F0606 · <$ScrKeepWithNext>2069

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Diez años más tarde, Atonatiuh y yo comenzamos a notar que habíamos envejecido. Llevábamos con nosotros al heredero de Moctezuma quien también comenzó a cambiar. 

         Víctor creció. No lloró nunca, hasta el día en que tuvo que enterrar al último de sus gatos y, cuando llegó su momento, Víctor, se fue también. No porque hubiese muerto. Se fue a vivir con la gente normal de Acapulco, si es que en Acapulco hay gente normal.

Se hizo de amigos que comen pozole los jueves y se olvidó todo lo que habíamos vivido. Encontró a un amante y parece que fue feliz. Escribía cuentos para niños en su celular. 

         Cristóbal y yo nos cansamos de haber vagado tantos años por los caminos del viejo mundo y durante mucho tiempo rezamos a san Alejo.

         —Tarde o temprano vendrán por nosotros —me dijo Cristóbal un día.

         Yo murmuré.

      —Tendremos que pensar un nuevo sitio para escapar.

         En el mar allá enfrente comenzaron a aparecer mis antepasados. Venían junto a todos aquellos por los que recé alguna vez y a todos aquellos a los que amé u ofendí. Ahí estaban mi hermana y mi madre, Moctezuma y el esclavo del centurión. Mi descendencia es la que nace del mar. 

         —¿Qué vas a hacer cuando me muera? Preguntó Cristóbal.

         Yo, llorando porque era evidente que mi amigo iba a morir, dije:

         —Voy a buscarte.

         Cristóbal besó a la Señora, a la Virgen de los Peregrinos y, como era evidente que ya no estaba aquí, lo tomé en mis brazos y me metí con él en el mar. Todas aquellas personas que me habían producido tanto miedo se aproximaron. Parecían estar necesitadas de mí. 

         —Gracias señor, porque sacaste de ese lugar —murmuré.

         Con Cristóbal muerto en sus brazos, todos los que había amado en este mundo fueron hacia Eneas. No eran ya fantasmas que pudiesen dar miedo. Eran espíritus de tiempos antiguos que, suplicando, le tendían una mano como si esperaran que de pronto, para alargar un poco más su vida, él se pusiera a cantar. Mā šāʾ Allāh, así lo quiso el omnipotente, que el qari llegara hasta el lugar en que se pone el sol. Era una playa frente a un mar profundo y extenso.

         —¿Para qué? —se preguntó burlándose de sí mismo—. Para que todo lo que quiero se quede conmigo un poco más.

         Cuando Cristóbal comenzó a hundirse, los espíritus que habían perseguido a Eneas y a Farid a lo largo de toda su vida le tendieron la mano. Suplicaban por un poco de vida, pero el qari se sumergió tan profundo que su corazón se detuvo y  él abrió los ojos asombrado porque pudo contemplar que era verdad lo que le había dicho su madre dos mil ochocientos noventa y dos años atrás: no existe la muerte. Aquí comienza su historia porque no hay nada detrás.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes