F0594 · Para recordarle que era un monje, antes de confesarlo, había pedido que él lo confesara primero.

Para recordarle que era un monje, antes de confesarlo, había pedido que él lo confesara primero.

—Leí libros prohibidos. 

Alberto se había quedado en silencio y había tratado de encontrar las palabras. Su madre se había transformado en un diablo doliente. 

    —En aquel tiempo. Cuando lo hice. Tenía sentido. A decir verdad no lo tiene ya más. He olvidado por qué lo hice. No he amado nunca a nadie. 

    La mujer se aproximó para acariciar su cabello. Lo cobijó como si fuera un niño y, a decir verdad, tal vez en aquel sueño era eso, un niño.

    —Reza por mí —le pidió—. Reza a la virgen de las tribulaciones para que me quite el dolor de haber tenido que abandonarte.

Meditando en la Virgen de las tribulaciones (que se encontraba ya en su mente) estaba anocheciendo. Allá a lo lejos, los tejados de parecían incendiarse con el rojo de un sol que comenzó a descender. Alberto tuvo una extraña impresión, creyó escucharse a sí mismo. La voz venía del pozo. Era el sonido de todos aquellos muchachos con los que había aprendido a cantar cuando su madre lo dejó en este lugar que ahora, extrañamente ya no le parecía tan triste. Sus captores se habían alejado unos pasos porque creyeron que rezaría, pero Alberto ya no tenía fe si es que alguna vez la tuvo. A pesar de que se sentía en paz, estaba convencido de que todas las ilusiones humanas son vanas. Comenzó a llover. Era una lluvia delgada y fresca que casi no se metía por entre las pérgolas y los naranjales.  En cualquier momento vendría el hermano Fabricio a confesarlo. ¿Qué le diría? No quería confesarse con Dios, sobre todo porque estaba convencido de que era una patraña. No existían ni Dios ni el diablo, pensó. Lo único que había era el hombre arrojado en un jardín que cada día se hacía más amplio. Uno de los hermanos que lo custodiaba le trajo una manzana. Recordó lo que Farid le había contado, que el caballo de Solimán sólo comía manzanas verdes. Sonrió. Pensó en todo lo que había querido a este esclavo que le dio refugio en la casa de Dante y que le había enseñado a tocar a cambio de que él, Alberto, le enseñara a cantar. Ahora mismo, pensó, estaría a la mitad del mar o tal vez ya habrían llegado al otro lado del mar. Cuando pensaba en ello había en él una suerte de inmensidad inimaginable. Era imposible pensar en cómo sería ese otro lugar alejado de la cabeza del mundo, de esta Roma que, estaba seguro, ya nunca abandonaría. De aquel pozo de la Virgen de las Tribulaciones emergía el sonido del sin-olvido. Aquí comenzaba su historia. No había nada antes, nada detrás. Por más que Fabricio lo hubiese confesado, el marqués había querido venganza. Lo imaginó en la Casa de Dante, inventando conspiraciones Sintió un poco de rencor. El mismo que había sentido por Fabricio cuando le dio la absolución y le anunció adolorido que iba a morir. Había bebido del sin-olvido. 

Luego del anuncio, Fabricio se quedó silencioso junto a Alberto quien comenzó a sentir una extraña mezcla de sentimientos. Hubiese querido pedirle perdón realmente. A él, no a Dios. Perdón por haber dudado de que el amor estaba aquí, en el monasterio y por haber pensado que había más interés en recorrer el mundo, en conocer lo incognocible que en este lugar en el que, a pesar de su falta de fe se acomodaba por el horario en el que todo parecía adquirir sentido. Hubiese querido decirle: “he venido a Roma para buscarte, no encontré en ninguna parte el amor que nos profesábamos en este lugar, frente a esta Virgen y este pozo.” Hubiese querido decirle que de todas aquellas extrañas aventuras lo único que realmente extrañaba era a él, a Fabricio. Agradecerle el amor que le había dado cuando más lo necesitaba. Fabricio por su parte, pensaba, también callado en este siglo perverso. La condición de abad lo había cambiado sólo porque lo había hecho más consciente del deber que tenía para con sus súbditos.

Y si el deber suyo en este momento era arrancar la fruta podrida no podía detenerse a analizar sus sentimientos, a permitir que volviera la ternura por aquel niño que ahora tenía junto a sí. Por otra parte, el niño había crecido, había perdido el rostro frágil y se había convertido en la clase de adulto que Fabricio y despreciaba. Alberto, pensó, es un signo del siglo perverso, de un siglo de adúlteros y gente sin fe. En silencio se abrazaron y Alberto volvió a escuchar el corazón de su maestro de música. Vinieron por él los guardias. Alberto musitó:

    —Quiero tu bendición.

Fabricio puso las manos sobre la cabeza de aquel muchacho y recitó lentamente una oración en latín para que la Virgen tuviera piedad de él y rezara por él ante el Altísimo. No le había pedido otra pena que arrepentirse de modo que, cuando Alberto se fue para ser entregado a su verdugo, esperó que hubiese podido cumplirla. Sospechaba que no. Alberto no era la clase de personas que se arrepienten. Al contrario. Durante la confesión había sospechado un rencor hacia todo lo santo que realmente le preocupaba. Espero también que los verdugos de aquel desconocido que muchos años atrás había sido su amigo, fuesen rápidos. Que Charles de Roumagnac no se deleitara en torturarlo.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes