Hay música en la catedral de México Tenochtitlán. Un muchacho árabe de quince años que se llama Farid se levanta en sus pies, cierra los ojos y comienza a cantar.
El maestro de capilla recuperó el buen humor. Sus ojos volvieron a brillar como la primera vez que escuchó la voz de Farid. Se sintió, como él, un niño. La voz de Farid, en la Nueva España, era tan hermosa que los miembros del cabildo parecían borrachos pero sin perder la cordura, Estévez volvió a reír y Zumárraga se sentía también tan contento que tuvo tiempo de imaginarse la empresa de cambiar esta pequeña catedral que habían diseñado los conquistadores en cuanto cayó la ciudad. Pronto, se dijo, La Nueva España tendrá una catedral digna del emperador Carlos, digna de esta voz.
ATONATIUH CONFIESA Supongo que muchas cosas estuvieron equivocadas. Mi padre, Moctezuma trató de cambiarlo. Mi abuelo, Moctezuma, trató de cambiarlo. Pero los príncipes nunca lo dejaron. Le mintieron y eso fue la causa de toda esta revuelta. Los españoles llegaron… Comoun ángel exterminador, dijo Farid. Un ángel exterminador que trajo la música.
FARID CONFIESA Ahora que me has dicho quien soy, dijo, dime tú quien eres. Soy un cantante y no recuerdo nada desde que hize desde que vi al encantador de serpientes.
Me gustas, dijo ella. Por qué sonrióFarid. Te que pensaba que le gustaba por su feminidad. Por eso, justamente por eso se sintió sorprendido cuando la esucchó decir, me gusta tu dignidad.
Se levantó y, aunque se caía de borracho, trató de bailar. El piso lo tentaba aproximándose a él, pero no pensó que fuese una sensación desagradable, al contrario, se sintió feliz en esta situación que le producía risa de sí mismo, una risa que se mezclaba con miedo y ganas de llorar. El piso entonces pareció levantarse y golpearlo en el pómulo que comenzó a sangrar.
Este es el mundo idílico que Farid encontraría entre los cimarrones el de quien baila al ritmo de la flauta mal afinada todo lo contrario del Encantador de Serpientes que miró cuando iba camino de Damasco.
Por la noche, se aproximó a mi una mujer que traía con ella muchos soldados con lanzas. Me hicieron descender del bote. Pregunté a la mujer:
—¿Quién eres?
—Aquí la guerra ha terminado. Junto a ella se aproximan los niños y como hay niños hay mucha comida. Me llevan con ellos y me uno a la fiesta.
Españoles prófugos, tlaxcaltecas prófugos, judíos prófugos. Aquí todos estamos a salvo de lo que nos ha asustado en vida. Todos estamos a merced del dios de mayo nos hemos vuelto paganos.
—¿Contigo han venido los dioses nuevos? —preguntó la mujer que comía un trozo de pierna de cerdo.
—No lo sé.
—La civilización nos va a desaparecer.
Comienza a llover. Los niños me toman de la mano y me llevan hasta un lugar en la selva en que Atonatiuh descansa su majestad. El joven dios me pregunta:
—Dónde naciste
—Nací en el desierto —respondí.
—¿Cómo era tu ciudad? No lo recuerdo bien. No era una ciudad. Era un campamento de salvajes en el desierto. No vengo a traer la civilización.
—Vamos a entronar al rey de México.
Farid era hermoso. Las mujeres lo estaban vistiendo y él reía.
—Es verdad que eres un Dios? —le pregunté.
—Soy solo un hombre —dijo—. Pero he visto el fin del mundo.
Estas palabras me recuerdan que yo también miré alguna vez el final del mundo.
—¿Así que has perdido tu condición de dios?
No respondió.
—¿Quién te dijo cómo encontrarme? —preguntó.
—No le pregunté a nadie. Te encontré nada más.
—¿Eres acaso un libertador?
—Soy un cantante.
—¿Has venido para matarme?
—Claro que no.
La hija del hombre, una niña vino y se desnudó ante mí. Yo le pedí que se vistiera y le ayudé a hacerlo. Fue así, en ese pueblo, que comenzó a crecer la idea de que era capaz de hacer milagros aunque hay un solo milagro en mi vida.
Farid despertó aún lleno del sopor del vino. Habían cantado hasta que cayeron borrachos. Lo había despertado el maullido de un gato. En la habitación de junto dormían su amigo y esta nueva amante. Los iluminaba la luz de la luna de febrero. Era difícil llevar el recuento de los días en estos lugares. Escuchó el maullido de un gato. Había vuelto a soñar con el monasterio. No se lo había dicho a Farid, pero lo que él deseaba era volver a Chipre. Había soñado sin embargo con una enorme ciudad sobre la que volaban copos de nieve. Era una ciudad llena de casas blancas y los templos y las garzas y los copos de nieve eran todos tan blancos que lo había despertado aquel resplandor.
—Vamos a escaparnos —le dijo Farid.
—No —contestó el mulato—. Yo quiero quedarme con mi gente que es la gente de aquí.
Vino a mi habitación una hermosa muchacha. Por qué has venido a terminarlo todo? Es la mujer de Atonatiuh
Su historia era como mía. Era un príncipe veneciano que había venido aquí y tenía la cara llena de para qué.
Se me acercó una mujer que nos regaló al gato y a mí un cuenco con agua. Atonatiuh vino hasta nosotros furioso y me dijo:
—Otra vez estás escapando.
La muchacha, discreta, se fue cargando con pesar su vasija de barro.
—Atonatiuh me dijo llévate al rey. Salva al rey. Acaba con todo, pero llévate al rey. El veneciano y el joven rey salimos de aquel lugar. Se levantaba junto al río otra pirámide. Por sus escaleras que terminaría los evangelios cruzaron una cruz de madera. Cuando llegamos al calpulli, la sangre resistiendo a ser borrada, como nosotros. El olfato nos condujo y ahí el joven rey extendió la imagen de la virgen de los peregrinos.
—El niño pedia dinero. Nos dieron dinero, cacao, bronce.
Subi para escuchar solo el ruido de las monedas, cuando volví el veneciano estaba hí.
—He pensado —le dije a Atonatiuh, y le entregué al gato que ronroneaba—, que lo mejor será separarnos. No hay nada en verdad que nos una. Desde que dejé el campamento de mi padre en otra tierra muy lejos de aquí, prometí a mi madre ser santo y tú en verdad lo único que deseas es emborracharte y tenderte con prostitutas.
Atonatiuh soltó la carcajada, como aquella vez en que lo acusé de asesino.
—¿Un hombre santo? —me preguntó burlón—, no he visto nunca a un hombre santo que me mire con tanto deseo.
Me levanté molesto y salí del pueblo. Vi ya que no me seguía y me sentí ridículamente solo. “No debí dejarle al gato”, fue lo primero que pensé. Y seguí caminando. Luego, “Se sintió consternado”, pensé. “Cuando le dije que me alejaría para siempre de él, se sintió consternado”. Entonces algo dentro de mí se convenció de que esta vez era yo quien tendría que volver sobre mis pasos. Rectificar e ir a buscarlo. “No me importa ninguna aventura o prodigio que no sea su compañía”, me dije. “No me importa que tenga mujeres ni que quiera tanto a ese gato”.
Corrí como un idiota todo lo que equivocadamente había andado y cuando llegué al calpulli indígena supe que Atonatiuh había partido ya, no al oeste, sino al sur de aquel pueblo.
Fui tras él y lo encontré unos pasos más allá, tocando su guitarra y con Pequeño Jaguar durmiendo a sus pies. Me senté y compartimos lo que traíamos para avituallarnos. Ese fue el primer gesto en la soledad de aquella mañana soleada. Que no fue necesario decir nada para decir “perdón”.
—Quiero ir al fin del mundo —le dije a Atonatiuh. El pequeño Chimalpopoca quien me miró con extrañeza. Muy delicadamente le quitaba la piel al pescado y se lo daba a un perro sarnoso.
Atonatiuh pensó profundamente en lo que acababa de escuchar. Abrió sus ojos muy grandes y exhaló.
—No entiendo. ¿Por qué nunca te es suficiente?
—¿Nunca me es suficiente qué? —pregunté.
No respondió. Tal vez estaba haciendo ya conmigo lo que los cimarrones hacen con los criminales. Me había dejado de hablar. Entendí que le parecía violento y peligroso que no pudiera sentirme en paz en ninguna parte. Pensé muy bien lo que le diría y finalmente:
—Atonatiuh. O Cristóbal o como quieras llamarte. Pequeño Farid o Chimalpopoca, como quieras llamarte. Yo soy Farid. Soy Juan, soy muchos. Y tengo de mi tantos nombres que uno tal vez no me es suficiente. Tengo dentro la civilización y ya no puedo volver. No soy feliz aquí. No me contento, como dices, Atonatiuh, con esta vida y con esta cruz. Creo, con toda sinceridad que este es el verdadero sentido del sacrificio. Ir dejándolo todo detrás, como una serpiente que se despoja de sí misma, se sacrifica a sí misma para quedarse sólo con lo que es suyo. Creo sinceramente que este es el sentido del canto: dar sentido al silencio cuando no hay ya nada que decir y las personas que quieres te miran como si fueses aire o un fantasma.
Me levanté. Tomé un trago de vino, porque siempre me ha gustado brindar cuando he conseguido decir lo que quiero decir y me fui a recostar junto al río porque debajo de los árboles siempre es peligroso que te caiga un bicho. Desperté de madrugada y los vi un poco más allá. Estaban dormidos muy plácidamente, incluso creo recordar que roncaban. “Que sean libres así”, pensé. “El único sentido de este inmenso viaje ha sido volverme pobre de todo amor.”