F0593 · Durante aquella semana Florián, aunque no descuidó sus trabajos en el…

Durante aquella semana Florián, aunque no descuidó sus trabajos en el monasterio, dedicó su tiempo libre a las historias de Artús. Con estas pequeñas desobediencias se contentaba. Si aquellas lecturas eran veneno, pensó, un poco de veneno le endurecería el alma. Lo suficiente, al menos, para aceptar que tenía la vida ya completamente planeada, escrita desde el principio hasta el fin. Había incluso, en el cementerio del monasterio una tumba que ya llevaba su nombre. 

Había llegado a la conclusión de que era feliz con la idea de separarse de Alberto. Los libros paganos que tanto disfrutaba, nadie podría quitárselos y delante de Dios no se sentía un pecador por leer aquello. Rezaba como todos, por su conversión, especialmente por encontrar la paz en la antigua música monacal. Y como era consciente de que estaba envidiando la suerte de Alberto decidió que rezaría por él. El viernes 12 de junio de 1500 por primera vez en todo el año no tuvo dificultades ni para contemplar al Santísimo ni para rezar, muy lentamente, desde el primero hasta el último misterio de su rosario. El sábado meditó en el poder de la muerte y el domingo se concentró en una frase que había repetido mil veces, pero que había concluido que no había podido asumir: el hágase tu voluntad. Igual se hará, se dijo. Y la paz, pensó, consistía justamente en no cuestionar lo que Él hará. La Providencia, el gobierno de Dios, se encargará del destino del cielo y de la tierra. Con Alberto o sin él. Con el abad, con los hermanos, con música o sin música. Con la voluntad de Jorge Isaac y su corte de herejes o sin ella. Ese mismo domingo Farid rezó especialmente por los miembros de la casa de Isaac de modo que sin saberlo, rezó por un esclavo árabe que aquel día se había despertado con la orden de preparar la Casa de Dante para recibir al nuevo huésped de su amo Jorge Isaac. Así, mientras Florián rezaba frente al Santísimo el oficio de completas, Farid, el esclavo árabe sintió que entraba por la ventana un dulce olor de madrugada. Era extraño porque el aire del Trastévere solía venir enrarecido. Farid, el esclavo, pronto tendría que comenzar a preparar la ropa de la habitación que ocuparía Alberto, de modo que no se entretuvo a pensar en el prodigio de que el aire de Roma oliese bien. Jamás hubiese descubierto, por otra parte, que aquel aroma estuviese relacionado con el hecho de que un monje santo en ese preciso momento estaba rezando por él.

Durante una semana Florián no había hablado con Alberto. Y gracias a ello había conseguido ponerse en paz con el hecho de que se fuera, no tanto porque se hubiese convencido de la necesidad de someterse a la voluntad de Dios o porque pensara que místicamente seguirían unidos hoy y por siempre sino más bien porque había llegado a una conclusión más realista. Se dio cuenta de que el recuerdo de Alberto dejaría de doler de la misma forma en que había dejado de doler el recuerdo de su familia cuando vino a dejarlo a vivir en el monasterio. Todos los hermanos habían llegado más o menos jóvenes. Algunos, como Alberto y Florián, habían venido cuando eran muy niños. En todos ellos, el recuerdo de la familias se disolvió y se volvió una nostalgia sutil como ese aroma que a veces entra por la ventana y en cuanto pensamos en él, se va. 

La víspera del lunes en que Alberto abandonaría Santa Sabina para siempre, el monje rebelde decidió tener un acto de piedad y decidió velar frente al Santísimo. Trataba de imaginar a los esclavos de Isaac que vendrían por él para llevarlo a vivir a su nueva casa. Aquel día Florián decidió buscar a su alumno para despedirse de él. Le sorprendió encontrarlo en la capilla. 

Y estaba sentado tan recto y con la mirada tan concentrada en el Cuerpo de Cristo sujeta en el ostensorio que prefirió no molestarlo. Hizo la genuflexión y se sentó en la parte de atrás de la capilla, conmovido con todo aquel oro del que emanaba una fuerza indecible que lo sometía y lo invitaba a contemplar y callar. Así, sin que Alberto lo supiera, velaron los dos, concentrados en ese pedazo de pan ácimo que parecía un ojo que llenaba la capilla de imágenes. 

Alberto, por ejemplo, imaginaba su vida futura vistiendo un sombrero de pluma roja frente a un espejo de azogue. Trataba de responder a la pregunta que se había hecho toda aquella semana, ¿qué es un alquimista?, pero lo único que le venía a la cabeza era una suerte de versión masculina de las brujas del Malleus Maleficarum que había leído para las lecciones de apologética. Pero Alberto había visto a Isaac el griego venir a misa y su imagen no correspondía con la de un brujo aunque, ahora que lo pensaba bien, había algo que lo había inquietado. Sabía que su caballo, un elegante corcel negro, se llamaba Viento del Diablo. 

¿Qué es un alquimista? El santísimo llenaba de toda clase de imágenes la capilla, pero eran imágenes sin forma, eran colores y sentimientos, nada concreto. Su confesor le había dicho que un alquimista es un hombre que busca la inmortalidad del cuerpo y no la del alma; un hombre que quiere la eternidad de este mundo imperfecto; que quiere que Babel se consume aquí y no que el Cielo consuma a Babel.

En el último de los reclinatorios, Florián tenía otra clase de ensoñaciones. Recordaba las visiones que había tenido de niño, recordaba las piedras de colores al fondo de un río y trataba de imaginar cómo sería la vida más allá de estos muros y estos jardines; más allá de estas imágenes sagradas y estos salones en los que había aprendido a cantar. Concentrado en el rezo vinieron a él imágenes de su maestro de música, un viejo monje que se entretenía murmurando soliloquios y maldiciones hasta que vino a vivir a Santa Sabina él: Florián. Tal vez este había sido siempre su destino. Aprender a cantar para dar paz a un viejo meditabundo. Si  Alberto meditaba en la nobleza de ser libre, Florián contemplaba lo noble que hay en someterse. Alberto meditaba en la nobleza de perderse y Florián en la nobleza de ganar para Dios su alma inmortal.

—Voy a extrañarte —dijo Fabricio sinceramente.

Pero Alberto, extraviado en sus pensamientos, pensó que su amigo lo decía tan solo como una formalidad. Más se sorprendió cuando, rompiendo todas las reglas del monasterio, Fabricio se aproximó y le dio un beso en la mejilla y un abrazo largo, como cuando Alberto entró en San Alejo y supo que nunca volvería a ver a su madre. Creyó, incluso, volver a escuchar su corazón. Estaban frente al pozo; el mismo lugar en que Fabricio le había enseñado su primera oración en latín: el Salve. Y le dijo, no lo había olvidado, que en esta oración estaba contenida todo lo que necesita saber un mone fiel.

——En el Salve ——le había revelado—— está contenido todo el misterio de la salvación.

Qué extraño, pensaba ahora Alberto, haber creído que todo era tan simple. Que un himno de dos quintetos dodecasílabos pudiese contener toda la sabiduría que ofrece Dios. Ahora, Alberto pensaba más bien que el mundo era más amplio y complejo. 

——Necesito volver al trabajo ——dijo Fabricio. Cuando se fue, Alberto olisqueó el aire. Olía a naranjas. Pero volvió a ensimismarse, a rumiar aquello que lo estaba obsesionando desde hacía más de una semana. ¿Qué es un alquimista? La respuesta del rector no le había satisfecho. Había escuchado tantas cosas en torno a este misterio que cada vez la palabra le llamaba más la atención. Llegada la noche seguía preguntándoselo. Mañana vendrían por él. Seguramente no iba a dormir.

En cuanto a Fabricio, aquella tarde se fue por el camino de las naranjas. Y había tratado de ponerse en paz, pero le costaba trabajo concentrarse incluso en tareas tan simples como la de aquella tarde: podar la hierba. Se encontró a sí mismo pensando en que sólo había una cosa que deseaba hacer: entregarse a una suerte de vicio contra el cuál ya lo había prevenido su confesor. Me he apegado demasiado a Alberto, pensó. Y a pesar de mi mismo. Debí haber reconocido, mucho antes el espíritu de este hermano insensato en el que todos los otros reconocen el orgullo del hombre nuevo que está poblando la ciudad. Era, ¿cómo decirlo? Una clase de hombre que creía más en el diablo que en Dios. Se entregaba a la naturaleza y no al espíritu, a la materia y no a la forma. Sin querer, Fabricio arrancó junto con la mala hierba un árbol que el hermano jardinero le había pedido expresamente que respetara. Fabricio se levantó de mal humor. Dejó las herramientas y se fue por el camino de tierra roja. ¿Lo regañarían? Él iba a decir que se sentía mal. Y era cierto. Caminó por os senderos flanqueados de pinos de Roma en los que solía perderse para rezar. Pero tampoco pudo rezar. Más que haber arrancado el árbol, le molestaba pensar que Alberto, su amigo, había sucumbido a la superchería de este siglo perverso. Con su padre, Fabricio había viajado por el norte de Europa antes de entrar al monasterio. En aquel Sacro Imperio Romano que aún consideraba su patria había escuchado toda clase de historias bizarras, llenas de imaginación y paganismo. Las brujas, por ejemplo. Durante siglos, el magisterio había enseñado que estos seres eran solo producto de la imaginación calenturienta. Se había pronunciado, incluso, un breve que declaraba anatema creer en la existencia de las brujas. Pero recientemente el papa había leído el Malleos Maleficarum de esos dos alemanes a quienes Fabricio se resistía a reconocer como hermanos o compatriotas. Heinrich Kramer y Jacob Sprenger reiniciaron la persecución de un mal que parecía haber sido arrancado como la mala hierba doscientos años atrás, cuando se declaró cerrada la Cruzada contra los cátaros. Recordar este hecho volvió a producirle el deseo seco de encerrarse en su celda y entregarse al único placer que realmente lo consolaba. Porque Fabricio no era uno de esos monjes que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, no, estaba convencido de que la cristiandad se había puesto en peligro con el fin de la última cruzada, con la muerte del último niño peregrino. Cuando Europa, insensata, abandonó el espíritu de Bernardo de Claraval y decidió evadir la obligación santa de esparcir por todo el mundo la cristiandad. Con el fin de los templarios, pensó, comenzó la decadencia. Por eso eran tan necesarias las reformas que estaba realizando el abad. Más respeto por la autoridad; más pobreza, más rezo. Y más guerra. Contra el diablo aquí adentro y contra el diablo en el mundo. Pero tú, Fabricio, no respetas la orden que, a través de tu confesor, te ha dado el Altísimo. Y sigues leyendo esos libros que te producen tanto placer. Y sí. Ahora mismo lo único que quería era ir a su celda, cerrar la puerta y extraer de un zurrón bajo la cama aquellos manuscritos. Pronunció la jaculatoria: Señor, ven pronto en mi auxilio. Y trató de rezar (primer misterio doloroso), pero siglo perverso, se dijo. En lugar de darse paz, la idea de rezar un Rosario lo hizo sufrir al enfrentarlo con el horror de aquel día: su incapacidad para concentrarse, la despedida, el deseo de volver a introducirse en la fantasía de sus libros. Sintió asco de sí mismo, pero creció aún más el cosquilleo, el deseo que, sabía bien, no iba a dejarlo en paz hasta que, por fin, lo consumara: leer la historia de Artús hasta quedar dormido. Y soñar con Parsifal y Merlín. Y los traidores, Ginebra y Lancelot. El sol se había puesto rojizo. Sería una tarde fresca, pero Fabricio caminaba angustiado, como si tuviese calor. Tocó en su pecho el dije de liquidámbar que su padre le había regalado cuando lo entregó al claustro. Lo arrancó y creyó saber, por fin, que haría con él. Con este die y con todo lo que lo arrastrara lejos de la disciplina y el respeto a la Ley: abandonarlo. Dejarlo atrás. Pero, pensaba, quiero leer esta historia. Una vez. Sólo una vez más. Generación perversa, se iba diciendo furioso contra los libros, contra el mundo y contra sí mismo, siglo de religiosos frívolos que leen a Ficinio y al Arentino. Roma se ha convertido en un lupanar. En todos lados se asesinan los unos a los otros. En Génova los Doria, los Fieschi y los Fregoso se meten cuchillos en la espalda o se envenenan. En Pisa y en Florencia, los Medici y los Pazzi. No es ya la Providencia quien gobierna la historia, No. Es el hombre mismo. Siglo perverso, siglo corrupto del humanismo. Italia ha pasado de las ciudades a las señorías y de las señorías a los principados. Pronto, como los judíos de El Libro, querrán un reino. 

Llegó a su celda.

——Ya ni siquiera ——dijo en voz alta, sintiendo por fin la comodidad de su cuarto—— la guerra es como antes. Los príncipes se han rodeados de mercenarios ——lanzó una expresión de despreció——. ¡Claro! ¿Para qué dejar al azar una batalla si se puede comprar el valor de un condotiero? ¡El imperio y la iglesia se están pudriendo!

¿Y tú Fabricio? La cuestión le golpeó el pecho y la mente. Miró en su mano el die que se había arrancado del pecho. La colocó sobre el escritorio. Así había que hacer. Había que dejarlo todo. Poco a poco comenzó a sentirse tranquilo. Supo que, por fin, tendría la fuerza para decir adiós a sus apegos. Extrajo los libros de caballería del jubón y los puso junto a su dije, sobre la mesa. Se veían tan inocentes. Eran tres volúmenes que contenían la historia del nacimiento de Merlín y la muerte de Arturo. Pero ellos contienen el germen de este siglo, el humanismo y sus apegos. Doscientos años atrás algún hermano insensato los había salvado de la hoguera a la que, con toda justicia los condenó Santo Domingo. Y los había traído a San Alejo. Para que él los encontrara limpiando. Para tentarlo a él. Sólo a él. 

––Los libros son personas ——murmuró Fabricio——. Y, claro, las hay que, aún cuando las amas, te corrompen. Debo decirles adiós. 

Se lanzó sobre la cama. Decidió que, a la mañana siguiente iría y entregaría estos libros al hermano bibliotecario. En cuanto al dije. Sabía ya lo que tenía que hacer. Y él, a partir del día en que partiera Alberto se entregaría por fin a la absoluta sencillez del espíritu. No leería ya otra cosa que no fuese El Libro de Dios. No pensaría ya en otra cosa que no fuese en los santos y Jesús y su Santa Madre. Por fin pudo rezar. Y rezando se quedó dormido. Fabricio soñó con aquellos libros que eran personas y le susurraban al oído historias de honor antiguo. En sus sueños, Fabricio se vio a si mismo mezclado en las intrigas de Láncelot y Ginebra. Miró también a Alberto a quien confundió con Gawain. Y él, Fabricio, vestido como un payaso, era Parsifal. Y se lanzó a correr por el sendero de las naranjas. Pero se abrió la tierra y lo devoró y él, lejos de asustarse, en el abismo del adiós a sí mismo pudo, por fin, ver el Grial.

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