El español dijo que no había que temer algo semejante porque él tenía un mosquete y una ballesta. Seguimos en silencio hasta que yo dije que tal vez nos perderíamos en aquellos caminos y ya nadie dijo nada hasta que levantamos el campamento y nos fuimos a dormir.
Cristóbal está asando un pescado sobre la playa. Isaac ha crecido y tuvo que encontrar su propia vida en el pueblo cercano al mar.
Pequeño Jaguar ha muerto. Aquí ha comenzado la libertad. Así lo quiso el dador de vida: Isaac no envejeció y cuando entró al mar con Cristóbal, lo vio claramente, navegaba con un colibrí hacia el lugar en el que se pone el sol.
Eneas comenzó a cantar y junto a él comenzaron a aparecer todos los que alguna vez había amado. A pesar de todo, sus amores no habían quedado sin descendencia. Ahí estaban Farid y el maestro Abbás. Felipe y Cristóbal. Eneas, esta es la razón para la que cantas, para que todo lo que amas se quede contigo un poco más.
Eneas vivió mucho tiempo en la contemplación de aquellos espíritus de tiempos antiguos que le tendían la mano para alargar su vida un poco más.
Llegamos al fin del mundo en febrero del 2060. El mar era gris y tenía olas muy altas, la arena es amarilla y delante de nosotros Huitzilopochtli se despidió por última vez. Es el mar más amplio que yo haya visto.
Hoy, sé que tarde o temprano vendrán por nosotros. Isaac hace mucho que se ha ido y formó un nuevo calpulli, Atonatiuh y yo vivimos como viejos amigos, pero él ha envejecido y yo no. Cuando hemos ido a los pueblos vecinos, por curiosidad o por deseo, la gente cree que él es mi abuelo. Lo imaginan muy sabio por su edad y como se ha quedado ciego piensan que es un Homero.
Los españoles finalmente llegaron aquí. El rey de México se ha perdido y el último dios de Tenochtitlan enceguecido me utiliza de bastón para meterse al mar. El tiempo a mi me traicionó. Aquí sigo, como lo dijo aquel. Mi voz no había cambiado en todo ese tiempo y para mí canté el aleluya cada que se puso el nuevo sol. No era ya Huitzilopochtli, claro. Era un nuevo sol y siempre vi al final del día el rayo violeta y verde que estalla prometiendo la nueva luz.
Estremecido por el más puro amor, Dios se arrancó la piel que lo cubría, La NAda. Antes del principio de todas tus dudas ya se había desnudado para mostrarse a sí mismo libre, deseoso, único, bello, verdadero y profundamente simple, aunque era Trino. Dios se desvistió de nada y esa delgadísima tela que cayó de su cuerpo manchado del dolor del cambio más súbito, del sacrificio más radical, ese manto es el tiempo. Cambiar duele,arrancarex-nihilo la creación, la más radical de las transmutaciones, puede haber sido doloroso.
El Creador vistió un traje hecho de espacio, bordado de tiempo. La sangre, el dolor del cuerpo deshollado, manchó el traje de tiempo. Lo manchó de sufrimiento, como quien habiéndose arrancado la piel vistiera luego un manto muy delgado hecho de lino blanco.
Si el hombre se salvara por su sabiduría ¿quién podría salvarse? Sólo salva el amor, la misericordia. Lo que hicieron a estos, lo han hecho a mí. Isaac le dijo: Cuando estuve aquí, me sentí bien, pero no era este mi lugar. Estuve con los esclavos y tampoco, estuve con Susana y tampoco. Tal vez tu lugar, dijo Valentín, tal vez sea el arte. La Verdad son las intenciones. Ahora, Isaac, dime: ¿Qué intentas?
Creo que Dios se desvistió de nada y esa delgadÌsima tela que cayó de su cuerpo, manchada de dolor y sangre es el tiempo.
Cristo se arrancó la piel de nada. Sufrir es transformarse. Cambiar duele. Arrancar ex nihilo la creación (del todo a la nada, la más radical de las trasmutciones) debe haber sido radicalmente doloroso, todas las cruces. Dios se arrancó esa piel de Nada y quedó desnudo.
Cuando Atonatiuh envejeció tanto que ya era imposible mantenerse en pie, me lanzó un grito y me dijo:
—Levántame y llévame al mar.
—No puedo levantarte —le contesté.
—Sí que puedes.
Traté de hacerlo y él se levantó con suavidad. El océano recibió su cuerpo glorioso, tranquilo y cuando murió mis dudas se habían callado. Me senté a contemplar cómo lo devoraban las bestias marinas y apareció El Encantador de Serpientes.
El mar se llenó de todos los que alguna vez he amado. Estaba, aquel hombre sobre el que me recosté en su pecho, mi madre, Moctezuma, Abbas y Atonatiuh enredado en un solo corazón con Ilhuítl. La descendencia que en todas mis vidas nunca he tenido
Los espíritus tendieron su mano y me suplicaron que cantase para que alargara su vida. Cuando terminé de cantar, el mar se convirtió en una piscina de sangre y sacrificios que permanecen y yo escuché la voz del Ángel Exterminador que me dijo:
—Ven —y yo volví a descender a la caverna para beber del olvido.