F0235 · Atonatiuh tocaba la flauta en su habitación de palacio. Después de…

Atonatiuh tocaba la flauta en su habitación de palacio. Después de todo lo vivido y todo lo estudiado, el sonido había comenzado a ser claro y hermoso. Se detuvo. 

afuera, en el jardín escuchó un sonido claro y metálico. Era una guitarra y después una voz. Se asomó al jardín interior y encontró a un hombre de barba rubia que le preguntó en castellano que si él era el pequeño Dios.

Había escuchado algo. El muchacho miró en torno suyo. Tenochtitlan, lo decían las viejas, estaba llena de premoniciones y aunque hubiese querido ser siempre valiente, tuvo miedo. Se escuchaba a lo lejos, un grillo. Volvió a tocar. La música, por alguna razón lo hizo sentirse más solo. Volvió a escucharlo. Era un ruido metálico, extraño. No había oído nunca algo semejante. Dejó la flauta y el sonido aquel volvió a detenerse.

Fue a la ventana. Silencio. Iba a salir hacia el jardín interior de palacio, donde había creído escuchar el ruido cuando éste volvió. Volvió con simplicidad y gozo. Era una vigüela. Sonriendo, feliz por la belleza de semejante sonido fue hacia la ventana que daba al jardín interior. Encontró ahí, al centro del jardín a Roberto Ruiz Guadalajara, un joven soldado español que rasgaba su vigüela y luego la mostraba, seductor, a Atonatiuh.

—¿Eres tú el joven dios? —preguntó en español.

Atonatiuh lo miró curioso. Evidentemente no podía entender esa lengua que había escuchado dos o tres veces y lo confundía tanto porque sus sonidos a veces le parecían infantiles, y a veces malévolos. Sin embargo, mayor que la consternación o la curiosidad era la fascinación que le producía el instrumento gordo que Roberto sostenía contra su pecho.

—No hablo castilla —respondió Atonatiuh.

—¿Qué dices? —preguntó Roberto quien tampoco entendía náhuatl.

Atonatiuh saltó a la cornisa y luego dos metros más o menos hasta el jardín interior. Se miraron uno al otro, el príncipe y el músico. Entonces, Roberto le extendió la vigüela, pero cuando Atonatiuh estuvo a punto de tomarla, lo evadió.

Atonatiuh fue hasta el jardín y preguntó:

—¿Qué es eso?

El joven siguió metido en su juego con la madera. Tenía instrumentos que Atonatiuh nunca había visto. Tocó una y el joven dijo:

—No, no, no —y delicadamente se lo quitó de las manos.

Entonces, pareció reconocerlo.

Farid tocó el oud  y luego se la mostró a Atonatiuh.

—¿Eres tú el joven dios? —preguntó en el idioma de Castilla.

Atonatiuh lo miró curioso. Evidentemente no podía entender esa lengua que había escuchado dos o tres veces y lo confundía tanto porque sus sonidos a veces le parecían infantiles, y a veces malévolos. Sin embargo, mayor que la consternación o la curiosidad era la fascinación que le producía el instrumento gordo que Roberto sostenía contra su pecho.

—No hablo castilla —respondió Atonatiuh.

—¿Qué dices? —preguntó Antón quien en aquel entonces tampoco entendía náhuatl.

Atonatiuh saltó a la cornisa y luego dos metros más o menos hasta el jardín interior. Se miraron uno al otro. Antón le extendió el laúd. Cuando Atonatiuh estuvo a punto de tomarla, lo evadió.

—Te gusta como suena ¿verdad? Se llama laúd y la afiné yo mismo.

—¿Qué cosas dices? —preguntó sonriendo el joven dios.

Antón tocó unas notas y luego se sentó sobre la hierba, comenzó a sonar un preludio que a Atonatiuh lo dejó asombrado por su simplicidad y belleza. Le extasiaba esa música. Sin dejar de tocar, Antón le dijo:

—Si que te gusta ¿eh?

Atonatiuh sonrió, pero con toda la dignidad de un príncipe le dijo:

—Suena bien ese instrumento, pero suena horrible tu lengua. Sisea, como una serpiente y sin embargo, tus manos… ¿cómo hacen tus manos para producir esa música?

Antón con esa confusión tan extendida entre quienes son incapaces de aprender ninguna otra lengua, comenzó a hablar más fuerte. Gritaba como si estuviese delante de un sordo y hablando alto se pudiese hacer entender.

—¡Ten! —gritó extendiéndole la guitarra tomándola por el puente.

Sintiendo alguna amenaza, por instinto Atonatiuh dio un paso hacia atrás.

—¡Ten! —repitió Antón.

Como aquel ciervo que había visto en el bosque el día que pronunció el juramento, lentamente, un poco inseguro, pero con elegancia, se aproximó a Antón y preguntó:

—¿Ten?

Era la primera palabra que decía en español.

—Que la tengas, hombre. ¡Cógela pues! ¡Anda! Sé que te gusta. Puedes tratar un poco.

Atonatiuh volvió a decir:

—Ten.

Y convencido de que aquel hermoso instrumento se llamaba “ten” cogió el laúd por el puente y se sentó en la hierba para tratar de hacerla sonar.

—Esto.

—Ten.

Atonatiuh había cogido el puente de laúd con la mano derecha y estaba a punto de hacerla sonar cuando Antón lo interrumpió:

—¡No! No, no. No eres zurdo, ¿qué si? Tienes que tomarla así.

El soldado le arrancó laúd, la giró y se la volvió a entregar, apoyándola contra el pecho del joven dios.

—Ten —repitió Atonatiuh y Antón soltó la carcajada.

—Cógela así, como si fuera una hermosa muchacha.

Se levantó, con trabajo se puso detrás de él y divertido le enseñó cómo debía colocar las manos.

—Es como una hermosa muchacha que presionas contra tu pecho —dijo—. Firme, claro, pero sin lastimarla. Tu mano. Vamos, suéltala. Mira cómo lo hago yo. Bien suelta. Ligera, ¿de acuerdo? Nada de durezas. Dicen todos que sois delicados. Bien. Ahora, abres las piernas así y aquí la colocas. Muy comodita, muy abrazadita, así y ahora.

Atonatiuh siguió los gestos de Antón y entendió básicamente cómo es que había que coger una guitarra. Permitió que Antón le tomase una mano y la llevara hacia el puente, donde el soldado, improvisado de pronto en maestro de música, comenzó a explicar utilizando como propio ejemplo su propio brazo.

—Firmes los dedos —dijo—, firme el antebrazo, como si empuñaras una espada, pero ligera la muñeca. ¡Muñeca! ¿entiendes? Como esas con las que juegan las niñas.

Atonatiuh repitió:

—Muñeca.

—¡Pa! Esperemos que toques mejor de lo que hablas.

Volvió a tomarle la mano.

—Los dedos, firmes, aprisionan aquí y aquí y aquí. Firmes, ¿entiendes? Y ahora ¡Pa!

Atonatiuh repitió: 

—¡Pa!

—Perfecto, haz ¡pa! Una y otra vez: ¡Prang!

Así le enseñó una posición y un rasgueo simple. Había conseguido extraer un primer acorde.

—Muy bien. Ahora, de arriba para abajo. Haz así y así.

Atonatiuh había entendido, rasgueó como le indicaba el soldado y:

—¡Bueno! ¡Muy bueno! —comentó Antón quien volvió a inclinarse hacia el muchacho para pedirle que cambiase de acorde y cuando le hubo enseñado cómo hacer un cambio muy simple, buscó la flauta de Atonatiuh y le limpió la boquilla.

—No es que me des asco, ¿entiendes? —sonrió— uno nunca sabe. Sigue, sigue: ¡prang! ¡Prang! ¡Prang! Sin detenerte.

Al mismo tiempo, Antón sopló en la flauta y:

—Déjame ver.

Antón sopló una y otra vez y en poco tiempo comenzó a entender la forma en que estaba dividida la sonoridad de la flauta mexicana. Miró hacia el cielo, investigando con las orejas, soplaba y de pronto decía hacia el príncipe:

—Tu sigue, prang, prang, prang.

Antón por fin consiguió encontrar la tónica en la flauta de Atonatiuh. Comenzó a improvisar con el sonido del laúd y aunque al principio era como un amorío imperfecto, poco a poco la melodía comenzó a sonar.

Atonatiuh, sin dejar el movimiento simple que había aprendido, rió como un niño, sorprendido de lo bien que sonaban juntos el instrumento español y el instrumento mexicano. Antón se aproximó al muchacho. Lo ayudaban tres esclavas que había puesto Moctezuma para cuidarlo.

—Ya es tiempo, vamos allá. Ahora, cambias los dedos, aquí y aquí y aquí.

Fue así que el sonido de una melodía simple se fue volviendo complejo en aquel jardín interior. Y en las transiciones armónicas, la música fue bañando el palacio y así pasaron los días Atonatiuh aquel octubre, aprendiendo a tocar un instrumento español. Esa noche soñó con el ciervo en el bosque. Soñó que lo acariciaba y que del cielo se desprendían garzas con caras de hombres. Eran la cara de Antón y él sonrió complacido de ser parte de ese paisaje y comenzó a cantar, a hacer música. Melodías de laúdes y flautas que calmaban el desazón del único hachazo: la muerte y el sacrificio.

—Es verdad.

Fue Antón quien me enseñó a hablar español.

Así, además de su lección con los tlacuilos, Atonatiuh comenzó a aprender con aquel joven español las artes de hacer barcos y sobre todo, el arte de dibujar a la manera española. Y si Eneas aprendió español para hacer música, Atonatiuh aprendió español para aprender a pintar.

—Te gusta como suena ¿verdad? Se llama vigüela y la afiné yo mismo.

—¿Qué cosas dices? —preguntó sonriendo el joven dios.

Roberto tocó unas notas y luego se sentó sobre la hierba, comenzó a sonar un preludio que a Atonatiuh lo dejó asombrado por su simplicidad y belleza. Le extasiaba esa música. Sin dejar de tocar, Roberto le dijo:

—Si que te gusta ¿eh?

Atonatiuh sonrió, pero con toda la dignidad de un príncipe mexicano le dijo:

—Suena bien ese instrumento, pero suena horrible tu lengua. Sisea, como una serpiente y sin embargo, tus manos ¿cómo hacen tus manos para producir esa música?

Roberto con esa confusión tan extendida entre quienes son incapaces de aprender ninguna otra lengua, comenzó a hablar más fuerte. Gritaba como si estuviese delante de un sordo y hablando alto se pudiese hacer entender.

—¡Ten! —gritó extendiéndole la guitarra tomándola por el puente.

Sintiendo alguna amenaza, por instinto Atonatiuh dio un paso hacia atrás.

—¡Ten! —repitió Roberto.

Como aquel ciervo que había visto en el bosque el día que pronunció el juramento, lentamente, un poco inseguro, pero con elegancia, se aproximó a Roberto y preguntó:

—¿Ten?

Era la primera palabra que decía en español.

—Que la tengas, hombre. ¡Cógela pues! ¡Anda! Sé que te gusta. Puedes tratar un poco.

Atonatiuh volvió a decir:

—Ten.

Y convencido de que aquel hombre de sonrisa agradable no lo estaba amenazando, cogió a la vigüela por el puente y se sentó en la hierba para tratar de hacerla sonar.

—Esto.

—Ten.

Atonatiuh había tomado el puente de la vigüela con la mano derecha y estaba a punto de hacerla sonar cuando Roberto, entre divertido y escandalizado lo interrumpió:

—¡No! No, no. No eres zurdo, ¿qué si? Tienes que tomarla así.

El soldado le arrancó la vigüela, la giró y se la volvió a entregar, apoyándola contra el pecho del joven dios.

