No se permitiría pensarlo jamás. Ella, descendiente de San Fernando y de Alfonso el Sabio, no consentiría nunca sentirse una igual a este hombre que, sin embargo, le producía tanto placer: el placer de sentirse viva y capaz de consumar una venganza, el placer de no preocuparse por quedar embarazada ni de tener que recurrir a una matrona que matara el producto de aquellas noches lujuriosas cuyas noticias fueron llegando una a una al marqués del Carpio, quien pensó primero que permitiría que su mujer enrojeciera un poco más con la música frívola de las canciones italianas que resonaban cada tarde en su jardín. No le convenía un escándalo.

Tampoco era como tantos otros maridos, a quienes despreciaba más que nunca en aquel momento, que consideraban justo que, si habían sido infieles, ella tuviese sus propias aventuras. Le aterraba pensar, además, en la posibilidad de que ella engendrara a un bastardo. Tendría que terminar muy pronto con aquellos amantes. Con los dos. Pero ¿cómo? Por una parte no quería poner en riesgo la expedición al Nuevo Mundo y no deseaba un escándalo que atrajese la atención de la Santa Hermandad hacia el amasiato que estaba teniendo con aquella mujer judía a la que cada vez le resultaba más difícil proteger. Tenía que encontrar el momento propicio para separarlo de Farid y matarlos. Salió al balcón. Los amantes descansaban aquella noche. ¿O no? ¿Sentía celos? Recordó a Inés, su amante. ¿Cómo podía sentir celos de una mujer tan desangelada como María? No. Sentía una ira seca y muda. Una ira que le hizo saber de pronto lo que tenía que hacer. Porque el marqués del Carpio no era de esos hombres que se arredran ante las dificultades. Estaba a punto de llevar al Nuevo Mundo sus negocios y sus ideas políticas. Estaba a punto de llevar las ideas que había macerado en la Casa de Dante al otro lado del mar. No podía permitir que un enojo casero acabase con ello. Tendría que hacerse cargo del monje de una manera contundente y eficaz, de un modo único, de un modo que causara a su mujer más sufrimiento del que fuese capaz de soportar.

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