Cuando Farid desempacaba, la herida en su ingle volvió a abrirse. Entró al baño y se lavó en la tina. Sangraba profusamente.
Para saber si seguía siendo el esclavo del centurión, Farid decidió hacer caso de la carta de Gabriel. Él vino a Nicosia donde encontró que quienes le hicieron la reservación por Internet le habían engañado. De camino del aeropuerto, el único incidente digno de contar fue que el policía fronterizo miró su pasaporte de Ciudad del Vaticano y se santiguó. Le dijo que esos pasaportes daban buena suerte. Cuando llegó al hotel que había reservado por Internet, leyó: “cerrado por remodelación”. Nadie iba a devolverle sus cincuenta euros, lo sabía. El taxista le presentó a una prima que lo llevó con otra prima que lo condujo hasta una rubia vieja y con cara de malos amigos que le dio un buen precio por una habitación con ventilación y vista a la zona roja de la ciudad. Había venido con dos días de anticipación. Con el tiempo que habían dejado de verse Gabriel y él, creía que dos días era una espera justa. Hacía mucho calor en Nicosia, al día siguiente iría a Famaugusta. Le habían dicho que la iglesia de los templarios se había convertido en un bar. Iría a tomarse unos tragos antes de que llegara Gabriel.
Farid rentó un auto. Adoraba ese país. De camino a Famaugusta recordaba las cosas que le contó Atonatiuh cuando llegaron al fin del mundo. Así se las contó o así las recordaba. Daba igual
En Chipre, le han dicho, nació Afrodita. No lo sabe con certeza. No debería creerlo, ya que no cree en Afrodita, pero a través de sus sucesivos encuentros con Dios, ha aprendido que existen muchos espíritus.
Lo dice el credo y está en lo correcto: “creador de todo lo visible y lo invisible”. Tal vez Afrodita sea uno de esos espíritus. No lo sabe. Lo que sí sabe es que Chipre es un lugar magnífico y adora a su madre en esta vida, pero en su vanidad, hubiera deseado ser un noble genovés.
Tal vez Afrodita sea el alma que impulsa la belleza. No lo sabe con certeza. Sin embargo, está seguro de que Chipre es un lugar magnífico y adora a su madre en esta vida, aunque en su vanidad, anhelaría ser un noble genovés.
En la taberna, el miedo a Hakim lo despierta. Se toma un baño para calmar la ansiedad. Ha sudado toda la noche y por la mañana bebió vino hasta vomitar. Borracho, contempla a San Miguel Arcángel y anhela perderse.
Ya en el Centrum, comienza a desempacar. En ese momento, se percata de que su herida se ha vuelto a abrir, una herida que preocupa mucho a su médico. Sigue sangrando. No mucho, para ser sinceros, pero si no tiene la precaución de usar pantalones y ropa interior negra, su ropa termina en un estado desastroso. En ocasiones, cuando la hemorragia es intensa, puede dejar un charco en el suelo. Esto le ha ocurrido en los momentos más inoportunos.
Ni él ni su médico saben de dónde proviene la hemorragia. Al igual que Anfortas, cada vez que piensa en el sexo, sangra del sexo. Mientras desempaca en el Centrum, se excita al ver su propia imagen reflejada millones de veces en los espejos opuestos y, sobre todo, al observar las imágenes de kouros griegos y desnudos que decoran, con un gusto bastante pobre, las habitaciones del hotel.
Fue al baño, abrió el grifo de agua fría con la consciencia de que aquí, en el mundo de Alicia al otro lado del espejo, todo gira en sentido contrario. Me metí en la tina para que el agua me enfriara y el rojo que me salía del sexo se mezcló con el blanco de la espuma que se hizo con el shampoo que, para ese efecto, dejaron las recamareras del hotel.
Se detuvo la hemorragia, claro, pero supo que iba a volver.
Farid había reservado el Centrum Hotel a través de Internet, una decisión que resultó ser desastrosa. Al parecer, el dueño del hotel o algún decorador excéntrico había decidido llenar cada pared con motivos de la civilización micénica y espejos. Los kouros, esculturas que representaban a jóvenes varones, habían despertado cierto interés en Farid. Sin embargo, cuando salió del baño, sintiendo un frío intenso, se percató de que alrededor de los espejos habían pintado diosas serpiente, reyes minoicos y diminutas vacas blancas. Aquella imagen perturbadora provocó que, finalmente, pudiera dormirse y soñar con un rey gigantesco que copulaba con una vaca, dando origen al Minotauro.
Farid fue despertado por el miedo a Hakem, a quien en sus sueños asociaba con el Minotauro. Lejos de la sensación de frío que le había proporcionado el baño, ahora se encontraba sudando debido al calor. El ventilador apenas refrescaba y generaba un molesto ruido. Había dejado las luces encendidas al dormirse, lo que provocaba que los soldados micénicos se multiplicaran infinitamente en los espejos. Al mirar su reloj, notó que eran las once de la noche. Decidió apagar el ventilador y abrir la ventana, pero esto solo hizo que la habitación se llenara de mosquitos. Así que decidió salir a dar un paseo nocturno, algo que no había hecho en quinientos años.
A pesar de encontrarse en Pafos, una zona turística, no podía evitar pensar que había regresado a Acapulco. Todo era muy diferente a cuando nació, pero eso era de esperarse. Sin embargo, este hotel alquilado a través de Internet le había desencantado por completo con todo lo relacionado con las ofertas en línea. Consideraba que solo un terrorista estético sería capaz de decidir pintar las paredes con tonos de rojo y naranja. Los pasillos estaban decorados con imitaciones de los frescos del museo de Pafos, lo cual no facilitaba sentirse cómodo rodeado de monstruos con cola de sirena y hombres-toro reflejándose hasta el infinito en los espejos.
Mientras Farid desempacaba, la herida en su ingle volvió a abrirse. Entró al baño y lavó la sangre abundante en la bañera. En otro lugar, el centurión también pensaba en él.
Farid leyó el libro con convicción, creyendo en la veracidad de todo lo que estaba escrito en él. No se refería únicamente a los olores, colores y descripciones de diferentes personas, sino que lo consideraba cierto en su totalidad, especialmente en relación al lunes en que se despertó con dolor de estómago debido a que iba a encontrarse con Juan.
Al abrir la ventana, también se encontró con la veracidad de Chipre. La dueña amable le hablaba en griego, aunque ya no lo entendía, y el hijo de la dueña coqueteaba con él, como hacía con todos los clientes atractivos de su madre. No sabía si le coquetearía si supiera que tenía más de mil años y que su única virtud era nacer de manera persistente en almas tan estrechas que le parecían pajillas con las que quería beberse el mar. No era necesario confundirse. A pesar de su edad, no era más maduro. Por el contrario, nunca le habían salido las muelas del juicio y solo tenía la ilusión de pasar ese día de Navidad con Juan, el discípulo amado que se recostó hace mucho tiempo en el pecho de Cristo.
lo dejaron pasar. La primera hostería en la que se alojó le produjo pesadillas. Del fondo del suelo emergían vasijas que se transformaban en kouros y lobas. No sabía si amaba a Chipre o más bien lo odiaba. Esperaba saberlo el día que volviera a verla.
Hacía mucho tiempo que Farid no salía de Santa María en el Trastévere. Roma había sido su vida todo ese tiempo. El viaje resultó más sencillo de lo que hubiese imaginado, a pesar de que los viajes en barco aún lo aterraban. En la aduana, le preguntaron con mucha curiosidad a qué venía un monje a Chipre. Él respondió que venía a ver a un amigo para ir a Famagusta, donde nació Afrodita. El aduanero lo miró intrigado. Farid pensó que tal vez su griego se había echado a perder y cuando se le atravesó la idea de que podría comenzar a sangrar en esta situación, estuvo a punto de desmayarse. El agente le dijo que el lugar en el que habían nacido no existía, que Afrodita no existía. Pero él sabía que sí. Se lo habías dicho tú y él te seguía creyendo. Ayer quemó el manuscrito con todo lo que había pensado decirte.
A la mañana siguiente escapó del hotel y se fue a rentar un coche, un jeep Rubicón con el que se sintió libre.
Frente al Centrum había un circo. Estaba en un lote baldío y resultaba patético, aunque tal vez a Fellini le hubiera gustado. Afuera de la carpa, niños mendigos pedían euros y adentro se podía escuchar la carcajada idiota de quien se entretenía con el truco del elefante.
Farid tomó un taxi y tratando de imitar el acento griego de los chipriotas, pidió que lo llevaran a la zona turística. Era una calle larga que se extendía junto a hoteles de cinco estrellas. Supuso que detrás de ellos se encontraba la playa.
En un arranque, decidió entrar en uno de los bares que parecía tener buen ambiente. Los gritos, descubrió, no eran de alegría, sino de pasión. Inglaterra jugaba al fútbol contra Holanda y en el bar había hinchas de ambos equipos. Farid pidió un trago, una cerveza local.
—Keo, mi amigo —dijo.
Después de cinco Keos más, la sensación de tristeza había crecido al ritmo de su borrachera, pero no quería regresar al Centrum.
Deben ser las once de la noche. Decidió salir y se encontró con una calle tan turística que encontró dos o tres restaurantes mexicanos que ponían “burrito” en griego. Entró en otro pub y se encontró con lo mismo: ingleses y holandeses. Miran el futbol, brindan por su equipo. Pidió una cerveza y luego otra. Se trataba de emborracharse, sí. No quería volver a ese hotel en el que los miedos lo asaltaban. Estaba convencido de que todas esas imágenes que el decorador había pintado con evidente horror al vacío volverían a provocarle pesadillas. Bebió hasta que comenzó a amanecer y, estando borracho, fue a conseguir un auto rentado para lo cual su American Express fue útil.
Escogió un Jeep Rubicón 2014. Nunca lo había visto, pero ahora le parecía un auto magnífico. Tuvo que soportar las preguntas de siempre: si estaba seguro de que la licencia italiana no era falsificada y, como había dejado el pasaporte en el Centrum, tuvo que convencer al dueño del establecimiento con unos euros de que era él el de la licencia. No era su aspecto lo que le parecía extraño, sino su edad. Finalmente, el dueño aceptó cincuenta euros cuando Farid descubrió que lo malo del Rubicón negro que le gustó era que, por alguna razón relacionada con Chipre y no con el Jeep, el GPS nunca pudo funcionar. El dueño le dio mil excusas, le rebajó el precio y le regaló un mapa de turista de esos que ponen símbolos para informarte dónde comer, dónde comprar y qué ver. Observando su mapa y antes de lanzarse a la aventura de conducir por el lado izquierdo, Farid tuvo ganas, por primera vez, de ir a Famaugusta. Pensó, claro, en la cita que le hicieron aunque, ahora que lo pensaba, no estaba realmente seguro de que hubiera sido él quien escribió esa carta.
