La primera vez que la abuela Inés vio a Alberto fue el día de su boda con Jorge. Inés, una mujer de ascendencia morisca, siempre sintió una particular atracción por la cultura árabe, influenciada por su abuelo Luis Méndez. La celebración de la boda tuvo lugar en el encantador Jardín de los Naranjales, donde Alberto y Farid entonaron hermosas canciones paganas. Inés aún recordaba con placer dulce (aunque con un poco de culpa) la belleza infantil de Alberto, quien había cantado los Sonetos a Laura traducidos al castellano. Aquel joven había deleitado a todos con un repertorio exquisito y, en el momento culminante, había interpretado la folía, una canción que resonó hermosamente en el ambiente. La música fue tan hermosa que incluso Roma, la ciudad decadente del Apocalipsis, comenzó a parecerle encantadora. Cada vez que recordaba la fascinación que le produjo Alberto, Inés se sonrojaba, sobre todo al recordar su acento al decir “Rodrigo Martínez” y su confusión entre los gansos y las vacas, silbándolos. Observaba cómo él cerraba la boca al pronunciar la “o” de manera elegante y clara. Aunque Inés no podía descifrar su origen exacto, estaba segura de que no era italiano, pues no tenía ese afeminamiento propio de los nacidos en la península. La voz de Alberto la transportaba a través de la música, y sin darse cuenta, permitió que una inquietud, similar a la que la Virgen de la Tribulación provoca en las almas torpes, se instalara en su interior.
A la hora de la misericordia, en aquel día de agosto, se celebró otra festividad. Hákim, el alquimista árabe, había regresado a la casa de Dante y se encontraba cómodamente entre los invitados. Farid, por su parte, preparó una poción para Jorge, que lo mantendría despierto durante toda la noche. Jorge Comneno solía usar elixires tanto para dormir como para despertar.
—¿Cómo se encuentra Su Santidad? —preguntó Jorge.
—Muy anciano y enfermo —respondió Hákim—. Los mejores médicos coinciden en que no llegará al próximo año.
—¿Sobrevivirá hasta que parta la expedición hacia Cipango y Catay?
—Lo dudo, pero Giacomo di San Genesio está convencido de que el proceso de purificación de su sangre dará resultado.
Jorge estuvo a punto de soltar una carcajada.
—¿Purificación de la sangre? ¿Siguen practicando sangrías con niños para ofrecérselas al Papa?
—Sí, aunque hemos comenzado a explorar nuevos métodos —respondió Hákim.
—Me lo puedo imaginar.
Jorge sabía que Hákim siempre había sido partidario de esa idea que a él le parecía absurda. La transfusión de sangre, lo que hoy conocemos como tal, había sido realizada por primera vez en Roma. El noble griego comprendía el concepto, por supuesto: si la sangre da vida, un poco de sangre. Pronto llegaría a sostener que necesitaba más y más.
Había pasado una semana desde que el hermano Alberto, en Roma esperaba para ir a vivir en casa de Jorge, en el palacio que llaman, hasta el día de hoy La Casa de Dante. El hermano Luis abrió el portón que comunica el territorio de la Basílica de los santos Bonifacio y Alessio con la ciudad de Roma cuando entró un hermoso jinete. Sobre un hermoso caballo negro entró Farid. A la luz de la tarde el muchacho árabe tenía un aspecto inquietante y ambiguo. Condujo al caballo por el largo camino de tierra roja entre la puerta de convento y la capilla sobre Viento del diablo, pues este era el nombre de su caballo. La luz de los pinos romanos parecía desgarrar sus finísimas vestiduras. El hermano portero se aproximó a coger la brida del visitante y lo ayudó a desmontar. Todos en el convento sabían lo mucho que amaba Jorge Comneno a este muchacho, su esclavo, decían, pero era en realidad un amigo. Y por eso a Farid lo trataban como a un señor.
Pasó al recibidor y le informó al secretario del padre abad que venía por Alberto para llevarlo a la casa de Dante.
Toda aquella semana, el hermano Alberto la había vivido lleno de nervios. Jorge Comneno, descendiente de un emperador bizantino lo había pedido a él como capellán. Y sus nervios no provenían tanto del hecho de pensar en la dignidad de quien sería su anfitrión sino, más bien algo que había escuchado.
—Ten cuidado con el alquimista, le había dicho el abad.
En efecto, Jorge Comneno, tenía fama alquimista. Se reunía con judíos y genoveses en un lugar de mala fama. Al otro lado del Tíber, más allá de la Isla de los Locos tenían este lugar que llamaban La casa de Dante porque se decía que el poeta florentino había sido retenido contra su voluntad en este castillo del Trastévere durante aquel episodio entre güelfos y gibelinos que lo expulsó de su ciudad.
