La ciudad de Damasco es grande. Farid y Cósimo se pierden en sus calles camino del puerto. Se van por los empedrados, por donde suelen ir los ladrones. Pero al paso de Cósimo, todos se callan. Ni siquiera los perros le ladran.
Damasco era un laberinto. Iban por empedrados por donde sólo van los ladrones, hacia el puerto. A su paso, la gente los mira callados y cuando llegaron hasta el torreón del que el esclavo había escapado parecieron callar también las gaviotas.
Cruzan Las sombras de la gente que pasa por ahí trepan los muros,
Iban por los empedrados
por donde van los ladrones. A su paso, la gente los mira
callados y cuando llegaron al puerto, el llamado de las gaviotas.
En la pared estaba escrito en letras de oro. Tú morirás, Oh Mohammed, y ellos también morirán, sólo el altísimo no morirá. El encantador de serpientes bailaba con la víbora mounstrosa de todos mis sueños. Se calló todo. El arriba y el abajo. Entre ángeles y huríes, sentí el ritmo de la respiración de la ciudad. Era un muchacho bailando con una serpiente. No era más grande que yo. Estaba desnudo y volteó a verme.
Lo rodeaba un círculo de niños y soldados y un viejo allá atrás tocaba la zampoña a cuyo ritmo el reptil se enredaba, bajaba por el estómago del muchacho, le olisqueaba, parecía besarle los pies, pero luego subía por una pierna y todos mudos miraban cómo se le enredaba en el cuello y lo miraba a los ojos como en adoración. Tanta que se callaron los colores de las telas que colgaban de los balcones, el olor de las acequias y aún el canto del almuecín. Absorto, entre el arriba y el abajo. En el éxtasis de ver bailar a lo sutil con lo descomunal, Farid se quedó en silencio, rezando.
La gente lanzó monedas.
estaba yo en un estado intermedio, entre el hombre y el niño, entre el hombre y la mujer. La serpiente se enredaba en el cuerpo del encantador, le olisqueaba la piel, se detenía detrás de las orejas y parecía murmurarle promesas de amor.
Mirar a Farid y el ruido de la zampoña se calla. Se calla el ruido de los pájaros a las seis de la tarde, el olor a cordero y oliva se calla, las telas rojas que cuelgan en los callejones de la ciudad en el desierto y el olor del agua podrida que corre por las acequias. Se calla el mercado y la gente; las fuentes y las acequias, la estatua del sultán en el mercado y la estatua del sultán, la madera que cruje junto al mendigo se calla, el deseo de ser otro, la envidia y el miedo. Sólo permanece la mirada de Farid y la imagen fugitiva de un ofidio que se enrosca en el cuerpo desnudo de un hombre, dolorosa imagen. No tiene sentido correr ni decir nada. Fuera de sí, enajenado, Farid se sintió borracho en cada poro de su geografía espigada. El encantador les sonrió, a Farid y a él. En el negro de la pupila del hombre, Farid se sintió cómplice de aquel baile entre los sutil y lo descomunal.
Me detuve como un conejo frente a la antorcha. Vi al mago bailando con una boa. A sus pies había un tapete rojo tejido a base de rezos. Un círculo de niños y soldados miraban el acto. Yo estaba parado también sobre el tapete de mi propia sangre. Miré con devoción el acto: un niño enamora al monstruo de todas las pesadillas, atrás de él, un viejo toca la zampoña y en ellos, afiebrado encuentro al amor entre lo sutil y lo descomunal.
Había comenzado a oscurecer y yo, en lugar tan remoto, al centro del mundo, comencé a crecer. No físicamente, porque nunca he crecido así. Fue más bien que el niño dentro de mí comenzó a morir y pensé “para qué?”.
La pared de la masjid, parecía edificada por el dios del río
con enormes bloques de turquesa que encontró cuando vagaba
por la caverna. Paredes de gigante. Arriba, muy lejos del
salto del niño estaba incrustado en oro: Tú morirás, Oh
Mohammed, y ellos también morirán.
Junto a la pared, El encantador de serpientes, un niño
apenas, bailaba con la víbora más monstruosa que has visto.
Junto al encantador, un viejo tocaba la tonada que hipnotiza.
Un destacamento de soldados otomanos miraba sobre el
suelo, al acto mágico. Como Farid estaba de espaldas al
encantador, pareciera incluso, que los soldados se admiraran
del frente desnudo del hechicero.
La pared de la mezquita, parece que la hubiera construido el dios del río, tu padre Farid, con enormes bloques de turquesa que encontró cuando vagaba por la caverna. Son paredes de gigante y allá arriba, incrustado en oro está escrito: Tú morirás, Oh Mohammed, y ellos también morirán. Farid está aterrado. El muchacho, el encantador de serpientes baila con la víbora mounstrosa que ha visto en sueños. Junto al encantador, un viejo toca una tonada que vuelve a saber a manzana.
Arriba de ellos, a la hora en que las palomas comienzan a reagruparse en las cornisas, los pájaros graznaron como todos los días. Tú morirás, Mohamed, ellos también morirán.
El encantador mira de frente los ojos amarillos del mal. La serpiente se enrosca y baja la mirada. Se besan y él, el encantador, es el único capaz de conjurar todos los miedos, todos los pecados que ofenden al Uno. El asesinato de Jamil y tus pensamientos.
Te sentías hipnotizado, Farid. La serpiente, el mal, que se arrastraba fuera del campamento del beduino, estaba domesticado y se enreda ahora en el cuerpo de este muchacho flaco. Parece que fueras él: adolescente que se levanta con la serpiente que es como un muñeco de trapo que presume su lengua bífida a los soldados y los niños y luego se enrosca en el cuello del encantador. Se besan.
La serpiente surca las costillas en el cuerpo del niño mago que tiene así un aire tan frágil que parece increíble que salgan de su cuerpo extremidades tan voluptuosas: La serpiente es una en el cuerpo del encantador que mira de frente los ojos amarillos. Y el reptil se enrosca Sólo ese niño parece capaz de conjurar los miedos, los pecados del Uno. El asesinato que cometió Jamil. Tus miedos, Farid. El mal se calla adentro, en el alma de los que asisten al acto: El encantador agita a la bestia por encima de su cabeza. Soldados y niños lanzan monedas a los pies perfectos del hechicero que se inclina desnudo, sólo lo viste su boa.
Todos están seducidos por la belleza del instante que alumbra lo que antes estaba oscuro. Hay esperanza, Farid. El arte viene a presencia. El caos y el orden bailan al ritmo impredecible entre lo sutil y lo descomunal.
Hay arte en el encuentro entre lo sutil y lo descomunal
Frente al encantador de serpientes, como un sacerdote que dice algo repetido mil años, Eneas murmuró de nuevo:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero cumpliré la promesa. Voy a darte mi vida, porque me has sacado de ese lugar.
Se callaron las telas que colgaban de los balcones, el canto del almuecín, el olor de las acequias. Absorto, confundido entre el arriba y el abajo en el éxtasis de saber que con el golpe de la caída se le había abierto la herida y se desangraba, Eneas creyó ver ángeles que cruzaban las nubes, huríes que bailaban al ritmo de su respiro en otra ciudad más blanca, arriba en el principio del tiempo. Eneas no escuchó más a la gente en el mercado. No escuchó el repiquetear de las monedas. Vio sólo el charco de su propia sangre crecer, pero aquel muchacho con la serpiente, repentinamente giró y le clavó los ojos. Eneas sintió que se hundía en el lago de su propia sangre. Los ojos de aquel niño lo partían en dos como un hachazo y lanzaban fuera de su cabeza cualquier “para qué”. Todos los misterios estaban en esos ojos. Supo el olor de Tenochtitlan y ahí se mezclaba el sabor de Venecia, de Flandes, de Troya, de Roma. Era el sabor de todo lo Nuevo Mundo. Supo que había nacido para cantar y quiso eso serlo. Era el primer ascenso vertiginoso de su propia nobleza. Todo había sido caminar para venir aquí a esta ciudad del oeste, en el después de la historia. En esta ciudad blanca en el lago, aquí comenzaba su historia, el camino largo que lo habría de llevar hasta donde se pone el sol.
El muchacho bailaba con la serpiente bajo los muros de la mezquita. Me detuve deslumbrado con la belleza de aquel niño capaz de dominar con su danza al rey serpiente. A sus pies había un tapete rojo tejido con plegaria y sentados frente a él, un grupo de niños y soldados que miran el acto y ríen y lanzan monedas. Yo me detuve en estupor devoción. La serpiente sube por su cuerpo, se le enrosca en el cuello, le acaricia la mejilla, parece detenerse en sus orejas. Le murmura cosas siniestras que parecían descolgarse del cielo con la delicadeza de una promesa de amor. La serpiente baja deslizándose por el ombligo, por la espalda, por los muslos. Se arrastra a sus pies. Todo se había quedado mudo. Se calló la zampoña, se calló mi voz, las telas que colgaban de los balcones, el olor de las acequias, el canto del almuecín. Absorto, confundido entre el arriba y el abajo en el éxtasis de saber que me estaba desangrando creí ver ángeles cruzando las nubes, huríes que bailaban al ritmo de mi respiro en una ciudad todavía blanca. Era Tenochtitlan. El Encantador de Serpientes mostró a la multitud a la bestia. La gente le lanzó monedas, pero yo no escuché el repiqueteo. El mago me vio y yo me quedé clavado a sus pies.
Entonces, el muchacho me vio. Sentí vergüenza porque creí que había escuchado mis pensamientos. Pero él me comprendía. Con un entendimiento que purificaba todos los pensamientos. Millones de hormigas de pies diminutos y calientes subían por mis piernas me dejaban cicatrices invisibles. Era un amor claro que disolvía cualquier ¿para qué? Yo hubiese querido postrarme como la serpiente. Sucumbir de adoración a los pies de aquel muchacho desnudo. Cerré los ojos y dije por tercera vez. Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me ayudas a volver.
Entonces me encontró el genovés. Y volví a escuchar los gritos detrás de las ventanas, el olor a cordero y oliva. Volví a mirar las telas que cuelgan en los callejones y el verde en los ojos de la serpiente. No tiene sentido correr ni decir nada. Absorto, enajenado, no opuse resistencia. El mercader de esclavos me tomó de la mano y sangrando lo seguí hacia el puerto por el camino por el que sólo van los ladrones.
Lo que para Farid era una carga era ligereza para Miguel. La voz de su nostalgia lo había contagiado en el leteo en el que cayeron los dos.
Finalmente apareció don Roberto, lo tomó por los pelos, lo zarandeó gritando:
——¡Te he estado buscando por toda la ciudad!
La multitud vio al hombre llevándose al griego y vieron que cuando el maestro de música descubrió que su alumno tenía la pierna rota, lo cargó. “Cómo sangra, va a morir”, pensó. Lo llevó sintiendo una extraña ternura, sobre todo cuando Eneas se recostó en su pecho para escuchar en su corazón el tac-tac de sus para qué.
¿Para qué qué? ¿para qué corres? ¿Para qué tanto afán? Absorto dijo:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te entregaré mi vida si me sacas de este lugar.
No sucedió nada. El niño, el encantador de serpientes seguía su baile y Farid miró su reflejo en el charco de sangre.
¿Para qué? En el éxtasis de sentirse desfallecer, miró delante suyo Chipre y Venecia, Roma y una ciudad muy blanca. Atrapado entre lo pequeño y lo grande, entre lo sutil y lo descomunal, creyó mirar una ciudad de casas blancas y una voluntad que lo atrapaba frente a ese niño desnudo como un pequeño dios vestido con un doloroso traje de tiempo. ¿Para qué? El encantador cogió la serpiente y la hizo dar vueltas por encima de su cabeza. Se miraron. Farid y el encantador de serpientes. Había algo puro en esa mirada. Sucumbió a la desnudez y desvestido de tiempo, se desmayó.
Fue la belleza lo que detuvo. Los desnudez del otro, el encantador; sus pies, sus piernas, cada centímetro de esa geografía espigada. La mirada y el movimiento de sus miembros en danza cómplice, casi cínica, entre lo sutil y lo descomunal.
“¿Para qué?” se decía. ¿Para qué corres? ¿Para qué escapas? Resonó en aquella plaza frente al niño que baila con la serpiente, la única pregunta verdaderamente terrible: “¿para qué?”. Golpeado al inicio de la memoria. Arrojado, aterrado, no encontró respuesta al “para qué” de un dios que se desnuda de nada y viste un doloroso traje bordado de estrellas y tiempo, “¿para qué?” pensaba Eneas, no tiene sentido correr. El encantador de serpientes miró a Farid, el muchacho sintió de un golpe la vergüenza de quien sabe que algo atisba en su pensamiento. Supo, sin embargo, que había algo más puro de lo que hubiese podido imaginarse nunca. Le enrojeció el rostro y sintió como millones de hormigas de pies diminutos y calientes que subían por sus piernas dejándole invisibles cicatrices. Era un amor claro, un amor que respondía cualquier “¿para qué? Y él hubiese querido quedarse ahí delante toda la vida. Sucumbir en adoración, como había sucumbido la serpiente ante ese amor. Él hubiese querido tenderse en el pecho de ese muchacho, escuchar su corazón. Entregar su cuerpo para que engullera todas sus pesadillas. Entonces, apareció Paulo lo tomó por los pelos. y lo zarandeó gritando:
——¡Te he estado buscando por todo Damasco!
¿Para qué corres, Farid? ¿Para qué huyes? Entrégate al sino. Olvidé mi nombre, todos los nombres que tuve después de que el rabí me curó la fiebre en tu casa de Tiberíades. Vivía en la frontera entre el niño y el adulto que nunca sería, entre el cristiano y el musulmán, entre el hombre y la feminidad, sentí el sabor de las aguas del sin-olvido. Aletheia. Todos los nombres que he tenido y todos los que alguna vez tenddria se me disolvieron en la lengua.
Me hice consciente de que estaba sangrando. Me había olvidado de todo, de cómo llegué ahí, al centro de Damasco. Me golpeó entonces esta pregunta: ¿para qué corro? No tiene sentido correr. Siguió el sonido de la zampoña y el Encantador de serpientes siguió el acto y yo algo similar al amor cálido de mi madre cuando me aproximaba el seno.
“¿Para qué?” se decía. ¿Para qué corres? ¿Para qué escapas? Era lo único que rezonaba en la cabeza de Eneas. “Para qué”, era la única pregunta que le importaba. No tiene sentido correr. Para qué has ido hasta el inicio de tu memoria. Para qué ser arrojado aquí. Para qué. Para qué Dios se desnuda de nada y viste un doloroso vestido de estrellas y tiempo. Para qué. No tiene ningún sentido correr, no tiene ningún sentido vivir. El encantador de serpientes miró a Farid y él sintió un golpe de vergüenza y lo más puro le llenó el pensamiento. Se le enrojeció el rostro. Sintió millones de hormigas de pies diminutos y calientes que subían por sus piernas y le dejaban cicatrices invisibles. Y en cada una de esas cicatrices había una respuesta al “¿para qué?”. Eneas hubiese podido quedarse ahí toda la vida, sucumbir delante de ese muchacho, entregarle su corazón, pero sabía que lo estaban buscando. No había tiempo de tenderse y escuchar el corazón para que aquel muchacho en el mercado le arrancase todas las pesadillas.
Un golpe, realidad, el cuerpo desnudo se detiene. No tiene
sentido correr ni decir nada. Absorto, enajenado, Farid se
sintió borracho de cada centímetro en la piel de esa
geometría espigada. El encantador de serpientes y él se
miraron y el encantador, no es que sonriera, pero el negro de
su pupila hizo que Farid se sintiera cómplice de aquel baile
entre lo sutil y lo descomunal.
Me quedé clavado a sus pies sobre el charco de mi propia sangre. ¿Para qué? Estaba cansado. No sabía bien ni mi nombre ni quien era. En la cabeza me resonaba el nombre que me dieron en el bautizo, Farid. Era un nombre que me abría como un hachazo. En los ojos del Encantador de Serpientes vi las calles de Chipre y Venecia, Flandes, Veracruz, el Nuevo Mundo. Tenochtitlan. Habiendo visto bailar a lo más sutil con lo más monstruoso, supe que lo grande es lo pequeño miré una laguna y sobre de ella, una ciudad de casas blancas. Escuché mil corazones latiendo. ¿Para qué corres? Me decía. ¿A dónde escapas? Esta era la única pregunta pertinente. ¿Para qué? Como golpeado por las artes de aquel muchacho, igual que la serpiente, creí ver a dios que se desnuda de nada y viste un doloroso traje de estrellas y tiempo. Un traje que sangra y ¿para qué? No hay sentido en la existencia. No hay sentido en el mundo.
No hay ya nada más que decir: Un ofidio se enrosca en el cuerpo de un niño y la imagen trae a presencia un baile arriba, muy arriba, entre lo sutil y lo descomunal.
Justo es alabarte, señor del arriba y el abajo, justo es decir que cumpliste tus promesas en formas que nunca hubiese pensado. La serpiente era una sombra que se trenzaba en un niño similar a mí. Había entre los dos una danza en que se mezclaba lo sutil y lo descomunal.
Todo tenía sentido. Por eso dije:
—Altísimo Jesucristo nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Era la tercera vez que pronunciaba el juramento. Todo se calló. Las telas que colgaban de los balcones, el canto del almuecín, el olor de las acequias, el dolor en los testículos y la frente y absorto, confundido entre el arriba y el abajo, en el éxtasis de entender me estoy desangrando vi ángeles que subían la escalera de Jacob entre esta realidad y la otra (que es la única realidad). Vi huríes que bailaban al ritmo de mi respiro en otra ciudad más blanca y más amplia. Estaba a mis pies el principio del mundo y la inteligencia de Dios bailaba con la serpiente engendrándose a sí mismo, desplegándose sobre sí mismo y en esa danza tiempo y espacio, dolor y sentido tenían lugar.
Yo corría con una pierna rota. Estaba sangrando, corrí hacia la plaza de la mezquita y ahí, bajo los muros azules inscrito en oro decía la verdad: Tu morirás, Mohamed. Ellos también morirán, sólo El Altísimo no morirá. Me detuve en el estupor del entendimiento y atrapado entre la verdad y el mago que bailaba con la serpiente me sostuve sobre la sangre que salía de mí. Un grupo de niños miraba el acto del encantador de serpientes, los más sonrientes comentaban, reían y lanzaban monedas. Yo miraba con devoción y supe que me estaba desangrando. Detrás del muchacho un viejo tocó la zampoña.
Para qué corres La única pregunta verdaderamente terrible. Para qué, Enojado, aterrado no encontró respuesta al para qué de un dios que viste un para qué bordado de estrellas y tiempo. Para qué, No tiene sentido correr. El encantador miró a Farid sintió la vergüenza de quien escruta su pensamiento, pero supo que había algo más puro de lo que hubiese podido imaginar. Se le enrojeció el cuerpo entero Miles de hormigas le iban dejando cicatrices invisibles. Era un amor claro, que respondía cualquier. Hubiera querido quedarse ahí, delante del encantador de serpientes, para toda la vida.. Sucumbir como había sucumbido la serpiente. Escuchar su corazón y entregarle su cuerpo para que engullera todas sus pesadillas.
Apareció el vendedor de esclavos, pero él ya había tenido tiempo de reconciliarse con su pasado y su futuro Paulo lo tomo cuando Cristóbal se reconcilió con este inicio porque antes de Cristóbal no había antes nada, nada detrás.
¿Cómo llegué aquí? Venía preguntándose. Estaba cansado. No
sabía ni su nombre ni quién era. Y aunque ahora que escribía
la carta del perdón había vuelto la memoria de su madre, eso
no lo puso. Tampoco que recordar su verdadero nombre le había
abierto la cicatriz que lo arrancó de casa. Ese único hachazo
que lo lanzó a los brazos del misterio armado nada más con el
deseo de ser otro. Esa cicatriz que, a diferencia de la
cicatriz de la castración no ha dejado de sangrar.