Chipre olía a resina, a una planta desconocida para él. Quizás era la jara, el láudano de los alquimistas. El mapa en la mente de Farid se iba actualizando lentamente. Descubría que ciertos palacios no eran tan grandes como recordaba y que había una mayor distancia entre una catedral y otra. Se alojaba en una casa que el propietario había decidido pintar de un rojo tierra, lo cual le causaba pesadillas con el Minotauro. Los monstruos de cola de pez que lo habían llevado a América seguían allí, y la delirante situación no le impedía sorprenderse al verlos de nuevo. Había bebido esa tarde. La hija del dueño le había llevado queso, una pera y una jarra con vino crudo que le provocó una fuerte jaqueca. Ayer había dejado Nicosia. Hoy había llegado a Famagusta. Acostumbrado aún a las distancias americanas, se sorprendió de haber cruzado media isla en tan solo dos días. De Famagusta se dirigiría hacia las faldas de la montaña. Subiría para visitarlo. Al verdadero Olimpo, donde vivía con la madre de Dios. Sin embargo, Farid sabía que Dios ya no habitaba en ninguna montaña. Dios no visitaba ya ninguna montaña. En el discurso de las beatitudes, Dios mismo entregó la nueva ley y desapareció en el cielo. El Olimpo era solo una metáfora, pero ella no. Nicosia le había gustado, aunque encontraba fácil adaptarse a esas frivolidades. Lo que había experimentado en el Nuevo Mundo no era suficiente para convertirlo por completo. Pasó la tarde observando los barcos que llegaban de Asia, desde lo alto de las murallas que aún conservaban las cicatrices de las guerras entre moros y cristianos. ¿Qué era él? Se alojaba en una casa en la Zona Rosa. Por las noches, contemplaba los fuegos en el mar y escuchaba los cañonazos. Se comía mucho y se comía bien en una taberna que había encontrado cerca de la antigua catedral de los templarios. Creía recordar que le habías contado que allí te habían bautizado. Tal vez lo había inventado.
Farid soñaba o contemplaba. Abrió la ventana para deshacerse de aquella visión. Nicosia seguía allí, y él se resistía a preguntar a la dueña cómo llegar al monasterio, pues ya no sabía ni cómo llamarte. No había dejado de pensar en ti desde el día en que se fue en busca del alquimista. Prefirió escribir, en español, pues era un idioma que parecía de niños. Era una lengua propicia para cantar y, tal vez, para conjurar. No deseaba escribirte una carta. Quería liberarse de todo ese peso. Tal vez lo quemaría. Lo había hecho en numerosas ocasiones, intentando vaciarse de su pasado de esa manera. Escribiría este manuscrito todas las veces que fueran necesarias para regresar al monasterio vacío de sí mismo. Tan limpio como cuando su madre le pidió que cantara para ti y el padre Nicolás.
En Pafos hay un museo, ruinas con mosaicos helénicos y hoteles de lujo con playas. Chipre es la puerta entre oriente y occidente. Siempre le pareció en el mapa una tortuga y sin embargo, es más como una llave medieval. En la zona más turística de Pafos está el departamento que Farid rentó por Internet, no vuelve a creer en las ofertas cibernéticas. Está en un hotel pretencioso pintado en tonos de rojo y anaranjado. Los pasillos y las habitaciones imitan los frescos del museo de Pafos. Le resulta difícil sentirse cómodo rodeado de monstruos con cola de sirena, toros-hombre que se reflejan al infinito en los espejos contrapuestos de su habitación.
Deben ser las once de la noche. Farid sale y camina por una calle tan turística que encuentra dos o tres restaurantes mexicanos. Se mete en un pub en el que un grupo de holandeses lanza brindis. Pide una cerveza y luego otra. Se trata de emborracharse, sí. No quiere volver a ese hotel en el que le asaltan los miedos. Será tal vez que aquí en Chipre a sus personajes les suceden cosas terribles. Sueña con minotauros.
Al día siguiente, el destino de Farid es Nicosia, la capital.
En un comedor de carretera, Farid comienza a acoplar su cerebro al mapa de Chipre. Está convencido de que una ciudad, un país debe mirarse como una obra de arte que han ido produciendo millones de seres humanos a lo largo de los siglos. El mapa lo tenía confundido porque está acostumbrado a los mapas mexicanos, aquí las distancias son enormes. En Chipre, en dos horas ha cruzado la mitad del país. Piensa: en tres horas llegará a la capital. Bonito plan. No sabe que las carreteras son malas y esa mancha verde al centro del mapa es un macizo montañoso.
En el restaurante carretero, Farid aprende que aquí lo que se bebe es cerveza Keo. A la mesera coquetona le pregunta por Famagusta. Debería estar por aquí, ¿no? La rubia cambia de actitud: “Está en la zona turca”, le dice. “Son peligrosos los turcos. No vaya para allá”. Pero si a eso vino. Justo porque es necio como los turcos, que en el este de Europa turco es sinónimo de “toudo”.
En todo caso, Farid pensó que había llegado a Chipre con dos semanas de anticipación, lo que le permitía darse el lujo de cruzar la frontera con Turquía y regresar al puerto donde comenzó su largo viaje hacia México. Sin embargo, notó algo extraño al observar su mapa turístico, el cual estaba muy bien señalizado en inglés. Toda la zona turca aparecía como una mancha gris. Decidió tomar la carretera en dirección a Nicosia, pensando en que volvería a Pafos más tarde.
Mientras tanto, Farid cambió de opinión y decidió escribir. Su principal objetivo era lidiar con el manuscrito que llevaba consigo y que pesaba mucho en su maleta Vitorinox. Su primer paso fue regresar al Centrum Hotel para pagar la cuenta. No es que le importara mucho, pero necesitaba extraer las seiscientas cuartillas del manuscrito en latín y arrojarlas a la bañera. Encendió fuego a las hojas con uno de esos encendedores que se encuentran en los hoteles, el cual tenía impresa una vaquita blanca. Había perdido la cuenta de cuántas veces había realizado este ritual. Recordaba que la vez anterior, si no se equivocaba, el manuscrito estaba escrito en griego o tal vez en francés. No estaba seguro. A Farid le gustaba escribir en español debido a las numerosas palabras agudas y sonoras que contenía, como “repercusión”, por ejemplo.
Cuando estaba saliendo de la habitación, comenzó a sonar la alarma contra incendios. Los kouros y los dioses micenos, que antes le provocaban excitación y miedo en su estado de embriaguez, ya no le afectaban. Subió a su jeep con una maleta en la que ya no pesaba toda esa historia que había cargado desde el Vaticano hasta ese lugar. Decidió que, aunque la cita era en Pafos, iría a Nicosia, la capital, y se dirigió hacia allá.
Farid entró en lo que le pareció una taberna y pidió a la mujer que atendía una Keo, lo cual provocó que la mujer de burka casi se desmayara del escándalo. La mujer, muy indignada, le dijo que allí no se bebía, ya que era un restaurante musulmán. Aun así, accedió a conseguirle una Coca-Cola.
Al regresar al hotel, la dueña le informó que tenía una nota, la cual resultó ser de Miguel quejándose de cómo lo había planteado. Esto le sorprendió, ya que no creía que la nota fuera de él. Además, Farid sentía que lo que sentía por Natsumi se había transformado en amor. Hace unos días, recibió varias llamadas insistentes en su habitación, pero nadie contestó. Tenía la fantasía de que fuera Natsumi, y aunque no deseaba volver a ver envejecer a alguien a quien amaba, anhelaba volver a experimentar el amor, tal vez como un demonio o un dios.
Farid se despertó al escuchar el grito del último borracho de la mañana y comenzó a reescribir la historia de lo que había sucedido la última vez.
Por el momento, lo hizo en papel, pero planeaba comprar una computadora al día siguiente. En lugar de que Miguel lo recogiera en el aeropuerto de Pafos, Farid tenía la intención de escaparse a Famagusta para volver a ver la ciudad del esclavo del centurión. Sin embargo, antes de partir, había algo que quería hacer: raptar a la muchachita que había visto dormida el día anterior. Había decidido que aún no era el momento de volver a ver a Natsumi y cumplir la promesa que se hicieron en Flandes.
Afuera de la habitación, el viento soplaba como un loco que no decía nada, y la tierra se mostraba como una puta con las entrañas al aire. Farid sentía que allí todo llegaba a su fin, por eso no quería salir hasta que alguien viniera y rompiera la puerta de su borrachera, arrojándolo al fin del mundo, donde la luz de la ciudad no permitiría adivinar las estrellas. Se miraba a sí mismo y pensaba que era como una puta en Babilonia. Se sentía bien allí, comprendes. Tenía esa extraña libertad de decir lo que quisiera, hacer lo que quisiera y arrepentirse o no arrepentirse. Recordar no sublimaba nada, por eso quemaba todo lo que escribía. Escribir no compensaba nada, no servía absolutamente para nada. O tal vez, la única utilidad que tenía era apropiarse de esa lengua de niños. Afuera, la tierra era roja, había pasto y un auto viejo. Afuera estaba lo otro, lo que no era allí, lo que no era él ni sentía. Y allí, en su habitación, había un espejo y una pluma atada a sus ojos. Lo que sentía, quizás, por otro lado, era que el afuera y el adentro eran uno, y la tierra roja y la pluma también eran uno, o quizás no existía la ventana ni el rojo ni el auto ni el espejo, ni lo otro, ni yo. Y mañana ¿despertará junto a quién?
Guiando por el lado izquierdo, como en Londres, Farid se dirige al norte hacia las montañas donde, segú
n la leyenda, estaba el Olimpo original.
Pero antes de subir a la montaña, Farid pierde el tiempo y en un giro abrupto baja hacia una playa que anuncia: “Aquí nació Afrodita”. Vaya historia. Esto hay que verlo. El paisaje es idílico en verdad, aunque no hay arena sino piedras y un paisaje que, ahora lo ve, se habrá reproducido a partir de grabados de viaje en la Italia Renacentista. Efectivamente, este es el mar que los maestros italianos reprodujeron para pintar el nacimiento de Afrodita.
Son las diez de la noche. Farid conduce por una zona montañosa con carriles minúsculos. Se entretiene pensando en los iconos que compró en un monasterio que tiene una fuente milagrosa que abrió con su espada San Miguel Arcángel. Lo ha bendecido un pope. Piensa: Afrodita, San Miguel Arcángel, adelante una ciudad veneciana cortada a la mitad. Nicosia es la única capital dividida en el mundo. Por allá tiene que atravesar a territorio turco para encontrar una ciudad que ha perdido su nombre. Una ciudad que aquí dicen, no existe.
Ya hecho de prejuicios, pensando en las carreteras malas de Chipre y en quién señalizó esto, Farid se sorprende al llegar a Nicosia a la una de la mañana. Ha llegado a una ciudad típicamente europea con escaparates de Versace, donde adolescentes rubios conducen Jaguares o Mercedes. Las avenidas son amplias y los precios de los hoteles estratosféricos. Toda la riqueza de un país con la segunda flota mercante más grande del mundo está allí, en Nicosia, una pequeña ciudad que se le figura un icono bizantino.
Pero Farid no ha venido a Nicosia a ver escaparates. Quiere encontrar la frontera y, por lo pronto, también necesita dónde dormir. Se pierde dentro de los muros de una ciudad amurallada. En unas dos horas consigue un hotelito de buen presupuesto frente a una estación de autobuses. Está en la Zona roja. Toda la noche se escucha la música de los prostíbulos. Allí está el corazón de la Venecia imperial. Desde el balcón de su cuarto se miran los torreones del muro y más allá, en la montaña, una bandera turca que se enciende y se apaga. Es una señal, un “no pasarán”. Allá, a unos kilómetros de su hotel, siguen luchando el Islam y la Cristiandad.
Chipre se independizó de Inglaterra y fue devuelto a Turquía. Entonces, los grecochipriotas orquestaron un golpe de estado y comenzaron a matar turcos. Querían que Chipre fuera de Grecia. Hubo una guerra civil liderada por religiosos. En el horizonte, frente a frente, una mezquita con su media luna y una catedral con su cruz en alto parecen también a punto de golpearse.
Farid se dirigió a un parador que su mapa recomendaba con cinco estrellas. Comenzó a conectar su mente con el mapa de Chipre, convencido de que una ciudad o país debe ser contemplado como una obra de arte creada a lo largo de los siglos por millones de seres humanos. El mapa lo tenía confundido, ya que estaba acostumbrado a los mapas mexicanos donde las distancias son enormes. En Chipre, en tan solo dos horas, había cruzado la mitad del país. Pensó para sí mismo: “En tres horas estaré en la capital. Bonito plan”. Sin embargo, desconocía que las carreteras eran de mala calidad y que la mancha verde en el centro del mapa era una cadena montañosa.
Farid estaba agotado y el hambre siempre lo mantenía despierto. Fue atendido por una mesera rubia, pecosa y muy hermosa, quien se sorprendió al escucharlo hablar griego. Ella le ofreció la tradicional Keos al dos por uno. El parador se encontraba junto a una marina espectacular, así que Farid se acomodó y decidió emborracharse una vez más.
Después de su tercera cerveza nacional al dos por uno, Farid se atrevió a preguntarle a la mesera de pecas en la nariz:
“¿Y Famaugusta, dónde se encuentra?” Mostró el mapa y señaló el área gris. La mesera se molestó mucho, como si él hubiera dicho algo ofensivo. Recogió los platos con los restos del pescado que Farid había comido y le respondió:
“Famaugusta no existe”. Sorprendido, Farid preguntó: “¿Pero cómo? Yo nací muy cerca de Famaugusta, en la Bahía del Apóstol”. La mesera no le creyó y con aire de superioridad sentenció: “En todo caso, si alguna vez existió Famaugusta, ya ha desaparecido”.
Siendo terco como los turcos, quienes en Europa Oriental son conocidos por su obstinación, Farid decidió conducir hacia el norte, guiando por el lado izquierdo de la carretera como en Londres. Su objetivo era llegar a las montañas donde, según la leyenda, se encontraba el Olimpo original. Allí se dirigiría a Nicosia y esperaba que alguien le indicara cómo llegar a la zona turca, donde él había nacido.
Farid manejaba su jeep, adecuado para las calles sin pavimentar. Estaba cansado y un poco deprimido por cuestiones que no venían al caso. La ciudad le parecía pobre y decadente, llena de turistas londinenses.
Farid, exhausto porque no había podido dormir toda la noche, finalmente llegó a la antigua puerta oriental en Chipre, conocido como el último bastión de la cristiandad. Abrió la ventanilla del jeep que había rentado y sintió un aroma resinoso característico de la isla, proveniente de una planta desconocida para él, similar a la jara de ládano que solía percibir en las calles de Madrid. Siguiendo las líneas trazadas en su mapa, decidió tomar un pequeño desvío antes de dirigirse hacia la montaña.
Con un giro abrupto, Farid descendió hacia una playa que mostraba un cartel que decía: “Aquí nació Afrodita”. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Nunca antes había sentido interés por esa playa, ni siquiera cuando era niño.
Estacionó el jeep en un lugar prohibido y descendió por una colina empinada que lo llevó hasta una playa cubierta de guijarros. Allí estaba, justo como lo indicaba el letrero: “Aquí nació Afrodita”. No era una mera suposición, los chipriotas lo creían con la misma devoción que los hippies en México, quienes cada año celebran el nacimiento de Quetzalcóatl en un manantial en las montañas de Tepoztlán.
En aquel lugar se encontraban numerosas mujeres inglesas que paseaban sin pudor, dejando al descubierto sus torsos desnudos, mientras los jóvenes griegos y turcos disimulaban su interés por observarlas. Había un rincón en particular desde el cual se podía reconocer el escenario donde Boticelli había dado vida a la diosa. No es que el pintor hubiera viajado a Chipre en aquellos tiempos, ya que las postales de viaje eran comunes y se comercializaban por toda Roma. Sin embargo, quizás haya olvidado algunos detalles. Tal vez la pastilla que el último psiquiatra le recetó para evitar los episodios esté causando cierta confusión. Pero este era el mar en el que Afrodita había nacido en aquella pintura italiana. Si él existía y yo existía, ¿por qué no habría de existir Afrodita? No lograba imaginármela en aquel lugar tan vulgarmente turístico; en cambio, la imaginaba en una fiesta veneciana, oculta tras una máscara, como tantas veces habíamos hecho para no ser reconocidos. Conduje de regreso al hotel, entretenido pensando en los iconos que compré en un monasterio que tenía una fuente abierta por la espada de San Miguel Arcángel. Según cuentan, beber de esa agua tiene poderes curativos. Pero a mí no me sanó.
Después de un buen rato que había pasado tratando de capturar el momento en que un joven miraba lascivamente los pechos de dos desinhibidas inglesas, y luego se sumergía en el mar, justo entre las dos rocas que recordaban al Renacimiento, para disimular su erección, me di cuenta de que el tiempo había pasado demasiado rápido. Encontré mi coche con una multa, que arrugué con fastidio y cierto aire de superioridad, antes de guardarla en la guantera del jeep. Seguí conduciendo, dejándome llevar por el mapa de turista.
Chipre había logrado su independencia de Inglaterra y ahora pertenecía a Turquía. Sin embargo, los grecochipriotas habían orquestado un golpe de Estado, provocando una ola de violencia contra los turcos. Querían que Chipre formara parte de Grecia. La situación había desencadenado una guerra civil liderada por líderes religiosos. En el horizonte, una mezquita con su media luna y una catedral con su cruz se enfrentaban, como si estuvieran a punto de colisionar.
La cerveza era buena en Plaka, el nombre de la taberna donde Farid solía frecuentar. La dueña de la taberna se esforzaba por servir a los huéspedes hasta saciarlos. Lo que más disfrutaba Farid eran las bolitas de shevtalíá, una delicia local. Por las tardes, cuando el calor era sofocante, se recostaba en un camastro. Desde el balcón de su habitación, podía contemplar la bahía que se extendía tras las imponentes torres de la catedral. En la plaza, soldados griegos y venecianos patrullaban, observando con desaprobación a los muchachitos árabes que jugaban con peonzas y dados. A pesar del calor agobiante, Farid decidía aventurarse por las calles y perderse en ellas.
Un día, Farid se acercó a un hombre y le preguntó por el camino hacia la Bahía del Apóstol. El hombre lo miró molesto. Farid recordó que había encontrado esa misma actitud en Chipre desde su regreso. La mesera de la taberna Plaka, la mujer que lo atendió en el segundo hostal al que se mudó, todos habían negado la existencia de la Bahía del Apóstol.
A las diez de la noche, Farid conducía por una zona montañosa, por carriles estrechos. Se entretenía pensando en los iconos que había comprado en un monasterio que albergaba una fuente milagrosa, supuestamente abierta por San Miguel Arcángel con su espada. Había descubierto el monasterio sin mapa ni indicaciones, justo al lado de la carretera. Un pope lo bendijo y allí adquirió iconos de San Miguel y Santiago Matamoros. Aunque Farid ya no sabía exactamente en qué creía ni quién era, aquellas figuras sagradas parecían acompañarlo en su viaje, despojándolo de los prejuicios de un viajero que buscaba perderse.
Finalmente, Farid había regresado a Nicosia. La ciudad, que recordaba a una Venecia partida en dos, aún permanecía como la única capital dividida debido a una cuestión religiosa. Aunque algunos sostendrían que el conflicto greco-turco era más una estrategia para dominar el este del Mediterráneo, Farid no estaba convencido por las ideas de Marx. Para él, la teoría de Hegel sin Dios parecía poco más que una improbable hipótesis.Eran ya la una de la mañana y Farid se sorprendía al ver cómo Nicosia brillaba con escaparates de lujosas marcas como Versace y Hugo Boss. Hermosos adolescentes chipriotas conducían descapotables Jaguar, Mercedes y BMW, incluso había un llamativo Jaguar rojo. Aunque no debería extrañarse, sabía que Nicosia era el hogar de la segunda flota mercante más grande del mundo. Todos aquellos jóvenes debían ser hijos de navieros. Para Farid, una ciudad era la máxima expresión artística, y Nicosia le parecía hermosa, pequeña y profunda como un icono bizantino.
Sin embargo, Farid no había vuelto a Nicosia para admirar escaparates. Su objetivo era encontrarse con alguien en particular y también visitar Famagusta, aunque no estaba seguro si lo haría cuando esa persona llegara con su historia o si, decepcionado, se marcharía en jeep a Turquía para que Hakem o los cardenales del Vaticano lo encontraran.
Se encontraba en Nicosia, con las casas de la Zona Roja a la vista desde la ventana de su habitación y, en los cerros, ondeaban dos enormes banderas: una griega y otra turca. Estaba muy cerca de la frontera donde aún se libraba la lucha entre el islam y la cristiandad. Aunque se decía que los turcos eran laicos al igual que los griegos, los gobiernos podrían serlo, pero si la intervención de la ONU no hubiera evitado el genocidio, la isla sería hoy una mera ruina. Los chipriotas conocían bien el peso de las ruinas, y tal vez por eso a Farid le gustaba tanto haber vuelto.
En el hotel donde se alojaba en Nicosia, ya no llamaba la atención. Al principio, causaba cierto escándalo que un hombre con apariencia de niño, apenas llegado a la pubertad, viviera en un hotel de paso.
En poco tiempo, Farid se enamoró de la comida. El mejor restaurante, La Taberna Plaka, estaba cerca de la embajada de los Estados Unidos y servía un delicioso menú del día. Los platos de sabores exóticos llegaban continuamente mientras Farid disfrutaba de cervezas Keo del tamaño de una caguama. En ese momento, no conocía los nombres de los platos, pero ahora sabía que su favorito eran las bolitas de carne con sabor a especias y carnero llamadas shevtaliá. Una mesera rusa le había dado ese nombre, ya que Chipre estaba lleno de inmigrantes, como el resto de Europa.
Farid solía escribir por la mañana y por la tarde, cuando el intenso calor había disminuido, se perdía en Nicosia, una ciudad llena de paisajes urbanos exóticos que en el pasado albergaron a los nobles de la familia Cornaro. Aunque algunos de los antiguos palacios estaban en ruinas, las reconstrucciones habían comenzado desde que Chipre se unió a la Unión Europea. En cada rincón, se encontraban soldados griegos, cuya belleza recordaba a la de Héctor o Aquiles, protegiendo la ciudad de una posible invasión turca. Las calles mantenían su aspecto medieval, y Farid se sumergía en un viaje en el tiempo.
En una de las paredes del templo, Farid leyó que el Islam era una religión que buscaba la paz. Deseando que así fuera, se sintió atraído por la zona turca en comparación con la zona griega. Era algo diferente, una experiencia distinta. La comida, la gente, el idioma y la moneda tenían su propio encanto. Además, en este lugar no se negaba la existencia de Grecia y también se reconocía que Famagusta era el nombre de una antigua ciudad donde Venecia traficaba esclavos árabes.
Un amable individuo en un hotel más elegante y económico que cualquier otro en la zona griega le regaló un mapa en el que finalmente encontró la ubicación de Famagusta. Por las noches, en lugar de escuchar las risas de las prostitutas, escuchaba los ruidos de los niños que jugaban con una pelota. Al día siguiente, sabía que habría llegado al extremo opuesto de Chipre.
El mercado parecía sacado de las “Mil y una noches”, y justo frente a la catedral en ruinas se erguía el imponente palacio de los Cornaro. Farid había viajado hasta allí solo para verlo, nada más. Hace quinientos años, un esclavo había pasado por esta misma zona y terminaría convirtiéndose en cantante en México Tenochtitlan.
Le gusta más la zona turca que la zona griega. Es otra cosa. “Lo otro” en un sentido amplio. La comida, la gente, el idioma, la moneda. En esta zona no se niega la existencia de Grecia y además saben que Famaugusta es el nombre de una antigua ciudad en la que Venecia traficaba esclavos árabes. Un tipo amable en un hotel más elegante y más barato que cualquiera en la zona griega le regala un mapa en el que finalmente lee: Famaugusta. Por las noches, ya no escucha las risas de las prostitutas, sino el ruido de los niños que persiguen una pelota. Al día siguiente, habrá llegado al otro extremo de Chipre.
Luego, Farid buscó un hotel que le agradara y encontró uno llamado Rimbaud, tal vez por la calle en la que se encontraba. Era un modesto hotel ubicado frente a los antiguos muros de la ciudad, en una zona conocida por su vida nocturna y la presencia de prostitutas y borrachos. La comida en los alrededores era magnífica y, si se antojaba, podía bajar en cualquier momento a comprar cerveza en el puesto de revistas que nunca cerraba. Los chipriotas tenían la peculiar costumbre de vender cerveza en lugares donde normalmente se compraría un periódico. Farid suponía que la cerveza se vendía más que los tabloides en aquel lugar.
Se instaló en un hotel de paso. Mientras escribía su dirección, Farid se dio cuenta de que algo más llamaba su atención durante su viaje: una hermosa joven de piel blanca y ojos rasgados. Aunque era consciente de su juventud, esto no disminuía su deseo de estar con ella de manera íntima. Farid sabía que debía encontrar una manera de explicarle ciertas cosas para evitar asustarla, en caso de que sus planes se concretaran.
Bajo y me encuentro con Narumi, la hija de la dueña del hotel. Me sorprende que esté aquí.
En una noche anterior, Farid regresó al hotel borracho y encontró a la joven dormida. Observar a alguien dormir despertó en él un deseo perverso. Las luces que se filtraban a través de un vidrio roto parecían acuchillarla con destellos de amarillo y azul, despertando en Farid un placer inusual. A pesar de que sangraba debido a sus heridas, esta sensación no le preocupaba, ya que era la primera vez en mucho tiempo que sentía algo similar.
Al día siguiente, Farid llegó al hotel y encontró a Narumi, la joven, todavía dormida. La madre de Narumi le había dejado la llave en el mostrador, por lo que decidió observarla un momento antes de subir a su habitación. La belleza del joven durmiente rompía con la rutina de sus días en la ciudad. El vidrio roto rompía la luna. Su piel dolía de tan sensible cuando imaginó a la muchacha durmiendo con él. El viento entraba por la ventana, el reloj dio la una y se metió a la recepción para no despertarla. Pensó: Me gustaría irme con ella más allá de la ventana, prófugo de Dios y de la muerte.
En poco tiempo, Farid se enamoró de la comida. El mejor restaurante al que acudía era La Taberna Plaka, situado cerca de la embajada de los Estados Unidos, donde servían un delicioso menú del día. Las cervezas Keo, del tamaño de una caguama, fluían constantemente mientras llegaban y desfilaban platos llenos de sabores exóticos. En aquel momento, Farid no conocía los nombres de los platos, pero ahora sabía que su favorito, unas bolitas de carne con sabor a especias y cordero, se llamaban shevtaliá. Una amable mesera rusa le había informado, recordándole que Chipre, al igual que toda Europa, estaba lleno de inmigrantes.
El castillo de Kantara es una antigua fortaleza que se encuentra en la cordillera de Kyrenia. Es un sitio histórico fascinante con impresionantes vistas panorámicas de la isla. Puedes explorar el castillo y aprender sobre su historia militar mientras disfrutas de las vistas panorámicas.
El archipiélago de Kleides es una colección de pequeñas islas frente a la costa de Chipre. Estas islas son conocidas por su belleza natural y su biodiversidad. Puedes realizar excursiones en barco para visitar estas islas y disfrutar de la flora y fauna únicas que ofrecen.
La bahía de Oro de Nangomi es un lugar hermoso en la costa de Chipre. Es un destino popular tanto para turistas turcos como cristianos. Aquí, puedes relajarte en la playa, disfrutar de las aguas claras y explorar los alrededores para apreciar la belleza natural de Chipre.
Escribía por la mañana y en la tarde, cuando el calor descendía, volvía a dar vuelta por la ciudad.Farid era un joven aventurero que disfrutaba de su tiempo explorando la ciudad tanto por la mañana como por la tarde, cuando el calor comenzaba a descender. Un día, mientras paseaba por la ciudad, decidió entrar a una librería para disfrutar de su pasión por la lectura. Sin embargo, fue rápidamente confundido con un vago y lo sacaron del lugar. A pesar de este incidente, Farid no se dejó desanimar y continuó su recorrido.
Mientras caminaba por las calles, Farid notó la presencia de imponentes soldados griegos, cuya apariencia evocaba la belleza de los héroes homéricos. Fascinado por el entorno, se detuvo frente a un majestuoso palacio y decidió preguntar a un transeúnte si allí vivió la familia Cornaro. El hombre admitió no estar seguro, pero no descartó la posibilidad.
A pesar de no obtener una respuesta concluyente, Farid persistió en su curiosidad y preguntó a los griegos cómo llegar a la zona turca. El hombre a quien se dirigió no parecía consciente de la importancia histórica del palacio y le respondió con un comentario negativo sobre los turcos.
Anoche Farid llegó a Nicosia. Hoy se despertó al mediodía en un miércoles tres de agosto de 2011. Tenía una cita con alguien. Ya hablaría de ello. No sabía cómo esa persona había vuelto a saber dónde estaba. Le sorprendió reconocer su letra mal hecha. La señora que lo atendía era muy amable, aunque hablaba un griego del cual entendía muy pocas palabras: agua, comer, sol. Cuando la señora insistía en saber qué hacía un muchacho que parecía tener quince años en su burdel, él fingía que no entendía. En su habitación, esperaba a que pasara el tiempo. Los gemidos de los clientes que hacían el amor al lado de una pared hecha de cartón no lo desconcentraban.
A las seis de la mañana, cuando empezaba a amanecer, era el ruido de los turistas borrachos y no el despertador lo que finalmente lo convencía de saltar por la ventana con la intención de seguir su plan: regresar al lugar donde nació, aunque, para ser sincero, lo que más ilusionaba a Farid era volver a ver a Narumi, la hija de la dueña del hotel, quien era griega y había tenido una hija con un tailandés en ese hotel de paso en el que él se había metido. Era barato y estaba cerca de lo que quedaba de aquellos muros que los medievales construyeron en forma de rosa de once pétalos para defenderse de la invasión otomana. Que su hotel estuviera en la Zona Roja de Nicosia era casi una casualidad, ya que era la capital griega de Chipre.
Cuando la madre estaba en el mostrador, Farid conversaba con ella sobre toda clase de tonterías. Por ejemplo, el modo perfecto de cocinar un pollo al limón. Charlaban en inglés, ya que en quinientos años no había tenido tiempo de aprender turco. Cuando se cansaba de hablar y el chico volvía a su cama debajo de la escalera, la dueña del hotel de paso le entregaba la llave. Él se la colgaba y subía a su habitación. Aunque no podía dormirse, los gemidos al otro lado de la pared lo arrullaban.
La chica de aspecto oriental había vuelto a su cama debajo de la escalera, pero Farid se dio cuenta de que ella lo miraba y le sonreía. Él también le sonrió. Entonces comenzó a sangrar.
Abajo, en la calle, había un bar de prostitutas y cervezas, y, por cierto, Farid debía recordar mencionar que la iglesia en la que lo bautizaron se había convertido en un bar. Estaba lleno de turistas americanos todos los sábados.
Desde la ventana se escuchaba al mecánico arrancando el auto y al hombre que vendía comida. También se oía el ladrido del perro y al niño que estrenaba el timbre de la vecina. Farid soñaba con el hijo de la dueña. Él se desnudaba, dejaba caer todo lo que sobraba para eternizarse en ese acto de entregarse a ser dibujado. Y su sueño era una pintura en la que lo dibujaba con carbón, una imagen que capturaba la sensualidad de su pecho manchado por un lunar junto al sol, que atestiguaba que aún no era plenamente mujer.
Por ahora, Farid contemplaba la bandera turca y pensaba en la frontera, su frontera. El otro día, la dueña de un restaurante turco, que llevaba puesto un burka, le había dicho:
—Vaya usted a Turquía. Es fascinante. Los malos son los griegos. Mire:
Le mostró una foto de un joven vestido de soldado.
—A este lo mataron los turcos.
Aunque ansiaba volver a ver a esa persona, tenía más ganas de ir y hablar con Narumi, decirle que quería que le mostrara el camino a Famagusta.
Pero Narumi no estaba.
En cualquier caso, llegaba la hora de dormir, pero Farid decidió dar vueltas. La música en los prostíbulos lo recibía como si estuviera en casa. Esperaba encontrarse con Narumi, pero en su lugar apareció un hombre rubio de aspecto idiota que, muy despierto, le entregó la llave.
Ayer, mientras caminaba por la ciudad de Nicosia, Farid reflexionaba sobre su vida y sus deseos. Recordaba cómo en su infancia anhelaba el honor, la gloria y hacerse un nombre en Tenochtitlan. También pensaba en su deseo de amar a Lucía y ser amado por ella. Sin embargo, se daba cuenta de que todos estos deseos surgían de la envidia y de la falta de amor propio. Farid anhelaba ser alguien diferente, cualquier otra persona. Sus pensamientos lo llevaron a encontrarse frente al palacio de la familia Cornaro, y por alguna razón, imaginó que era la casa de Lucía Villena. Aún conservaba la perla de un arete que ella le había regalado, la cual había incorporado a un rosario y tocaba cada vez que se sentía triste. Farid comprendía que todos sus sufrimientos y deseos insatisfechos eran el precio de su pecado, incluida una cicatriz que llevaba consigo. Pero más allá de la envidia y de querer ser otro, su verdadero pecado había sido alejarse de la presencia de Dios. Mientras paseaba por aquella casa en ruinas, recordó las mañanas en Bahía del Apóstol, la playa. Aunque no era perfecto y tenía ciertas debilidades, había en él una inocencia que le recordaba a la de los jóvenes griegos con los que se encontraba. Los encontraba hermosos y sentía que purificaban sus pensamientos. No era que ellos fueran verdaderamente puros, al igual que él. Lo importante era que eran mucho más inocentes que él, después de haber experimentado el precio de sus deseos. Farid se sentía un poco más inocente cuando subía a los barcos de pesca y se lanzaba al Mediterráneo, nadando en la profundidad de ese mar verde azul. Al caer la tarde, corría desnudo junto a los demás niños para protegerse de los mosquitos. Era una inocencia que había perdido cuando se separó de la Virgen en el pozo, de su canto y de las lecciones de música, como los maitines, los rezos de vísperas y completas, y el cuerpo de Dios. ¿Cómo podía devolverle a Dios lo que le había quitado? Se dio cuenta de que debía devolverse a sí mismo, regresar a Él. Pero, en realidad, ¿acaso no le pertenecía desde siempre? Siempre había sido suyo. ¿Cómo devolverle lo que siempre había sido de Dios, lo que él mismo había robado? Mientras caminaba por los pasillos de la casa en ruinas de los Cornaro, viendo en ellos una metáfora de su propia historia y, en cierto sentido, de la historia de toda la humanidad, que inicia su vida a partir de la vida de Dios, Farid se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer. Ni rezos, ni buen comportamiento, ni novenas o rosarios que pudieran desgranar, ni cantos, himnos o sacrificios que no pertenecieran ya a Dios mismo. ¿Cómo podía entregarle su vida? No lograba resolver este enigma.
Para no despertar a Narumi (y consciente de que tenía que ir a ducharse antes de que alguien se asustara con el reguero de sangre que estaba a punto de dejar en la administración), Farid cruzó al otro lado del mostrador. Él mismo cogió la llave de su habitación y se la colgó al cuello. En ese momento, Narumi despertó.
—Perdón —le dijo—. Me quedé dormida. ¿Necesitas la llave?
Farid no respondió nada. Subió corriendo, como un ladrón, a su cuarto. Se tendió en la cama y, sin haberse lavado, se durmió.
Cuando salía a la calle y escuchaba al muecín en la mezquita de Nicosia, y veía a los muchachos que llegaban y se descalzaban para lavarse los pies, más deseaba ver a Narumi. Aunque el otro día, cuando entró a la mezquita y rezó al único Dios que conocía, descubrió que más que volver a verla, tenía ganas de ir con Narumi y decirle: “Llévame a Famagusta”. O mejor aún: “Llévame a la Bahía del Apóstol”, porque ahí nació la última vez que nació.
Las calles seguían siendo medievales y Farid se perdía en un viaje en el tiempo. En ese palacio, le preguntó a un hombre si había vivido allí la familia Cornaro. El hombre lo miró extrañado y respondió: “Puede ser, pero no lo sé. ¿Vives aquí?”.
Farid asintió y mostró una placa que afirmaba que esa casa era patrimonio de la humanidad y que era un caserón típicamente veneciano que perteneció a la dinastía Cornaro.
“Vaya, bueno”, se excusó el hombre, “es que yo acabo de llegar del campo. Hay que ser un poco distraído para vivir en un edificio así y no mirar la placa que ha puesto la UNESCO”.
—¿Cómo puedo entrar a la zona turca? —le preguntó Farid, y ocurrió el mismo efecto que con la mesera. El hombre perdió toda amabilidad.
—¡No vayas a Turquía! —advirtió.
Farid había vivido allí ya dos semanas y, según la carta que le entregó el mayordomo del cardenal, debía ir a recoger a Miguel al aeropuerto de Pafos pasado mañana. Sin embargo, había algo que tenía que decirle a Miguel. Durante todo ese tiempo, Farid había caminado mucho y había visitado todos los puntos que indicaba su mapa de turistas. Incluso estuvo en la casa de Lucía, que ahora era un museo sobre “La ocupación de Venecia en Chipre”. Sin embargo, no sintió nostalgia. Ya se lo había dicho a Miguel. Lo único verdaderamente notable que le había sucedido desde que dejó Roma era Narumi. Las monjas del otro lado de mi balcón están cantando. Estuve con él. Una hora
a lo mucho. Su boca. Sus pies, lo beso.
Finalmente, un día se atrevió a hacerlo. Al proponerle a Narumi que lo acompañara a Famaugusta, ella rió y le respondió con las típicas palabras de los griegos: “Eso no existe”. Farid insistió en que lo acompañara y le aseguró que el lugar sí existía. Narumi mencionó que su madre la correría, pero Farid le aseguró que eso no tenía importancia. Narumi, de forma juguetona
Al día siguiente, Farid decidió bajar temprano a la recepción con la intención de invitar a Narumi a acompañarlo a Famaugusta.
Sin embargo, al no encontrarla allí, decidió dar un paseo. La música que se escuchaba en los prostíbulos le resultaba familiar y acogedora, esperaba encontrarse con Narumi, pero en su lugar, un hombre rubio de aspecto idiota le entregó una llave.
Farid se encontraba en una encrucijada emocional, tratando de comprender sus sentimientos hacia Narumi. Hacía mucho tiempo que no reflexionaba sobre el tema del amor, pero recientemente había experimentado una atracción especial hacia ella. Sin embargo, dudaba si lo que sentía había evolucionado realmente en amor.
Una noche, mientras Farid se bañaba después de haber estado con Narumi, su mente divagaba y pensaba en Juan. No lo recordó en su juventud, sino cuando estuvieron juntos en prisión. El recuerdo de Juan provocaba un dolor dulce en él, algo que el médico en el Vaticano atribuía a un rasgo neurótico, aunque no grave. A pesar de ese dolor, recordar a Juan le había traído felicidad.
Después de dar vueltas, perdido, creyendo incluso que todo lo que lo había llevado allí era un sueño, que nunca había existido ni su infancia, ni don Diego ni Tenochtitlán, encontró a un hermoso soldado que llevaba mal puesto un birrete en el que había dejado de brillar la pluma roja de la fidelidad.
Hoy por la mañana, Farid fue sorprendido por Narumi mientras caminaba por la calle. El joven estaba inmerso en su música y no se percató de que Narumi se acercaba hacia él.
—¿Fuiste tú quien creó la música que escuchaba desde tu habitación? —le preguntó ella.
Farid asintió y Narumi se sorprendió al no haber visto entrar a ningún violinista. Aunque eso no pareció importarle, ya que le sonrió tiernamente y le dio un beso en la comisura de los labios. Quizás mañana Farid se atreva a invitarla a Famaugusta. Siempre que conversa con la madre de Narumi, ella le mira y sonríe, lo que le hace suponer que le ha agradado. A pesar de su apariencia, o tal vez debido a ella. En fin, todavía no se ha atrevido a decirle “ven”.
Con su madre, Farid llegó a Nicosia por primera vez. En su imaginación, la esposa del jeque se convertía en Caterina Cornaro, la reina de Chipre, y él era uno de los príncipes de su corte, un príncipe rubio que viajaba en baldaquín.
Nadaron juntos en un mar de color verde intenso y, al caer la tarde, durante la cena, Farid le regaló a su madre el arete de perla que le había dado Lucía Cornaro el día de su despedida.
Finalmente, fue un soldado griego en la calle de Héctor quien le dio a Farid las indicaciones para llegar al “checkpoint” de la frontera. El soldado griego sacó a Farid de su ensueño o, quizás, lo sumergió aún más en él. El joven soldado veneciano se encontraba en la calle de la agonía y, al ver a Farid con su aspecto árabe, lo miró con recelo. Acostumbrado a vivir en México y Roma, donde la gente tenía un color de piel similar al suyo, Farid había olvidado que los hombres rubios solían ser desconfiados hacia aquellos que no compartían su tono de cabello. Tras una rápida mirada de arriba abajo, el soldado le informó que la Bahía de Héctor se encontraba en una carretera cercana a Famagusta, pero le advirtió que no se aventurara allí, dejando pendiente la razón detrás de su advertencia. En ese momento, Farid comenzó a percatarse de que los griegos que habían llegado a la isla tenían la tendencia de negar la existencia de aquellos que consideraban sus enemigos. Aunque eso no afectaba su amor por ellos, ya que él también los consideraba griegos, recordando cómo en la Nueva España fue tratado como uno de ellos. Sin embargo, era innegable que en lo que respectaba a su ancestral conflicto con Oriente Medio, Persia y ahora Turquía, existía una predisposición negativa que llegaba incluso al punto de no querer mirar más allá de esas diferencias.
Temeroso, Farid se acercó al soldado y le preguntó acerca de Famagusta. El soldado, con una sonrisa en su rostro, revelaba sus dientes sucios, un contraste único con la belleza de su semblante. Le informó que los turcos habían cambiado el nombre de la ciudad, corroborando así la veracidad de todo lo que Farid había vivido. En ese momento, Farid se encontraba dividido entre sentir gratitud o vergüenza por todo lo que había experimentado.
Aunque Farid no encontraba la ruta en su mapa turístico, se dio cuenta de que la amplia avenida por la que debía transitar parecía diseñada para el paso de tanques o incluso aterrizaje de aviones. Con cinco carriles de ida y otros cinco de vue
lta, el camino se presentaba imponente, lo que le hizo reflexionar sobre el valor de cumplir la promesa que le había hecho a su madre hace siglos.
En su búsqueda por llegar al “checkpoint” de la frontera, Farid se encontró en la calle de Héctor, donde finalmente obtuvo las indicaciones necesarias. El camino resultó ser complicado, ya que los griegos no solo negaban la existencia del enemigo, sino que el alcalde se había dedicado durante cinco años a repavimentar toda la zona circundante a la frontera. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, Farid consideraba que su aventura para llegar a Turquía había valido la pena, especialmente porque Narumi lo había acompañado en todo momento. En el transcurso del viaje, Narumi, con un mapa nuevo en sus manos, se había quedado dormida y había dejado las huellas de sus pies diminutos en el parabrisas del jeep.
Él sale del hotel. Narumi se ha quedado dormida y, aunque los mosquitos son voraces durante la noche, él se dice a sí mismo que aquí es donde comienza su vida. Escapa de Hakem en cada una de sus reencarnaciones.
Necesita transmitir la imagen de Dios. Esta es la cicatriz.
Si no pudiera encontrar a Dios, el alma no sería más que humo. El único ojo con el que puede ver la luz es el alma.
Mañana finaliza el Adviento. Ha llegado la Navidad. Con ese pretexto, él se ha quedado en Nicosia. Desde la hostería azul en la que se hospeda, observa el alminar y recuerda Damasco.
En todo caso, él había prometido que volvería a escribir para contar cómo llegó allí. Pues bien, vivía en Patmos y una de las cosas que tenía que hacer durante la semana era bañar al apóstol.
Zafer Burnu es un lugar histórico en Chipre, también conocido como “Cabo del Apóstol Andrés”. Se cree que este cabo tiene una conexión con el apóstol Andrés de la antigua ciudad de Salamina. Es un lugar interesante para visitar y explorar durante tu viaje a Chipre.
La playa de Oro, situada en la costa de Chipre, es otro destino destacado. Es conocida por su hermosa arena dorada y aguas cristalinas. Puedes disfrutar de un relajante día en la playa, nadar en el mar o simplemente tomar el sol.
Agios Filon es una iglesia importante en Chipre. Es conocida por su arquitectura y su significado histórico y religioso. Es un lugar de peregrinación para los fieles y también atrae a visitantes interesados en la cultura y la historia de Chipre.
Durante tu visita a Chipre, no puedes dejar de explorar el hábitat natural de las tortugas. Chipre es hogar de varias especies de tortugas marinas, y puedes tener la oportunidad de verlas en sus lugares de anidación. Es importante respetar y cuidar su entorno mientras las observas.
Ella se rió y le dijo lo mismo que todos los griegos:
—Eso no existe —respondió con la insistencia de los griegos.
—Ven conmigo. Verás que sí existe —le respondió Farid.
Narumi mencionó que su madre la echaría de casa, pero Farid le aseguró que eso no tenía importancia. Luego ella sugirió que por qué no dormían juntos, a lo que él le explicó que para él era imposible tener relaciones sexuales.
—Me parece perfecto —respondió Narumi, sorprendiendo a Farid.
—Dormimos abrazados y tuve mucho cuidado de no pensar en el Hades griego, donde me convierto en Sísifo, para evitar cualquier sangrado que pudiera asustarla —recordó Farid.
A la mañana siguiente, Narumi se despertó temprano. Quedaron en encontrarse en el recibidor del hotel a las nueve de la mañana. La madre de Narumi no estaba, pero había un tipo rubio mal encarado presente. Farid le preguntó a Narumi si quería desayunar con él, a lo que ella accedió. Sin embargo, una vez afuera, Narumi le advirtió que no pensara que podría convencerla de ir a un lugar inexistente y lejano en Grecia.
—¿No vendrías conmigo si te lo pidiera por favor? —insistió Farid.
Narumi le respondió que no, ya que consideraba que no había nada menos sensual que un hombre que pedía las cosas por favor.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Narumi. Farid le contestó que era historiador, aunque no era del todo una mentira, ya que escribía su propia historia. Aunque quemaba regularmente su manuscrito cuando llegaba a las quinientas o seiscientas páginas, ya que le parecía absurdo pensar que algún día podría entregarle un texto tan extenso. Estaba seguro de que ella no lo leería.
Durante la conversación, Farid le reveló a Narumi algo que era completamente cierto:
—¿Sabes que cuando era niño deseaba ser un esclavo?
Ella se rió mucho y le hizo muchas preguntas, como las que suelen hacer las personas de estos tiempos que no entienden la forma de esclavitud que están experimentando.
—Me hubiera gustado ser esclavo porque pensaba que así podría vivir en casa de una noble princesa. Y ¿sabes qué? Eso es exactamente lo que sucedió. Viví con una hermosa princesa que se parecía mucho a ti —le contó Farid a Narumi.
Narumi pensó que Farid le estaba inventando historias y continuaron charlando sobre diversos temas. A pesar de todo, disfrutaron mucho de su tiempo juntos, aunque tuvieron que apresurarse para pedir la cuenta, ya que a la una de la tarde la madre de Narumi regresaría.
Farid y Narumi continuaron saliendo juntos. Farid no estaba seguro si la madre de Narumi estaba al tanto de su relación. En ocasiones, se dejó llevar por fantasías y llegó a pensar que Narumi podría ser una prostituta, algo que no sería extraño en ese hotel. Sin embargo, nunca la había visto coquetear con ninguna otra persona que no fuera él. Por otro lado, Narumi no siempre estaba disponible.
Poco a poco, Farid y Narumi se fueron convirtiendo en amigos cercanos. A Narumi le encantaba escuchar las historias que Farid le contaba, creyendo que eran solo eso, historias ficticias. Farid se convirtió en una suerte de Sherezada, cautivándola con las mismas historias que quemaba en su manuscrito. Quizás fue por eso o tal vez porque encontraba su apariencia extraña, pero Narumi siempre pedía más relatos.
—No pareces ni niño ni hombre ni mujer —comentó Narumi un día.
Con toda seriedad, Farid le respondió:
—Si quieres, puedo llevarte al lugar donde nací y te contaré mi historia.
Narumi le dio un beso largo e inesperado y luego se marchó. Pero esta mañana, Farid le reveló algo más:
—Sabes, soy un cantante castrado.
Narumi se sorprendió mucho y quiso saber más. Le hizo muchas preguntas, como si eso explicaba por qué había escuchado a Farid cantar aquella vez en el hotel y quién había tocado el violín. Aprovechando la situación, Farid le propuso revelarle la verdad si lo acompañaba a Famaugusta, ya que cerca de allí se encontraba la Bahía del Apóstol, donde él nació. Narumi sonrió y aceptó la invitación, pero advirtió que debían partir de inmediato, sin maletas ni nada, ya que su madre no permitiría que se escapara con alguien tan peculiar como él.
Así, Miguel, es por esto que estoy aquí en esta cita contigo, pero prometo que regresaré a Pafos en unos quince días para volver a verte. Te echo de menos. Realmente siento que lo necesito, volver a verte y hacerte reír como aquel día en que nos conocimos en Jerusalén.
Para calmar la nostalgia y su miedo, Farid comenzaba a rezar el rosario, un rezo poderoso que había comprobado en varias ocasiones. Sentía que se relajaba y cerraba los ojos, sintiendo una presencia cercana, casi respirándole en la nariz. Mientras repetía el Ave María, Farid se quedó dormido y en su sueño se veía a sí mismo de niño en aquella plaza de Damasco.
Narumi no creía en él y quería irse. Ella nunca le creía, habiendo comprendido que él era un paranoide. Sin embargo, las mujeres tenían esa extraña capacidad de enamorarse de un paranoide o de un loco, mientras que los hombres no. Ellos se encerraban (aquí todos los poemas) y él era una especie de sherezada que la mantenía encerrada, ya que ella deseaba escapar.
Ella investigaba diversas enfermedades psiquiátricas y se preguntaba por qué lo amaba. Una de sus dudas era que Farid sabía que ella dudaba de él, lo espiaba y no le creía. La situación se volvía macabra debido a los sueños apocalípticos y a la religiosidad enferma de Farid, lo cual generaba miedo en ella, especialmente por el hijo que llevaba en su vientre.
En un intento de escapar, ella se cae y el médico le indica que debe reposar. Hay sangrado y Farid decide encerrarla y darle polvos mágicos, como un alquimista (los polvos que vendrán después). Ella comienza a luchar contra ellos, pues teme que el bebé nazca con problemas debido a estos polvos. Farid afirma que el bebé no nacerá, pero en realidad sí nacerá.
La pregunta que surge ahora es: ¿quién es este hombre? En algún momento, ella lo pierde y la historia se convierte en la historia de Oliver Oliver… Todo termina con ella diciéndole que ha vuelto, mientras ella misma se vuelve completamente loca por haber escuchado una historia de amor tan inaudita.
Desde el colegio Opio, se contempla la ciudad de Roma. Está atardeciendo. “Si Farid viviera”, piensa Farid Ángel, “tendría, como yo, casi cincuenta años”.
El camino resultó complicado, ya que los griegos no solo negaban la existencia del enemigo, sino que el alcalde se había encargado de repavimentar toda la zona alrededor de la frontera durante los últimos cinco años. Sin embargo, la aventura de llegar a Turquía valió la pena.
El objetivo de Farid era llegar a la Bahía de Héctor, aunque ahora los venecianos habían optado por cambiar su nombre a Bahía del Apóstol. A pesar del largo trayecto, cada paso que dio valió la pena. Los paisajes que se desplegaban ante sus ojos despertaban su fascinación. Aunque gran parte del pueblo donde había nacido había desaparecido, aún tenía la oportunidad de contemplar el mar en el lugar que, según la tradición, era el origen de Afrodita. Una pequeña laguna, con un color similar al del té de menta, persistía, recordándole las veces que las mujeres de su padre los bañaban cuando era niño.
En lo alto de una colina, se alzaba una villa de estilo veneciano junto a una iglesia cuyo campanario comenzaba a erosionarse debido al aire impregnado de sal. Aunque el tiempo había dejado sus huellas, el acueducto se mantenía intacto. Farid recordó cómo solía lavarse los pies en una fuente de agua, como solía hacer de niño cuando iban a rezar. Mientras caminaba por la playa, encontró una antigua dracma en la arena. Para él, aquella moneda encerraba la esencia de todos los que habían habitado ese lugar antes del exilio de Catalina Cornaro, representando el idioma bizantino, el sabor del jocoque y la noche en la que sus padres lo concibieron.
Farid anhelaba quedarse más tiempo en la playa, dejándose envolver por la nostalgia y disfrutando del bullicio de los niños que jugaban en la cima de la colina. Sin embargo, su estadía se vio interrumpida por un enjambre de mosquitos que lo atacó incansablemente.
El aroma del mar de su infancia había sido reemplazado por el de Chipre, y Farid se había adaptado a ello, olvidando por completo el olor de Veracruz. Pero ambos, sabía, evocaban el mar. Aunque nunca había cantado en Nicosia, en Veracruz era obligado a entonar el rezo a la Virgen todas las noches antes de las completas. Solían realizarlo en una casa que le parecía enorme en aquel entonces, ya que aún no conocía Tenochtitlan. Fue allí donde conoció a sus nuevos compañeros y a Roberto, un anciano noble que se convertiría en su maestro de música. Roberto, originario de Granada, había tomado sus órdenes menores en esa misma ciudad antes de completar su ordenación en Sevilla, al igual que Felipe, a quien Roberto ordenó después de su encuentro con el emperador. La presencia de estos hombres llenaba a Farid de satisfacción, ya que había suficientes historias en ellos para mantener su mente ocupada y no extrañar tanto a su madre ni, sobre todo, a ti.
Bogasz es un pequeño pueblo de pescadores ubicado a 24 kilómetros de Famagusta. Es conocido por su ambiente pintoresco y la vida tradicional del pueblo pesquero. Puedes visitar Bogasz para experimentar la autenticidad y la cultura local de Chipre.
La iglesia del Apóstol Barnabás es un lugar de importancia histórica y religiosa en Chipre. La iglesia está dedicada al apóstol Barnabás, que es considerado uno de los fundadores de la iglesia cristiana en la isla. Es un lugar de peregrinación y una atracción turística para aquellos interesados en la historia religiosa de Chipre.
La playa de Salamina es otro destino destacado en Chipre. Situada en la ciudad de Salamina, ofrece hermosas playas y aguas cristalinas. Puedes disfrutar de un día soleado en la playa, relajarte y disfrutar del mar durante tu visita.
Farid llegó hasta la Bahía de Héctor, ahora conocida como Bahía del Apóstol, después de un largo trayecto que valió la pena. Durante su infancia, no tuvo mucho tiempo para explorar estos lugares. Del pueblo no quedaba nada, excepto tal vez la piedra desgastada en el lugar donde solían estar las letrinas y un árbol que habían estado allí antes de su nacimiento y aún permanecían, probablemente incluso después de su muerte. La laguna en la que las mujeres solían bañarse aún existía, con su color similar al del té de menta. En lo alto de la colina, se encontraba una villa con un aire veneciano que aún sobrevivía. Junto a la villa, había una iglesia que se había derrumbado, y su campanario ahora parecía un minarete. Cerca de allí se encontraba la fuente de agua donde los niños del pueblo solían lavarse los pies antes de rezar, y todavía se podía percibir el aroma a almizcle. Farid encontró una moneda en la que parecía estar contenida toda la gente, todo el idioma y las palabras que se habían hablado allí, así como las declaraciones de amor y paz que se habían hecho. Para alimentar su nostalgia, decidió acampar en esa playa, deseando recordar a su madre, a las mujeres que lo educaron y a los niños con los que solía jugar y correr. La villa de los señores también estaba experimentando cambios. Farid encendió un fuego y cerró los ojos, pero no pudo dormir. El aire olía a mar, el mismo mar de su infancia. Una sensación de hormigueo recorría su espalda mientras cantaba para no sentirse tan solo, y el coro le respondía. Había venido hasta allí para recordar que él era el esclavo que había sido cantante en México Tenochtitlán.
En el puerto de Famagusta, hace quinientos años, llegaban esclavos árabes para los nobles venecianos. Farid había llegado la noche anterior. Después de salir del aeropuerto, un taxi lo llevó por calles sin pavimentar, impregnadas del aroma de la jara de ládano. Al día siguiente, tras una noche en la que le costó conciliar el sueño, decidió alquilar un jeep. Cuando la señorita detrás del mostrador le entregó un mapa de la isla, Farid preguntó: “¿Dónde está Famaugusta? ¿Ha desaparecido?” Sin embargo, ella no le respondió nada. Adaptarse a conducir por la izquierda no resultó fácil para él.
En Famaugusta, Farid observó una catedral en ruinas que le recordaba a “La cathédrale engloutie” de Debussy. El puerto aún conservaba ese encanto medieval que tanto le gustaba. Por todas partes, había monumentos que, desde la perspectiva turca, explicaban la guerra contra Grecia por el control de Chipre.
cerca del oratorio de San Felipe. Durante muchos años, Farid estuvo planeando este viaje y tenía grandes expectativas al regresar a la ciudad, por lo que Famagusta le parecía pobre y decadente en comparación. La iglesia de los templarios mostraba signos de abandono. Quizás mañana decida quemar lo que había escrito, ya que no escribía para recordar.
El puerto sigue teniendo un aire medieval que le gusta tanto. Por todas partes hay monumentos que explican, desde el punto de vista turco, la guerra contra Grecia por el control de Chipre.
En uno de los palacios, Farid se acercó a un hombre y le preguntó si allí vivió la familia Cornaro. El hombre lo miró con extrañeza y respondió que podría ser posible, pero no estaba seguro. Farid señaló una placa que afirmaba que la casa era patrimonio de la humanidad y que perteneció a la dinastía Cornaro, un ejemplo típico de la arquitectura veneciana. El hombre se disculpó y admitió distraídamente que acababa de mudarse del campo y aún no se había percatado de la placa colocada por la UNESCO. Luego, Farid le preguntó cómo podía ingresar a la zona turca, y nuevamente experimentó el mismo efecto que con la mesera: el hombre perdió toda amabilidad y le advirtió que no fuera a Turquía, declarando que los turcos eran malos.
No fue hasta que estuvo parado frente al palacio de los Cornaro que comenzó a cuestionar si todo había sido invención de su embriagada imaginación. Se preguntaba si acaso lo que había escrito hasta ese momento era falso, una creación de su propia mente. Se planteó la posibilidad de que incluso él mismo fuese un invento. Lleno de incertidumbre, se preguntaba cómo podría llegar a la Bahía del Apóstol. Inició su búsqueda, preguntando aquí y allá, pero todos lo miraban y se alejaban. Cada vez que mencionaba el lugar de su nacimiento, se instalaba un ominoso silencio en la conversación.
En esta parte de la antigua ciudad veneciana, el gobierno adornaba las calles con letreros que decían “es un orgullo tener el corazón turco”. Desde lo alto del minarete, se escuchaba el canto del muhedín. Los hombres se lavaban los pies antes de entrar a adorar al Altísimo en la mezquita, impregnada con el aroma del almizcle.
La gente parece interesada en la historia y no en las playas pedregosas, el sol calientísimo y la cerveza. Frente a la mezquita más importante, se toma un vino y se complace al reconocer que Famaugusta no es tan distinta a como la había imaginado. Pero había que verla. Tenía que experimentar esa sensación de hormigueo en la espalda al escuchar los llamados desde lo alto del minarete en toda la ciudad. En ese lugar, los templarios habían levantado su última catedral, junto con la de los caballeros de Malta. Hoy en día, esas estructuras se habían convertido en discotecas. para turistas de Estados Unidos. He paseado por el mercado y me detuve frente a la catedral en ruinas para hacer un dibujo del palacio de los Cornaro. Vine hasta aquí para verlo, nada más. Por aquí pasó hace más de quinientos años un hombre que se compró a sí mismo. Era un árabe de sangre griega que evangelizó el Nuevo Mundo.
En una de las calles de la parte vieja de la ciudad leo un letrero en griego que pone “es un orgullo tener el corazón turco”. Escucho el canto del muhedín en lo alto del minarete. Los hombres se lavan los pies antes de entrar a adorar al Altísimo en la mezquita y yo me uno a ellos. El interior huele a almizcle. En las paredes del templo dice en inglés: El Islam es una religión de paz.
Farid volvía a comer shevtaliá, lo cual le recordaba a Jamil, su madre. Aunque el sabor no era el mismo y él no idealizaba, recordaba que su madre solía hacerlo con grasa de carnero recién sacrificado. Sin embargo, en ese lugar todo debía ser traído de Berlín.
Narumi, la narradora, relató que cuando era niña, su padre le contó la historia de un pueblo en guerra que estaba a punto de ser destruido. Los atacantes no sabían hacer música, pero cuando el pueblo cantó, los invasores quedaron embelesados, lo que permitió que fueran eliminados uno a uno.
El primer día en la hostería, la herida de Farid se volvió a abrir, provocando que empezara a sangrar. Solicitó agua y se sumergió en ella hasta que la molestia de una operación mal hecha desapareció. El agua se había enfriado tanto que empezó a temblar. Aunque temblaba de frío, su mayor temor era por Hakem y los ángeles que a menudo le anunciaban que tendría un encuentro con Dios. También temía volver a ver a alguien sin saber si debía besarlo o matarlo. Se quedó dormido en el agua fría y soñó con su padre en el campamento hakimita y con una serpiente descomunal en la mezquita de Damasco, así como con las letras recitadas por un niño: “Sólo El Altísimo no morirá”. Desde el piso de abajo llegaba el olor de las leftaliás, un aroma que había extrañado. No extrañaba la comida del Nuevo Mundo ni nada más que el monasterio donde había conocido a alguien.
Farid abrió los ojos a pesar de haber dormido durante mucho tiempo. Fue el maullido de un gato lo que lo despertó. Abrió la ventana y vio una taberna llena de prostitutas justo debajo de su balcón. Parecía escuchar a uno de los borrachos gritar el nombre de Hakim. Durante unos momentos, no estaba seguro si estaba teniendo una visión o despertando. Volvió a soñar con el monasterio mientras cantaba y veía a alguien en el pozo de la Virgen de las Tribulaciones. El pozo se transformaba en el lago de México y algo parecido a un copo de nieve o una pluma de una de las garzas de la ciudad entraba en su boca, sabiendo a dulce de granada. Aunque creyó que la vigilia terminaría la visión, cuando quedó claro que había despertado, encontró a alguien sentado frente a él en la cama: el mensajero. Fue el mensajero quien le ordenó que regresara al monasterio. Aunque debía haber comenzado a preguntar cómo llegar a Hagia Sophia, se encerró a escribir en lugar de hacerlo. Había venido desde Roma y finalmente el Santo Padre le había concedido la libertad. De regreso a la casa donde se hospedaba, vio a un joven moreno que le recordaba a Atonatiuh. Durante los años que había vivido en Roma, apenas había pensado en él un par de veces, pero desde que llegó a Chipre, todo le recordordaba a él.
Cuando Farid y Narumi llegaron a La Bahía del Apóstol, se hospeda en un pequeño hotel sin luz. En ese lugar, recuerda su experiencia con el Leteo y cómo pudo recuperar la memoria. Le menciona a alguien que vivirán escondidos de Hakem, Miguel y Gabriel, lo cual provoca que esa persona piense que está loco, aunque sonríe.
El ángel Gabriel aparece junto a Juan y Alejandro para convencer a Farid de que espere, y empiezan a tocar a la puerta. La música le trae el recuerdo de su primera muerte. Farid se despierta extasiado y se encuentra a Narumi en la puerta, quien le pregunta quién está haciendo tanto ruido con los platos. Ambos se levantan y van al comedor a tomar una cerveza. Farid le confiesa a Narumi que es inmortal, y ella se ríe. Luego, Farid se dirige a la piscina y suena la alarma de niños, pero él nada entre la gente.
En la madrugada, mientras Farid escribe sus notas en francés y se imagina como un caballero medieval en una cruzada similar a la de los niños, Narumi está viendo la televisión. Ambos se miran y sonríen como si fueran viejos amigos. Se sientan a cenar las albóndigas y las leftalias que ella prepara tan bien, pero Farid siente la incómoda presencia de alguien más. Más tarde, cuando Farid se queda dormido frente al televisor encendido y suena el tango al final de la película, Hakem entra y se sienta en su pecho. Miguel lo ha salvado y le pregunta por qué no asistió a la cita. Farid responde que no tiene nada que decir, que no sabe nada, si todo esto es obra de Dios o del diablo, y por qué sigue siendo esclavo de Hakem. Le confiesa su amor a Miguel y trata de acercarse para besarlo, pero Miguel lo separa discretamente y le desea suerte con Narumi. Le dice que su hijo será un semidiós y se bañará en el mar de Afrodita. Farid le dice a Narumi que ese es su destino. El Encantador de Serpientes le dice que su destino es llevar a Hakem a juicio ante el Altísimo y le invita a ir con él, a un lugar donde nadie sepa quiénes son. Narumi, considerando su propia locura por ser japonesa, responde con un “tal vez”. Al llegar a la Ciudad de México, deciden hospedarse en un hostal detrás de la catedral. Ahí, mientras mira la piscina, Farid recuerda el Leteo y le viene a la mente la memoria. Piensa en vivir escondidos de Hakem, pero también de Miguel y Gabriel. Le entrega a Narumi el arete de perla de Lucía Cornaro y afirma que ahí, en ese momento, comienza su vida. Recuerda que así comenzó su vida después de su primera muerte, siendo un traidor a su destino, ya que Hakem ya no le interesa, ni tampoco le importa Dios ni la guerra entre gnósticos y cristianos.
Cuando regresan a la habitación, Farid besa a Narumi y experimenta un placer tan intenso que un rayo verde los atraviesa. Es el Encantador de Serpientes y la playa en el fin del mundo. Aquí se nace y aquí se muere, en esta playa se acaba la cristiandad. Aquí comienza mi historia:
—¿Mamă? ˛Me cuentas la historia del Rey Serpiente?
Hicieron el amor.
Farid se entrega a la pasión con Narumi, sin experimentar ninguna pérdida de sangre. ¿Será que la falta de lujuria evita que eso suceda?
El cuerpo perfecto se desnudó sin ninguna inhibición y sangró. El tiempo pareció detenerse mientras una corriente de deseos angélicos fluía por sus cuerpos, formando sus pies, sus caras, sus pechos, sus sexos, sus ojos y sus venas. El dolor era intenso. A partir de la nada, Farid renació, vagando sediento de tierra. Buscó la casa de su madre, recorrió la calle, llegó al patio y se inclinó para besarle los pies. Después, volvió a vagar, volvió a la casa una y otra vez, en cada velada escuchando y mirando cómo nada cambiaba. Dolería saber que seguían a merced de los ángeles.
En la narrativa de Farid, se destacaba que no podía ser visto acariciando a su madre en Tiberíades cuando él era un centurión que creía en el Mesías de los gentiles. Tampoco podía ser visto muriendo, ni siquiera cuando Gabriel, cada vez que moría, transmutaba su cuerpo glorioso en El Encantador de Serpientes y la tierra lo absorbía. Esta vez, sin embargo, Farid caía hasta la muerte.
Cerró los ojos y cayó tanto a los pies de su madre que ya no sabía si estaba cayendo o elevándose. En el proceso de hundirse o surgir, exhaló y se encontró con un paisaje en el que había un ferrocarril, una montaña y, en lo alto, una ciudad donde alguien lo esperaba. Le preguntó al muchacho que se acercaba: “¿No queda nada?” No lo sabía. Luego preguntó por su voz, pero tampoco sabía si quedaba. El muchacho lo miró con curiosidad mientras Farid seguía subiendo sin que nada se moviera ni cambiara. Farid pensó en la voz de su madre y en cómo la amaba. No sabía, se dijo a sí mismo mientras el muchacho lo observaba. Siguió subiendo hasta que todo quedó inmóvil y nada cambió. La voz de su madre, no sabía si quedaba.
De repente, Farid recordó haber sido un pescador perdido en una tormenta, pero al mirar al muchacho, el silencio lo interrumpió. Experimentó vértigo, oscuridad y silencio. La frase quedó cortada en su piel y todo fue silencio. Flotaba en el vacío, observando cómo nada se movía. No podía pensar. Era el cuchillo y el suelo, la sangre que todos los soles de esa misma tarde secaban.
Farid era la sangre que seca todos los soles de esa misma tarde. Él se encontraba en el pantano, contemplando el imponente edificio de trescientos pisos. Se miraba a sí mismo, observándose bien muerto. A pesar de eso, no tenía conciencia, no poseía esa autoconciencia que los cuerdos suelen tener. No se pensaba a sí mismo y, aunque se movía, no se sentía. Qué extraña sensación, se sentía muerto. Sin embargo, algo inexplicable sucedía una y otra vez: Farid lo miraba y guardaba silencio. Lo observaba mirándose a sí mismo muerto y de repente, un grito resonó en el aire: ¡Inhala! Era un suspiro. Narumi estaba junto a él.
Farid, incapaz de conciliar el sueño debido a los molestos piquetes de los mosquitos, se entretenía con las palabras en su mente. El canto de un gallo despertó en él recuerdos de palabras en griego que se conectaban con otras palabras. Azul, mar, leche y vino. Las palabras generaban nuevas palabras, picoteándole con ideas. Crujían como hojas secas, eran palabras luciérnaga que se resistían a ser dominadas y le impedían dormir. Sin embargo, había alcanzado la edad en la que tenía suficiente paciencia como para no molestarse en pasar la noche en vela, pensando y desgranando palabras y pensamientos, recordando su infancia antes de aprender a leer y comprender que la Tierra era redonda. Antes de aprender a decir “cielo” en tantos idiomas. Ese día, las nubes tenían un color verde y violeta. Continuaba pidiendo a Dios que su miedo a la muerte se transformara en amor.
Hakem escuchó a Farid cantar en Santa Cecilia. La tumba en la que se encontraban era falsa. Allí yacía enterrado el instrumento que Roberto había creado para tocar su propio Réquiem.
Farid se levantó y atravesó la isla de las transformaciones. Frente al dios Jano, suspiró. La mezquita y la iglesia eran hermosas, el río y el puente roto también. El verde del agua era fascinante. Era hermoso estar vivo y poder ver nuevamente. El Ser le había dicho que no moriría hasta que él regresara, porque era su amado, su ilusión.
Farid: ¿Alguna vez te has sentido arrojado en este mundo sin certezas, Narumi? Es como si estuviéramos buscando algo más, algo que nos dé sentido.
Narumi: Sí, Farid, es una sensación que me resulta familiar. Parece que el hombre forma sociedades en su búsqueda de significado y descubre la importancia de dar, recibir y devolver. Es curioso pensar que estas ideas podrían materializarse en el cuerpo de una mujer, en un vientre fértil.
Farid: Dar, recibir y devolver… me recuerda a las tres gracias que pintaron Rubens y Botticelli. Esas pinturas reflejan cómo cada una de esas gracias se reproduce en la otra, en un ciclo infinito. Es como si estuvieran entrelazadas, inseparables.
Narumi: Es interesante cómo todas las culturas, ávidas de perdurabilidad, han buscado intervenir en este ciclo, tratando de sacar provecho de la ley de que quien da, recibe y devuelve, en su búsqueda de la inmortalidad y la unión con el amor en el Olimpo. Parece ser el origen del sacrificio, ¿no crees? Pedir a los dioses que nos devuelvan el sacrificio que ofrecemos.
Farid: Es una cuestión intrigante. ¿Qué recibieron realmente Rubens y Botticelli a cambio de sus gracias? Y, aún más profundo, ¿cuál es el sentido de que Dios se sacrifique? Parece que para recibirlo todo, es necesario devolverlo todo, siguiendo el exitus reditus del místico medieval.
Narumi: Sin duda, hay un misterio en todo esto. El ciclo del dar, recibir y devolver parece tener implicaciones más profundas de las que podemos comprender completamente. Tal vez en esa devolución, en ese acto de entrega, encontramos una conexión más cercana con lo divino.
Farid: Es posible, Narumi. Quizás en la búsqueda de respuestas a estas preguntas encontremos una verdad más profunda sobre nuestra existencia y nuestro propósito en este mundo incierto.
Tuvo un sueño extraño. Farid quería alargar lo más posible la cita con el ángel. No tenía interés en conocer las razones detrás del prodigio que lo había encerrado en aquel cuerpo, y mucho menos quería que le dijeran quién era. Tenía tiempo.
Había ocurrido una vez, muchos años atrás, que Marta colocó una imagen del niño Dios en el centro de la mesa donde Juan representaba la última cena de Cristo. Uno de los más fanáticos quiso reprenderla, argumentando que su religión prohibía la reproducción de seres humanos, especialmente cuando se trataba de un Dios. Sin embargo, Juan levantó la mano y le dio un beso en la coronilla de aquella imagen. Ese gesto hizo que muchos se separaran y dejaran de ser cristianos.
Juan era un hombre de costumbres. Antes de dormir, en su celda, bendecía a Teófilo y a Farid en nombre de Jesús, y siempre pedía que bajaran la intensidad de la bujía para ahorrar sebo. En una de esas noches, se recostó en su catre, colocó la nuca en un ladrillo envuelto en piel de vaca que servía de almohada, y miró al techo. Entre las vigas, flotando sobre moronas grises, contempló el principio del mundo, que a su vez era el final.
Lo interesante, sin embargo, es que por primera vez Farid pudo ver lo mismo que el santo. En el techo, también vio la historia del mundo: la destrucción del templo, la refundación de Israel y la vaca roja que se utilizaría para purificar la zona donde ahora se levanta la mezquita dorada.
―¿Es hora? ―preguntó Teófilo.
No sabía exactamente qué quería decir, pero imaginaba que se refería a que el santo estaba a punto de tener otra visión. Debían estar preparados. La última vez que tuvieron visiones, los tomó desprevenidos y Farid tuvo que arrancarse la mejor de sus camisas para que Teófilo pudiera escribir una carta profética, que posteriormente se perdió en el mar.
Efectivamente, había llegado la hora, pero no era la hora del santo, sino la hora del esclavo, la hora de Farid. Las visiones comenzaron a venir sobre él. Por la ventana entró un muchachito que se sentó al pie de su catre. Estaba desnudo, con el pelo un poco largo que apenas rozaba sus hombros. Tenía los ojos negros y era muy delgado. El muchachito lo abrazó y Farid, acostumbrado al cariño de vivir entre cristianos, abrió los brazos y se recostó en su pecho, escuchando su corazón.
―Estoy cansado ―dijo Farid.
Y el muchachito sonrió.
―¿Qué dices? ―preguntó Teófilo.
El santo le ordenó que se callara.
―Estoy cansado ―dijo Farid a la aparición―. No quiero volver a verlo.
Se refería al rabino, a Cristo.
―Ten la certeza de que vas a volver a verlo, niño del desierto ―le dijo el ángel. Convencido de que era verdad, cerró los ojos y quiso llorar.
—Vámonos de aquí —decía Jamil en voz muy baja, mientras olía agrio su aliento y sus ojos brillaban con la luz de la antorcha que llevaba en la mano derecha. Con la otra, zarandeaba a Farid, quien se encontraba sentado en el suelo, presenciando dos veces el acto del encantador. Farid estaba hipnotizado y tenía el deseo de ver al encantador.
El sueño desapareció de golpe mientras Jamil repetía: —
**Acto I: La Conexión en Chipre**
En un tranquilo pueblo de Chipre, Alejo, Farid y Liliana se encuentran en un momento de respiro después de días tumultuosos de viaje y descubrimientos. A medida que comparten experiencias y desafíos, Alejo observa con atención cómo el vínculo entre Farid y Liliana ha ido creciendo, marcado por gestos sutiles y miradas llenas de complicidad que revelan un profundo afecto mutuo.
Alejo, quien ha sido testigo de los altibajos emocionales de ambos, se siente conmovido por la forma en que el amor ha florecido entre ellos en medio de la incertidumbre y el peligro. Aunque es un monje dedicado a su camino espiritual, no puede evitar reconocer la belleza y la importancia del amor genuino que ha surgido entre sus compañeros de viaje.
**Acto II: Los Desafíos y la Unión**
A medida que continúan su viaje por Chipre, Alejo, Farid y Liliana enfrentan nuevos desafíos que ponen a prueba su relación. La confianza mutua y el apoyo incondicional se convierten en pilares fundamentales mientras navegan por territorios desconocidos y se enfrentan a adversarios decididos a mantenerlos separados.
La conexión entre Farid y Liliana se fortalece a medida que superan obstáculos juntos, compartiendo risas en momentos de alegría y consolándose en momentos de angustia. Alejo, desde su perspectiva de observador tranquilo pero involucrado, ve cómo su amor mutuo actúa como un faro de esperanza y resistencia en medio de la tormenta.
**Acto III: Reflexiones y Compromisos**
En un atardecer sereno en las costas de Chipre, Alejo reflexiona sobre el significado más profundo del amor que ha presenciado entre Farid y Liliana. Para él, este amor va más allá de lo romántico; representa la fuerza transformadora que puede surgir de las conexiones humanas genuinas y la capacidad de sanar heridas profundas.
Alejo se siente inspirado por la dedicación de Farid y Liliana el uno al otro, reconociendo en su unión un recordatorio poderoso de la importancia de mantenerse fieles a los propios ideales y valores, incluso en los tiempos más turbulentos. Con una mezcla de esperanza y gratitud, continúa su viaje junto a ellos, sabiendo que el amor que han encontrado les guiará a través de los desafíos que aún están por venir.
En esta historia, el amor entre Farid y Liliana no solo sirve como un vínculo emocional entre dos individuos, sino que también representa una fuerza motivadora que impulsa a Alejo a una mayor comprensión de la humanidad y su capacidad para encontrar belleza en medio de la adversidad.