os y levantó los hombros fumó de una pipa y fue la primera vez que yo sentí ese aroma picante, tan distinto al de los humos del médico otomano que alivió los dolores de la castración. Abajo había recomenzado la paliza y el muchacho rezaba que si se hicieran cálamos con todos los árboles de la Tierra y se hiciera tinta con toda el agua del mar y otros siete mares no se agotaría nunca la palabra de Alá. El mercader pelirrojo gritó desde la cubierta al capataz, le ordenó que no lastimara al muchacho porque después no serviría para trabajar y yo, como vi que aquel hombre parecía compasivo, le comenté lo que me habían dicho, que me había comprado la catedral de Sevilla y el pelirrojo corrigió. Me dijo que me había comprado la catedral de México Tenochtitlan. La capital del Nuevo Mundo. Después de un instante el tiempo se hizo gris y él, que tenía ganas de charlar me preguntó que si recordaba la castración. Le dije que sí y él, por alguna razón, se quitó la capa y me la puso sobre los hombros como si fuera yo una muchacha. Me la había regalado y como si ese pequeño hecho hubiese sido el preludio para desahogarse, me contó que algunos años atrás, en Flandes, había matado a un hombre. Me sorprendió escuchar eso. Aquel muchachito no parecía capaz de ninguna violencia. Sonrió y aunque no me dijo por qué lo había hecho, adiviné que había sido por una causa de honor. Imagino que estaba defendiendo a alguien. A su hermana tal vez. Quizás a su hermano. Tal vez por eso se enterneció conmigo y me regaló esa capa que aún conservo. Se había enrolado entre los mercaderes de esclavos para escapar de la inquisición. Como quien salta de un pecado hacia otro peor, comentó. Y ahora aquí, escuchando a aquel muchacho que rezaba en las bodegas del barco, me dijo, todo se le había vuelto nostalgia, lamentaba no tener a nadie, haberlo perdido todo por haber matado a un hombre. Se recargó en sus puños y en el atardecer pude imaginar que su cara estaba manchada de sangre. Y yo pensaba en ello y pensaba también en el lugar al que me había destinado el comercio de humanos. México. Tenochtitlan. No había forma de imaginar aquello. No hubiese habido forma de imaginar nada, ni el mar ni el camino de tierra roja en el que llegué a Damasco, no había forma de imaginar al Encantador de Serpientes ni la historia de Lucía Cornaro, la mujer que me había comprado. Cuando volvía al camarote, casi de inmediato me quedé dormido. Aún recuerdo que en esa época vivía drogado. Mi cuerpo, supongo, no había terminado de limpiarse de los humos del médico otomano.
Desperté de madrugada. Me había acostumbrado por completo al vaivén de la nao. Era otoño, el clima era templado y la luna se embarraba en la cubierta. Salí para ir a ver al muchacho que habían azotado aquella tarde, nadie me dijo nada. Y eso que el guardia me vio. Imaginé que me habían comprado para un serallo. Me senté en el último escalón de la bodega. Abajo estaban los esclavos del campo. Encadenados.
El barco iría a Italia porque estaban huyendo del turco. La reina de Chipre, decían, pronto se iría también. No podía caminara más allá del espejo donde se miraba y se enamoraba de sí, donde miraba curioso todos aquellos instrumentos musicales. Todas las tardes reconocía los pasos de Farid subiendo las escaleras. Le daba una sopa que sabía bien y le acariciaba la cabeza. ¿Lo había castrado? Farid había pedido al vendedor de esclavos a un muchacho capón porque le gustaba el sonido agudo de su voz. Lo odió. Por culpa de él había perdido el tiempo. Y muchos años después, sonriendo frente al río en Sevilla pensaba en lo estúpido de Alberto que imaginaba que no haber podido crecer, que permanecer siendo un muchacho toda la vida era una suerte de bendición.
Ahí desnudo frente al espejo en que se mostraba la realidad del futuro estaba todo lo que había muerto. La edad adulta, los hijos que nunca tendría, las mujeres que no podría amar, ahí escuchó por primera vez:
Altísimo Jesucristo.
Leí el nombre del barco que me trajo a Chipre y a Farías. Estaba escrito con caracteres latinos. Santa Lucía. Me alojaron en una habitación que me pareció casi tan confortable como la de aquel amable médico árabe que hizo todo lo posible por que recordase mi nombre y porque no sufriese los dolores de la castración. Sentí nostalgia. No sé todavía nostalgia de qué porque toda memoria alrededor de aquella torre y aquel puerto me llevan de una u otra forma al miedo de sentirme alejado de Dios, en un sitio oscuro y frío en el que, sin embargo, brillan los dientes blancos de aquel hombre barbado que me recibió una tarde con una manzana verde.
***
Pasan días de mareos y olor a vómito en la oscuridad de un
barco que todo el tiempo se mece. No hay pudor entre los
esclavos del desierto. No se ocultan para hacer necesidades
ni se quejan demasiado cuando vienen los europeos y con cubas
de agua los limpian como si fueran caballos. Todas las
mañanas los despierta el grito en la cubierta del barco.
Y todas las tardes, Farid y un grupo de buenos musulmanes se
juntan a rezar. Lo hacen si recuerdan, si el cansancio les da
permiso. Y entre Farid y Farid crece esa membrana delgada, un
amor muy flaco y resistente. Comienza a mantenerlos atados
más alla de sí mismos.
——Si se hicieran cálamos ——reza el mayor de los
esclavos—— con todos los árboles de la tierra. Y si el mar
fuera tinta. Siete mares no agotarían las palabras de Alá.
——Crearnos y resucitarnos a todos ——decía otro—— a Alá
le cuesta tanto como crear y resucitar a una sola persona.
Alá todo lo escucha, todo lo ve.
Así sucedieron nueve días.
Poco antes de llegar a Chipre. Farid despierta y mira a
Farid que se muerde las uñas, mira hacia la ventana y dice
algo, que se lamenta.
Es tarde. Afuera se escuchan las aves mediterráneas. El sol
es como aquella naranja que se comieron. Se mete por las
troneras, ilumina la piel de los esclavos con una luz
pegajosa y dulce.
——¡Qué misterioso es el altísimo! ——reza el más grande
de los esclavos.
Qué misterioso, es verdad. Piensa Farid. Ve a Farid
mirando hacia la ventana. Farid, ¿qué recuerda? Su pasado,
tal vez. Farid se siente entonces, tan tranquilo. Hay
felicidad en el hecho de no tener ningún recuerdo. Estoy
libre de todo pasado, se dice. No sé si hay quien me extrañe.
No quiero saberlo. En verdad que no me interesa. No extraño a
nadie, ni me interesa nada. Incluso, aunque no puedo querer
ser nada, eso quiero: Nada. Aparte de eso, hay en mí todo el
amor del mundo. Todo para ti, murmura y como si hubiera
escuchado, Farid despierta, deja de comerse las uñas y
sonríe.
Nos miramos. Y todo esto lo cuento, padre, pues aunque para
usted será una obviedad, a mí me parece todavía muy
sorprendente: incluso en las entrañas de ese barco, dos que
padecen, tienen la libertad de sentir en los ojos del otro,
confianza y una cierta ilusión de futuro.
——Ya vamos a llegar ——dice Farid.
——¿A quién le pedías perdón? ——pregunta Farid.
Farid sonríe. Levanta los hombros.
——A mi madre.
—Vamos a volver, para peregrinar a La Meca.
*
Desperté, querido padre, no sé después de cuánto tiempo. De un golpe ha vuelto la angustia y un miedo. Disculpe padre, que así lo escriba, pero me miré bajo la manta, levanté el jubón, me deshice del pantalón blanco de algodón que estaba manchado de sangre. Investigué mis vergüenzas. No había nada. Soy un cerdo que han castrado para venderlo en Europa y que no crezca más.
El dolor no era tanto. Era ya unas cosquillas, qué se yo y aunque la cicatriz era discreta, era grande el vacío, bolsa sin dinero, sin bienes. Hay un hilo rojo muy fino que cosquillea al centro y me dice: es cierto.
Drogado para que no me hiciera cicatrices en la cara (pataleaba padre y mordía y era yo, lo dijo el genovés, uno con quien había que ser cuidadoso) me encerraron en las entrañas de un barco. Afuera un marino pregunta:
——¿Quién grita?
——Un castrato.
Me enredoen las cadenas que me atan el cuello y los pies. No puedo rascarme la nariz para que no vaya a sacarme los ojos. Sin ojos, padre, ¿yo que valdría? ¿Y sin lengua? De haberlo sabido, me hubiera mordido la lengua y la hubiera tragado. Pero no estaría aquí, no estaría en Roma, al servicio del pontífice narrando la historia del milagro de la Madonna que me devolvió la voz.
En el bacro, yo aullaba.
——Tranquilízate ——me suplicaban los otros castrati——. Por tu culpa van a venir a pegarnos.
El horror es cierto, gritaba. La cicatriz lo atestigua. Un hilo rojo me cosquillea. Un hachazo me ha partido por la mitad.
——No vas a olvidarlo ——me pedía en sueños el otomano—— los europeos te castraron y como pensaron que morirías, te hicieron un favor. Te bautizaron. Ahora dime, Farid, niño del desierto: ¿cómo te llamas?
¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo me llamo? Soy Farid. Farid Ángel. A eso sabe este nombre impreso con agua: a un cuerpo partido en dos sobre la madera. A bautismo. Agua que ha borrado en dos el tiempo y no hay nada antes de Farid.
Cuando me había tranquilizado por fin, el barco iba ya dentro en Mediterráneo. El mareo era menos. El vaivén calmaba al niño en la cuna. Es otoño.
Hay un clima templado y la luna se embarra en la humedad del piso: en los orines y el vómito. Arriba, detrás de la escotilla, se mira la luna seca, la de verdad.
Iban conmigo unos doscientos castrati. Son los mejores, grita un marino turco: No nacieron para cultivar. Van a ser más felices que cualquiera de nosotros. No van a trabajar nunca. Van a ser niños por siempre.
Yo escucho. Trato de entender.
——Se siente rara la cicatriz, ¿verdad? ——me pregunta un muchacho que ha estado siempre sentado junto de mí. Me ha dado agua y me ha abrazado para que deje de gritar.
——Si ——da cosquillas——contesto.
——La mía todavía duele ——dijo él.
——A ver.
Así nos conocimos. Farid y yo estuvimos comparando nuestras heridas.
El dolor, querido padre, tiene una única razón. Sirve para comunicarnos. Yo a Farid, por ejemplo, no lo amé padre, porque fuera un árabe como yo. No lo amé porque habláramos una misma lengua ni porque hubiéramos crecido entre los beduinos en el desierto. No. A Farid lo amé, padre, porque compartíamos una misma cicatriz. Sabíamos cómo es que duele y ahora lo entiendo, querido padre: todos podemos amarnos porque compartimos la más grande cicatriz de todas las otras. Cuando lo sabemos por primera vez, es un hachazo, un golpe grande:
——Madre: ¿tú también vas a morir?
———Todos vamos a morir.
Hakim lo llevó en una carreta de bueyes hasta Famagusta donde llegamos en día y medio. Vimos un desfile y él nos habló de las hermosas ciudades que había conocido en oriente. Comimos pescados del Nilo, dormimos la siesta despreocupado y, cuando el sol era mucho, nos cobijábamos en la iglesia que de los caballeros templarios. Luego, el veneciano nos hizo seguirlo por callejones
Fue conducido por la ciudad de Famagusta en una carreta de bueyes, de vuelta hasta el puerto. Se miró en uno de los espejos de plata de la mujer que vendía en el puerto. Tenía los ojos grandes y se había vuelto más inocente. Tenía los cabellos cortos y rubios, la nariz aguileña y los ojos muy negros. Un joven soldado lo entregó de vuelta a la mujer que lo había castrado.
27 Todavía convaleciente, me llevó un muchacho en una carreta de bueyes hacia el puerto de Famagusta. Recuerdo el cielo sin nubes y sin estrellas. Era un muchacho el que me llevaba. Yo estaba demasiado débil para moverme, abría los ojos y lo miraba. Nos habíamos detenido y él estaba comiendo queso y una pera junto a una fogata. Quise tocarme para confirmar lo que ya sabía, para sentir la cicatriz. Estaba amarrado. El muchacho era un poco más grande que yo. Tenía los cabellos cortos y rubios, la nariz aguileña, los ojos negros. Se aproximo a mí y con el cuchillo, en el griego dulce de los chipriotas me ofreció un poco de fruta y, como si fuese un hermano, me pidió que no tuviera miedo. Vomité. Él levantó los hombros y volvió a su fogata. Se cubrió con una manta áspera y se durmió. Traté de gritar. Me di cuenta que estaba tan débil que era imposible. Volví a quedarme dormido y cuando atravesamos los muros de Famagusta, el guardia preguntó que quién era yo y él respondió que un esclavo. Dijo el nombre de la familia que me había comprado, pero no lo recuerdo. Ya tendría tiempo de saberlo. Lo importante es que supe que era una mercancía y como estaba yo haciendo esfuerzos por desatarme y habían comenzado a sangrar mis muñecas, el muchacho me dijo que tuviese cuidado. Podría ser eso: una mercancía rota. Como una ánfora o un vaso despostillados
Los dos niños, así abrazados, se quedaron dormidos.
Cuando despertó, el barco iba ya varias millas mar adentro.
El mareo se había detenido y sin embargo, recomenzó poco a
poco, con el vaivén de las olas debajo.
Era otoño y el clima estaba templado. Una luna blanca y
enorme se embarraba en el mar, en la cubierta y las velas.
Farid miraba el reflejo a través de una escotilla. Iban con
él, cien o doscientos muchachos, todos esclavos, todos
castrati más o menos de su edad. Era los mejores esclavos,
los mejores sirvientes, los más fieles, los más hermosos,
esclavos hechos para lucirse en fiestas, hacer el amor,
cuidar serallos, cumplir las fantasías de sus amos.
El dolor se ha ido. En la noche, Farid se mira. Sólo
hay una cicatriz roja en los testículos. La toca y siente
cosquillas.
Se siente rara la cicatriz, ¿verdad?
Farid levanta los ojos. Frente a él hay otro muchacho.
La mía todavía duele.
Extraño, conocerse así, a media noche, enseñándose las
heridas, comparando el dolor o el cosquilleo del golpe que
les produjo la avaricia del genovés.
—¿Cómo te llamas?
—Farid.
—No. ¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Farid.
—¿Te bautizaron?
—Sí.
—¿Y antes…?
—No hay antes. No hay nada antes…
Siguieron así, en silencio unas dos horas. Los otros
muchachos duermen. Se acomodan, sufren pesadillas de gente
del desierto que surca de pronto el mar.
—Yo me llamo Rashid.
No hay nada más que decir. Así, junto a él, Farid no siente
ni siquiera vergüenza y es raro, pero se siente contento de
estar junto a otro castrado. No hay en el compasión, sólo la
paz de saberse entendido.
—¿Quieres?
Compartieron un pan que Rashid llevaba escondido bajo el
jubón y se volvieron amigos. Niños los dos ya para toda la
vida. Por la magia de los cuchillos, sus cuerpos no crecerán.
Y con todo, hay en los dos árabes una felicidad que les
permite acomodarse junto a los otros y dormir, uno al lado
del otro.
—¿A dónde vamos?
—No lo sé.
—A Venecia.
—A Chipre —dijo uno de los muchachos mayores.
Chipre. Sabor a cobre. Palacios del Véneto que disputan los
otomanos.
—Rashid.
—¿Qué?
—¿Crees en la gehena?
—Sí.
—¿Vamos a volvernos infieles?
—Un día podemos volver y peregrinar a La Meca.
—Un día.
—Tal vez.
Pasó una semana de constantes mareos y vómitos en las entrañas del barco, donde se escuchaban gritos en idiomas desconocidos. Rezar se volvía un desafío en medio de aquel caos. Farid y Rashid, en ocasiones, intercambiaban miradas y, sin saber por qué, se sonreían, como si encontraran un poco de consuelo en esos gestos. A pesar de todo, las cosas no parecían tan terribles.
En ciertos momentos, un joven recitaba palabras que resonaban en la desesperanza del lugar: “Si los árboles de la tierra se convirtieran en cálamos y se añadieran al mar, después de él vendrían otros siete mares, y aún así, no se agotarían las palabras de Alá. Porque Alá es poderoso y sabio. Él nos creó y nos resucitará a todos, y esto no le supone mayor esfuerzo que si se tratara de una sola persona. Alá todo lo oye, todo lo ve”.
Incluso aquí, en el vientre del barco donde el olor a vómito y excremento era insoportable, la fe perduraba y preferían no pensar en el destino que les esperaba en Famagusta: ser vendidos. En medio de todo ese mareo, Farid encontraba algo positivo. No había tiempo para recordar quién era, para sumergirse en su propia identidad.
Un día, Farid escuchó a Rashid hablando en voz baja junto a la ventana: “De verdad, no pude hacer nada para defenderte. Perdón”. Movido por un impulso, Farid se acercó a él y lo abrazó. Rashid permaneció en silencio, como si rezara a un dios abstracto que se encontraba más allá del horizonte.
Los dos niños, envueltos en aquel abrazo, finalmente se quedaron dormidos
en aquel minarete y en ese momento comenzó la historia de Cristóbal porque antes de Cristóbal como cada vez que estaba en el leteo no hay nada antes, no hay nada detrás.
Para qué corres La única pregunta verdaderamente terrible. Para qué, Enojado, aterrado no encontró respuesta al para qué de un dios que viste un para qué bordado de estrellas y tiempo. Para qué, No tiene sentido correr. El encantador miró a Farid sintió la vergüenza de quien escruta su pensamiento, pero supo que había algo más puro de lo que hubiese podido imaginar. Se le enrojeció el cuerpo entero Miles de hormigas le iban dejando cicatrices invisibles. Era un amor claro, que respondía cualquier. Hubiera querido quedarse ahí, delante del encantador de serpientes, para toda la vida.. Sucumbir como había sucumbido la serpiente. Escuchar su corazón y entregarle su cuerpo para que engullera todas sus pesadillas.
Apareció el vendedor de esclavos, pero él ya había tenido tiempo de reconciliarse con su pasado y su futuro Paulo lo tomo cuando Cristóbal se reconcilió con este inicio porque antes de Cristóbal no había antes nada, nada detrás.
Miré al encantador de serpientes en el momento justo en que se me secaban las heridas,
Tienen la mano manpunto de desmayarse de asco y vergüenza porque la túnica le mancho la mano de sangre.
Un viejo toca la zampoña detrás del encantador. El auditorio aplaude las suertes del mago. Un discreto río de sangre corre por las piernas del santo y el asesino: Farid y Farid eran entonces dos niños que no saben que huyen, y no saben de qué.
Pero huyen, es cierto. Los ha detenido, en la visión de los ojos del encantador un contundente “para qué” ¿Para qué correr si van a atraparnos? Amado mío, es inútil. Vienen por él y por mí. No hay voluntad que mueva las piernas a lanzarse a la carrera cuando miras los ojos del encantador de serpientes, ese acto suyo, baile entre el ángel y el monstruo, entre lo sutil y lo descomunal.
¿Sufrías Farid? Sí. Me dolían los testículos, las viseras y el orgullo, contestó el asesino. El orgullo. El dolor le dijo Farid, el santo, es la única forma de comunicación de Dios. ¡Va fanculo! Contestó Farid. Es la única, ¿si se comunicara con la belleza quien podría comprenderlo? ¿Si se comunicara con la inteligencia o con la voluntad, quién podría comprenderlo? Se comunica, Farid, con esta única cicatriz que, cuando somos niños, nos marca: ¿Vas a morir? Sí. Tu también morirás, él también morirá. Sólo el Altísimo no morirá. Esta es la única cicatriz, amado mío, todas las otras; incluso la cicatriz de la castración, todas las otras no son más que arañazos. ¡Va fanculo! Contestará el asesino. Muchos años después, ya en México Tenochtitlan.
Miguel, eras el vendedor de esclavos. Me tomaste del brazo. Me zarandeaste. Me encontraste. Y cuando la sangre que perdí en el salto en que me sentí un albatros era tanta que ya no pude caminar, me cargaste.
Y fuimos por las calles de Damasco.
En Roma en la isla de las transformaciones, frente a la
iglesia de san Barolomé, Farid Ángel vio por primera vez al
encantador de serpientes.
Te sentías hipnotizado, Farid. La serpiente, el mal, que se arrastraba fuera del campamento del beduino, estaba domesticado y se enreda ahora en el cuerpo de este muchacho flaco. Parece que fueras él: adolescente que se levanta con la serpiente que es como un muñeco de trapo que presume su lengua bífida a los soldados y los niños y luego se enrosca en el cuello del encantador. Se besan.
La serpiente surca las costillas en el cuerpo del niño mago que tiene así un aire tan frágil que parece increíble que salgan de su cuerpo extremidades tan voluptuosas: La serpiente es una en el cuerpo del encantador que mira de frente los ojos amarillos. Y el reptil se enrosca Sólo ese niño parece capaz de conjurar los miedos, los pecados del Uno. El asesinato que cometió Jamil. Tus miedos, Farid. El mal se calla adentro, en el alma de los que asisten al acto: El encantador agita a la bestia por encima de su cabeza. Soldados y niños lanzan monedas a los pies perfectos del hechicero que se inclina desnudo, sólo lo viste su boa.
Todos están seducidos por la belleza del instante que alumbra lo que antes estaba oscuro. Hay esperanza, Farid. El arte viene a presencia. El caos y el orden bailan al ritmo impredecible entre lo sutil y lo descomunal.
Y a pesar de que tenía roto el tobillo, a pesar de que comencé a sangrar, caminé lo más rápido que pude. Me recargaba en las paredes y subí un empedrado. Había comenzado a atardecer y más que dolor había en mí la entereza de saber que adelante encontraría algo, no sabía qué. Algo que me regresaría al monasterio. Escuché gritos marciales. Instrumentos. El paso de soldados otomanos. La gente cierra ventanas y balcones. Me había perdido en un caserío, pero seguí el sonido de una zampoña. Los callejones se vuelven estrechos, aparecí en un huerto de aromas dulces. Hay flores que piso cojeando, camino por entre los olivares hasta que aparecí en una calle que llevaba a lo más alto de la ciudad. Subí. El sonido de aquel instrumento se hacía cada vez más claro.
Hay arte en el encuentro entre lo sutil y lo descomunal
***
El encantador alcanzó a ver al mercador llevándose al esclavo. Paulo lo llevó arrastrando, pero cuando vio que tenía rota la pierna, lo cargó. “Cómo sangra”, pensó. Lo llevó sintiendo una extraña ternura cuando Eneas se recostó en su pecho. Todavía escuchaba Eneas el “para qué”.
El genovés lo tomó de la mano. Caminó arrastrándolo.
El mercader y el niño cruzaron la plaza, se perdieron por las calles de la ciudad.
la plaza azul frente a la mezquita. , entre el árbol y el minarete.
los muros que en la plaza dicen: yo moriré Mohamed, tú también morirás.
Damasco era un laberinto. Iban por empedrados por donde sólo van los ladrones, hacia el puerto. A su paso, la gente los mira callados y cuando llegaron hasta el torreón del que el esclavo había escapado parecieron callar también las gaviotas.
Cruzan Las sombras de la gente que pasa por ahí trepan los muros,
Iban por los empedrados
por donde van los ladrones. A su paso, la gente los mira
callados y cuando llegaron al puerto, el llamado de las gaviotas.
**
Corría de un hombre y dolía y daba vergüenza sentirse
castrado. El filo de los cuchillos era todavía la misma voz
aguda que infla ahora la catedral. Corría y en ese correr sin
rumbo por las calles del barrio de los judíos y los
genoveses, se fue haciendo cicatrices. Era un niño, se había
visto en los reflejos, era un niño. No sabe más.
Y al encantador de serpientes, Farid lo soñaba. Despertaba
con dolor en el cuerpo, como si hubiese sido violado. Como si
hubiese tenido que arrancarse la piel. Roma se calla.
Encontró al Encantador de Serpientes como podría haber
encontrado a La Virgen de los peregrinos, en una calle de
Roma, en cualquierparte.
El encantador, bailaba y alguien tocó las campanas. La
desnudez y el ofidio. Los niños enfermos en el hospital
miraban el truco. Farid también. Contempló con los ojos muy
abiertos y recordó hace muchos años la inscripción en una
meztuida: tu morirás, Alá, tú también morirás.
No había tiempo de preguntarse ¿cómo vine a parar aquí? El
olor del río, las gaviotas que gritan y los pájaros, miles de
pájaros vuelan en parvadas sobre la ciudad de Roma. El
ladrido de los perros y los niños que se bañan en las aguas
verdes de unrío putrefacto. Muchos años después, en México
Tenochtitlan, Farid Ángel habría de recordar el camino que lo
trajo por segunda vez hasta Roma, hasta el Encantador de
Serpientes. Habría de recordar entonces su verdadero nombre y
las razones por las que fue puesto aquí, en La isla tiberina,
la isla de las transormaciones, para ser arrojado en el
mundo.
Le dolían los testículos. Era un niño y creía saber o sabía,
que su nombre es Farid. En su camino por el puente Fabricio
ha dejado un filito de sangre. Farid, quince años, delgado,
imagen de niño del antiguo testamento. Músculos pegados al
hueso y manos de quien enciende fogatas. Se detuvo porque era
inevitable. Correr ¿para qué? Eres un esclavo. Se detuvo
frente al encantador de serpientes en la isla de Jano. La
isla profana en la ciudad santa. ¿Para qué? Van a llevarte.
No hay nada que hacer. Se detuvo asombrado, como quien se ve
golpeado por una droga o un alcohol muy fuerte. Escapó de la
memoria y la imagen le regaló aire, tacto. Pies aquí, al
inicio del tiempo y el niño baila con la serpiente. Dios se
desviste de nada y cae el velo de nada. El encantador viste
un traje det tiempo, muy delgado y duele cada por qué, para
qué.
Se detuvo asombrado. Fue un golpe seco el que lo
detuvo.
El mago era un muchacho también, casi un niño que debe
haber tenido la edad de Farid, trece o catorce años. Se
encontraron sin querer. Farid buscaba el camino que sale de
Damasco hacia el desierto.
¿Qué vine a hacer a esta ciudad? Venía preguntándose.
Muchos años después, en México Tenochtitlan, Farid habrá de
recordar qué hacía ahí, habrá de recordar, incluso, su
verdadero nombre y la cicatriz única que lo arrojó fuera de
casa. Habrá de recordarlo todo con el mismo asombro que aquí,
delante del encantador lo petrifica y lo vuelve niño que abre
la boca, detiene la carrera y atiende.
No tiene idea de qué hace en Damasco, ni conoce la
salida hacia el desierto ni sabe por qué huye tan agitado ni
por qué le duelen tanto los testículos que ya no puede
moverse. Farid, catorce años, piel suave de olores
agridulces, mulato de ojos verdes, sólo sabe aquí lo
inevitable: Vienen por mí. Van a encontrarte, Farid. ¿Para
qué corres?
A todo lo que se dice, esa voluntad detrás de cualquier
pensamiento le entrega un ¿para qué? que le resuena en el
cuerpo y lo detiene aquí, insensible frente al niño que baila
con una serpiente. Farid no tiene antes. Está detenido frente
al inicio de la memoria, al principio de todo tiempo. Aquí
comienza él, en un baile de niño y serpiente que Dios —que se
esfuma por todas partes— colocó en una esquina de Damasco,
por el puro arte de su voluntad incomprensible.
Farid y el encantador se miran un instante. El muchacho
vuelve al trabajo con la serpiente y a Farid un calor le sube
las piernas: millones de hormigas de diminutos pies le arden
sobre la piel y es un amor lo que le sube hasta el pecho
donde hay asombro de sentirse tan querido si hay tanto dolor.
Uno quisiera quedarse aquí toda la vida, en éxtasis:
contemplando y compadeciendo. Farid sucumbe como la multitud,
como la serpiente, como todos en la plaza frente a la
desnudez del encantador que entrega su cuerpo y no hay
serpiente que resista su piel.
Esto está al principio de toda la memoria de Farid, un
baile de niño y serpiente, orden que mana del caos y no tiene
sentido tratar de recordar qué hay más allá por que no hay
tiempo detrás del tiempo ni memoria detrás de la memoria de
El italiano que busca a Farid en las calles de la ciudad, se
abre paso entre la gente y sube hacia la plaza del minarete
azul.
Justo antes de volver a su verdadero nombre, Farid recordará
al niño desnudo, de espaldas a Farid en la plaza de la
mezquita. El muro es alto, en él está escrito en letras de
oro: Tú morirás, Mohammed. Ellos también morirán..
Junto al encantador y la serpiente hay un hombre que
toca la flauta. La boa sube por las piernas del muchacho, se
le enreda en el cuerpo. Lo abraza y se miran como si fueran a
besarse. El encantador manipula con gracia el miedo que en
las pesadillas de Farid se transfigura en reptiles que
engullen recién nacidos. Es tan clara la imagen que el ruido
se calla. Se callan los gritos detrás de las ventanas, el
olor a cordero y oliva; se callan las telas que cuelgan sobre
los callejones y el agua que arrastra mierda en las acequias.
Se calla el mercado y la gente se calla. Se callan las
fuentes, la calle, la estatua, la madera que arde junto al
mendigo. Farid mira y se calla. Calla el minarete, la voz que
quedo suspendida flotando sobre el minarete y el recuerdo del
sabor a dulce de azúcar y granada se calla. Se calla el
jardín más allá de los muros. La piedra, el deseo de ser
otro, la envidia y el miedo.
Farid se ve en el encantador. Quisiera ser él. Poder así
bailar. Ha llorado, lo sabe por que le arden los ojos. Sabe
también que está castrado. No es necesario tocarse, lo sabe y
el dolor que lo parte es la prueba. Esta es la realidad,
Farid, sabes que existes porque sabes la cicatriz. Y él
hubiera querido decir algo, exclamar algún asombro frente al
encantador, pero, aunque abrió la boca, no dijo nada.
Cesa la voz, cesa la música. Sólo el movimiento no cesa.
No cesa la danza que en este lugar de Damasco es pilar sobre
el que se sostiene toda su memoria, no cesa el instante que
alumbra más tarde la música que te sale de la garganta, el
arte que viene a presencia cuando caos y orden, encantador y
serpiente bailan al ritmo que marca la armonía entre lo sutil
y lo descomunal.
Qué fuerza de niño, pensaba Juan, no se rompió las piernas al saltar desde aquella torre. La ciudad era un laberinto. El niño y el italiano se perdieron por las calles de la ciudad. Iban por empedrados por donde sólo van los ladrones, hacia el puerto. A su paso, la gente los mira callados y cuando llegaron hasta el torreón del que el esclavo había escapado
el para qué
calló incluso el llamado de las gaviotas
La serpiente, el campamento, tu padre, se enreda en el cuerpo de un muchacho casi tan flaco como tú. Te parece que fueras él cuando el encantador, desnudo, toma a la serpiente como si fuera una muñeca de trapo. La serpiente se enrosca en su cuello, besa al encantador. Las costillas en el cuerpo desnudo del niño le dan un aire tan frágil.
La serpiente mira de frente los ojos amarillos del mal. La serpiente se enrosca y baja la mirada. Se besas y él, el encantador, parece el único capaz de conjurar todos los miedos. Todos los pecados cometidos y por cometer. Los pecados de Jamil. El mal adentro, en el alma de todos los que asisten, ese viernes de febrero en 1521, al acto de El encantador de serpientes.
“¿Para qué?” se decía. ¿Para qué corres? ¿Para qué escapas? Resonó en aquella plaza frente al niño que baila con la serpiente, la única pregunta verdaderamente terrible: “¿para qué?”. Golpeado al inicio de la memoria. Arrojado, aterrado, no encontró respuesta al “para qué” de un dios que se desnuda de nada y viste un doloroso traje bordado de estrellas y tiempo, “¿para qué?” pensaba Eneas, no tiene sentido correr. El encantador de serpientes miró a Farid, el muchacho sintió de un golpe la vergüenza de quien sabe que algo atisba en su pensamiento. Supo, sin embargo, que había algo más puro de lo que hubiese podido imaginarse nunca. Le enrojeció el rostro y sintió como millones de hormigas de pies diminutos y calientes que subían por sus piernas dejándole invisibles cicatrices. Era un amor claro, un amor que respondía cualquier “¿para qué? Y él hubiese querido quedarse ahí delante toda la vida. Sucumbir en adoración, como había sucumbido la serpiente ante ese amor. Él hubiese querido tenderse en el pecho de ese muchacho, escuchar su corazón. Entregar su cuerpo para que engullera todas sus pesadillas. Entonces, apareció Paulo lo tomó por los pelos. y lo zarandeó gritando:
——¡Te he estado buscando por todo Damasco!
Corría sin saber bien como pero frente a aquel muchacho se detuvo para ver a aquel niño que había visto otro tiempo que no podía saber. A los pies del mago había un tapete rojo tejido a base de rezos. Un círculo de niños y soldados miraban el acto del encantador. Eneas se sostenía también sobre un tapete rojo. Era su sangre. Sonrió devoto. Detrás del mago, un viejo tocaba un instrumento indígena. El muchacho comenzó a transformarse. Era un dios que besaba a la serpiente y envenenado le crecían dos alas y se echaba a volar. Volaba ligero y Eneas lo miró surcar los cielos rosas de Tenochtitlan cuando atardece. Aquel domingo de Pentecostés, en el principio que lo llevaba hasta la Jerusalén celeste, Eneas se encontró otra vez con el encantador de serpientes y supo que lo que más convenía a su vida era detenerse ahí, en este principio de la edad adulta, en este separarse del niño y del griego.
—¿Para qué? —murmuró—. Y supo que era una bendición haber perdido la memoria y no recordar cómo llegó hasta aquí. Supo sin embargo que era inmortal, que se llamaba Eneas y que había hecho un largo viaje desde Troya hasta Jerusalén para convertirse en un caballero andante que busca el lugar donde muere el sol.
Lo que para Farid era una carga era ligereza para Miguel. La voz de su nostalgia lo había contagiado en el leteo en el que cayeron los dos.
Miré al encantador de serpientes en el momento justo en que se me secaban las heridas, estaba yo en un estado intermedio, entre el hombre y el niño, entre el hombre y la mujer. La serpiente se enredaba en el cuerpo del encantador, le olisqueaba la piel, se detenía detrás de las orejas y parecía murmurarle promesas de am