El encantador de serpientes fue la primera estación en este
ascenso vertiginoso por una ciudad de calles todavía más
estrechas y oscuras que las calles de Damasco, más llenas de
sangre que la laguna en Tenochtitlan. Había en la ciudad de
su corazón más bestias que las que encontró en el camino
entre Damasco y la Nueva España.
Después de un rato de estar mirando al encantador de
serpientes, Farid siente un dolor en las ingles. Se mira a la
altura del sexo la manta está manchada de rojo. Cuesta
trabajo caminar. No sabe cómo se llama. Es un muchacho del
desierto, mulato de ojos verdes que sólo sabe lo inevitable:
viene por ti. Van a encontrarte, se dijo. Es inútil correr.
Detrás del pensamiento, una voluntad terrorífica murmuró un
“¿para qué?” que lo congeló en la Plaza del Minarete.
¿Para qué corres? ¿Para qué escapas? Resuena la mente de
Farid frente al niño mago que danza con la serpiente. No hay
respuesta al último “¿para qué?” Sólo detenerse, como
golpeado de pronto por el efecto de una hierba o una bebida.
Así es el principio de la memoria. No hay respuesta al para
qué del verbo que se desnuda de nada y viste un traje bordado
de tiempo un manto muy delgado que se mancha de rojo con cada
“¿para qué?”
Cuando el encantador de serpientes lo miró, Farid sintió como
ese golpe que da la vergüenza de quien se sabe observado. Le
enrojeció el rostro y sintió como si millones de hormigas de
pies diminutos le estuvieran subiendo por las piernas y le
fueran dejando invisibles quemaduras sobre la piel. Fue un
amorclaro y distinto que respondía cualquier para qué.
Hubiese querido quedarse ahí delante toda la vida. Sucumbir
en adoración, como la serpiente. Sucumbir a la desnudez del
mago que entrega su cuerpo para reconfortar nuestras
pesadillas de reptiles que engullen recién nacidos.
El ruido se calla. Se callan los gritos detrás de las
ventanas, el olor a cordero y oliva. Se callan las telas que
cuelgan en los callejones y el agua que arrastra mierda por
las acequeas. Se calla el mercado y la gente. Las fuentes, la
estatua del sultán y la madera que cruje junto al mendigo.
Farid mira que el minarete se calla y la voz del muhedín
quedó suspendida sobre Damasco. El recuerdo del sabor a dulce
de granada y azúcar, el jardín detrás de los muros, la piedra
se calla. El deseo de ser otro, la envidia y el miedo.
Permanece el fugitivo enroscarse de un ofidio en la más
dolorosa imagen de la belleza.
70 AD
Nadie, cuando nació Farid, podía tener idea de que viviría tanto. Él comenzó a sospechar de su condición hasta el año 70. Se había mantenido con el aspecto de un muchacho que no ha llegado a la pubertad lo cual resultaba, por supuesto, inusual. Vivía en el palacio de Jorge, el alquimista, y tenía la vida acomodada de un patricio romano. Es de noche y Ana, la esclava persa, entra en el baño en el que Farid se relaja. Ella le peina el cabello y le enjabona la espalda.
Es verdad lo que me contó mi madre, pensó. El Armagedón ha sucedido. Con una señal le pide a la sirvienta que se aparte y se mete en el agua. Casi ha olvidado el primer idioma que aprendió a hablar, pero aún recuerda el sabor de las almendras y el miedo que le produjo saber que existía la muerte.
—Abre la ventana —ordenó a la sirvienta.
Afuera está Roma. Y es tan hermosa, que el qari Farid se puso a cantar. Atardece en el Aventino, en la tumba de San Aleja y los muchachos gritan mojándose con el agua verdosa del Tíber. Entonces, sin querer, ahí cerca de la ventana, la vio. Era una imagen que el vapor parecía haber extraído del techo. Estaba dibujada en el techo de la celda. Salió desnudo de la tina, se subió a una silla y se acercó a mirarla. Ahí estaba, claramente dibujada, era la mujer vestida de sol.
—Es hora —le dijo la sirvienta.
Farid se mantuvo en silencio. Como si estuviera a punto de sufrir una nueva revelación. Sin embargo, bajó de la silla y consintió que Ana lo vistiera. Aun así, mientras lo hacía, siguió mirando la imagen que cada vez se volvía más clara en el techo del baño en el palacio de Jorge. Era una niña muy joven; el cabello apenas le roza los hombros. Tiene, como Ana, los ojos grandes.