—Ten —repitió Atonatiuh y Roberto soltó la carcajada.

—Cógela así, como si fuera una hermosa muchacha.

Se levantó, se puso detrás de él y divertido le enseñó cómo debía colocar las manos.

—Es como una hermosa muchacha que presionas contra tu pecho —dijo—. Firme, claro, pero sin lastimarla. Tu mano. Vamos, suéltala. Mira cómo lo hago yo. Bien suelta. Ligera, ¿de acuerdo? Nada de durezas. Dicen todos que sois delicados. Bien. Ahora, abres las piernas así y aquí la colocas. Muy comodita, muy abrazadita, así y ahora.

Atonatiuh siguió los gestos de Roberto y entendió básicamente cómo es que había que coger una guitarra. Permitió que Roberto le tomase una mano y la llevara hacia el puente, donde el soldado, improvisado de pronto en maestro de música, comenzó a explicar utilizando como propio ejemplo su propio brazo.

—Firmes los dedos —dijo—, firme el antebrazo, como si empuñaras una espada, pero ligera la muñeca. ¡Muñeca! ¿entiendes? Como esas con las que juegan las niñas.

Atonatiuh repitió:

—Muñeca.

—¡Pa! Esperemos que toques mejor de lo que hablas.

Volvió a tomarle la mano.

—Los dedos, firmes, aprisionan aquí y aquí y aquí. Firmes, ¿entiendes? Y ahora ¡Pa!

Atonatiuh repitió: 

—¡Pa!

—Perfecto, haz ¡pa! Una y otra vez: ¡Prang!

Así con mímica le enseñó una posición y un rasgueo simple. Había conseguido extraer un primer acorde cuyo sonido era delicioso.

—Muy bien. Ahora, de arriba para abajo. Haz así y así: Prang, prang, prang.

Atonatiuh había entendido, rasgueó como le indicaba el soldado y:

—¡Bueno! ¡Muy bueno! —comentó Roberto quien volvió a inclinarse hacia el muchacho para pedirle que cambiase de acorde y cuando le hubo enseñado cómo hacer un cambio muy simple, buscó la flauta de Atonatiuh y le limpió la boquilla.

—No es que me des asco, ¿entiendes? —sonrió— uno nunca sabe. Sigue, siguie: ¡prang! ¡Prang! ¡Prang! Sin detenerte.

Al mismo tiempo, Roberto sopló en la flauta y:

—Déjame ver.

Roberto sopló una y otra vez y en poco tiempo comenzó a entender la forma en que estaba dividida la sonoridad de la flauta mexicana. Miró hacia el cielo, investigando con las orejas, soplaba y de pronto decía hacia el príncipe:

—Tu sige, prang, prang, prang.

Roberto por fin consiguió encontrar la tónica en la flauta de Atonatiuh. Comenzó a improvisar con el sonido de la vigüela y aunque al principio era como un amorío imperfecto, poco a poco la melodía comenzó a sonar con una belleza que parecía haber unido el gris del mar gallego con el azul del mar frente a Tabasco.

Atonatiuh, sin dejar el movimiento simple que había aprendido, rió como un niño, sorprendido de lo bien que sonaban juntos el instrumento español y el instrumento mexicano. Roberto volvió a levantarse y se aproximó al muchacho.

—Ya es tiempo, vamos allá. Ahora, cambias los dedos, aquí y aquí y aquí.

Fue así que el sonido de una melodía simple se fue volviendo complejo en aquel jardín interior. Y en las transiciones armónicas, la música fue bañando el palacio y así pasaron los días Atonatiuh aquel octubre, aprendiendo a tocar un instrumento español. Esa noche soñó con el ciervo en el bosque. Soñó que lo acariciaba y que del cielo se desprendían garzas con caras de hombres. Eran la cara de Roberto y él sonrió complacido de ser parte de ese paisaje y comenzó a cantar, a hacer música. Melodías de vigüelas y flautas que calmaban el desazón del único hachazo: la muerte.

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