00.31 — Dios se desviste de la nada

00.30 — FUENTES COSMOLÓGICAS

Fecha imposible · Roma / lugar incierto

Antes de la luz hay una desnudez. Después, una mancha.

Escribo esto porque vuelvo a encontrar la misma imagen.

No sé si ya la escribí.

Puede ser.

Hay cosas que regresan no porque uno las haya olvidado sino porque todavía no terminan de decirse.

Un pintor dibuja un círculo y coloca un punto en el centro.

El ombligo.

Eso dice.

No sé si habla del cuerpo que pinta o del cuadro mismo. Tal vez no haya diferencia. Mientras el punto no existe, la superficie puede ser cualquier cosa. Después ya hay arriba y abajo. Interior y exterior.

Un cuerpo.

El pintor ha contaminado la nada.

No con materia.

Con deseo.

En Roma, durante la elevación, un sacerdote imagina que el Big Bang fue el momento en que Dios se desvistió de nada.

La idea me gusta demasiado y por eso desconfío.

Dios no crea primero.

Primero se quita algo.

Una vestidura que no es negra ni blanca porque todavía no existen los colores.

La nada.

Después se cubre con un manto casi transparente.

El tiempo.

Tan delgado que debajo se alcanza a ver la herida.

El sacerdote sostiene la hostia frente a la luz.

Por el manto transpira sangre.

Luego estrellas.

Una tras otra.

No colocadas.

No diseñadas.

Aparecen como manchas que se extienden sobre una tela húmeda.

El sacerdote baja las manos.

La misa continúa.

Nadie ha visto nada.

Pero la imagen queda.

Quizá eso sea todo lo que puede hacer una imagen.

Quedarse.

Farid y yo estamos frente al encantador.

Otra vez.

Ésta es una de esas escenas cuya repetición empieza a preocuparme.

Tenemos catorce años.

O quince.

La diferencia no importa y, sin embargo, cada vez que escribo cambio la edad.

Hace calor.

Hay una pared blanca.

La serpiente permanece dentro de una cesta.

El hombre no toca música.

Nos mira.

Eso sí permanece idéntico.

Nos mira.

Farid está a mi lado y durante unos segundos tengo la impresión de que él recuerda exactamente lo que yo recuerdo.

Después empieza el intercambio.

Una escalera que yo conozco aparece en su memoria.

Una cicatriz suya me duele a mí.

Él recuerda una camisa que llevaba yo.

Yo recuerdo haber tenido miedo de un perro que pertenecía a su infancia.

No sé dónde termina uno.

No porque seamos iguales.

Precisamente porque no.

Dos cosas distintas pueden tocarse sin dejar de ser distintas.

Eso parece sencillo.

No lo es.

El encantador sonríe.

La serpiente levanta la cabeza.

Y, al hacerlo, Farid también se mueve.

Yo respondo.

No bailamos.

Pero algo comienza a repetirse entre nuestros cuerpos.

Un gesto produce otro.

Una inclinación.

Una mirada.

La respiración.

Como si alguien estuviera mezclando dos sustancias y esperara una reacción.

Entonces comprendo algo que probablemente invento ahora:

uno necesita salir de sí para poder mirarse.

El encantador también.

Quizá por eso nos ha puesto allí.

Para contemplarse en lo que ocurre entre dos desconocidos.

Años más tarde Farid llama a Casey Walsh.

Quiere que escriba la historia de Cygnus.

No la versión que aparece en las memorias anuales.

La otra.

Casey tarda poco en entender que no existe una sola.

Encuentra fundaciones que poseen sociedades que poseen cuadros que fueron comprados con dinero donado por personas que oficialmente jamás conocieron a los compradores.

Procedencias.

Subastas.

Peritajes.

Fotografías.

Una obra falsa puede tener una biografía impecable.

Una verdadera puede desaparecer porque nadie consigue demostrar de dónde salió.

Casey trabaja cómodo entre esas cosas.

No porque sea corrupto.

La palabra resulta demasiado fácil.

Trabaja cómodo porque desconfía de la inocencia de los archivos.

—¿Quieres que escriba lo que ocurrió? —pregunta.

Farid piensa.

—Quiero que escribas la historia.

Casey sonríe.

—No es lo mismo.

—Por eso te llamé.

Después abre los documentos.

No pretende descubrir un pasado intacto.

Sabe que no existe.

Sólo quedan restos.

Una factura.

Un cuadro.

Un testimonio que contradice otro.

Una fotografía cortada exactamente donde debería aparecer alguien.

El historiador elige.

El antropólogo también.

El pintor.

El novelista.

Incluso una familia.

Se toma aquello que sobrevivió y se decide qué cosa debe permanecer junto a qué otra.

Así se fabrica una continuidad.

No necesariamente una mentira.

Algo mucho más peligroso.

Una forma.

Farid no duerme.

Ha construido suficiente forma alrededor del recuerdo y todavía puede verlo.

El encantador.

La serpiente.

Yo.

Se levanta.

Bebe agua.

Vuelve a la cama.

Recuerda entonces una frase que sabe falsa.

—No me olvides.

Mi voz.

Está seguro de que jamás se la dije.

El recuerdo insiste.

Ahí está el problema.

Una mentira recordada no se vuelve verdad.

Pero tampoco vuelve fácilmente al sitio de donde salió.

Farid necesita olvidar.

No borrar.

Olvidar es otra cosa.

Construir encima.

Una habitación.

Después otra.

Después un pasillo.

Un edificio entero hasta que la primera puerta continúe existiendo en alguna parte, pero nadie recuerde ya cómo llegar.

Cygnus quizá sirva para eso.

Las corporaciones.

Las familias.

Las religiones.

Los libros.

Todo sistema suficientemente grande termina por esconder alguna habitación original.

Ahora sangro.

Aquí cambia algo.

No escribo que sangraba.

Sangro.

La diferencia me asusta más que la herida.

Tengo sangre en la mano.

La miro bajar entre los dedos.

Roja.

Perfectamente ordinaria.

Frente a mí hay una imagen.

No quiero levantar la cabeza porque sé lo que va a ocurrir.

Ésta es otra de las cosas que se repiten.

Creo que voy a mirarla.

No.

La dirección ya ha cambiado antes de que lo haga.

Ella me mira.

No necesito decir quién.

Tampoco sé si es una pintura, un icono o algo que utiliza durante un momento la forma de ambas cosas.

Me mira.

Eso basta.

Levanto los ojos.

El tiempo se dobla un poco.

Farid vuelve a estar a mi lado.

La serpiente levanta la cabeza.

El pintor coloca el punto en el centro.

El sacerdote sostiene a Dios frente a la luz y Dios vuelve a desvestirse de nada.

Casey escribe una historia que modifica aquello que pretende conservar.

Farid intenta olvidar una frase que nunca dije.

Yo sangro ahora.

No antes.

Ahora.

Una gota cae.

Otra.

Sobre el piso forman una curva incompleta.

Me agacho.

Durante unos segundos espero que la siguiente cierre el círculo.

No lo hace.

Cae en el centro.

Un punto.

Otra vez el ombligo.

Tal vez por eso vuelvo a escribirlo.

No para saber qué significa.

Para ver si la próxima vez cae en otro sitio.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes