En las estancias del monasterio, donde la penumbra se mezclaba con los ecos lejanos de los cantos gregorianos, Bernardo se sentaba en un rincón, sumido en sus reflexiones. Frente a él, un viejo volumen abierto sobre poesía parecía desbordarse de palabras que vibraban con vida propia. “¿Cómo se hace poesía con este vino amargo?”, había escrito, inspirado por las amargas decepciones de los últimos días. Se preguntaba cómo los poetas lograban transformar el dolor y la melancolía en algo sublime, algo que resonara más allá del lenguaje mismo.
Esa mañana, Farid había estado practicando el laúd en el jardín de los naranjos. Sus dedos parecían danzar sobre las cuerdas, arrancando melodías que hablaban de tierras lejanas y de amores imposibles. Bernardo lo observó desde la distancia, pensando que, al igual que en los versos de Edgar Bayley, la poesía debía ser dicha y al mismo tiempo hacer dichoso al que la escuchaba. Sin embargo, en ese momento, la música de Farid parecía teñida de un anhelo oscuro, como si el joven esclavo intentara escapar de algún hechizo que lo mantenía atado.
—Necesitamos sacudirnos este embrujo del lenguaje —dijo Bernardo en voz baja, casi para sí mismo, mientras observaba al joven músico—. Aprender a sentir cosas que no hemos sentido.
Más tarde, Bernardo se reunió con Isaac en su biblioteca. Allí, entre mapas de tierras lejanas y tratados de filosofía, discutieron sobre el significado de la poesía y el arte. Isaac, con su característico tono grave, habló de cómo la poesía era una excusa para expresar aquello que las palabras comunes no podían capturar. Recordó los versos de Aldo Oliva que Bernardo le había compartido: “Soy la sospecha airada de la eternidad. Ámame mientras nos devoramos”.
—¿Y no es eso lo que hacemos aquí? —preguntó Isaac—. Nos devoramos con nuestras dudas y nuestras búsquedas, con el deseo de tocar lo divino.
Mientras hablaban, Bernardo recordó la pintura de la marquesa Inés que había visto en el castillo. Sus pensamientos derivaron hacia los versos de Browning sobre la “última duquesa”. Esa mujer inmortalizada en el lienzo le recordaba a Inés, atrapada entre su belleza y las expectativas que otros habían proyectado sobre ella. Pensó en cómo los actos cotidianos, los gestos más pequeños, podían adquirir una resonancia poética si se los miraba con los ojos del alma.
Esa noche, Bernardo escribió en su diario: “Necesitamos aprender a escribir con ceniza, pero también a esperar a los bomberos que rescaten nuestros corazones del incendio. La poesía no es solo un acto de lenguaje; es un pedazo del amor que enterramos en la tierra, esperando que crezca.”