Farid entró con Pedro de Gante al convento de San Francisco. Era un jardín. Los indios trabajaban en huertos. Fueron a la laudería. Olía a goma y a sebo. Los franciscanos arman violines y violas, laudes y otros instrumentos maravillosos con ayuda de los indígenas. Allí hay quien talla madera y da forma a una flauta, y otro pule metales para hacer instrumentos de viento.
—¿Aquí fabrican sus instrumentos? —preguntó Farid.
—Aquí mismo. ¿Ves cómo hablas bien el latín?
Farid se pierde en las manos de un muchacho que barniza un violín recién ensamblado y lo cuelga para que se seque. Fueron al taller de plumería y a las clases de música. Vio a un padre enseñando a los indígenas con dibujos el catecismo, a otro que mostraba la forma correcta de aprisionar un chelo entre las piernas.
Volvió fray Pedro. El muchacho volvió a su trabajo. Al centro del taller, un muchacho de unos dieciséis años, piel indígena, expresión de seriedad, termina de ensamblar una pluma verde. Parece fácil. Toma otra pluma: fabrica un cuadro de San Anselmo.
—Este cuadro lo vamos a enviar al Papa —dijo Pedro de Gante a Farid.
El taller huele a goma. Al fondo, hay un grupo de muchachos aztecas sentados que dibujan grifos sobre pieles curtidas. Detrás de ellos, un joven apenas un poco más grande pinta una virgen sobre la luna. Es hermosa la virgen.
Farid recuerda: “Viene el tiempo”, decía Manuel. “El mundo contra nosotros. Europa contra nosotros.”
Hay algo cierto, piensa Farid. La música europea. Esto es cierto. El tiempo se acerca, decía Manuel. Marcos. El diablo ronda en América. Marcos, el muchacho que pinta la virgen sobre la luna, mira a Farid. Sonríe.
—Qué hermosa cara tiene —dijo Farid.
La sonrisa de Marcos es como un beso en la frente. Farid se acercó al pintor.
—Él es Marcos —dijo Pedro de Gante.
Marcos inclinó la cabeza para saludar a Farid. En náhuatl preguntó a Pedro:
—¿Quién es este?
—El cantante mulato.
Farid no entiende casi nada de lo que dicen. Cuando fray Pedro no escuchaba, Marcos se acercó a Farid y le dijo:
—Tlapitzaua.
—No hablo mexicano.
—Ven aquí.
Pedro de Gante y Farid caminaban por la huerta de San José de los Naturales.
—Ese muchacho que viste —le dijo fray Pedro— se llama Marcos. Es su nombre cristiano. No hay Farid, pintor como él, ni en Flandes ni en Roma ni en Venecia.
—¿Cómo voy a saberlo?
—Marcos no hace cuadros, ¿entiendes? Hace milagros.
—Todos tus alumnos son indios.
—Todos. Y no se llaman indios. Son aztecas o nahuas. No les digas indios porque no se llaman así.
—A mí tampoco me dicen mi nombre.
—¿Cómo te llamas, Farid?
—Me llamo Farid. Todos los nahuas me dicen cosas. Me llaman castrado, me llaman árabe. Niño árabe.
—¿Te molestan?
—Me molesta cuando me dicen niño, no cuando dicen que soy árabe, porque en verdad soy árabe.
—Ya veo, Farid.
—¿Cómo entiendes esa lengua de demonios?
—¿El náhuatl?
—Sí.
—No es una lengua de demonios. A mí me parece muchísimo más difícil el castellano.
—¿Cómo aprendes tantos idiomas?
—No lo sé. ¿Tú conoces algún muchacho de tu edad que hable muy bien el castellano y el mexicano?
—Alonso —contestó Farid—, canta conmigo en el coro.
—Ya me contarás —dijo fray Pedro—. Ven.