00.30 — FUENTES COSMOLÓGICAS
Fecha imposible · Roma / lugar incierto
Antes de la luz hay una desnudez. Después, una mancha.
Escribo esto porque vuelvo a encontrar la misma imagen.
No sé si ya la escribí.
Puede ser.
Hay cosas que regresan no porque uno las haya olvidado sino porque todavía no terminan de decirse.
Un pintor dibuja un círculo y coloca un punto en el centro.
El ombligo.
Eso dice.
No sé si habla del cuerpo que pinta o del cuadro mismo. Tal vez no haya diferencia. Mientras el punto no existe, la superficie puede ser cualquier cosa. Después ya hay arriba y abajo. Interior y exterior.
Un cuerpo.
El pintor ha contaminado la nada.
No con materia.
Con deseo.
En Roma, durante la elevación, un sacerdote imagina que el Big Bang fue el momento en que Dios se desvistió de nada.
La idea me gusta demasiado y por eso desconfío.
Dios no crea primero.
Primero se quita algo.
Una vestidura que no es negra ni blanca porque todavía no existen los colores.
La nada.
Después se cubre con un manto casi transparente.
El tiempo.
Tan delgado que debajo se alcanza a ver la herida.
El sacerdote sostiene la hostia frente a la luz.
Por el manto transpira sangre.
Luego estrellas.
Una tras otra.
No colocadas.
No diseñadas.
Aparecen como manchas que se extienden sobre una tela húmeda.
El sacerdote baja las manos.
La misa continúa.
Nadie ha visto nada.
Pero la imagen queda.
Quizá eso sea todo lo que puede hacer una imagen.
Quedarse.
Farid y yo estamos frente al encantador.
Otra vez.
Ésta es una de esas escenas cuya repetición empieza a preocuparme.
Tenemos catorce años.
O quince.
La diferencia no importa y, sin embargo, cada vez que escribo cambio la edad.
Hace calor.
Hay una pared blanca.
La serpiente permanece dentro de una cesta.
El hombre no toca música.
Nos mira.
Eso sí permanece idéntico.
Nos mira.
Farid está a mi lado y durante unos segundos tengo la impresión de que él recuerda exactamente lo que yo recuerdo.
Después empieza el intercambio.
Una escalera que yo conozco aparece en su memoria.
Una cicatriz suya me duele a mí.
Él recuerda una camisa que llevaba yo.
Yo recuerdo haber tenido miedo de un perro que pertenecía a su infancia.
No sé dónde termina uno.
No porque seamos iguales.
Precisamente porque no.
Dos cosas distintas pueden tocarse sin dejar de ser distintas.
Eso parece sencillo.
No lo es.
El encantador sonríe.
La serpiente levanta la cabeza.
Y, al hacerlo, Farid también se mueve.
Yo respondo.
No bailamos.
Pero algo comienza a repetirse entre nuestros cuerpos.
Un gesto produce otro.
Una inclinación.
Una mirada.
La respiración.
Como si alguien estuviera mezclando dos sustancias y esperara una reacción.
Entonces comprendo algo que probablemente invento ahora:
uno necesita salir de sí para poder mirarse.
El encantador también.
Quizá por eso nos ha puesto allí.
Para contemplarse en lo que ocurre entre dos desconocidos.
Años más tarde Farid llama a Casey Walsh.
Quiere que escriba la historia de Cygnus.
No la versión que aparece en las memorias anuales.
La otra.
Casey tarda poco en entender que no existe una sola.
Encuentra fundaciones que poseen sociedades que poseen cuadros que fueron comprados con dinero donado por personas que oficialmente jamás conocieron a los compradores.
Procedencias.
Subastas.
Peritajes.
Fotografías.
Una obra falsa puede tener una biografía impecable.
Una verdadera puede desaparecer porque nadie consigue demostrar de dónde salió.
Casey trabaja cómodo entre esas cosas.
No porque sea corrupto.
La palabra resulta demasiado fácil.
Trabaja cómodo porque desconfía de la inocencia de los archivos.
—¿Quieres que escriba lo que ocurrió? —pregunta.
Farid piensa.
—Quiero que escribas la historia.
Casey sonríe.
—No es lo mismo.
—Por eso te llamé.
Después abre los documentos.
No pretende descubrir un pasado intacto.
Sabe que no existe.
Sólo quedan restos.
Una factura.
Un cuadro.
Un testimonio que contradice otro.
Una fotografía cortada exactamente donde debería aparecer alguien.
El historiador elige.
El antropólogo también.
El pintor.
El novelista.
Incluso una familia.
Se toma aquello que sobrevivió y se decide qué cosa debe permanecer junto a qué otra.
Así se fabrica una continuidad.
No necesariamente una mentira.
Algo mucho más peligroso.
Una forma.
Farid no duerme.
Ha construido suficiente forma alrededor del recuerdo y todavía puede verlo.
El encantador.
La serpiente.
Yo.
Se levanta.
Bebe agua.
Vuelve a la cama.
Recuerda entonces una frase que sabe falsa.
—No me olvides.
Mi voz.
Está seguro de que jamás se la dije.
El recuerdo insiste.
Ahí está el problema.
Una mentira recordada no se vuelve verdad.
Pero tampoco vuelve fácilmente al sitio de donde salió.
Farid necesita olvidar.
No borrar.
Olvidar es otra cosa.
Construir encima.
Una habitación.
Después otra.
Después un pasillo.
Un edificio entero hasta que la primera puerta continúe existiendo en alguna parte, pero nadie recuerde ya cómo llegar.
Cygnus quizá sirva para eso.
Las corporaciones.
Las familias.
Las religiones.
Los libros.
Todo sistema suficientemente grande termina por esconder alguna habitación original.
Ahora sangro.
Aquí cambia algo.
No escribo que sangraba.
Sangro.
La diferencia me asusta más que la herida.
Tengo sangre en la mano.
La miro bajar entre los dedos.
Roja.
Perfectamente ordinaria.
Frente a mí hay una imagen.
No quiero levantar la cabeza porque sé lo que va a ocurrir.
Ésta es otra de las cosas que se repiten.
Creo que voy a mirarla.
No.
La dirección ya ha cambiado antes de que lo haga.
Ella me mira.
No necesito decir quién.
Tampoco sé si es una pintura, un icono o algo que utiliza durante un momento la forma de ambas cosas.
Me mira.
Eso basta.
Levanto los ojos.
El tiempo se dobla un poco.
Farid vuelve a estar a mi lado.
La serpiente levanta la cabeza.
El pintor coloca el punto en el centro.
El sacerdote sostiene a Dios frente a la luz y Dios vuelve a desvestirse de nada.
Casey escribe una historia que modifica aquello que pretende conservar.
Farid intenta olvidar una frase que nunca dije.
Yo sangro ahora.
No antes.
Ahora.
Una gota cae.
Otra.
Sobre el piso forman una curva incompleta.
Me agacho.
Durante unos segundos espero que la siguiente cierre el círculo.
No lo hace.
Cae en el centro.
Un punto.
Otra vez el ombligo.
Tal vez por eso vuelvo a escribirlo.
No para saber qué significa.
Para ver si la próxima vez cae en otro sitio.
00.30 — FUENTES COSMOLÓGICAS
Fecha imposible · Roma / lugar incierto
Antes de la luz hay una desnudez. Después, una mancha.
Escribo esto porque vuelvo a encontrar la misma imagen.
No sé si ya la escribí.
Puede ser.
Hay cosas que regresan no porque uno las haya olvidado sino porque todavía no terminan de decirse.
Un pintor dibuja un círculo y coloca un punto en el centro.
El ombligo.
Eso dice.
No sé si habla del cuerpo que pinta o del cuadro mismo. Tal vez no haya diferencia. Mientras el punto no existe, la superficie puede ser cualquier cosa. Después ya hay arriba y abajo. Interior y exterior.
Un cuerpo.
El pintor ha contaminado la nada.
