or. Yo corría con una pierna rota. Estaba sangrando, corrí hacia la plaza de la mezquita y ahí, bajo los muros azules inscrito en oro decía la verdad: Tu morirás, Mohamed. Ellos también morirán, sólo El Altísimo no morirá. Me detuve en el estupor del entendimiento y atrapado entre la verdad y el mago que bailaba con la serpiente me sostuve sobre la sangre que salía de mí. Un grupo de niños miraba el acto del encantador de serpientes, los más sonrientes comentaban, reían y lanzaban monedas. Yo miraba con devoción y supe que me estaba desangrando. Detrás del muchacho un viejo tocó la zampoña.
¿Para qué qué? ¿para qué corres? ¿Para qué tanto afán? Absorto dijo:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te entregaré mi vida si me sacas de este lugar.
No sucedió nada. El niño, el encantador de serpientes seguía su baile y Farid miró su reflejo en el charco de sangre.
¿Para qué? En el éxtasis de sentirse desfallecer, miró delante suyo Chipre y Venecia, Roma y una ciudad muy blanca. Atrapado entre lo pequeño y lo grande, entre lo sutil y lo descomunal, creyó mirar una ciudad de casas blancas y una voluntad que lo atrapaba frente a ese niño desnudo como un pequeño dios vestido con un doloroso traje de tiempo. ¿Para qué? El encantador cogió la serpiente y la hizo dar vueltas por encima de su cabeza. Se miraron. Farid y el encantador de serpientes. Había algo puro en esa mirada. Sucumbió a la desnudez y desvestido de tiempo, se desmayó.
Tienen la mano manpunto de desmayarse de asco y vergüenza porque la túnica le mancho la mano de sangre.
Un viejo toca la zampoña detrás del encantador. El auditorio aplaude las suertes del mago. Un discreto río de sangre corre por las piernas del santo y el asesino: Farid y Farid eran entonces dos niños que no saben que huyen, y no saben de qué.
Pero huyen, es cierto. Los ha detenido, en la visión de los ojos del encantador un contundente “para qué” ¿Para qué correr si van a atraparnos? Amado mío, es inútil. Vienen por él y por mí. No hay voluntad que mueva las piernas a lanzarse a la carrera cuando miras los ojos del encantador de serpientes, ese acto suyo, baile entre el ángel y el monstruo, entre lo sutil y lo descomunal.
¿Sufrías Farid? Sí. Me dolían los testículos, las viseras y el orgullo, contestó el asesino. El orgullo. El dolor le dijo Farid, el santo, es la única forma de comunicación de Dios. ¡Va fanculo! Contestó Farid. Es la única, ¿si se comunicara con la belleza quien podría comprenderlo? ¿Si se comunicara con la inteligencia o con la voluntad, quién podría comprenderlo? Se comunica, Farid, con esta única cicatriz que, cuando somos niños, nos marca: ¿Vas a morir? Sí. Tu también morirás, él también morirá. Sólo el Altísimo no morirá. Esta es la única cicatriz, amado mío, todas las otras; incluso la cicatriz de la castración, todas las otras no son más que arañazos. ¡Va fanculo! Contestará el asesino. Muchos años después, ya en México Tenochtitlan.
Y a pesar de que tenía roto el tobillo, a pesar de que comencé a sangrar, caminé lo más rápido que pude. Me recargaba en las paredes y subí un empedrado. Había comenzado a atardecer y más que dolor había en mí la entereza de saber que adelante encontraría algo, no sabía qué. Algo que me regresaría al monasterio. Escuché gritos marciales. Instrumentos. El paso de soldados otomanos. La gente cierra ventanas y balcones. Me había perdido en un caserío, pero seguí el sonido de una zampoña. Los callejones se vuelven estrechos, aparecí en un huerto de aromas dulces. Hay flores que piso cojeando, camino por entre los olivares hasta que aparecí en una calle que llevaba a lo más alto de la ciudad. Subí. El sonido de aquel instrumento se hacía cada vez más claro.
El encantador alcanzó a ver al mercador llevándose al esclavo. Paulo lo llevó arrastrando, pero cuando vio que tenía rota la pierna, lo cargó. “Cómo sangra”, pensó. Lo llevó sintiendo una extraña ternura cuando Eneas se recostó en su pecho. Todavía escuchaba Eneas el “para qué”.
El genovés lo tomó de la mano. Caminó arrastrándolo.
El mercader y el niño cruzaron la plaza, se perdieron por las calles de la ciudad.
la plaza azul frente a la mezquita. , entre el árbol y el minarete.
los muros que en la plaza dicen: yo moriré Mohamed, tú también morirás.
Corría de un hombre y dolía y daba vergüenza sentirse
castrado. El filo de los cuchillos era todavía la misma voz
aguda que infla ahora la catedral. Corría y en ese correr sin
rumbo por las calles del barrio de los judíos y los
genoveses, se fue haciendo cicatrices. Era un niño, se había
visto en los reflejos, era un niño. No sabe más.
Y al encantador de serpientes, Farid lo soñaba. Despertaba
con dolor en el cuerpo, como si hubiese sido violado. Como si
hubiese tenido que arrancarse la piel. Roma se calla.
Encontró al Encantador de Serpientes como podría haber
encontrado a La Virgen de los peregrinos, en una calle de
Roma, en cualquierparte.
El encantador, bailaba y alguien tocó las campanas. La
desnudez y el ofidio. Los niños enfermos en el hospital
miraban el truco. Farid también. Contempló con los ojos muy
abiertos y recordó hace muchos años la inscripción en una
meztuida: tu morirás, Alá, tú también morirás.
No había tiempo de preguntarse ¿cómo vine a parar aquí? El
olor del río, las gaviotas que gritan y los pájaros, miles de
pájaros vuelan en parvadas sobre la ciudad de Roma. El
ladrido de los perros y los niños que se bañan en las aguas
verdes de unrío putrefacto. Muchos años después, en México
Tenochtitlan, Farid Ángel habría de recordar el camino que lo
trajo por segunda vez hasta Roma, hasta el Encantador de
Serpientes. Habría de recordar entonces su verdadero nombre y
las razones por las que fue puesto aquí, en La isla tiberina,
la isla de las transormaciones, para ser arrojado en el
mundo.
Le dolían los testículos. Era un niño y creía saber o sabía,
que su nombre es Farid. En su camino por el puente Fabricio
ha dejado un filito de sangre. Farid, quince años, delgado,
imagen de niño del antiguo testamento. Músculos pegados al
hueso y manos de quien enciende fogatas. Se detuvo porque era
inevitable. Correr ¿para qué? Eres un esclavo. Se detuvo
frente al encantador de serpientes en la isla de Jano. La
isla profana en la ciudad santa. ¿Para qué? Van a llevarte.
No hay nada que hacer. Se detuvo asombrado, como quien se ve
golpeado por una droga o un alcohol muy fuerte. Escapó de la
memoria y la imagen le regaló aire, tacto. Pies aquí, al
inicio del tiempo y el niño baila con la serpiente. Dios se
desviste de nada y cae el velo de nada. El encantador viste
un traje det tiempo, muy delgado y duele cada por qué, para
qué.
La pared de la masjid, parecía edificada por el dios del río
con enormes bloques de turquesa que encontró cuando vagaba
por la caverna. Paredes de gigante. Arriba, muy lejos del
salto del niño estaba incrustado en oro: Tú morirás, Oh
Mohammed, y ellos también morirán.
Junto a la pared, El encantador de serpientes, un niño
apenas, bailaba con la víbora más monstruosa que has visto.
Junto al encantador, un viejo tocaba la tonada que hipnotiza.
Un destacamento de soldados otomanos miraba sobre el
suelo, al acto mágico. Como Farid estaba de espaldas al
encantador, pareciera incluso, que los soldados se admiraran
del frente desnudo del hechicero.
Se detuvo asombrado. Fue un golpe seco el que lo
detuvo.
El mago era un muchacho también, casi un niño que debe
haber tenido la edad de Farid, trece o catorce años. Se
encontraron sin querer. Farid buscaba el camino que sale de
Damasco hacia el desierto.
¿Qué vine a hacer a esta ciudad? Venía preguntándose.
Muchos años después, en México Tenochtitlan, Farid habrá de
recordar qué hacía ahí, habrá de recordar, incluso, su
verdadero nombre y la cicatriz única que lo arrojó fuera de
casa. Habrá de recordarlo todo con el mismo asombro que aquí,
delante del encantador lo petrifica y lo vuelve niño que abre
la boca, detiene la carrera y atiende.
No tiene idea de qué hace en Damasco, ni conoce la
salida hacia el desierto ni sabe por qué huye tan agitado ni
por qué le duelen tanto los testículos que ya no puede
moverse. Farid, catorce años, piel suave de olores
agridulces, mulato de ojos verdes, sólo sabe aquí lo
inevitable: Vienen por mí. Van a encontrarte, Farid. ¿Para
qué corres?
A todo lo que se dice, esa voluntad detrás de cualquier
pensamiento le entrega un ¿para qué? que le resuena en el
cuerpo y lo detiene aquí, insensible frente al niño que baila
con una serpiente. Farid no tiene antes. Está detenido frente
al inicio de la memoria, al principio de todo tiempo. Aquí
comienza él, en un baile de niño y serpiente que Dios —que se
esfuma por todas partes— colocó en una esquina de Damasco,
por el puro arte de su voluntad incomprensible.
Farid y el encantador se miran un instante. El muchacho
vuelve al trabajo con la serpiente y a Farid un calor le sube
las piernas: millones de hormigas de diminutos pies le arden
sobre la piel y es un amor lo que le sube hasta el pecho
donde hay asombro de sentirse tan querido si hay tanto dolor.
Uno quisiera quedarse aquí toda la vida, en éxtasis:
contemplando y compadeciendo. Farid sucumbe como la multitud,
como la serpiente, como todos en la plaza frente a la
desnudez del encantador que entrega su cuerpo y no hay
serpiente que resista su piel.
Esto está al principio de toda la memoria de Farid, un
baile de niño y serpiente, orden que mana del caos y no tiene
sentido tratar de recordar qué hay más allá por que no hay
tiempo detrás del tiempo ni memoria detrás de la memoria de
El italiano que busca a Farid en las calles de la ciudad, se
abre paso entre la gente y sube hacia la plaza del minarete
azul.
Justo antes de volver a su verdadero nombre, Farid recordará
al niño desnudo, de espaldas a Farid en la plaza de la
mezquita. El muro es alto, en él está escrito en letras de
oro: Tú morirás, Mohammed. Ellos también morirán..
Junto al encantador y la serpiente hay un hombre que
toca la flauta. La boa sube por las piernas del muchacho, se
le enreda en el cuerpo. Lo abraza y se miran como si fueran a
besarse. El encantador manipula con gracia el miedo que en
las pesadillas de Farid se transfigura en reptiles que
engullen recién nacidos. Es tan clara la imagen que el ruido
se calla. Se callan los gritos detrás de las ventanas, el
olor a cordero y oliva; se callan las telas que cuelgan sobre
los callejones y el agua que arrastra mierda en las acequias.
Se calla el mercado y la gente se calla. Se callan las
fuentes, la calle, la estatua, la madera que arde junto al
mendigo. Farid mira y se calla. Calla el minarete, la voz que
quedo suspendida flotando sobre el minarete y el recuerdo del
sabor a dulce de azúcar y granada se calla. Se calla el
jardín más allá de los muros. La piedra, el deseo de ser
otro, la envidia y el miedo.
Farid se ve en el encantador. Quisiera ser él. Poder así
bailar. Ha llorado, lo sabe por que le arden los ojos. Sabe
también que está castrado. No es necesario tocarse, lo sabe y
el dolor que lo parte es la prueba. Esta es la realidad,
Farid, sabes que existes porque sabes la cicatriz. Y él
hubiera querido decir algo, exclamar algún asombro frente al
encantador, pero, aunque abrió la boca, no dijo nada.
Cesa la voz, cesa la música. Sólo el movimiento no cesa.
No cesa la danza que en este lugar de Damasco es pilar sobre
el que se sostiene toda su memoria, no cesa el instante que
alumbra más tarde la música que te sale de la garganta, el
arte que viene a presencia cuando caos y orden, encantador y
serpiente bailan al ritmo que marca la armonía entre lo sutil
y lo descomunal.
Corría sin saber bien como pero frente a aquel muchacho se detuvo para ver a aquel niño que había visto otro tiempo que no podía saber. A los pies del mago había un tapete rojo tejido a base de rezos. Un círculo de niños y soldados miraban el acto del encantador. Eneas se sostenía también sobre un tapete rojo. Era su sangre. Sonrió devoto. Detrás del mago, un viejo tocaba un instrumento indígena. El muchacho comenzó a transformarse. Era un dios que besaba a la serpiente y envenenado le crecían dos alas y se echaba a volar. Volaba ligero y Eneas lo miró surcar los cielos rosas de Tenochtitlan cuando atardece. Aquel domingo de Pentecostés, en el principio que lo llevaba hasta la Jerusalén celeste, Eneas se encontró otra vez con el encantador de serpientes y supo que lo que más convenía a su vida era detenerse ahí, en este principio de la edad adulta, en este separarse del niño y del griego.
—¿Para qué? —murmuró—. Y supo que era una bendición haber perdido la memoria y no recordar cómo llegó hasta aquí. Supo sin embargo que era inmortal, que se llamaba Eneas y que había hecho un largo viaje desde Troya hasta Jerusalén para convertirse en un caballero andante que busca el lugar donde muere el sol.
Farid se encontró con el extranjero en la plaza. Le habló de las ciudades de oriente. Se imaginó que era hermoso el sultán, pero que más hermoso sería su caballo. Durmieron la siesta. Pablo lo llevó a un hammam. Farid se sentía extasiado y pensó que en cualquier momento entraría una hermosa muchacha a hacerle el amor. Una sensación de nostalgia. El genovés lo bebió a sorbos.
Farid se sintió extrañado y se perdió en el sonido de las gotas. El deseo, el sentimiento. El cantante se acostó desnudo sobre el mármol.
—No tienes ninguna cicatriz —dijo Paulo—. No sabes quién soy ¿verdad?
Extrañado, Farid pensó que tal vez lo reconocía. Era una sensación muy extraña. Trajeron un te y Paulo le dio un beso ambiguo un beso que no era ni de amigos ni de amantes.
—¿Quién eres? —preguntó.
En el espejo, Farid no se reconoció. Reconoció la Jerusalén del este y la Jerusalén del cielo. Todos los recuerdos de aquel día extraño. Farid supo que el italiano lo había drogado.
—Regálame una manzana verde —le dijo.
—Así lo ha querido Dios.
Paulo sacó una manzana de su toga y le dijo:
—Siempre te gustaron las manzanas verdes. También al caballo del sultán le gustan las manzanas verdes.
Así mueren los que son como yo pensó Farid cuando se desvaneció sobre la mesa de mármol.
—Haces bien en asesinarme.
Justo es alabarte pensó Farid el día que miró algo de sutil y descomunal. La sombra se hizo clara y Farid vio a aquel muchacho que había conocido hacia tantos años. Giraba lenta por las axilas le murmuraba cosas siniestras con la delicadeza de un rezo o una promesa de amor.
Hizo el primer golpe. Escuchó la música que había escuchado con el maestro Brendan. Era una voz agudísima, el salmo más fuerte y poderoso del libro sagrado. El dolor le recordó una tarde y recordó el futuro, se vio llegando hasta el final del mundo.
Farid supo que lo único digno era dejar de vivir.
Se vio frente al leteo y dijo
La multitud vio al hombre llevándose al griego y vieron que cuando el maestro de música descubrió que su alumno tenía la pierna rota, lo cargó. “Cómo sangra, va a morir”, A nuestro paso, en Damasco, la gente se abría y bajaba la cabeza, un poco sí, como cuando en la procesión del Corpus Christi la gente se abre y reverencia la irrupción en el tiempo de Nuestro Señor que es eterno. No digo, no me malentienda, que vieran en mí a un santo o a un iluminado. Sentían sin embargo, excelencia, la detresse de quien ha sido vencido en una batalla desigual. Se estaba desangrando, pero no tenía ni dolor ni miedo. Se había quedad congelado sobre la piedra, convencido de que no había respuesta y aún así volvió a preguntar:—¿Para qué? Entonces recordó el sueño. “Sólo el Altísimo no morirá.” Se detuvo porque había encontrado a un músico en la calle que tocaba la misma canción.Supo que aquella vez que había visto a Alexander era una premonición. Comenzó a desangrarse y pensó que moriría. Se quedó clavado en el suelo con los ojos negros mirando al músico. Galaad murmuró: ¿Para qué? Sintió frío. Apenas entonces se dio cuenta de que estaba sangrando. De que se había parado sobre un charco de su propia sangre. Había sido un error dejar aquella habitación en que se vivía tan cómodo. ¿Para qué corres? —Pensó por tercera vez. Había sido un error
La asombrosa escena le impidió preguntarse cómo había llegado allí. La imagen, la
música, los olores de Damasco, cada sonido y sensación en su piel acallaron todos sus pensamientos. El encantador lo miró con sus ojos violetas, y él supo que esa sensación, que lo invadía en cualquier momento y lugar, desaparecería.
Muchos años después, en México Tenochtitlan, antes de huir hacia Veracruz, Farid Ángel recordaría cómo llegó allí, frente a aquel niño en aquella plaza de Damasco. Recordaría el nombre que su madre le había dado cuando era niña, pero en Roma, en la carta que escribió al Arzobispo de Nueva España, decidió no mencionarlo. Tampoco mencionó que recordar su nombre de infiel le abrió la cicatriz.
A medida que la oscuridad se cernía sobre aquel lugar remoto, en el centro del mundo, algo en el interior de Farid comenzó a crecer. No era un crecimiento físico, ya que él nunca había crecido de esa manera. Era más bien el niño que llevaba dentro, el que empezaba a desvanecerse, y en ese momento, se preguntó: “¿Para qué?”.
Las enormes paredes de la mezquita parecían haber sido construidas por el dios del río, con bloques de turquesa que había encontrado durante sus andanzas por la caverna. Eran paredes de gigantes.
Farid deseaba quedarse allí, enamorado de aquel niño capaz de controlar a una serpiente y entregándole su corazón. Sin embargo, sabía que no tenía tiempo, ya que continuaba su camino hacia la ciudad de los extraños personajes autodenominados “puros” y seguidores de Jesús. Sentado junto a Farid estaba el griego, quien tomó su mano e invitó a Farid a sentarse. Absorto en la danza, Farid creyó comprender todo lo que su madre le había contado antes de abandonar la tribu del Señor de la Guerra. En medio de su ensimismamiento, pareció entender que la danza representaba el encuentro entre lo sutil y lo descomunal.
Por eso, Farid pronunció estas palabras:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te entrego mi vida si me sacas de este lugar.
Era la tercera vez que pronunciaba ese juramento. Y, de manera extraña, en ese momento Farid no creía en Cristo. Ni siquiera estaba seguro de por qué lo había dicho. Desde que tenía memoria, había sido devoto del único dios que su madre le enseñó: la Luna, el dios que todo lo movía y sabía cambiar. Sin embargo, al pronunciar el juramento por tercera vez, todo pareció llenarse de silencio: las telas colgando de los balcones, el sonido de la zampoña, el aroma de las acequias y el dolor en sus pies después de tanto caminar. Absorto y confundido entre el mundo celestial y el terrenal, en un estado de éxtasis, Farid creyó ver cómo el Encantador de Serpientes abría la puerta a un mundo fantástico, donde demonios y huríes danzaban al ritmo de su respiración. Sobre él se alzaba una ciudad más amplia y hermosa que Damasco, una ciudad donde descubriría el propósito del mundo.
Muchos años después, en las selvas de México, Farid le contó a Cristóbal que aquel acto del encantador de serpientes le había fascinado porque le había dado un sentido al propósito de la vida. Había detenido el constante preguntarse “para qué”: para qué corría, para qué vivía, para qué se esforzaba en encontrar un sentido. El vínculo entre el niño y la serpiente parecía estar impregnado de un amor puro. Farid entregaba su vida y la serpiente devoraba todas sus pesadillas. Ya no tenía sentido seguir afanándose.
El genovés se inclina frente a Farid. No tengas miedo.
Te traje estas abarcas. Farid levanta un pie e introduce muy
lentamente el pie en la sandalia. ¿Quién es este hombre? Un
aroma, una mujer que afila cuchillos. Esto también es para
tí, dice el genovés. El hombre le pone sobre los hombros una
tela verda. Se siente bien. Le llega hasta las rodillas. Ven
conmigo. Prometo que no voy a dañarte. Vamos a Roma
¿entiendes? El niño trata de correr. Cazzo di merda, fanculo.
El genovés arroja al niño contra el suelo. Rojo. El
encantador de serpientes da vueltas en su cabeza. La imagen,
la música, el deseo, las piernas, la serpiente, Damasco, una
mujer, el olor de un caldero, la hierba, Rashid. Es un mareo
que le revuelve el estómago. El niño vomita un moco blanco de
mocos y lágrimas y sangre. La herida duele en los testículos.
No quiero hacerte daño, ¿me entiendes? No. ¿Qué ibas a hacer?
¿Ibas a mendigar? ¿Quién iba a quererte? Prometo que si
vienes ahora, no voy a castigarte. Ah, está bien, no pasa
nada. Es Cósimo. Pobre Cósimo. Siempre tiene problemas.
Siempre en problemas ¿Eh Cósimo? Va fanculo. Los muchachos
ríen y se van por la calle. La gente sigue caminando. Qué
trabajo de mierda. Cósimo toma a Farid por la cintura y lo
incorpora. Un calor le quema a Farid los testículos está
orinándose de miedo. Dale un par de azotes, ¿eh Cósimo? Gente
de mierda. Ven. Cósimo cubre a Farid que ahora, con los
pantalones mojados, siente más vergüenza que miedo. Vamos al
puerto. El niño asiente. Le entrega la mano.
En la plaza azul, el niño esclavo, Farid y el niño que
encantaba la serpiente, se miraron. A Farid le subió por las
piernas un placer caluroso. Millones de hormigas de pies
diminutos parecían irle quemando la piel. Dolía, todo ese
amor en este sitio, impropio o inesperado. Ojos con ojos. Se callan los ruidos, se callan los gritos detrás de las ventanas, el olor del cordero y la oliva. Se callan las telas que colgaban en los balcones. Se calla el mercado y el agua de las acequias. Se calla la fuente y la estatua del sultán; la madera que cruje en
un fuego junto al mendigo. Farid mira al encantador y se calla. Calla la voz que baja del minarete, el rezo de Alá quedó suspendido sobre Damasco. Se calla el perro y el sabor a dulce de granada y azúcar; el jardín y el miedo. Se seca el reguero de sangre que Farid ha ido dejando.
En el estupor
cerró los ojos. Muy fuerte los cerró y dijo: Altísimo
Jesucristo, creo en ti. O tal vez no. Tal vez no creo, pero
verdaderamente, con todas mis fuerzas a partir de ahora mismo
te ofrezco que creeré siempre en ti. Sácame de este lugar.
En la tarde eran ya dos bárbaros del desierto. Se echaron bajo el minarete en el templo de Júpiter. Farid metió la mano en el cuerpo y se olió los dedos. Le gustaba su olor. Era dulce.
Durmieron un rato. Farid despertó con un grito de su madre.
Los soldados turcos otra vez.
El jefe de los soldados ríe: Tranquila, madre, que no te voy a comer.
Jamil no quería morir empalada. No pueden dormir aquí.
Durante varios días había estado bajo los efectos de aquella droga. ¿Habrá sido eso? Tal vez. Había olvidado por completo aquel juramento. Ahora el capón, el castrado no llegaría nunca a la pubertad. Nunca le cambiaría su voz. Lo venderían para trabajar en algún serallo, Se metió una hierba entre los dientes. Aquel Dios al que había jurado se lo había recordado este día. Era Él. ¿O no? Ahora que había recordado. Aquella voz la había escuchado otras veces. Y el Dios altísimo al que había invocado, al Dios de sus captores, al Dios de aquella mujer que lo había castrado parecía haber estado callado todo aquel tiempo.
Le pareció graciosa la idea de que ahora que tenía veinte años y que su amo Jorge le había enseñado que la historia de Jesucristo era una patraña. Justo en ese momento sintiera semejante amor por ese hombre que se hacía mismo uno con Dios. Lo milagroso de aquel día era esto: que las imágenes que antes le habían parecido horribles ahora podía contemplarlas con la misma paz con la cual, al levantarse, había visto hacia el jardín y a la ciudad. Rashid, su hermano desangrándose en la mesa de junto, la vieja que lo acariciaba y decía en el idioma del desierto, mejor así.
Mashallah así lo quieren Alá y Jesucristo y los hombres. Y en la comparación entre una y otra divinidades, de pronto le pareció evidente la realidad de Jesucristo. Pues, ¿quién aspira a ser amado por un dios omnipotente? En cambio por la imagen de este Dios que sufre, este Dios que reclina la cabeza y muere luego de lanzar un alarido. Este Dios que sufre parece ser el único capaz de comunicarlo con todo, con el jardín y la madreselva, con la ciudad, con la música a lo lejos. Era un Dios en el que, en efecto, uno podía recostarse en el pecho y escuchar su corazón. El Dios que sufre, pensó, es el único camino para comunicarse con toda la creación. Porque no es por la inteligencia o la belleza que nos entendemos las criaturas. Es por el sufrimiento. El de este Dios que tuvo que desvestirse de divinidad para vestirse de tiempo.
Pero no era aquella vez, ahora lo recordaba, la primera vez que había escuchado aquella voz dentro de sí. No era una voz grave o autoritaria. Era una voz gentil. Volvió a despertar en una carreta. Junto a él caminaba un muchacho veneciano. Como el que había visto hacía unos momentos en el jardín conversando con Isabel y doña Inés. La carreta se movía por caminos que él no había visto nunca. Llegaron hasta una torre vieja en una ciudad que nunca había visto, sólo en sueños. Y fue llevado hasta lo alto de un farallón desde el que podía verse el mar. Y Farid que no lo había visto nunca, lo contempló fuera de la ventana y volvió a dormirse. ¿Por qué lo recordaba ahora de modo tan claro? ¿Por qué justamente ese día? Todo ese azul que se confundía con el cielo le había producido una extraña curiosidad que poco a poco parecía hacerlo sentir mejor. Ahora sabe que había sido llevado a Chipre. Más tarde había sido llevado hasta lo alto de los montes de Troodos.
Volví al torreón donde el médico otomano me había cuidado. Lo encontré triste. Se levantó, como si hubiera estado esperando a un hijo. El mercader me arrojó a la habitación, pero yo no caí. Me abrazó. Tenía una venda alrededor de la cabeza y las mejillas amoratadas. Lo habían golpeado. Sin asomo de resentimiento me dijo que había perdido dos dientes por haberme dejado escapar y yo le contesté, drogado todavía que había querido volar hasta un hermoso muchacho que encanta a una serpiente en el centro de la ciudad. Él me dijo que lo conocía, me pidió que me sentara junto a él y con la delicadeza de un joven que desnuda a su novia el día de la boda me ató a la cama, me tocó la cara, me revolvió el cabello y me regaló una manzana verde. La recibí como prueba de un amor sincero. Me vio comerla y me preguntó consternado que si sentía que no me había cuidado bien. No respondí. Estaba confundido, pero el sabor de la manzana verde parecía quitarme la sombra de los venenos que oscurecían mis pensamientos. Hay una sola cicatriz, me dijo, sólo una, saber que vamos a morir, todas las otras son arañazos. Tenía razón. Me tendí para mirar el techo y entregarme a los sonidos de la mañana y de la noche en aquella cómoda habitación en que el otomano me cuidaba para que no se volviera a abrir la herida. Tenía razón. Eso, saber que moriremos, era la única cicatriz, todas las otras, aún la cicatriz de la castración era sólo un arañazo. Cuando estaba a punto de salir, el otomano me hizo una petición que he guardado desde entonces, me dijo que fuese cristiano o musulmán rezara para salvar el alma de ese pobre médico que había terminado trabajando para el mercader de esclavos.
Aquí comienza su historia. No hay nada antes; nada detrás, aunque muchos años después recordaría cómo llegó frente al Encantador de serpientes, el camino en el desierto; el escape de los vendedores de esclavos, como se detuvo aquí, y comenzó a olvidarlo todo.
El Encantador de serpientes baila con este reptil que asciende desde el suelo, sube por entre sus piernas, sube hasta el pecho y lo abraza, se le enreda en el cuello, lo huele, como si quisiera saber sus secretos. Le murmura en las orejas, cosas; le besa la boca. Farid lo mira y todo se calla. Las telas que cuelgan de los balcones se callan, el olor de las acequias, el canto del muhedín. “¿Qué sentido tiene correr?” se dijo. Ahí se detuvo, absorto, frente a el Encantador, absorto en el umbral entre la ciudad y el desierto.
A los pies del Encantador de Serpientes, el sol de las siete de la mañana acuchilla los charcos. Sobre esa superficie, Farid miró, confundido entre el arriba y el abajo, en el éxtasis de estarse desangrando, ángeles cruzando las nubes, huríes bailando en otra ciudad, reflejo de Damasco; miró en otra ciudad más brillante todavía que Damasco, a un muchacho bailando con otra serpiente desde el inicio del tiempo. Uno que se desvestía de nada y sangraba al vestirse de tiempo. La serpiente lo miraba a los ojos más allá de todo, extasiada también, como este niño, que aquí, en el mundo de todos los días mira, confundiendo el arriba y el abajo, en la frontera entre la ciudad y el desierto, el baile de lo sutil con lo descomunal.
Sobre los escombros de su memoria, Farid todavía pudo murmurar: “Altísimo Jesucristo, creo en ti… o tal vez no, tal vez no creo, pero te regalo mi vida si me sacas de este lugar”.
En cuento pronunció el juramento, Farid perdió el habla y quedó mudo. Aquí comienza su historia. No hay nada antes. Nada detrás.
En esta música compleja muy lejos de Farid que se soñaba subido sobre un risco, escuchó la voz de Jamil que lo apretaba contra su pecho, subiendo la colina para huir de los vendedores de esclavos. Sabía que la perseguirían por el camino seguro, era necesario adentrarse por lugares peligrosos que no seguiría el Señor de la Guerra cuyos gritos comenzaron a volverse cada vez más lejanos hasta que se perdieron a lo lejos o de esos ángeles que derrumban muros en el Antiguo Testamento.
Y el Rey Serpiente maldecía a Dios por haber dado a los hakemitas una voz, porque sabía lo que sucedería y sin embargo estaba atado al futuro. Así era la historia que Jamil le había contado, vino un ángel de Dios que le enseñó a los hombres a cantar y cada uno de ellos aprendió una hermosa melodía que, cuando la cantaban juntos sonaba todavía mejor. Era una melodía que ahora Jamil quien se había detenido a descansar en un oasis murmuraba en las orejas de su niño, era la melodía del misterio del más sagrado de los nombres de Dios.
Los hombres habían aprendido la canción y cuando los ejércitos del Rey Serpiente quisieron acabar con los hijos de Hakem y comenzaron a rodearlos fueron arrinconados contra la roca sobre la que cantaba Farid, uno a uno sus hermanos también comenzaron a cantar.
Los hakemistas pensaron que no volverían a escuchar nunca lo que el ángel les había revelado con aquellas heridas y comenzaron a cantar la canción que el ángel les enseñó. A la primera voz se le unió una segunda y a esta segunda, una por una la voz de todo el pueblo de Hakem. Las serpientes que se acercaban blandiendo escudos y cimitarras, se detuvieron absortas. Como en el estupor de la creación se detuvieron con las bocas abiertas, escuchando. Eran incapaces de romper el sonido de aquella música con un movimiento. Entonces uno de los héroes hakemitas se dio cuenta de que las serpientes no se moverían si decidían contraatacar. Se aproximaron a ellos y con sus propias armas les cortaron la garganta. A partir de aquel día, los hijos de Hakem no habían dejado de cantar.
Desperté, querido padre, escribió Farid, cuando sentí que me
faltaba el humo que me había salvado. No sé después de cuanto
tiempo. De un golpe volvió la angustia y uno de esos miedos
que parece el sonido de un bajo. Disculpe padre, que así se
lo escriba, pero busqué tocarme bajo la manta que me habían
arrojado para cubrir mis vergüenzas. Aunque el dolor había
desaparecido y aunque la cicatriz era discreta, miré un
finísimo hilo rojo que cosquilleaba ahí, al centro de mi
cuerpo y me hizo saber: es cierto.
Es cierto, Farid. Te castraron los europeos.
TERCER JURAMENTO FRENTE A EEDS Absorto frene al encantador de serpientes, era obvio, a Farid lo encontraron los mercaderes de esclavos.
——Ecco ti qua! ——dijo un Veneciano. Lo cogió por los pelos y lo echó a sus espaldas.
Farid pataleó un rato y luego, no hizo nada.
Fue en una carreta de mulas por veredas extrañas, con fiebre. Farid abría los ojos y veía junto a él una procesión y en la procesión, una cara conocida. Era Farid.
El Encantador de serpientes tiene enrollada sobre su cuerpo a una enorme boa. Frente a él, grupos de niños y cruzados árabes se han detenidos y sentados sobre el suelo miran el espectáculo. A la derecha del Encantador de serpientes, hay un hombre que toca una flauta al ritmo de la cual la boa se enrosca en el niño. El guía de la procesión de soldados se ríe al ver el espectáculo. Muestra sus dientes rotos. Ordena a uno de los guardias de los esclavos alguna cosa en árabe. El guardia grita una orden. Con un bastón hace que todos los esclavos se sienten tras el Encantador de serpientes quien continúa con el espectáculo. Los esclavos lo miran a sus espaldas. Cristóbal está fascinado, con la música y con el niño que domina aquella pitón más grande que él mismo. Así, visto detrás, con todos aquellos hombres y niños mirando al Encantador de serpientes, pareciera que serpiente y muchacho estuvieran enredados en un acto fálico, sexual.
El mercader lo cogió por los pelos y lo echó a sus espaldas.
Llevaron a Farid por caminos polvosos. Abrió los oj