00.33 — Cosmogonías, huevo cósmico y creación continua

00.33 — COSMOGONÍAS, HUEVO CÓSMICO Y CREACIÓN CONTINUA

Fecha incierta · Cuaderno púrpura

Todas las culturas inventaron un principio. Lo extraño sería que alguna hubiese soportado no tenerlo.

Mi padre decía que una cosmogonía revela menos sobre el origen del mundo que sobre la gente que necesita explicarlo.

Los mexicas colocaron arriba de todo a la dualidad.

Ometecuhtli.

Omecíhuatl.

Señor y señora.

Masculino y femenino antes de que esas palabras significaran exactamente lo que significan ahora. Debajo, trece cielos. Debajo de nosotros, nueve regiones que los muertos tenían que atravesar.

—Entonces el universo empezó siendo ambiguo —dije.

—No ambiguo. Doble.

No le parecía lo mismo.

Entre los mayas, en cambio, le gustaba contar que el acontecimiento verdaderamente extraordinario había sido el amanecer. Antes había mundo, dioses, intentos, errores.

Después apareció la luz.

—Eso se parece más.

—¿A qué?

—A todo.

Mi padre levantaba los hombros.

En Egipto prefería Nu.

Un océano primordial.

Nada sólido.

Después una elevación diminuta sobre las aguas, un primer lugar donde poder estar.

Cada ciudad terminó asegurando que aquel primer montículo se encontraba precisamente debajo de su propio templo.

Eso me hacía reír.

—Qué casualidad.

—Los centros siempre se inventan después.

Heliópolis tenía a Atum. Menfis a Ptah. Tebas a Amón. Un dios escupía, otro pronunciaba, otro surgía de las aguas. Los hombres aparecían de lágrimas.

Nunca de una sola manera.

Lo que llamamos religión egipcia fue durante miles de años una discusión entre ciudades acerca de cuál había sido la primera en recordar correctamente algo que ninguna había visto.

Después llegó Atón.

Una forma de luz sin cuerpo.

Mi padre decía que a algunos les fascinaba porque parecía anticipar el monoteísmo. A él le interesaba otra cosa: que incluso cuando un dios perdía rostro continuábamos necesitando imaginar de dónde venía la luz.

En el Génesis todo comienza mediante separación.

Luz de oscuridad.

Aguas de aguas.

Mar de tierra.

Una cosa de otra.

Me acordé de Rodolfo.

Quizá el Verbo no inventaba objetos.

Inventaba diferencias.

Los chinos, decía mi padre, desconfiaron mucho más del principio. El Tao no necesitaba un instante inaugural. Había movimiento. Alternancia. Yin dentro de yang, yang dentro de yin. Crecer. Disminuir. Volver.

Un universo que no necesitaba nacer para estar vivo.

—Entonces Oriente ganó —dije.

—¿En qué competencia?

—En no obsesionarse con encontrar el primer minuto.

—Espera a conocer a los físicos.

Los geólogos encontraron peces en montañas.

Estratos doblados.

Costas que subían.

Ríos que abandonaban sus cauces.

La Tierra empezó a dejar de parecer escenario y comenzó a tener biografía.

Después el cielo hizo lo mismo.

Galaxias alejándose.

Luz estirada.

Un universo que no estaba quieto.

Si ahora las cosas se separaban, resultaba tentador hacer funcionar la película al revés.

Más cerca.

Más.

Más.

Hasta que las distancias dejan de servir.

Durante años se habló del átomo primigenio.

Después del huevo cósmico.

A mi padre le gustaba ese nombre porque sonaba simultáneamente científico y mitológico.

—Otra vez el huevo.

—A los humanos nos encantan los huevos.

—Porque de ahí salen cosas.

—Precisamente.

El problema era imaginarlo como una bomba colocada en mitad de un espacio vacío.

No había espacio vacío alrededor.

El espacio estaba incluido en el acontecimiento.

También el tiempo.

Eso era lo que más me costaba.

—¿Entonces qué había antes?

—La pregunta puede no tener sentido.

—Eso dicen cuando no saben.

—También.

San Agustín había llegado por otro camino a una intuición parecida: Dios no crea en el tiempo. Crea también el tiempo.

Mi padre, materialista cuando le convenía, encontraba aquello irritantemente elegante.

—No significa que Agustín descubriera cosmología.

—Pero hizo la pregunta correcta.

—Eso es peor.

El principio físico tampoco fue un único instante fácil de contar.

Hubo una fase de expansión extraordinariamente rápida.

Inflación.

Después enfriamiento.

Partículas.

Núcleos ligeros.

Muchísimo después, electrones capaces de quedarse con ellos y un universo que, al hacerse transparente, dejó escapar una luz que todavía podemos detectar.

La primera fotografía posible.

No muestra estrellas.

Todavía no las hay.

Muestra diferencias mínimas.

Arrugas.

Semillas.

Eso me interesa mucho más que el huevo.

Lo casi uniforme conteniendo ya aquello que evitará que todo siga siendo uniforme.

Después la gravedad trabaja.

Acumula.

Aprieta.

Enciende estrellas.

Dentro de ellas empiezan a fabricarse elementos que el universo joven no podía producir.

Carbono.

Oxígeno.

Hierro.

Cuando ciertas estrellas mueren, reparten aquello que hicieron.

Así termina apareciendo una mesa.

Una bala.

Una gota de sangre.

Una computadora Dell.

No porque el universo tuviera intención de producirlas.

Precisamente por eso.

Hubo otra posibilidad.

La creación continua.

Un universo que podía expandirse y, sin embargo, permanecer esencialmente igual porque nueva materia iba apareciendo para llenar lo que la expansión dejaba vacío.

A mi padre le gustaba más de lo que admitía.

—Es más elegante.

—¿Crear materia de la nada no te parece suficientemente religioso?

—Depende de quién escriba la ecuación.

Durante un tiempo ambas ideas pudieron mirarse frente a frente.

Un universo con principio.

Otro sin principio.

Después aparecieron evidencias que inclinaron la balanza.

La radiación de fondo fue una de ellas.

Una temperatura mínima extendida por todas partes.

Un resto.

No el sonido de la explosión.

Algo mejor.

La luz fósil de un universo que alguna vez fue demasiado caliente para dejar pasar la luz.

Mi padre podía quedarse mucho rato pensando en eso.

Un resplandor que tarda casi toda la historia del cosmos en llegar hasta un aparato construido por animales que apenas acababan de aprender a contar.

—¿Y cómo termina?

Ésa era siempre mi pregunta.

Mi padre odiaba los finales.

Podía seguir expandiéndose.

Podía enfriarse.

Las galaxias alejarse hasta desaparecer unas de otras.

También habían existido modelos en que la gravedad terminaba venciendo: expansión cada vez más lenta, detención, caída hacia adentro.

Un universo pulsante.

Nacimiento.

Expansión.

Contracción.

Otra vez.

Me gustó inmediatamente.

—Un bucle.

—No necesariamente.

—Pero podría.

—Podría.

Eso bastaba.

Pensé en el Tao.

En los soles mayas apareciendo y desapareciendo.

En los cielos mexicas.

En Atum levantándose sobre Nu.

En Dios separando luz y oscuridad.

En un sacerdote romano imaginando que Dios se desviste de la nada y se cubre con tiempo.

Historias distintas.

No pruebas.

No equivalencias.

No quería hacer lo que Tony detestaba: encontrar dos cosas parecidas y declarar que se conocían.

Pero había una recurrencia que no conseguía ignorar.

Siempre acabábamos haciendo lo mismo.

Mirábamos el mundo.

El mundo no contestaba.

Entonces inventábamos una forma para que pudiera empezar.

Mi padre llamaba a eso ciencia cuando había ecuaciones.

Mito cuando había dioses.

Yo ya no estaba tan seguro de que la diferencia importante estuviera ahí.

Quizá estaba en otra parte.

En saber cuándo una explicación debía detenerse.

Y dejar que el universo siguiera expandiéndose sin nosotros.