—Nos esperan —dijo Ana—. En otro momento volverá la visión.
Farid sonrió amargo. Ella le colocó sobre el hombro la toga de fiesta y le calzó las sandalias. Durante todo este proceso Farid seguía pensativo; como si estuviera muy triste. Y se veía más hermoso.
Ya iban por la calle, cuando Farid, murmuró alguna cosa.
—¿Qué dices? —preguntó Ana.
Farid respondió:
—Estoy cansado, quiero volver.
Como no se detenía, la esclava siguió caminando junto a él. En realidad, Farid quería volver para buscar, en las manchas del baño esa imagen y Ana, como era capaz de leer su pensamiento le dijo:
—Ten la certeza de que volverás a verla, niño del desierto.
Caminaron muy juntos por las calles de lo que hoy se llama Trastévere y cruzaron el puente hacia el Aventino. Entraron de incógnito en la casa de un liberto para comer al que llamaban aquellos místicos, Cuando llegaron a la casa de los cristianos, ya los esperaban.
—Ahí está el cantante —gritó una niña.
La casa, por fuera, parecía pequeña, pero en cuanto abrió el portero y cruzaron por el impluvio Farid se dio cuenta de que era en realidad una villa al interior de la ciudad. En el peristilo, Agalé, la dueña, había ordenado pintar frescos. Y en uno de ellos podía verse un imponente edificio en lo alto de un risco. Era Patmos, la prisión de Juan.
En el jardín interior los recibió Agalé. Le dio a cada uno una flor y un par de besos y los condujo hasta donde estaba el apóstol con la mesa preparada de vino y pan.
—Ven aquí —ordenó Agalé con el aire de diosa—. Antes de comenzar, canta para nosotros.
Farid cantó. La voz de Farid humedecía todo lo seco, enderezaba lo torcido y limpiaba a todos los que lo escuchaban. En el patio del Evangelista Jorge recordaba a su maestro Hákim, aquella enseñanza de que cantar es un acto de justicia ante Dios, un deber. Rezaba para que se le desatara la lengua y se abrieran sus oídos como en aquella historia que escuchó del maestro, la historia del Rey Serpiente.
Vino después la fracción del pan y finalmente el sermón, que fue muy corto:
—Ámense mucho —dijo el apóstol.
No conocía otro discurso y no encontraba razones para cambiarlo. Habían pasado para él los años de juventud, cuando deseaba ser poeta y creador. Todo cambió cuando se convirtió a la religión de los esclavos junto a su hija, Agalé.
Los anfitriones ofrecieron una cena y regalaron a todos, pobres y ricos dulces de piñón. Leyeron una carta que había llegado desde Corinto y se prepararon para volver a sus casas. Para despedirlos, el santo volvió a decir:
—Ámense mucho. No había dicho otra cosa desde que fue nombrado apóstol por Pablo en la comunidad de Roma. Ámense mucho, pensaba él es el único colofón que puede hacer un hombre ante un dios que se vuelve mortal.
Prometieron que volverían para la fracción del pan en siete días más.
Así terminó la celebración del día del Sol, con pan y vino y el milagro que más tarde llamarían los filósofos transubstanciación.
Para sorpresa de Farid, cuando llegó a casa de Jorge e irrumpió en el baño, la mancha había desaparecido. Ordenó que le trajeran agua caliente, pero no hubo vapor que la hiciera aparecer otra vez así que los días siguientes los vivió consternado, lleno de una soledad caliente que le golpeaba el estómago.
En cuanto podía se encerraba en el baño. No quería ni meditar ni cantar. Recordaba, sin embargo, todo lo que lo había traído hasta Roma, desde el palacio del Señor de la Guerra. Unas semanas más tarde se dio cuenta de que, conforme iba aclarando cada momento de su pasado, conseguía ver cierto futuro y, por algún prodigio, la imagen se volvía cada vez más clara.
Feliz con este descubrimiento, volvió a consentir los paseos por la tarde junto a An