Era el 8 de noviembre de 1519 y era la hora de tercia y todos en la ciudad sabían que los extranjeros que venían del este habían llegado al Cerro de la Estrella. Vinieron de oriente, con el sol. Vinieron con la potencia de un sol amarillo y triunfante para iluminar nuestros amaneceres con este nombre: Isaac. Había escuchado hablar de ese canto. Se habían detenido a realizar sus ritos. La misa. Farid había cantado el salmo y más allá miraba la ciudad hacia la que parecía levantarse el cuerpo consagrado de Cristo. Bartolomé de Olmedo los bendijo a todos antes de comenzar el camino. Los exploradores anunciaron que no había soldados emboscados y el camino estaba libre. Llegarían a la ciudad de Tenochtitlan.