Cuando escapaba camino a La Meca, Farid Ángel se detuvo
asombrado frente a los muros color turqueza a cuyos pies
actuaba un Encantador de Serpientes. Fue un golpe seco el que
lo detuvo. El encantador era un muchacho de trece años, como
Farid quien lo encontró en la isla de los enfermos, la isla
de los locos, de Remo.
¿Qué vine a hacer a Roma? Muchos años después, en México
Tenochtitlan, Farid habrá de recordar su verdadero nombre con
el mismo asombro que ahora aquí, frente al encantador, lo
petrifica y lo vuelve niño que abre la boca y detiene la
carrera. Niño que sabe lo inútil: van a encontrarte de todas
formas Farid. ¿Para qué corres? El ¿para qué? Le resuena por
todas partes y lo detiene insensible aquí, frente al
encantador baila con la serpiente al pie de la memoria, al
principio del tiempo de su recuerdo, esto es, al principio de
todo, porque Farid no recuerda antes nada.
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