No con materia.
Con deseo.
En Roma, durante la elevación, un sacerdote imagina que el Big Bang fue el momento en que Dios se desvistió de nada.
La idea me gusta demasiado y por eso desconfío.
Dios no crea primero.
Primero se quita algo.
Una vestidura que no es negra ni blanca porque todavía no existen los colores.
La nada.
Después se cubre con un manto casi transparente.
El tiempo.
Tan delgado que debajo se alcanza a ver la herida.
El sacerdote sostiene la hostia frente a la luz.
Por el manto transpira sangre.
Luego estrellas.
Una tras otra.
No colocadas.
No diseñadas.
Aparecen como manchas que se extienden sobre una tela húmeda.
El sacerdote baja las manos.
La misa continúa.
Nadie ha visto nada.
Pero la imagen queda.
Quizá eso sea todo lo que puede hacer una imagen.
Quedarse.
Farid y yo estamos frente al encantador.
Otra vez.
Ésta es una de esas escenas cuya repetición empieza a preocuparme.
Tenemos catorce años.
O quince.
La diferencia no importa y, sin embargo, cada vez que escribo cambio la edad.
Hace calor.
Hay una pared blanca.
La serpiente permanece dentro de una cesta.
El hombre no toca música.
Nos mira.
Eso sí permanece idéntico.
Nos mira.
Farid está a mi lado y durante unos segundos tengo la impresión de que él recuerda exactamente lo que yo recuerdo.
Después empieza el intercambio.
Una escalera que yo conozco aparece en su memoria.
Una cicatriz suya me duele a mí.
Él recuerda una camisa que llevaba yo.
Yo recuerdo haber tenido miedo de un perro que pertenecía a su infancia.
No sé dónde termina uno.
No porque seamos iguales.
Precisamente porque no.
Dos cosas distintas pueden tocarse sin dejar de ser distintas.
Eso parece sencillo.
No lo es.
El encantador sonríe.
La serpiente levanta la cabeza.
Y, al hacerlo, Farid también se mueve.
Yo respondo.
No bailamos.
Pero algo comienza a repetirse entre nuestros cuerpos.
Un gesto produce otro.
Una inclinación.
Una mirada.
La respiración.
Como si alguien estuviera mezclando dos sustancias y esperara una reacción.
Entonces comprendo algo que probablemente invento ahora:
uno necesita salir de sí para poder mirarse.
El encantador también.
Quizá por eso nos ha puesto allí.
Para contemplarse en lo que ocurre entre dos desconocidos.
Años más tarde Farid llama a Casey Walsh.
Quiere que escriba la historia de Cygnus.
No la versión que aparece en las memorias anuales.
La otra.
Casey tarda poco en entender que no existe una sola.
Encuentra fundaciones que poseen sociedades que poseen cuadros que fueron comprados con dinero donado por personas que oficialmente jamás conocieron a los compradores.
Procedencias.
Subastas.
Peritajes.
Fotografías.
Una obra falsa puede tener una biografía impecable.
Una verdadera puede desaparecer porque nadie consigue demostrar de dónde salió.
Casey trabaja cómodo entre esas cosas.
No porque sea corrupto.
La palabra resulta demasiado fácil.
Trabaja cómodo porque desconfía de la inocencia de los archivos.
—¿Quieres que escriba lo que ocurrió? —pregunta.
Farid piensa.
—Quiero que escribas la historia.
Casey sonríe.
—No es lo mismo.
—Por eso te llamé.
Después abre los documentos.
No pretende descubrir un pasado intacto.
Sabe que no existe.
Sólo quedan restos.
Una factura.
Un cuadro.
Un testimonio que contradice otro.
Una fotografía cortada exactamente donde debería aparecer alguien.
El historiador elige.
El antropólogo también.
El pintor.
El novelista.
Incluso una familia.
Se toma aquello que sobrevivió y se decide qué cosa debe permanecer junto a qué otra.
Así se fabrica una continuidad.
No necesariamente una mentira.
Algo mucho más peligroso.
Una forma.
Farid no duerme.
Ha construido suficiente forma alrededor del recuerdo y todavía puede verlo.
El encantador.
La serpiente.
Yo.
Se levanta.
Bebe agua.
Vuelve a la cama.
Recuerda entonces una frase que sabe falsa.
—No me olvides.
Mi voz.
Está seguro de que jamás se la dije.
El recuerdo insiste.
Ahí está el problema.
Una mentira recordada no se vuelve verdad.
Pero tampoco vuelve fácilmente al sitio de donde salió.
Farid necesita olvidar.
No borrar.
Olvidar es otra cosa.
Construir encima.
Una habitación.
Después otra.
Después un pasillo.
Un edificio entero hasta que la primera puerta continúe existiendo en alguna parte, pero nadie recuerde ya cómo llegar.
Cygnus quizá sirva para eso.
Las corporaciones.
Las familias.
Las religiones.
Los libros.
Todo sistema suficientemente grande termina por esconder alguna habitación original.
Ahora sangro.
Aquí cambia algo.
No escribo que sangraba.
Sangro.
La diferencia me asusta más que la herida.
Tengo sangre en la mano.
La miro bajar entre los dedos.
Roja.
Perfectamente ordinaria.
Frente a mí hay una imagen.
No quiero levantar la cabeza porque sé lo que va a ocurrir.
Ésta es otra de las cosas que se repiten.
Creo que voy a mirarla.
No.
La dirección ya ha cambiado antes de que lo haga.
Ella me mira.
No necesito decir quién.
Tampoco sé si es una pintura, un icono o algo que utiliza durante un momento la forma de ambas cosas.
Me mira.
Eso basta.
Levanto los ojos.
El tiempo se dobla un poco.
Farid vuelve a estar a mi lado.
La serpiente levanta la cabeza.
El pintor coloca el punto en el centro.
El sacerdote sostiene a Dios frente a la luz y Dios vuelve a desvestirse de nada.
Casey escribe una historia que modifica aquello que pretende conservar.
Farid intenta olvidar una frase que nunca dije.
Yo sangro ahora.
No antes.
Ahora.
Una gota cae.
Otra.
Sobre el piso forman una curva incompleta.
Me agacho.
Durante unos segundos espero que la siguiente cierre el círculo.
No lo hace.
Cae en el centro.
Un punto.
Otra vez el ombligo.
Tal vez por eso vuelvo a escribirlo.
No para saber qué significa.
Para ver si la próxima vez cae en otro sitio.
00.30 — COSMOLOGICAL SOURCES
Impossible date · Rome / uncertain place
Before the light there is a nakedness. Afterward, a stain.
I write this because I keep finding the same image.
I do not know whether I have already written it.
Perhaps.
Some things return not because you have forgotten them but because they have not yet finished being said.
A painter draws a circle and places a point at its center.
The navel.
That is what he says.
I do not know whether he means the body he paints or the painting itself. Perhaps there is no difference. Until the point exists, the surface can be anything. Afterward there is already an up and a down. An inside and an outside.
A body.
The painter has contaminated nothingness.
Not with matter.
With desire.
In Rome, during the elevation, a priest imagines that the Big Bang was the moment when God undressed himself of nothingness.
I like the idea too much, and that is why I distrust it.
God does not create first.
First he takes something off.
A garment that is neither black nor white because colors do not yet exist.
Nothingness.
Then he covers himself with an almost transparent mantle.
Time.
So thin that the wound can be seen beneath it.
The priest holds the host up to the light.
Blood seeps through the mantle.
Then stars.
One after another.
Not placed.
Not designed.
They appear like stains spreading across a wet cloth.
The priest lowers his hands.
Mass continues.
No one has seen anything.
But the image remains.
Perhaps that is all an image can do.
Remain.
Farid and I are facing the charmer.
Again.
This is one of those scenes whose repetition is beginning to worry me.
We are fourteen.
Or fifteen.
The difference does not matter, and yet every time I write I change the age.
It is hot.
There is a white wall.
The snake remains inside a basket.
The man does not play music.
He looks at us.
That does remain identical.
He looks at us.
Farid is beside me, and for a few seconds I have the impression that he remembers exactly what I remember.
Then the exchange begins.
A staircase I know appears in his memory.
A scar of his hurts me.
He remembers a shirt I used to wear.
I remember being afraid of a dog that belonged to his childhood.
I do not know where one of us ends.
Not because we are the same.
Precisely because we are not.
Two different things can touch without ceasing to be different.
That seems simple.
It is not.
The charmer smiles.
The snake raises its head.
And as it does, Farid moves too.
I respond.
We do not dance.
But something begins to repeat itself between our bodies.
One gesture produces another.
A tilt.
A glance.
Breathing.
As if someone were mixing two substances and waiting for a reaction.
Then I understand something I am probably inventing now:
you need to step outside yourself to be able to look at yourself.
The charmer too.
Perhaps that is why he has put us there.
To contemplate himself in what happens between two strangers.
Years later Farid calls Casey Walsh.
He wants him to write the history of Cygnus.
Not the version that appears in the annual reports.
The other one.
It does not take Casey long to understand that there is more than one.
He finds foundations that own companies that own paintings bought with money donated by people who officially never knew the buyers.
Provenances.
Auctions.
Appraisals.
Photographs.
A fake work can have an impeccable biography.
A genuine one can disappear because no one can prove where it came from.
Casey works comfortably among such things.
Not because he is corrupt.
The word is too easy.
He works comfortably because he distrusts the innocence of archives.
—Do you want me to write what happened? —he asks.
Farid thinks.
—I want you to write the history.
Casey smiles.
—It is not the same thing.
—That is why I called you.
Then he opens the documents.
He does not intend to discover an intact past.
He knows it does not exist.
Only remnants remain.
An invoice.
A painting.
A testimony that contradicts another.
A photograph cut off exactly where someone ought to appear.
The historian chooses.
The anthropologist too.
The painter.
The novelist.
Even a family.
You take what survived and decide what should remain beside what.
That is how continuity is manufactured.
Not necessarily a lie.
Something much more dangerous.
A form.
Farid does not sleep.
He has built enough form around the memory and can still see it.
The charmer.
The snake.
Me.
He gets up.
He drinks water.
He returns to bed.
Then he remembers a phrase he knows is false.
—Do not forget me.
My voice.
He is certain I never said it to him.
The memory insists.
There lies the problem.
A remembered lie does not become true.
But neither does it easily return to the place it came from.
Farid needs to forget.
Not erase.
Forgetting is something else.
Building over it.
A room.
Then another.
Then a corridor.
An entire building, until the first door continues to exist somewhere but no one remembers how to reach it.
Perhaps Cygnus serves that purpose.
Corporations.
Families.
Religions.
Books.
Every sufficiently large system ends up hiding some original room.
Now I bleed.
Something changes here.
I do not write that I was bleeding.
I bleed.
The difference frightens me more than the wound.
I have blood on my hand.
I watch it run down between my fingers.
Red.
Perfectly ordinary.
There is an image in front of me.
I do not want to raise my head because I know what is going to happen.
This is another of the things that repeat themselves.
I think I am going to look at her.
No.
The direction has already changed before I do.
She looks at me.
I do not need to say who.
Nor do I know whether it is a painting, an icon, or something that for a moment uses the form of both.
She looks at me.
That is enough.
I raise my eyes.
Time bends a little.
Farid is beside me again.
The snake raises its head.
The painter places the point at the center.
The priest holds God up to the light, and God undresses himself of nothingness again.
Casey writes a history that modifies what it intends to preserve.
Farid tries to forget a phrase I never said.
I bleed now.
Not before.
Now.
A drop falls.
Another.
On the floor they form an incomplete curve.
I crouch down.
For a few seconds I wait for the next one to close the circle.
It does not.
It falls in the center.
A point.
The navel again.
Perhaps that is why I keep writing it.
Not to know what it means.
To see whether next time it falls somewhere else.