En este castillo, además de temas alquímicos, los invitados de Jorge hablaban de un asunto mucho más terreno. Visto que, con la caída de Constantinopla, se habían cerrado las rutas comerciales al este, había un hombre, que decía haber descubierto los mapas para ir por el oeste y descubrir Cipango y Catay.
En aquel tiempo sucedió en Alberto otra cosa curiosa. A causa del placer que se le había abierto cuando fue con Farid al hammam, comenzó a enamorarse de la esposa de Jorge quien era, mi abuela Inés. Inés había llegado a Roma con Garci, mi abuelo también quien era a la sazón un niño de brazos. Para protegerlo, Luis Méndez de Sotomayor los había entregado a Jorge e incluso había insistido en casar a Inés con aquel hombre. Sabía, por supuesto, que como era homosexual, él nunca iba a interesarse en ella, pero no contaba con que también Inés comenzó a enamorarse de Alberto.
Se acercó a ellos un joven sacerdote llamado Mario, quien trabajaba para la Inquisición romana y llevaba una vida llena de comodidades, rodeado de obras de arte.
—Bueno, con Inocencio VIII las cosas van bien para los españoles —comentó Mario.
—Son inmejorables, eminencia. No podemos quejarnos —respondió Jorge.
—¿Es cierto que su santidad está buscando la inmortalidad? —preguntó Jorge, refiriéndose al nuevo capellán.
—Eso, querido Jorge, no puedo confirmarlo —respondió Mario, manteniendo la compostura.
—¿Y qué te parece este nuevo esclavo árabe? Su voz es cautivadora —dijo Jorge.
Farid, sin su máscara, parecía aún más hermoso. Lejos de avergonzarse, se llenaba de orgullo y cantaba con aún más destreza.
—No es un esclavo, es mi maestro de alquimia. Es inmortal —afirmó Jorge, provocando risas entre los presentes, quienes pensaron que se trataba de una broma.
Marcel intervino y preguntó:
—¿Recuerdas su nombre?
Huséin al-Hákim bi-Amrillah tenía las cejas muy pobladas. Marcel creía que el rostro de un hombre podía revelar muchas cosas, pero la expresión de al-Hákim resultaba especialmente esquiva. Su sonrisa era enigmática, sin que se pudiera discernir si era de burla o satisfacción.
Cuando llegó la hora de la cena, Nicolás pidió permiso para retirarse y se llevó a Alberto consigo. Mientras los invitados se sentaban y servían pato en vino, se inició una conversación acerca de la comida, como era común en ocasiones elegantes. Marcel elogió especialmente la comida del barrio judío, al cual había desarrollado una gran afición. Jorge se sorprendió de que un hombre tan sofisticado frecuentara ese tipo de vecindarios y lo expresó con un toque de escándalo, aunque estaba dispuesto a conversar sobre los encuentros que tenían lugar en esas noches en los barrios mencionados. Se mencionó el barrio de los genoveses y florentinos, mientras al-Hákim sonreía y jugaba distraídamente con su copa de vino, mirándolo fijamente.
Se disculpó al invitado árabe por el comentario, pero se dijo que era una fortuna que los reyes árabes hubieran expulsado finalmente a los moros de Granada.
Al-Hákim, sin dejar de observar su vino, afirmó que no le importaba el destino del reino nazarí. Sus antepasados pertenecían a la rama chií, que consideraba la única verdadera religión, a pesar de encontrarse entre cristianos y de haber acabado de comer cerdo. Por su parte, a él no le importaba lo que les sucediera a los nazaríes. El comentario vehemente causó risas discretas.
En cualquier caso, lo importante era que ahora que los reyes habían establecido su presencia frente a Granada, la ciudad pronto se rendiría. Al-Hákim opinó que Boabdil
Cuando salieron, ya estaba amaneciendo y Farid le preguntó a Alberto si tenía ganas de ir hasta un baño turco que le habían mencionado. Alberto asintió y Farid lo condujo hasta un hammam, donde se despojaron de sus ropas. En el laberinto húmedo y perfumado de olores agrios, Alberto sintió la mano de una mujer rozando la suya. No estaba completamente consciente de si era hermosa o joven, pues la neblina del ambiente y la excitación lo embriagaban. La mujer lo desnudó y le enseñó los placeres del amor carnal. Sumido en un frenesí desconocido, el joven monje intentaba apurar cada momento, pero ella lo detuvo y le dijo:
—¿Tienes prisa, verdad? No puedes esperar más.
Y era cierto. Alberto, con sus veintiún años, no podía esperar. Desde que había ingresado al hammam, su cuerpo le dolía y la visión de las mujeres le producía más descontento que placer. Todo aquel lugar le resultaba doloroso, como si hubiese despertado de un sueño delicioso. Aunque mucho tiempo pasara, recordaría aquel sitio donde cayó en la embriaguez y se entregó a prácticas que le parecían al mismo tiempo exquisitas y vulgares. Se sintió uno con aquellas prostitutas, zíngaras y masajistas. Y nunca antes se había dicho a sí mismo: “Todo estará bien. Todo estará bien”.
Cuando salieron, Alberto se sentía triunfante. A partir de aquel momento, se permitió todas las libertades. Leyó lo que deseaba y pensó lo que quería. Se dijo a sí mismo: “Esto es libertad”.
Cuando salieron, Alberto le pidió al muchacho árabe que se detuvieran bajo un tiempo para quedarse mirando el río. A lo lejos escuchaba aún en sí mismo, en la cabeza, el grito de la locura. Y Farid, que se había dado cuenta de que este pobre muchacho no sabía nada, ni siquiera de aquella ciudad, le dijo.
—En esa isla, en el Aventino, vive Remo. Allá deben estar encerrados todos los navegantes y prestamistas que se reúnen para planear este viaje hasta el fin del mundo. Allá debe estar encerrada la corte del papa Inocencio y los monjes hipócritas. Allá debe de estar el rey lobo.
Alberto entendió, Farid se estaba refiriendo a la isla de los locos, la ciudad al interior de la ciudad donde el plan sagrado de Roma instauraba el lugar en que se encierra la pasión enajenada de Remo mientras que Roma es la urbe del otro gemelo, de Rómulo. El paciente, el militar.
Un mendigo se acercó a ellos para pedir una moneda que le regaló Farid. El hombre se fue dando gracias a Dios y Alberto escupió:
—Helo aquí. Esto que llaman piedad y cordura es sólo un pobre diablo que agradece a Dios por ser miserable.
Jorge lo había conseguido. Alberto había dejado de creer en Dios.
El mundo estaba cambiando, sobre todo en la Iglesia. En aquel año de 1491 Toribio de Benavente, quien tenía diecisiete años, tomó el hábito en la provincia de Santiago y Savonarola, quien tenía 34, era titular de la iglesia de San Marco en Florencia. Desde ahí lanzaba ataques contra Inocencio VIII a quien llamó “encarnación de Satanás.” El abad de Alberto había estado de acuerdo con estas apreciaciones, pero se guardaba de darles razón, al menos en público. En aquel año murió la madre de Rafael Sanzio y el joven pintor quedó bajo la custodia legal de un tío suyo, Bartolomeo, un sacerdote con el cual conoció la obra de Uccello y el rey Juan de Portugal y su hijo fueron a bañar en las aguas del Tajo. Sucedió que el caballo del príncipe, se desbocó y cayó en una pendiente arrastrando al heredero de la corona con él. El príncipe murió de un modo tan inesperado y banal que cambió con este accidente la historia de un mundo que aún no existía. Poco importó que le lloraran tanto, que en la corte las plañideras se quedaran sin lágrimas, que la madre haya cogido una mula para ir a gritar histérica en el lugar en que murió su único hijo. Era la muerte y no había nada que hacer. El mundo cambió de golpe, sin anunciarse. El rey Juan dejó de interesarse en las exploraciones para llegar a Cipango y Catay y así, de golpe y ordenó que vendieran al papa los mapas que necesitaba su santidad. Inocencio VIII le entregó estos mapas a Cristobal Colón quien se ha dicho que era su hijo. Fue así como se abrió el camino que llevaría a América a la Virgen de la Tribulación.
Había sido allí, bajo el ciprés en Famagusta, donde Farid había escuchado por primera vez la palabra “América”. También fue allí donde había aprendido a defenderse de los sirvientes venecianos y a ser la mano derecha y la mano izquierda cuando la tarde se desvanecía y el ciprés no era más que un olor familiar. Farid, un mulato árabe que soñaba con cruzar el Mediterráneo y regresar a un pueblo desconocido, se había convertido en predilecto en aquella tierra lejana.
En Famaugusta, a las dos de la tarde, Farid y Rashid caminaban hacia la posada donde se hospedaba el señor Estévez, amigo de su amo. Sus pasos eran largos y rápidos, mientras el aroma a pino impregnaba el aire fresco que llenaba sus pulmones. Mientras tanto, en la iglesia de San Francisco, Don Miguel observaba distraído a fray Juan. Su mirada se perdía en los frescos pintados por los indígenas.
Pero había sido allí, bajo el ciprés en Nicosia, donde Farid había escuchado por primera vez la palabra “azteca”. Le habían hablado del emperador azteca que se había rendido y de cómo un marqués, llamado Carlos V, había recibido el reino de serpientes aladas, dragones y águilas que se precipitaban al atardecer, justo en aquel espacio donde su voz resonaba clara y llena de amor hacia Rashid, Lucía y el pequeño monito verde que se alimentaba de piñones y cacahuates. Farid, el cantante castrado en la Nueva España, había dejado una parte de sí mismo bajo ese ciprés en Nicosia.