00.23 — El Big Bang es el aliento de Dios

00.23 — EL BIG BANG ES EL ALIENTO DE DIOS

París / seminario / lugar incierto · Años distintos

Hay inviernos en que respirar basta para ver que el cuerpo todavía está vivo.

Los hijos del hombre electrocutado heredaron distintas maneras de no amar correctamente.

Eso habría dicho Bernardo.

Tony habría corregido la frase. Alejo habría considerado obsceno hablar así de una familia. Isaac habría preguntado qué significa correctamente y después habría hecho exactamente lo contrario de la respuesta.

Quizá no era amor.

Era otra cosa.

Limerencia.

Una palabra que todavía no conocían cuando comenzaron a enfermar de ella.

No significaba amar demasiado. Ésa era una forma bastante romántica de decirlo. Era permitir que una persona empezara a ocupar sitios que no le correspondían: el desayuno, el sueño, una canción, una calle, la manera de interpretar lo que alguien había dicho tres días antes. El objeto podía desaparecer y seguir organizando la vida.

Cada uno había encontrado una forma de desplazarla.

Tony hacia las imágenes.

Bernardo hacia los cuerpos.

Alejo hacia Dios.

Isaac hacia las historias.

Eso no los curaba.

Sólo hacía la enfermedad más interesante.

Samuel empieza a perder la fe cuando David comienza a creer.

Eso le parece una grosería.

Ha pasado la vida enseñando cosas que ahora escucha repetir a su sobrino con una convicción que ya no posee.

—¿Dios sabe lo que voy a hacer mañana?

David espera una respuesta.

Samuel mira el café.

—Supongo.

—Entonces ¿soy libre?

—Supongo también.

David frunce el ceño.

—Eso no puede ser.

Samuel sonríe.

—Bienvenido a la teología.

El muchacho no se ríe.

Ése es el problema de quienes empiezan a creer: todavía piensan que las preguntas religiosas merecen respuestas.

Samuel lo lleva a misa.

Le enseña a permanecer en silencio.

Le explica que rezar no consiste en producir pensamientos y que, a veces, la única oración honesta es quedarse sentado.

David aprende rápido.

Demasiado.

Samuel lo observa arrodillarse y siente una envidia pequeña, casi vergonzosa.

Hubo un tiempo en que él también creyó así.

París.


Calles abiertas.

Gas.

Piedras.

Marx.

Muchachos que gritaban que debajo del pavimento estaba la playa.

Samuel tenía entonces veinte años y estaba convencido de que la revolución y el amor eran dos nombres para una misma cosa.

Dormía poco.

Besaba hombres.

Iba a misa algunas mañanas.

No veía contradicción.

La contradicción llegó después, cuando otros empezaron a explicarle qué debía significar todo aquello.

César conserva fotografías de esos años.

No porque aparezca en ellas.

En la mayoría no.

Manifestaciones, barricadas, jóvenes corriendo, una muchacha subida sobre un automóvil, un policía inclinado como si fuera a vomitar.

Mira las imágenes durante horas.

No las interpreta.

Ha aprendido, bastante tarde, que algunas imágenes se defienden.

Uno cree que está mirando una manifestación y de pronto descubre a un muchacho, en un extremo, mirando directamente a la cámara.

Entonces cambia la dirección.

La fotografía deja de ser un documento sobre 1968.

El muchacho mira a César.

Eso basta.

César tiene otra obsesión.

El Big Bang.

—No es una explosión —dice.

Todo el mundo sabe que cuando comienza así habrá que escucharlo veinte minutos.

—Entonces no lo llames Big Bang.

—Yo no lo llamé.

—César.

—Es el aliento de Dios.

Ahí comienzan las protestas.

Él se divierte.

No intenta demostrar científicamente la existencia de Dios. Eso sería demasiado vulgar incluso para un sacerdote.

Le interesa la imagen.

Algo que no estaba respirando.

Después expansión.

Espacio.

Tiempo.

Materia.

Un universo entero como el pecho de alguien que acaba de aspirar por primera vez.

—¿Y cuándo exhala? —pregunta Samuel.

César lo mira.

Nunca había pensado en eso.

—Tal vez ahora.

Samuel se ríe.

—Eso sí es teología.

En el seminario, Isaac aprende otra cosa.

La tentación no desaparece porque uno la nombre.

Tampoco porque rece.

A veces rezar consigue volverla mucho más nítida.

Juan Manuel aparece en una página antes que en el corredor.

Eso será difícil de explicar después.

Isaac lo ha visto en La Virgen de los Peregrinos: un rostro, una pequeña ficha, suficiente información para saber que algo no está bien.

Después lo encuentra allí.

En carne.

Más delgado.

Más pálido.

Vivo.

Juan Manuel camina por el pasillo como si el cuerpo le pesara.

Isaac lo mira.

El otro levanta la cabeza.

Durante un segundo se reconocen sin haberse conocido.

Eso debería ser imposible.

Ninguno dice nada.

Juan Manuel pasa.

Isaac permanece quieto.

Aquella noche intenta rezar.

No puede.

No piensa exactamente en Juan Manuel.

Ésa es la mentira que se cuenta.

Piensa en la página.

Después en el rostro.

Después en la distancia entre ambos.

Una imagen primero.

Un cuerpo después.

Y algo que no sabe dónde colocar.

Entonces comprende que la tentación no siempre consiste en querer tocar.

A veces consiste en querer saber.

Por qué estaba en esa página.

Quién lo había puesto.

Por qué parecía enfermo.

Por qué lo había mirado como si también él hubiera visto a Isaac antes.

Isaac cierra los ojos.

La Virgen está en una reproducción frente a él.

No hace nada.

Eso empieza a incomodarlo.

Abre los ojos.

La imagen continúa allí.

Él la mira.

Después ocurre otra cosa.

No sabría decir cuándo.

Tal vez nunca ocurre realmente.

Isaac tiene la sensación de que ella lo está mirando a él.

No como una mujer.

Ni siquiera como una Virgen.

Como miran ciertos iconos: sin necesidad de parecer vivos.

Isaac baja la vista.

Samuel encuentra a David dormido sobre un libro.

Lo carga hasta la cama.

Pesa menos de lo que esperaba.

Lo cubre.

Durante un instante recuerda otro muchacho.

París.

Una habitación pequeña.

Una mañana después de una manifestación.

No recuerda ya el nombre.

Eso le produce más dolor que el recuerdo.

Había pensado durante años que olvidar era lo contrario de la limerencia.

Ahora sabe que no.

Uno puede olvidar el nombre y conservar exactamente el hueco.

Sale del cuarto.

En el corredor encuentra a César.

—¿Sigues con tu Big Bang?

—Dios sigue.

—Eso no responde.

César sonríe.

—Nunca responde.

Mira hacia la ventana.

Hace frío.

El cristal está empañado por dentro.

César acerca una mano y limpia un círculo.

Afuera no se ve casi nada.

—¿Sabes qué creo?

Samuel suspira.

—No.

—Que si Dios respira, nosotros somos lo que ocurre entre una respiración y la siguiente.

Samuel lo mira.

—Eso no significa absolutamente nada.

—Ya.

César parece satisfecho.

Siguen caminando.

En algún cuarto, Isaac intenta no pensar en Juan Manuel.

David duerme.

La Virgen mira desde una página.

Y algo que ninguno de ellos sabe todavía llamar por su nombre comienza a repetir el mismo movimiento.

Acercarse.

Alejarse.

Volver.

Como el universo.