00.34 — El primer sonido

00.34 — EL PRIMER SONIDO

Antes del antes → infancia de Isaac → Chopin

Primero no hay palabra. Después una boca aprende a separar el mundo.

Antes del Big Bang no hay silencio.

Silencio es ya una palabra nuestra. Exige un oído esperando algo.

Tampoco hay oscuridad. Ni vacío. Ni antes.

Después ocurre aquello que hemos decidido llamar principio y, muchísimo más tarde, una criatura abre la boca.

No dice mamá.

Eso viene después.

No dice Dios.

Muchísimo después.

Dice:

Muh.

O algo parecido.

Una consonante que obliga a cerrar los labios y una vocal que vuelve a abrirlos.

M.

U.

Cerrar.

Abrir.

Isaac escribe esto en el cuaderno púrpura y se queda mirando la palabra.

Muh.

Es ridícula.

Precisamente por eso le gusta.

Toda la metafísica occidental puede haber empezado con algo así: unos labios juntos, aire acumulándose detrás, la boca que finalmente se abre y deja salir un sonido.

No hay todavía sujeto.

No hay verbo.

No hay objeto.

Sólo aire atravesando carne.

Después alguien sonríe.

—Dijo mamá.

Y ahí comienza el desastre.

Porque quizá el niño no dijo mamá.

Quizá dijo únicamente muh.

Pero un adulto necesitó completar la palabra.

Desde entonces hacemos eso.

El universo produce algo.

Nosotros terminamos la frase.

Hay un instante en la historia del universo que Isaac sigue imaginando incorrectamente.

Lo sabe.

No importa.

La inflación no es una pausa. Es una expansión inconcebiblemente rápida que después cambia de régimen.

Pero desde aquí, trece mil ochocientos millones de años más tarde, parece casi un silencio musical.

Algo sucede con una velocidad que destruye cualquier escala humana y luego, de pronto, deja de suceder de esa manera.

No termina el universo.

Termina una forma de ocurrir.

Isaac pone una raya en el cuaderno.

Después otra.

Piensa en una partitura.

Una fermata no detiene el tiempo.

Lo vuelve perceptible.

Tal vez por eso sigue imaginando la inflación como un instante suspendido: no porque el cosmos se detuviera, sino porque allí una cosa termina y otra puede empezar a escucharse.

Las irregularidades quedan.

Diferencias mínimas.

Un poco más aquí.

Un poco menos allá.

Muchísimo después serán galaxias.

Eso le interesa.

Que algo tan enorme pueda depender de una imperfección.

Si todo hubiera sido perfectamente uniforme, piensa, quizá no habría nada que mirar.

La diferencia produce forma.

Como en una cara.

Como en una frase.

Como en música.

La primera vez que escucha el segundo movimiento del Primer Concierto para piano de Chopin no sabe que algún día va a utilizarlo para pensar el origen del universo.

Eso habría resultado insoportable.

Sólo escucha.

El piano entra sin conquistar nada.

Parece recordar una melodía que la orquesta ya conocía antes de que empezara.

Isaac siempre ha desconfiado de la música que exige ser importante.

Chopin no.

Aquí la importancia llega después.

Una nota conduce a otra porque no sabe hacer otra cosa.

La música avanza.

Pero al acercarse al final ocurre algo extraño.

Isaac espera la conclusión.

La conoce.

La ha escuchado decenas de veces.

Sin embargo, cada ejecución produce un accidente distinto.

Una respiración.

El crujido de una silla.

Alguien que tose demasiado pronto.

Un arco que se levanta una fracción de segundo antes.

El público que todavía no sabe si puede aplaudir.

Un silencio.

Nunca es el mismo.

Eso comienza a obsesionarlo.

La obra está escrita.

El final también.

Y sin embargo hay infinitos finales.

No infinitos en sentido poético.

Infinitos de verdad, si uno concede tiempo suficiente.

Cada interpretación contiene una variación microscópica que ninguna partitura puede prever.

La misma obra.

Nunca igual.

Isaac escribe:

Siempre todo lo mismo. Nunca de la misma manera.

Después lo tacha porque ya ha escrito algo parecido en otra parte.

Debajo pone:

La repetición necesita diferencia para poder regresar.

Eso le gusta más.

Piensa en Bach.

Una voz entra.

Después otra.

La primera continúa mientras la segunda repite algo que ya no puede ser exactamente lo mismo porque ahora sucede junto a otra cosa.

Después una tercera.

El principio empieza a perseguirse.

No hay un punto en que pueda decirse con facilidad cuál voz conduce y cuál recuerda.

Eso quiere hacer con el libro.

Todavía no sabe cómo.

Por ahora sólo acumula habitaciones.

Vuelve a Chopin.

El piano llega al final del movimiento.

Una frase.

Después otra.

Isaac espera.

Silencio.

Una mujer tose.

Y por algún motivo esa tos entra en la obra.

No debería.

Naturalmente.

Chopin no escribió:

tose una señora en la fila doce.

Pero ocurrió.

Desde ese instante, para Isaac, aquel concierto contiene una tos.

En otra grabación no estará.

Habrá otra cosa.

Una respiración.

Un golpe.

Nada.

Ahí comprende que una obra termina únicamente sobre el papel.

Cuando entra en el tiempo, empieza a producir mundos.

Cada ejecución abre uno.

Chopin termina.

Chopin vuelve a empezar.

La señora tose.

En otro mundo no tose.

En otro todavía no ha nacido.

En otro el pianista se equivoca en una nota.

En otro Isaac no está escuchando.

No necesita convertir aquello en teoría.

Le basta la sensación.

La música hace algo que el universo también parece haber hecho: toma unas pocas reglas y permite una cantidad monstruosa de acontecimientos.

El niño abre la boca.

Muh.

Isaac vuelve allí.

No sabe quién es ese niño.

Tal vez él.

Tal vez Farid.

Tal vez ninguno.

Un adulto se inclina para escuchar.

El niño repite.

Muh.

Todavía no hay significado.

Después aparece.

Mamá.

Muerte.

Mundo.

Mar.

Todas empiezan casi igual.

Eso le divierte.

También le incomoda.

Quizá el logos no apareció como una frase pronunciada por Dios.

Quizá empezó cuando alguien escuchó un sonido y decidió que significaba algo.

La primera interpretación.

La primera violencia.

También la primera posibilidad de amar.

Porque para llamar a alguien hay que separarlo primero del resto del mundo.

Tú.

Ahora existes.

Isaac escucha nuevamente a Chopin.

Esta vez no hay tos.

Al final alguien deja caer algo.

Muy lejos.

Un sonido pequeño.

Después silencio.

Isaac no sabe si pertenece a la sala o a su memoria.

No importa.

Cierra el cuaderno.

La última nota continúa unos segundos dentro de él.

Piensa en la inflación.

En las diferencias microscópicas que algún día serán galaxias.

En Bach.

En el primer sonido de una boca.

En todos los mundos que caben después de una nota.

Y se le ocurre que quizá el universo no haya empezado una sola vez.

Tal vez empezar sea simplemente eso:

una forma termina,

queda un silencio,

algo casi imperceptible cambia,

y lo mismo continúa

sin volver a ser igual.

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