00.32 — El Verbo y el Big Bang

00.32 — EL VERBO Y EL BIG BANG

Fecha incierta · Cuetzalan · Noche

La luz de la piscina sube desde abajo. Nadie ve todavía lo que empieza a moverse en el fondo.

La bola blanca golpea el triángulo.

El sonido atraviesa el estudio de Casey y por un segundo todas las demás cosas parecen detenerse. Las bolas se dispersan sobre el paño verde; una entra en la tronera, dos chocan entre sí y otra queda girando lentamente hasta detenerse frente a Rodolfo.

Él no juega.

Escucha música.

Mira un retrato apoyado contra la pared.

Un sacerdote.

Cuello romano. Dientes amarillos, ligeramente torcidos. Pelo sin peinar. Una cara que parece haber llegado tarde a su propio retrato.

Casey asegura que lo pintó de memoria.

—¿Lo conociste?

—No.

—Entonces no es de memoria.

Casey deja el taco sobre la mesa.

—Caravaggio tampoco necesitaba siempre que la gente estuviera delante.

—Caravaggio tenía modelos.

—Y después tenía pintura.

Rodolfo continúa mirando.

Algo en el sacerdote le molesta. Quizá los ojos. No porque estén especialmente bien pintados, sino porque no parecen corresponder al resto de la cara. Casey ha dejado el rostro casi sin terminar, pero los ojos tienen una precisión desagradable.

—¿Quién es?

—Todavía no sé.

Otra respuesta de Casey.

Rodolfo se ríe.

En la mesa, alguien vuelve a acomodar las bolas.

En la piscina, Víctor y René se besan debajo del agua.

No hay música ahí abajo.

Sólo el golpe sordo de los movimientos contra el agua y ese sonido interior que produce la propia respiración cuando uno intenta contenerla.

René abre los ojos.

Víctor también.

Se ven deformados.

Más cerca de lo que realmente están.

René sonríe y pierde aire.

Suben.

Salen riéndose.

Ninguno advierte que, en el fondo, junto a la rejilla del drenaje, empieza a aparecer una sustancia verde.

Muy poca.

Algo parecido a lodo.

El movimiento de sus cuerpos la levanta lentamente.

Rodolfo había leído alguna vez que en 1951 Pío XII habló del universo en expansión como algo compatible con la creación.

Le divierte imaginar el problema.

Un papa frente al Big Bang.

Un sacerdote frente a una ecuación.

Juan frente al principio.

En el principio era el Verbo.

Durante años había entendido la frase como una afirmación acerca de Cristo. Esa noche le interesa otra cosa.

Verbo.

Palabra.

No porque las palabras fabriquen objetos. La Luna habría estado allí aunque ningún hombre hubiese aprendido todavía a llamarla Luna.

Pero no existía la Luna.

Existía aquello.

Piedra.

Luz reflejada.

Mareas.

Una cosa sin nuestro nombre.

Después alguien señaló hacia arriba.

La palabra apareció.

Y algo cambió.

No en la Luna.

En nosotros.

—Antes de la palabra no había pecado —dice Rodolfo.

Casey levanta una ceja.

—Eso sí es mucho decir.

—Había actos. No pecado.

—Caín estaría encantado con tu teoría.

—Caín necesita que alguien escriba Génesis.

Casey sonríe.

Rodolfo se acerca al retrato.

—Antes de que alguien dijera asesinato había un hombre muerto y otro hombre con sangre en las manos.

—Sigue siendo bastante grave.

—Pero todavía no es una historia.

Casey toma el taco.

—Ahora sí estás entendiendo algo.

Golpea.

Falla.

Víctor sale de la piscina.

René permanece dentro.

—Ven.

—Estoy bien.

—Está fría.

—Ya no.

Víctor toma una toalla.

René se deja flotar.

Mira el techo.

Desde ahí la piscina parece contener otro mundo: luces dobladas, reflejos, sombras moviéndose con una lentitud que fuera del agua sería imposible.

El lodo verde continúa elevándose detrás de él.

Ahora forma una nube pequeña.

René no la ve.

Cierra los ojos.

Rodolfo vuelve a pensar en el Verbo.

No como primera palabra pronunciada en un universo vacío.

Como la primera diferencia.

Esto.

Aquello.

Yo.

Tú.

Antes.

Después.

Quizá el tiempo comenzó de verdad cuando algo pudo distinguir una cosa de otra.

Le gustaría decírselo a su padre.

Su padre habría empezado a corregirlo antes de que terminara la frase.

El tiempo no necesita lenguaje.

Claro.

Pero nosotros sí.

Sin antes y después, ¿cómo se recuerda?

Sin yo, ¿quién recuerda?

Sin tú, ¿a quién se desea?

Rodolfo mira otra vez al sacerdote.

—Tal vez eso sea el Verbo.

—¿Qué?

—La diferencia.

Casey está concentrado en la mesa.

—Muy teológico.

—No.

—Entonces peor.

Rodolfo ríe.

La bola golpea una banda.

René siente algo en el pie.

Abre los ojos.

Mueve la pierna.

Nada.

Vuelve a cerrar los ojos.

El agua se ha vuelto apenas más oscura cerca del fondo.

Víctor está sentado fuera, mirando el teléfono.

—René.

—Qué.

—Ya sal.

René se sumerge.

Baja.

Por juego.

Quiere tocar el fondo y volver.

A mitad del descenso abre los ojos.

Entonces ve la mancha.

Verde.

No parece peligrosa.

Eso es precisamente lo que le llama la atención.

Extiende una mano.

Rodolfo dice:

—Bang.

Casey levanta la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

Rodolfo mueve las manos como si separara algo.

—Palabra. Diferencia. Espacio. Tiempo.

—Estás armando una teología con una mesa de billar.

—Hay religiones peores.

Casey se ríe.

Rodolfo toca el marco del retrato.

—Quizá el principio no sea que Dios dijo algo.

—¿Entonces?

—Que algo pudo responder.

Casey deja de sonreír.

Sólo un instante.

Después vuelve al juego.

La mano de René atraviesa el lodo.

La nube se abre.

Debajo hay algo claro.

No sabe qué.

Piedra quizá.

Una forma.

René permanece demasiado tiempo bajo el agua.

Víctor deja el teléfono.

—René.

Se acerca al borde.

No lo ve.

Entonces René emerge de golpe.

Respira.

—¿Qué haces, pendejo?

René se limpia el agua de los ojos.

—Hay algo abajo.

—¿Qué?

Mira otra vez hacia el fondo.

La nube verde vuelve a cerrarse lentamente.

—No sé.

Víctor se inclina.

Por un momento ambos miran.

Nada ocurre.

El agua tiembla.

Las luces del fondo deforman sus caras.

Detrás de ellos, en el estudio, una bola vuelve a golpear otra.

El sonido llega amortiguado.

Rodolfo contempla al sacerdote que Casey afirma haber inventado.

René contempla la mancha verde.

Los dos esperan que algo se deje reconocer.

Todavía no saben que reconocer una cosa es también empezar a darle un nombre.

Y que, después del nombre, rara vez vuelve a ser únicamente lo que era.